Teoría Ómicron

CRONISTAS ÓMICRON: Los nuevos dioses

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Me han acuchillado, pero no he muerto. Lo intentaron cinco tipos hasta que se les acalambró la mano; hasta que mis tripas fueron un puré rojo y grasoso en el piso de la calle. Pero incluso rebanando mi cuello; y con toda mi sangre empapando mi ropa, me mantuve en pie; hasta que de asustados se fueron.

De regreso a casa vi a un tipo lanzarse de un puente hacia la pista de concreto. Su cabeza reventó como un globo de agua en carnavales de febrero; pero al instante se levantó, juntó sus pedazos, miró el charco de sus sesos y se fue.

Dijeron que esto ocurría porque la Muerte vio en la Tierra algo tan fuerte que la terminó asustando y decidió nunca regresar. ¿Será por eso que los enfermos y deprimidos continúan levantándose a pesar de que la bala haya perforado sus sesos; a pesar que por sus venas corran antiguas combinaciones letales de analgésicos?

Una vez intenté pegarme un tiro. Por seguridad, colgué una soga desde la viga de mi comedor hasta tensarla con un fuerte nudo alrededor de mi tráquea. Levanté el arma que cargaba y disparé. La bala recorrió la distancia desde mi barbilla hasta destaparme la cabeza. El impacto me hizo retroceder y saltar de la silla donde me apoyaba. La soga se tensó y escuché algo muy duro quebrarse dentro de mis oídos.

Me quedé colgado treinta minutos hasta darme cuenta que estaba estancado y esto no iba para ninguna parte.

Pronto, en todo el mundo las personas empezaron a pagar para que las maten; y curanderos y chamanes ofrecían remedios para la “buena muerte”. Incluso se empezó a venerar a un niño con cáncer terminal, al que le atribuían la esperanza de poder morir; el milagro de ser el único mortal viviente. Y la gente peregrinaba hacia los helados andes para rezarle y poder desaparecer junto a él.

Un día, alguien volvió a decir lo que escuché en un inicio; que la Muerte vio en la Tierra algo tan fuerte que la terminó asustando y decidió nunca regresar. Yo lo escuché mientras intentaba por quinta vez en el día que un auto me aplastara de la manera correcta. Pero tras molerme la tráquea y explotar mis vísceras como el pus de un grano con la marca de los neumáticos; y aún levantarme de allí respirando; no le creí nada. Porque en realidad yo sé que son Dios y Lucifer quienes han desaparecido. Han sido desterrados; o en el más alegre de los finales, abdicaron. Dejando sus reinos vacíos y a sus corderos abandonados.

¿Quién domina hoy el reino de la eternidad; ahora que los dos estandartes de la moralidad no rigen más? Unos cuántos (des)afortunados habíamos logrado verlos escapar. Un huracán que despintaba el cielo rumbo al ocaso del oeste. Y un terremoto que se abría paso entre nosotros rumbo a la cordillera.

Sin Cielo ni Infierno a dónde ir no podemos salir de aquí. ¿Un limbo? No lo sé, no creo en esas cosas. ¿Purgatorio? No gracias, no creo en condenas. Tendremos que aprender a vivir así. Sin muerte. A vivir en la eternidad.

El precio que se debe pagar por crear vida, jugar tanto tiempo a ser dioses y añorar ser inmortales que no acarrean consecuencias.

Carlos Steven Paredes Jara

Perú, 1996. Escritor y guionista con especial interés en la ciencia ficción, fantasía y terror latinoamericano.

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