Fernando Abalo
La Colonia,
Planeta Koros,
Quinto año del Alejamiento.
Tres minutos treinta y tres segundos es lo que uno puede permanecer sin respirar. Después se va apagando el organismo como lámparas de un largo pasillo: empezando por la luz de la consciencia, acabando por el corazón. Pronto los daños serán irreversibles y la muerte casi segura. Doscientos trece segundos es la cifra que angustia a la Colonia: un corte de suministro de tan sólo cuatro minutos y todos muertos.
I
SEGURIDAD ha aplastado la protesta. Pero ya el despacho de Sostiene Perea está empapado de esquirlas y la peceras rota. Wanda, el bonito pez de colores, agoniza sobre la moqueta. El agua absorbida forma una mancha oscura.
Rápido, rápido, ese pez son millones dejando de respirar, piensa Sostiene Perea.
El pez boquea, produciendo un sonido que Sostiene no escuchaba desde niño, cuando hinchó una rueda de bicicleta. Años atrás en otro planeta. Un empleado arrodillado, recoge los cristales con las manos desnudas. Mira con sus amarillentos ojos a Sostiene, mientras extrae una botella de agua del cajón de su mesilla y un vaso. Sostiene descorcha la botella de agua y el corcho chilla como un ratoncito asustado. Sirve un poco en el vaso, luego un poco más. ¿Servirá así?
Atrapar al pez aterrado no es fácil y meterlo en el vaso. El empleado le mira con la boca abierta. No la pecera rota, ni la pancarta “NO + ORINA!!”. Sino aquella expresión de su empleado es la que hace recapacitar a Sostiene. Pesca al pez que nada aliviado en el vaso y lo deposita de nuevo en la alfombra húmeda.
— Ese manifestante tiene razón. Con tantas personas desalando su orín, las peceras son injustificables.
Taponó la botella con el corcho y se la tendió a su empleado. También le ofreció el vaso, que bebió de un trago sonoro. Siguió recogiendo cristales. La respiración de Wanda, como un fuelle, se fue apagando. Asfixiado o ahogado.
II
Toc, toc. Sostiene tomó conciencia del tiempo. La corbata colgaba como una soga alrededor de su cuello. Tras la puerta esperaba un hombre, que entró pisando cristales.
“Bienvenido a Oxígenos Perea”, dijo Sostiene lanzando una mano y poniendo su sonrisa más abierta. “¿Agua?”.
— No, dijo el pequeño hombre escupiendo su máscara de oxígeno.
¿Quién coñones rechaza agua gratis?
— Compro todo su oxígeno, ponga un número, dijo el recién llegado, mostrando un pequeña llave de acero como las que se una para atesorar criptos. El que tiene usted en tanque y el que le llega en el próximo carguero, el Karaboudjan. Tiene usted un 14% si no me equivoco.
Su cara era familiar. Tenía tez a dos tonos: frente morena, mandíbula pálida por el perpetuo uso de máscaras. No era un inmigrante reciente.
Malas vibraciones. Pero esa cara… me suena. No debería ser descortés.
Siempre hay un precio, presionó el hombrecillo.
— Diez millones de Solaris, bromeó Sostiene sonriendo.
El hombre plantó la llave sobre la mesa.
Ni todo un barco entero cuesta diez millones de Solaris.
— Por metro cúbico, bromeó de nuevo Sostiene, pero ya sin sonrisa.
El hombre simplemente señaló a su llave con la palma abierta. Se levantó hacia la puerta, sin recoger su llave.
— ¡Alto!, le agarró Sostiene por la manga del traje naranja.
— Ha puesto precio, he aceptado; hay trato.
Diez millones de Solaris por cada metro cúbico eso son…, eso suman… A Sostiene no le soportaba la cabeza un número tan grande.
— No, dijo Sostiene mientras le tiraba la llave a la cara. No trabajo con delincuentes.
El pequeño se irguió, enfadadísimo.
— Sepa que Él posee un 38% del volumen que viaja en el Karaboudjan.
Aquello sonó como un insulto. El corazón de Sostiene batía rápido cuando cerró la puerta. Llamó a Hlau Flecce, un competidor, y relató lo sucedido.
“¡Guau! ¿Y no vendiste?”
— Cuando el precio de mercado es diez, ¿quién paga cien? Alguien que espera que suba a mil. Alguien con malas intenciones. Hlau, véndeme tu participación del Karaboudjan. Si ese hombre consigue el 50%, el barco no llegará a Koros.
“Ahhh… La puja está en diez millones. Si quieres igualar…”
— Es ridículo. Déjame hasta esta tarde.
Tenía apenas unas horas, quizás minutos, para elevar su participación en el Karaboudjan hasta el 50%.
Si no lo consigo, seremos todos Wanda.
Más sobre Cronistas Ómicron
III
Y el vagón privado incluido, dijo Sostiene Perea a Lobarto Janés, el traficante.
