CRONISTAS ÓMICRON: El habitante de la caverna

Oscar Sandoval Rojas

I

Los ojos del líder de la expedición se abrieron como platos: nunca había visto tanta agmarita junta en un mismo lugar. ¿Quién habría pensado que la montaña Sepia escondiese semejante tesoro en su interior? Allí estaban, incrustados en la pared de roca frente a él, una docena de fragmentos del valioso mineral, tan grandes como su cabeza. Cada uno de ellos valdría por lo menos veinte mil ofras en el gran mercado de Aselem.

De inmediato, llamó a sus colegas del equipo, que seguían recorriendo otras zonas de la caverna:

—¡Vengan aquí! ¡Tienen que ver esto!

Los demás exploradores tampoco podían dar crédito a sus ojos y se apresuraron a sacar sus herramientas para desprender toda la agmarita de la pared. Sin embargo, luego de remover algunos fragmentos, un leve temblor se sintió en toda la cueva.

—¡Tengan cuidado! —dijo el líder—. No queremos causar un derrumbe.

Sacaron con cuidado hasta el último trozo de agmarita y los cargaron en la carreta donde transportaban sus provisiones y herramientas. Contemplando las piedras, el líder exclamó:

—¡Los dioses están de nuestro lado! ¡Una espléndida fortuna nos ha caído del cielo!

Apenas terminó de hablar, una gran cantidad de rocas se desprendió del techo y cayó sobre él, aplastándolo. Cuando la polvareda ocasionada por el derrumbe se disipó, los exploradores vieron con horror que algo más había caído junto con las piedras. Frente a ellos se erguía un dragón tan alto como un oso pardo, con cuatro patas terminadas en filosas garras y una larga cola terminada en punta. Sus ojos resplandecían con una centelleante luz azul y su escamosa piel era del mismo color del metal que usaban los aselemianos para fabricar sus espadas.

Uno de los exploradores se lanzó contra el dragón blandiendo su pico como arma, pero este lo hizo a un lado de un zarpazo que lo mandó a volar por los aires. Los otros arrojaron sus barretas y martillos contra la criatura como proyectiles, pero todas las herramientas rebotaban al impactar con su dura piel. La criatura, enfurecida, los derribó con un fuerte movimiento de su cola. Luego, sus ojos se encendieron con un fulgor azul y de su boca brotó un rayo eléctrico que resplandeció en toda la cueva e incendió la carreta de los exploradores.

Presas del pánico, los hombres se pusieron de pie como pudieron y corrieron hacia la salida de la caverna, mientras esquivaban los rayos que el dragón seguía escupiendo y que generaban chispas al impactar contra las paredes del túnel.

II

Los exploradores sobrevivientes comparecieron ante la gobernadora de Aselem y le narraron lo ocurrido. Junto a ella estaban Corban Al, el maestre guardián, y Hor Jazen, el maestre artífice. Luego de escuchar la historia, la gobernadora, motivada por la codicia, dijo:

—Un hallazgo como el que describen es demasiado valioso como para abandonarlo en esa cueva. Sin embargo, tenemos que hacernos cargo del dragón para extraer la agmarita. Maestre Al, convoque de inmediato a la Cuadrilla de Hierro y diríjanse a la montaña Sepia. Tráigame la cabeza de esa bestia como prueba de su muerte.

—Gobernadora —intervino Hor Jazen—, esta es una excelente oportunidad para probar las nuevas armas que acabo de ensamblar.

—Sus armas están reservadas para hundir barcos enemigos, maestre Jazen. No las desperdiciemos en un animal tan pequeño. Además, estoy segura de que la fuerza de los mejores soldados de Aselem será más que suficiente para resolver este problema.

El maestre Al asintió y, haciendo una venia, se retiró de la sala de reuniones.

