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CRONISTAS ÓMICRON: La búsqueda

Un hombre empapado por la lluvia observa a su amigo recostado en un sillón de un bar, conectado a un visor de realidad virtual y a un tanque de gas; sobre ellos se proyecta su alucinación: un enorme cuervo azul que vuela junto a Júpiter y una nave espacial.
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Cronistas Ómicron

Juan David Cruz Duarte · Colombia

Estaba cursando una maestría en historia en la Universidad Capital cuando recibí un mensaje en mi lóbulo frontal. Abrí la aplicación para proyectarlo en mi córnea y lo leí rápidamente. Al parecer, Diego McCartney había desaparecido. Alejandro Parra, uno de nuestros amigos en común, decidió contactarme; quería saber si Diego me había escrito o llamado durante los últimos meses. Yo le había perdido la pista a Diego después de graduarnos de la universidad. Alejandro, Diego y yo habíamos estudiado juntos en la Academia de Periodismo Investigativo Daniel Coronell. Los tres nos habíamos graduado a mediados del año 2068. Yo estuve trabajando en Ciudad Capital por un par de años, pero solo conseguía trabajos de medio tiempo, que duraban apenas dos o tres meses. Recuerdo que por esos tiempos Diego se fue a vivir a Ciudad de Plata; creo que estaba cursando una maestría en yo no sé qué…, pero por lo que se podía ver en sus redes sociales, era claro que Diego ya había regresado a Ciudad Capital. Por su parte, Alejandro consiguió un trabajo como profesor en un colegio muy prestigioso. En el año 2070 me harté de la precariedad laboral en Colombia y me fui a vivir a la casa de mi primo en Miami. Allí estuve trabajando como vendedor en su tienda de equipos de alta tecnología. Un año después de mi llegada, ya había ahorrado lo suficiente para arrendar mi propio conapto en El Doral. La verdad es que nunca fui un buen vendedor, pero me esforzaba en hacer bien mi trabajo y lograba hacer el dinero suficiente para mantenerme.

Cinco años después de mi llegada a Florida me harté también de la vida de comerciante y decidí regresar a mi ciudad natal. Poco después de volver a Colombia me matriculé en el programa de maestría en historia de la Universidad Capital. Cuando estaba cursando el tercer semestre recibí ese mensaje de Alejandro en mi lóbulo frontal.

Aunque traté de contactar a Diego por varios medios, mi viejo amigo nunca devolvió mis llamadas. Un sábado en la tarde, Alejandro y yo nos vimos en un café en Nuevo Chapinero. Allí compartimos nuestras hipótesis acerca del paradero de Diego. Alejandro creía que Diego se había ido a vivir al campo, desconectándose del todo de sus viejos amigos. Esa hipótesis no me convencía: él siempre había detestado el campo. De hecho, cuando éramos estudiantes, rara vez salía de la localidad de Nuevo Chapinero.

Como tenía algo de tiempo libre después de mis clases, y teniendo en cuenta que mi conapto también se hallaba en la localidad de Nuevo Chapinero, decidí dedicar mis tardes a recorrer la zona, con la esperanza de cruzarme con mi viejo amigo. Me sentaba en las tiendas a comer empanadas de carne sintética con gaseosa, o bebía café cerca de las estaciones de Transmi-Metro. Por esos días contacté a la hermana de Diego a través de varias redes sociales, pero tampoco ella me contestó. Entonces decidí ampliar mi búsqueda a otros sectores de la ciudad, como las localidades de Usaquén y Suba. En Usaquén pasaba las tardes leyendo libros de historia y filosofía en los viejos cafecitos que Diego solía frecuentar. En Suba me sentaba en las tiendas de esquina a beber café y a fumar cigarrillos sin nicotina marca Nativo Americano. Después de dos meses de búsqueda infructuosa, decidí tirar la toalla.