Lobarto amasó con sus amplias peludas manos el cuero del sofá. El dorso de sus manos parecía lana de acero. Sostiene sintió que se le revolvía algo dentro, como si Lobarto hubiera manoseado el blanco pandero de Galatea. Le había costado horrores conseguir el lujoso vagón, con pecera, un amplio salón acristalado y una pequeña habitación. Peor había sido obtener la licencia para transitar por las vías de la Colonia enganchado a cualquier tren de Nakayama Minerals.
— Mucho dinero pides, sopesó Lobarto, tirando de sus grises bigotes. Los atusaba y se los metía en la boca.
— De toda la Colonia es el único vagón privado.
El horizonte se desplegó tremendo al emerger de un túnel: un enorme y desértico cañón, amarillo, rojo, púrpura. Explotaciones mineras conectadas por ferrocarriles. Más allá estaba el parque de tanques, esferas de acero como gigantes garrapatas para almacenar oxígeno e hidrógeno. El carbón se apilaba a cielo abierto. Con esos tres materiales la Colonia refinaba todo lo necesario.
— Sé sumar. La Colonia crece, bebe y respira. Por si fuera poco, los envíos que zarpan hoy desde la Tierra tardan veinte años en llegar. Tienes una parte importante del pastel. Y quieres vender eso, tus tanques y tus participaciones en todos los cargamentos de oxígeno. Ah, y el tranvía.
— Necesito el dinero, no hay mayor explicación.
Lobarto ponderaba, como un ratón que husmea el queso sobre gatillo de una trampa.
En el cielo negro cuajado de estrellas brillaba el sol. Sobre ellos un carguero, el Karshelim, orbitaba como una nube de acero. Estaba conectado a una de las boyas espaciales, cargando CO2 de la Colonia. Desde la boya orbital un conducto flácido del ancho de un edificio caía suelto hasta tocar el suelo. Allí se unía a una estación de bombeo revestida de hormigón. Sostiene le pasó los prismáticos a Lobarto y señaló a una tenue estrella.
— El Karaboudjan, dijo Sostiene.
— ¡Vaya! Aquí de vuelta. ¿Es el mismo en el que…?
— El mismo que nos trajo como polizones hace tantos años.
Trataba de ocultarlo pero el traficante Lobarto era el más viejo, mejor y más incómodo amigo de Sostiene. Juntos habían emigrado y juntos habían jurado volver a ver la Tierra.
Arribaron a la estación central, los frenos chirriando. Lobarto abrió la puerta, apretó la mano a Sostiene y se quedó firme. Sostiene se apeó, en su mano una llave de acero. Sintió alivio, sintió pena.
Desde el andén, viendo alejarse su ex-vagón, Sostiene llamó a Hlau Flecce y aceptó su precio. Acto seguido llamó al armador del Karaboudjan y le informó de que era el propietario mayoritario, juntando las participaciones de Oxígenos Perea y Empresas Flecce. La respuesta tardó en llegar, y cuando llegó fue entre estático: “¿Entonces es falso que hayas vendido Oxígenos Perea?” Sostiene no supo responder. Las noticias vuelan. “El Karaboudjan ha recibido orden de desviarse a otro puerto”.
IV
Volvía a casa en un tren público.
¿Qué me estoy perdiendo?
Koros, un mundo sin atmósfera. En el cielo conviven el sol y las estrellas. Aunque el suelo esté iluminado, el cielo es negro. Miró al Karaboudjan entre las estrellas.
Sin ese oxígeno, nos asfixiaremos todos.
Durante años las órbitas de la Tierra y de Koros confluyeron. Los barcos lanzados a ritmo constante desde la Tierra recorrieron un viaje menguante y se agolparon frente a Koros, causando atascos y un enorme excedente de oxígeno. La población se multiplicó como ratoncillos de verano. El precio del oxígeno cayó por debajo de coste e incentivó a aminorar el flujo. Y con esa mentalidad se dobló el perihelio: Koros y la Tierra comenzaron a alejarse. Los buques llegaban como corredores exhaustos, pues el trayecto era creciente. Tras un año desapareció el atasco del puerto orbital. Durante el segundo año de Alejamiento los almacenes se vaciaron un poco. El tercer año vio una cierta escasez que echó a rodar como una bola de nieve montaña abajo. Los precios al contado surgieron por encima de los futuros y los traders liquidaron sus existencias para hacer caja.
Entonces comenzó la verdadera precariedad.
Ahora cualquier retraso los deja a merced de la maquinaria auxiliar. Pero en esta pobreza perpetua las depuradoras y los electrolizadores ya echan humo. No dan para más. Sin el Karaboudjan no habrá oxígeno para todos. Doscientos trece segundos de retraso. Y toda la línea de barcos que durante veinte años remontan el vacío no servirán de nada. Veinte años y millones de vidas por doscientos trece segundos.
Si yo comprara el Karaboudjan, netearía mi posición vendiendo futuros.
Sostiene llamó a su broker para preguntar si alguien inusual había estado vendiendo mucho “papel”, y este le dio un nombre. Ese nombre le llenó de rabia.