III

La Cuadrilla de Hierro, liderada por el maestre Al, se internó en la profundidad de la caverna. Los cinco hombres caminaban con sigilo por los túneles, preparados con sus espadas y sus lanzas, listos para atacar al dragón al primer signo de su presencia. Cada uno de ellos llevaba adherido al hombro un bombillo de luz amarilla incandescente —invento del maestre Jazen— para desplazarse en la oscuridad sin problemas.

Luego de caminar por varios minutos, llegaron a una sección amplia desde la cual se abrían cuatro túneles más estrechos. A su alrededor, los muros estaban cargados de cristales de agmarita que resplandecían ante la luz de los bombillos.

—No toquen nada —advirtió el maestre Al—. Recuerden a qué vinimos.

De repente, un humo oscuro de desagradable olor comenzó a llenar la sección del túnel donde se encontraban. Era tal la densidad del humo que pronto ninguno de los hombres podía ver más allá de su nariz, incluso con la ayuda de los bombillos. Los soldados avanzaban a tientas y se daban voces entre sí para ubicarse, cuando un feroz rugido resonó por encima de ellos.

—¡Está en el techo! ¡Usen sus ballestas!

A la orden del maestre Al, los soldados abrieron fuego sobre sus cabezas, pero solo escucharon el sonido de las flechas chocando contra las rocas. Luego no hubo más que un angustiante silencio que se prolongó por varios segundos.

De pronto, la larga cola de la criatura oculta en la humareda se enroscó alrededor del cuello de un soldado y lo levantó hacia el techo. Sus débiles gritos llegaron al maestre Al, quien repitió la orden de disparar una vez más hacia el techo, sin ningún éxito. Al poco rato, un segundo soldado alcanzó a ver al dragón adherido a una pared lateral antes de que su cola perforara su armadura y le atravesara el abdomen. Momentos después, un tercer soldado gritó de dolor al ser mordido en una pierna y arrastrado por la criatura hacia un estrecho túnel. Luego, una enorme garra surgió de la nada y cayó sobre la cabeza del cuarto soldado, aplastándola contra el rocoso suelo.

Cuando las exclamaciones de dolor y los gritos de ayuda cesaron, el maestre Al supo que estaba solo. Cerró los ojos, agudizó el oído y, siguiendo su instinto, se dio vuelta con rapidez y asestó un golpe con su espada. El arma se partió en dos al impactar contra uno de los ojos del dragón, que se encontraba detrás de él. No lo hirió, pero logró aturdirlo por unos segundos, tiempo suficiente para que el maestre Al pudiese tomar su hacha y atacar a la bestia. Golpeó varias veces con todas sus fuerzas, pero no pudo perforar su dura piel: su arma se hizo añicos.

Al recuperarse, el dragón aspiró todo el humo que había liberado por sus fosas nasales para camuflarse y sus ojos comenzaron a brillar. Sus fauces se abrieron y revelaron un intenso resplandor azul eléctrico que iluminó toda la caverna.

Fue lo último que el maestre Al vio antes de que el rayo lo impactase de lleno en el pecho.

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IV

El dragón abandonó los cadáveres del maestre Al y de la Cuadrilla de Hierro en la entrada de la caverna, como una clara advertencia para cualquiera que intentase penetrar en sus dominios. Cuando la gobernadora se enteró de ello, montó en cólera y ordenó que el ejército aselemiano completo se aprestara para marchar hacia la montaña Sepia. Sin embargo, el maestre Jazen, luego de analizar toda la información disponible y de estudiar los restos de los caídos en combate, le propuso una alternativa más eficiente.

V

La criatura de la caverna se despertó de improviso al sentir el retumbar de unos pesados pasos: algo grande y muy ruidoso estaba ingresando por el túnel. Trepó con rapidez al techo, cuidándose de no topar ninguno de los fragmentos de agmarita incrustados en las rocas. Desde allí esperó con paciencia hasta que su extraño visitante se reveló ante él.