Un día, mi primo en Miami le vendió un dron de servicios a domicilio a una farmacia en la localidad de Nueva Soacha. Mi primo me envió el producto desde Florida por correo postal y me pidió que lo llevara personalmente a la farmacia (era un equipo muy costoso). Naturalmente, él cubriría los gastos del transporte público y me daría algo de dinero extra por mis servicios. Yo acepté el trato. Un sábado en la tarde recogí el equipo en la oficina central de correos y busqué la dirección exacta de la farmacia en mis anteojos digitales. Me subí a un Transmi-Metro y empecé mi viaje hacia el sur de la ciudad. Hice la entrega sin contratiempos. Después de cumplir con mi modesta misión, me compré un cigarrillo Nativo Americano en el puesto de un vendedor ambulante. Ya estaba empezando a oscurecer, y una llovizna fría caía sobre las calles de Ciudad Capital. Las nubes tenían un extraño color fluorescente. Tal vez las reservas de agua de la ciudad estaban llenas de microplásticos. Me levanté el cuello de la chaqueta y me puse a caminar hacia la estación más cercana de Transmi-Metro. Los letreros de neón de las tiendas del sector se reflejaban sobre los charcos fríos que se habían ido formando en las aceras. En el cielo vi pasar dos o tres moto-drones de la policía, tripulados por patrulleros que llevaban cascos cromados y pistolas eléctricas. Cuando iba a cruzar la calle, un aerodeslizador de última tecnología casi me atropella. Los policías en moto-drones empezaron a seguirlo. Pensé que el conductor debía ser un tipo con dinero. En cuestión de segundos, el grupo se había perdido en la distancia. Seguramente el conductor del lujoso vehículo sobornaría a los oficiales y seguiría su camino como si nada hubiese sucedido. Apagué el cigarrillo contra la suela de mi zapato y tiré la colilla en un receptáculo de duraluminio que estaba a la entrada de la estación de Transmi-Metro. Subí al vagón y me ajusté la bufanda de bioseguridad, cubriendo bien mi boca y mi nariz (nunca es bueno viajar en Transmi-Metro sin protección). El vagón iba avanzando a una velocidad moderada por las calles del centro. Cada vez llovía un poco más fuerte. Los charcos en el suelo crecían poco a poco, reflejando la luz de las vitrinas como espejos líquidos de mercurio. Entonces creí ver a Diego entrando a un bar de rock. Corrí hacia la puerta del vagón y me bajé en la estación más cercana. Luego salí a la calle y eché a correr hacia el lugar en donde había visto entrar a mi viejo amigo.

Pisé una baldosa de cemento plástico que se movió bajo mi pie. El agua estancada debajo de la baldosa salpicó mis rodillas y me mojó los zapatos. Cuando entré al bar tenía las medias empapadas. Recuerdo que la pared estaba cubierta de extrañas esculturas de plástico; vi un par de cráneos de tigres dientes de sable, algunos colmillos de mamut, las garras de un gigantesco oso perezoso y otras cosas por el estilo. Busqué a Diego en la barra y en el área de las mesas, pero no lo encontré. Me compré una Guinness y puse una canción en la rocola digital para matar el tiempo. El hombre de la barra me cobró medio millón de pesos por la bebida. No era un precio exagerado, pero me irritaba saber que en el supermercado podía conseguir la misma cerveza por solo cuatrocientos mil. Mientras me bebía mi Guinness, me di cuenta de que algunas personas entraban y salían de una habitación en la parte trasera del bar. Me pregunté si Diego se encontraría en ese lugar. Terminé mi bebida y me acerqué con cautela. Al abrir la puerta vi a ocho o diez jóvenes conectados a unos extraños aparatos. Sus ojos estaban cubiertos por visores de realidad virtual de última tecnología. También tenían puesto un extraño aparato que cubría su nariz y su boca. Estos mecanismos se conectaban, a través de delgados tubos de silicona, con unos pequeños tanques de gas que se hallaban tirados en el suelo. Una de las personas conectadas a estas máquinas era Diego. No pude evitar notar que todos los demás eran mucho más jóvenes que él. Después de un breve periodo de confusión, comprendí de qué se trataba todo esto. Había visto algo al respecto en las noticias: los adolescentes de las principales ciudades del país estaban consumiendo un alucinógeno ligero patentado bajo el nombre de Dreamex. Esta sustancia era absolutamente legal, ya que no tenía efectos secundarios y no generaba adicción. Para incrementar el efecto del Dreamex, los jóvenes se conectaban a equipos de realidad virtual, con el fin de experimentar alucinaciones más vívidas e interesantes.

Me acerqué a Diego. Él estaba completamente desconectado de la realidad. Noté que el temporizador de su máquina marcaba 30 minutos. Deduje que ese era el tiempo que le quedaba. Decidí probar uno de los equipos mientras mi amigo terminaba su sesión. Metí un billete de un millón de pesos en la máquina y me preparé para una sesión de veinte minutos.

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En mi sueño yo era un astronauta que exploraba los alrededores de Júpiter en una nave espacial de la Agencia de Exploración Espacial Amazon. De repente, oí el sonido del viento detrás de mi nave. No hay viento en el espacio exterior, pero los sueños siempre son así. Al darme vuelta, vi a un enorme cuervo con plumas azuladas volando sobre mí. Busqué los controles de las armas de defensa, pero pronto comprendí que este enorme animal no deseaba hacerme daño. Juntos, volamos alrededor de la luna Ío. Nuestro vuelo era como una bella y armoniosa danza. Los ojos del cuervo eran de un color rojo brillante, pero a veces parecían azules, verdes o amarillos. También la luna cambiaba de color mientras volábamos sobre los enormes desiertos de su superficie. De repente, yo ya no era yo, sino mi nave. Mi cuerpo estaba hecho de metal, fibra de carbono, vidrio y plástico. Poco a poco también fui dejando de ser la nave. Ahora era el cuervo. Mis alas se deslizaban a toda velocidad por el vacío del espacio. Estaba orbitando la luna como un satélite orbita un planeta. Cuando menos me lo esperaba, descubrí que ahora era la luna, y que el gigantesco animal volaba a mi alrededor. Sentí un enorme afecto por esa intrigante criatura. Quería tocarla, pero no tenía manos. Empecé entonces a acariciarla con mi mente. Era una sensación extraña y cálida. Cerré mis ojos. Cuando volví a abrirlos, comprendí que mi conciencia se había expandido a todo Júpiter. La luna Ío era una metáfora de todo lo bello, del amor, de la paz, yo no sé… El cuervo se había disuelto en el espacio, convirtiéndose en éter, y ahora sus alas abarcaban toda la Vía Láctea. En el fondo sabía que todo esto era absurdo, pero era feliz y no me importaba nada más.

