Óscar González Cruz
Estas cosas toman su tiempo, pero como la paciencia no es nuestro fuerte, preferimos omitir los años de vuelo. A veces se vuelve todo un tanto confuso. A veces olvido a qué sitio he llegado al despertar. Por suerte, Konina está aquí para guiarme. Ella tiene bastante experiencia. Me alegra mucho ser su compañero de viaje. “Intenta ver tres pasos por delante de ti”, me dijo en alguna ocasión. “Debes prestar atención a la secuencia de cada interacción”.
Desde hace milenios he llenado mi bitácora con valiosos consejos, con innumerables tácticas, con las sabias palabras de Konina. Aquí he plasmado el testimonio de cada una de nuestras conquistas, y espero que, cuando llegue el momento adecuado, mis anotaciones le sean de utilidad a alguien más. Así debe ser. Eso aprendimos de nuestros ancestros: compartir es sobrevivir. Ese es el núcleo de nuestro próspero camino por el universo.
Compartir es sobrevivir.
Incluso las más pequeñas criaturas, aparentemente sumidas en la ignorancia, son partícipes y guardianes del “equilibrio natural”. Si pudieran ver lo que he visto yo. Si tuvieran ante ustedes la misma gama de colores, el mismo rehilete de posibilidades, también se conmoverían hasta las lágrimas. ¡Bendito sea el milagro de la vida! ¡Que siempre existan seres como Konina!
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Ella lo tiene todo muy claro. Está atenta a cada detalle, a cada susurro sutilmente cantado por las galaxias. Una vez, en Titán, mi compañera se las ingenió para aumentar ligeramente la temperatura de aquel cuerpo celeste. “Es cuestión de concentrar las partículas de metano en la atmósfera”, me explicó. “Al principio tendrás un efecto invernadero en la superficie; sin embargo, la densidad de las nubes protegerá a los futuros habitantes de la radiación cósmica a la que están expuestos”. Y eso hicimos. Años más tarde, detectamos los primeros rastros de vida extremófila en los lagos de Titán.
Hubo otra ocasión, en la constelación de Tauro, cuando Konina ajustó las interacciones electromagnéticas del núcleo de Aldebarán, una estrella agonizante, para prolongar sus años de vida. “Debes aumentar la probabilidad de colisiones nucleares; aprovecha los campos gravitacionales circundantes para incrementar la presión, y así reiniciar la fusión nuclear en el interior”. ¡Qué grande es Konina! Tal como lo predijo, aquel sistema floreció en tiempo récord, y decenas de planetas danzaron alegremente, rebosantes de hermosas criaturas.
Como su sabiduría es absoluta, ella (a diferencia de un servidor) sabe cuándo esperar, abstenerse, dejar intacto el curso de la historia, aun cuando la muerte y el caos sea inminente.
Nunca lo olvidaré.
Ahí estaba yo; un manojo de nervios, temeroso, ansioso de presenciar la omnipotencia de Konina. Mis manos pegadas a la ventana. Mi vista atenta a las peculiares órbitas del Sistema Solar. Y de pronto me invadió el horror. Como si se tratase de una mala broma del destino, como si el cosmos concentrase en un solo punto su infinita crueldad, un cúmulo gigantesco de masa, un proyectil monstruoso, se dirigía a toda velocidad y con trayectoria de colisión al más hermoso planeta jamás creado. La distancia con respecto a su sol, perfecta. Su tamaño y composición química, las ideales. La temperatura de su superficie, demasiado caliente; no obstante, se enfriaría de manera natural en los próximos años. De no ser por aquel asesino de planetas, seguramente desarrollaría con creces su enorme potencial.
Las lágrimas nublaron mis ojos ante la terrible escena. Sentí como la desesperación me desbordaba y, lo confieso, por un momento odié la indiferencia de Konina. Grité, lloré, rogué, pero mi compañera nada hizo al respecto. Deseé que todo se tratase de un elaborado plan para darme una lección. Realmente esperaba que se evitase el impacto en el último momento. Pero no fue así, Konina se dio la media vuelta, y el cataclismo arrancó de tajo la mitad del precioso planeta.
El resplandor me cegó por un breve instante. Furiosas llamaradas envolvieron las ya de por sí incandescentes rocas, y billones de fragmentos salieron disparados en todas direcciones. “Necesitas ser más paciente”, dijo ella; luego programó nuestro siguiente sueño, el más intranquilo hasta la fecha. Vi nubes negras, explosiones interminables, un temible vacío. Mis pesadillas se prolongaron por varias épocas hasta que, finalmente, llegó la hora de despertar.
La confusión era total. El lugar estaba irreconocible. Lo que antes fue un desastre cósmico, un obsceno festival de entropía, de incesante agonía, ahora estaba convertido en un auténtico paraíso. “Te presento a la Tierra y la Luna”, la suave voz de Konina me alivió de inmediato. “Los fragmentos del impacto se organizaron en el par de cuerpos celestes frente a ti; el campo gravitacional de una favorece la creación de vida en la otra, es una belleza”.
Se trataba de nuestra mejor obra.
La Luna disminuyó ampliamente la velocidad de rotación del planeta previamente golpeado, permitiendo periodos más largos de luz solar en la superficie. Jamás vimos tantos organismos, tan distintos entre sí, conviviendo juntos en el mismo suelo, respirando el mismo aire en perfecta armonía. Vientos frescos, vastos océanos, selvas repletas de maravillosas frutas. Era el lugar perfecto.
Orden y paz.
Solo hubo un pequeño problema. Konina y yo habíamos presenciado errores similares con anterioridad. A veces, cuando las criaturas evolucionan a alta velocidad, ocurren ciertas anomalías, fallos en los sagrados procesos cósmicos. No es agradable encontrarlos. Su simple presencia supone una amenaza incomparable para el equilibrio, por el simple hecho de que el equilibrio no está en su naturaleza. Carecen del espíritu divino. Entes solitarios, almas en pena, ajenas al orden mayor.
Los vimos nuevamente, ahí en la Tierra, devorando todo a su paso. Aprendimos mucho de ellos en este último encuentro. No fue sencillo, aun así, Konina descubrió cada detalle de sus absurdas motivaciones: una fijación irracional por poseer lo que les rodea, una brutalidad incontenible dispuesta a azotar incluso a sus semejantes. Era necesario detener su paso otra vez. En esta ocasión, nuestro objetivo fue disminuir, en la medida de lo posible, los daños colaterales. “Debes tener paciencia; tomará algo de tiempo, pero será mejor si esperas a que estos humanos se maten entre ellos mismos”, dijo Konina. Les dimos el fuego, y dejamos que ellos hicieran el resto.
IMAGEN DE LA PORTADA: Pexels
Óscar González Cruz
México, 1994. Comenzó a escribir ficción en mayo de 2023. En agosto del mismo año su relato titulado “Una sonrisa” ganó el 2o lugar en el concurso anual de cuentos “Eternity” organizado por la plataforma Wattpad. Le gusta crear historias que exponen virtudes y defectos humanos en el contexto de la ciencia ficción, reflejando problemáticas sociales actuales, y probablemente futuras.