Un titán metálico de forma humana, grande como una casa de dos pisos, penetró en la caverna provocando un gran estruendo. En lugar de cabeza tenía un gran bombillo de luz blanca parcialmente cubierto por un casco transparente. Llevaba un broquel hecho de celdas hexagonales sobre el antebrazo izquierdo y una larga cuchilla dentada adherida al derecho. Sobre su espalda sobresalía la punta de una lanza corta hecha de gorconio, el material más duro conocido por los hombres. En cada hombro llevaba dibujado el escudo de armas de Aselem.

La voz del maestre Jazen se desprendió de la gruesa malla oscura que cubría el pecho del coloso de metal:

—¡He venido por ti, monstruo asesino! ¡Sal de tu escondite y enfréntame!

Mientras hablaba, la cabeza del gigante proyectaba un amplio haz de intensa luz blanca hacia el frente, el cual recorrió todas las paredes y el techo de la caverna. El dragón trató de escapar de la luz, pero esta lo alcanzó.

—¡Allí estás!

Al verse descubierto, el dragón se lanzó sobre el soldado metálico y comenzó a rasguñarlo con las garras de sus patas delanteras, pero este sujetó a la criatura con los dos brazos y la arrojó de espaldas contra el suelo con violencia. El dragón se recuperó, retrocedió y volvió a saltar sobre el coloso, pero este lo detuvo en seco con un puñetazo en el hocico que lo volvió a derribar. Luego le dio una patada en el abdomen que elevó a la criatura medio metro por encima del suelo.

El dragón cayó sobre sus cuatro patas y lanzó un violento coletazo contra su adversario. Este, sin inmutarse por el golpe, sujetó a la criatura de la cola y la lanzó contra una columna de roca que se erguía desde el suelo hasta el techo, generando un gran estruendo y un remezón dentro de la cueva.

—¡Bestia inútil! Esta armadura mecaforjada es más fuerte que tú.

Enfurecido, el dragón se incorporó una vez más. Abrió sus fauces y disparó un rayo eléctrico contra su agresor, quien se cubrió con su broquel. La energía del rayo se dispersó entre los paneles hexagonales y recorrió unos alambres que iban desde el brazo de la armadura hasta su cabeza. El color de la luz del enorme bombillo cambió de blanco a azul.

—Me contaron sobre tu truco de luz. Vine preparado.

El soldado metálico embistió con su broquel al dragón y lo estampó contra la pared. Otro remezón sacudió la cueva. La criatura quedó aturdida por un instante, lo que su atacante aprovechó para darle varios golpes rápidos en la cabeza. Cada impacto hacía brotar chispas de la piel metálica del dragón. Luego asestó un sablazo en el cuello de la criatura con su cuchilla, pero la hoja dentada se despedazó con el impacto. De inmediato, desprendió el arma de su antebrazo y tomó la lanza que llevaba en la espalda.

—¡Si no puedo cortarte en trozos, te llenaré de agujeros!

El titán intentó clavar su lanza una y otra vez en el cuerpo del dragón con golpes breves y certeros. Los impactos comenzaron a resquebrajar su piel y de las rajaduras brotaban gotas de un espeso líquido púrpura. La criatura bramó de dolor, lo cual animó al maestre Jazen a hundir su lanza en la rajadura más grande y retorcerla para agrandar la herida.

En ese momento, los ojos del dragón brillaron con una luz roja muy intensa y sus fauces se abrieron, mostrando sus afilados colmillos. El maestre Jazen se cubrió con su broquel, esperando un segundo disparo. En lugar de ello, un par de alas como de murciélago se desplegaron desde el lomo de la criatura, y esta se arrojó de cabeza contra su agresor a gran velocidad, derribándolo. Luego lo sujetó con sus cuatro patas y voló a través del túnel arrastrando al titán metálico, hasta que logró sacarlo de la caverna.