Al despertar, me limpié un hilo de saliva que colgaba de mi labio inferior. Mis ojos estaban húmedos, como si hubiera estado llorando. No sé por qué, pero me sentía profundamente triste. Tal vez me dolía saber que lo que acababa de experimentar era una mentira, una alucinación entretenida que probablemente no significaba absolutamente nada. Diego despertó y se puso de pie. Se frotó los ojos y empezó a buscar algo en sus bolsillos. Tal vez quería pagar por otra sesión de Dreamex y realidad virtual. Antes de que pudiera conectarse a la máquina nuevamente, me le acerqué. Lo saludé dándole unas palmaditas en la espalda y estreché su mano efusivamente. Creo que al principio Diego no me reconoció, pero luego vi que una sonrisa se dibujaba en su rostro confundido.

—¿Cómo va todo, Diego? Lo he estado buscando por cielo y tierra. ¿Cuándo volvió de Argentina?

—Hace como un año.

—¿Por qué no ha contestado el teléfono? Le he escrito un montón de mensajes por redes sociales; incluso le escribí a su lóbulo frontal.

—Ya no ando muy pendiente de esas cosas.

—¿Qué anda haciendo? ¿Está trabajando en algún periódico? ¿Consiguió camello en una revista?

—La verdad, ya no me interesan esas cosas. Me aburrí del periodismo. Ahora me la paso acá en el bar. Esto del Dreamex es lo máximo. Lo probé en Argentina y me quedó gustando.

—Pero de algo hay que vivir, ¿no?

—Pues yo tengo algo ahorrado. Pero no pienso hacer nada más hasta que se me acabe la plata.

—Sí, claro, Diego, estas alucinaciones son muy interesantes y todo. Bacano que la pase bien. Pero esas visiones no son verdad, hombre. No son la vida real.

—¿Y eso qué importa? ¿No es mejor vivir así? ¿O qué prefiere? ¿Levantarse temprano para ir a trabajar? ¿Almorzar de afán para no llegar tarde a la oficina? ¿Aguantarse los regaños del jefe y hacer maromas para encajarse en un vagón de Transmi-Metro en plena hora pico? ¿Llegar a la casa para dormir unas cuantas horas y que al día siguiente todo vuelva a comenzar? Yo ya estoy cansado de todo eso… Me quedo con el Dreamex. Pienso estar conectado a esto hasta que se me acabe el dinero. Volveré al mundo real cuando no me quede de otra, cuando me haya gastado toda la plata que ahorré.

Traté de convencer a Diego de que fuéramos por un café a Nuevo Chapinero; le propuse que visitáramos alguna librería nocturna o una de esas tiendas de música que están abiertas las 24 horas. Todo fue en vano. Salí solo de ese maldito bar y me eché a andar, resignado, hacia la estación de Transmi-Metro. En el camino compré otro cigarrillo y me lo fumé antes de subirme al destartalado vagón. Las luces de neón de Ciudad Capital se reflejaban en las ventanas sucias del vehículo. En mi conapto de 20 metros cuadrados me di una ducha, me comí una arepa instantánea y me cepillé los dientes. Mientras me secaba la cara con mi vieja toalla, pensé que tal vez Diego tenía razón. ¿Qué tiene de grandioso vivir como vivimos? ¿Qué nos espera en el futuro? Al fin y al cabo, somos una generación perdida. La economía está colapsando, estamos contaminando el planeta a una velocidad vertiginosa, y cada dos o tres años volvemos a estar al borde de lo que parece una maldita guerra mundial. Tal vez estábamos condenados desde antes de nacer. Sí, aunque yo no quería ni podía seguir sus pasos, lo cierto es que quizás Diego tenía razón. Esa noche me acosté a dormir temprano. Definitivamente, hay cosas en las que es mejor no pensar.

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Sobre el autor

Juan David Cruz Duarte

Juan David Cruz Duarte (Bogotá, Colombia, 1986). Es literato de la Universidad de los Andes y doctor en literatura comparada de la University of South Carolina. Ha publicado las colecciones de relatos Dream a little dream of me: cuentos siniestros (2011) y Ya (no) puedes volver y otros cuentos (2025). También es autor de la novela La noche del fin del mundo (2012) y del poemario Léase después de mi muerte (poemas: 2005-2016) (2018). Actualmente vive con su esposa en Bucaramanga, Colombia.

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Imagen de la portada: ChatGPT

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