V
Cuando cruzó la puerta de su casa, se encontró de bruces con Lobarto Janés que ayudaba a Galatea a arrastrar una pesada maleta con sus enormes manos velludas. La maleta emitía un sonido rasposo como de lija al moverse. Sostiene esperó a que su mujer se retirara, a organizar otra maleta, para hablar con rabia contenida.
— ¡Me robas la empresa y la familia!, dijo Sostiene.
— ¿Yo? Yo pensé en emigrar acá. Fui yo quien ideó el comercio privado de oxígeno. Quien conoció y se enamoró de Galatea. Tú siempre estorbando, me robaste a la chica, me robaste el capital de su padre y el plan de negocio. Sin inversores, ¿qué remedio sino traficar con sustancias más… lucrativas? Y prosperé, hay mucho vicio en Koros. Pero pienso que ya es hora de volver a la Tierra.
— Muy bien, tú ganas. La empresa es tuya como siempre debió ser. ¿Qué necesidad hay de asfixiarnos a todos?
“Si no, ellas no vendrán”, dijo Lobarto para sí. La empresa no le interesaba lo más mínimo. Lobarto tenía un camarote en el Karshelim. Se llevaría a Galatea y a la pequeña Rute. “¿O pretendes impedirlo?”
Sostiene calló.
— ¿Cómo has conseguido hueco? Ese no es un barco de pasajeros.
— Caben tres pasajeros cuando se deja en tierra a tres marineros.
En una tierra llamada Koros, sin oxígeno.
Los libros más populares
VI
Frente a las maletas, frente al ascensor, frente a su familia. A Sostiene se le partió el alma en tres pedazos de bordes afilados, y estos bordes le cortaban la carne dentro de su pecho. De la niña, apenas pudo despedirse. Estúpido, pensó, por todas aquellas noches en las que la has mandado a la cama a la fuerza. Si hubiera sabido que la vida les separaría tan pronto… Dios qué estúpido.
— Papá, ¿vienes?
— Sube ya.
— Hata mañana, se despidió Rutte, subiendo por la rampa, abrazada a su osito.
Jamás la volvería a ver. En ninguno de los escenarios. Imposible. Saliera bien o saliera mal. Por las universales leyes de la física, aunque partiera en el siguiente carguero nunca llegaría a abrazarla de nuevo.
Se despidió de Galatea con lágrimas en los ojos, a pesar de que su matrimonio había sido un desamor correspondido. Él buscaba capital, ella escapar de su madrastra.
— Sé que siempre…
— Shhh. Tenemos una hija preciosa y el que yo suba a esta nave muestra que eres el mejor marido que podría haber deseado.
Él se quitó el anillo, para lo cual tuvo que salivarse el dedo anular, y se lo dio.
— Vuélvete a casar y hazlo por amor.
Se abrazaron.
VII
Galatea y Lobarto tropezándose, entre risas, por las angostas pasarelas del Karshelim que olían a grasa lubricante. Borrachos de aire limpio y vino: el capitán había descorchado un par de botellas para celebrar la partida. Galatea había bebido con ansia, su copa siempre vacía y al segundo llena —nada fácil, en la semi-gravedad impuesta por la suave aceleración del buque. Ahora respiraba asmática, rojas las mejillas. Con Lobarto la cena había sido justo como treinta años atrás. Ella se desternillo de todos sus chistes malos. Él los contaba sólo para ella. A mitad de botella, sus manos se entrechocaron al servir. Sus piernas se rozaron por error y cuando se rompió la reunión se vieron juntos deambulando sin rumbo. Ella quería ver las estrellas y se acercaron a la puerta exterior. También confesó, roja como Marte, que no se imaginaba el sexo sin gravedad.
— Vaya eso mismo me preguntaba yo, dijo Lobarto. Y ella le notó muy cerca.
— ¿Pero, dónde? En el camarote duerme Rute y cada rincón está ocupado por cajas y latas de conserva.
Él presionó un botón sobre la puerta en la que ella se apoyaba. Con un siseo se abrió una sala de descompresión. Se usaba para entrar y salir del espacio exterior. Tenía poco uso, muy íntimo.
— ¿Es seguro?, preguntó Galatea, con un enorme miedo a entrar. La experiencia de Koros la había traumado y ahora prefería permanecer cuanto más dentro de la burbuja de oxígeno del buque mejor.
— Mira, dijo él, entrando. Respiró hondo un par de veces, para convencerla de que el aire de aquella estancia era como el de cualquier otra.
Y ahí fue cuando la cara de Galatea cambió y presionó con rabia el botón de cierre. La puerta cerró como una guillotina, atrapando a Lobarto en aquella estancia frontera.
Sonó una alarma y el aire abandonó la sala de descompresión. Galatea pudo ver pasar los tres minutos treinta y tres segundos por la cara amoratada de Lobarto. Se sintió bien. Pero durante los largos años que duró el viaje soñó a menudo. Y siempre que soñó, soñó con aquella estancia durante aquella noche que se asfixió Lobarto. En el sueño no era Lobarto quien moría. Quién boqueaba en la sala era Sostiene, ahogándose como un pez sin agua.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels
Fernando Abalo de Santiago
España, 1987. Este es su primer relato de ciencia ficción publicado.