Cuando ambos estaban fuera del túnel, el maestre Jazen se puso de pie para reanudar su ataque, pero el dragón ya se había abalanzado sobre él y había enroscado su cola alrededor de la articulación que unía la cabeza-bombillo con el cuerpo de la armadura. Tiró con todas sus fuerzas y aleteó, levantando la armadura completa unos metros por encima del suelo. El agarre de la criatura era tan fuerte que la articulación se rompió y el bombillo se desprendió de la armadura, la cual cayó pesadamente a tierra sobre sus dos piernas.

El coloso metálico parecía un decapitado andante. Desde el aire, el dragón observó el agujero que había quedado en la armadura al arrancar el bombillo y vio al maestre Jazen moviendo palancas y manivelas. Este levantó la vista hacia la criatura y le dijo, en tono burlón:

—Esa no era mi cabeza, animal estúpido.

De inmediato, el dragón voló en picada hacia la armadura y se prendió, con sus patas y su cola, del brazo que sostenía el broquel, mientras abría sus fauces y generaba la energía para disparar otro rayo. El maestre Jazen tomó su lanza y la clavó una y otra vez en el cuerpo de la criatura, pero esta no se soltaba a pesar de las heridas que sufría. Cuando hubo cargado suficiente energía, el dragón estiró el cuello lo más que pudo hasta poner la cabeza por encima del agujero de la armadura acéfala. Luego soltó su letal disparo.

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El rayo entró por el agujero e impactó en el interior de la armadura mecaforjada. Su controlador se sacudió con violencia, incapaz de escapar de la descarga eléctrica, mientras las piezas dentadas estallaban en llamas y las soldaduras se derretían. Cuando el dragón cesó su terrible ataque, el guerrero metálico dejó caer su lanza y permaneció inmóvil, mientras unos vapores grises y un olor a goma fundida y carne quemada se desprendían de sus articulaciones.

VI

El dragón voló sobre Aselem, ante la vista de sus atónitos habitantes, llevando entre sus garras los restos de la armadura mecaforjada. Al llegar al centro de la ciudad, soltó el armatoste sobre la pileta de la plaza mayor, que quedó destruida por el impacto. Luego dio media vuelta y enrumbó a toda velocidad hacia la montaña Sepia, ansioso por reponer sus fuerzas después de tan dura batalla con unas generosas raciones de deliciosa agmarita.

La gobernadora observó indignada toda la escena desde su palacio frente a la plaza, mientras hundía con furia las uñas en la madera de su balcón. Entretanto, una multitud de curiosos se acercó a la mole metálica caída del cielo y encontró en su interior al maestre Jazen. Tenía severas quemaduras en todo el cuerpo y varios trozos de metal fundidos a la piel. Sin embargo, contra todo pronóstico, seguía con vida, y su mente era consumida por otro fuego: el de la venganza.

IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT

Retrato del escritor Oscar Sandoval Rojas.

Oscar Sandoval Rojas

(Lima, Perú, 1981). Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú y egresado del Curso Integral de Edición de Publicaciones de la Escuela de Edición de Lima. Ha publicado cuentos en libros colectivos y revistas digitales peruanas e internacionales. En formato digital destacan sus cuentos en las antologías de Kanon Editorial (Perú, 2020 y 2023) y en la revista Epitafio (n.º 1 al 4, Perú, Speedwagon, 2024). En formato impreso, sus cuentos han sido incluidos en las antologías Narraciones y poemas en la ciudad de los libros (Perú, Ciudad Librera, 2022), Cuentos y poemas de amor y amistad (Perú, Ciudad Librera, 2024), Corazón de canela y tinta (España, Grenade Publishing, 2024), La guerra de las ranas (Colombia, Ediciones Ranato, 2024) y Paladines del Quijote (España, 2025), así como en la revista Verano Antología Internacional #1 Fin del Mundo (Argentina, Editorial Equinoxio, 2024). En 2025 publicó su plaqueta literaria Embajador del Reino (Perú, Ediciones Catarsis, 2025).

Publica semanalmente microrrelatos en su página de Instagram: @juegos.textuales

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