Raúl S. Martínez
I
Camila McGinley se tronó los dedos y adoptó la postura adecuada. Había cargado decenas de barriles durante sus años trabajando en distintos bares donde solía servir tragos a desconocidos y regulares. Ante la emoción inicial por el hallazgo, Camila recordó que detestaba su oficio. El barril de roble de Santa Teresa ochenta y uno contenía algún líquido desconocido, muy probablemente vino de Tierra Dos, pensó Camila, saboreando. Encontrar aquel contenedor en la esquina más oscura del pequeño almacén resultó una agradable sorpresa. Emprendió el regreso con el barril en brazos y distribuyendo correctamente el peso hacia sus delgadas piernas.
—¡Miren lo que encontré en el almacén! —dijo emocionada y depositó el barril sobre una de las mesas de metal, —Mejor ocasión que esta para abrir un barril de vino, no me parece que haya —añadió, recuperando el aliento, —Sofía, ve a la cocineta por copas… por favor.
La mueca de desagrado de Sofía Ibarra provocó que Camila pidiese su ayuda de buena gana. Con el ceño fruncido en señal de indignación, Sofía dudó un segundo para luego ponerse en pie y dirigirse hacia la cocineta en búsqueda de copas para la ocasión.
—¿Cómo es que tenemos algo así en esta nave? —preguntó sinceramente María Ramírez. El fuerte acento evidenciaba su mundo de origen; San Pedro treinta y tres, uno de los más hermosos paraísos tropicales en la federación galáctica. Sus hermosos ojos oscuros miraban fijamente el barril que tanta extrañeza le provocaba. —No sé si debamos.
—¿Por qué? ¿Qué más da, María? Por el amor del gran apricotiano* —el tono de Sofía era cínico, casi depresivo, —No encontré copas, sólo vasos, pero bueno, es igual. Camila, haz los honores, por favor.
Camila sonrió cortésmente. El tono de Sofía le parecía insoportable. Estaba acostumbrada, sin embargo, a anteponer la diplomacia cuando se encontraba con personalidades desagradables. De hecho, esa habilidad era fundamental en la línea de trabajo que tan desesperadamente trataba de abandonar haciéndose al espacio. Además, muy a su pesar, Sofía tenía razón; ella era la persona idónea para servir los tragos.
—Será un placer —respondió mirando en dirección a María, que todavía lucía indecisa.
El barril de veinte litros permanecía inmóvil sobre la mesa. Encontrarlo había sido el único acontecimiento positivo durante el trayecto que terminó por convertirse en un naufragio técnico.
Al haber fallado la inteligencia artificial de abordo, Isaac, el capitán de la nave de transporte privado de pasajeros Portal de la Gloria, don Óscar Zentella, se había convertido en un inútil pasajero más a la deriva.
Hacía tres horas que el capitán había abandonado manualmente la velocidad relativista; no tenía caso seguir surcando el oscuro infinito sin una inteligencia artificial capaz de realizar los cómputos necesarios. Los sistemas de soporte vital y de comunicaciones permanecían intactos, proporcionando una sensación de frágil comodidad.
—¿Y si esperamos al capitán? —preguntó María intentando retrasar lo inevitable.
—Aún sigue en la cabina, enviando señales de emergencia e intentando contactar con alguna nave cerca de nuestra ruta —respondió Sofía, a quien ya le urgía un trago. Miró a Camila, quien asintió suavemente.
La bartender removió el corcho sintético del barril, puso uno de los vasos debajo de la llave metálica – que ostentaba un hermoso acabado de bronce, inusual en barriles de tan poca capacidad- y abrió la válvula. Un líquido marrón fluyó hasta llenar el vaso a la mitad.
—Eso no parece vino —apuntó Sofía, frustrada.
—Porque no lo es —Camila hizo un esfuerzo extraordinario para controlar su tono de voz y mantener la cordialidad. Se llevó el vaso a la nariz, luego lo puso a la altura de sus ojos -los lentes redondos y el pelo naranja le daban un aire de inocencia- e hizo girar el líquido dentro del vaso con un movimiento que había perfeccionado durante años.
—Es whisky.
La bella Camila McGinley dio un pequeño sorbo.
—Al menos cuatro años de añejamiento, me parece. Un whisky de centeno, creo. El barril sin duda luce nuevo, ¿por qué usarían un barril tan pequeño? —preguntó a nadie en particular.
—Camila, tenemos sed.
La actitud hostil de Sofía en realidad intentaba ocultar una gran tristeza que sin embargo ya era conocida por todos. La anécdota que la llevó a tan particular amargura también era de dominio público; llevaba apenas seis semanas que había roto su compromiso con Moisés Enríquez, el amor de su vida. Por ello, Camila, María e incluso el capitán Zentella eran indulgentes con su falta de buenos modales.
—Cierto, cierto, —la curiosidad de Camila le había hecho olvidar las groserías de Sofía. —Dame tu vaso, Sof.
—Gracias —Sofía intentó replicar pobremente el análisis organoléptico de Camila.
—Vale, yo también quiero, —cedió María entregando su vaso a Camila.
—Salud, equipo, por El portal de la gloria y nuestra mala estrella —dijo Camila intentando no sonar ridícula.
—Salud.
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II
Las tres mujeres se conocieron en La Estrella Polar, un establecimiento recién inaugurado y detrás de cuya barra Camila se dedicaba a preparar y servir tragos. Durante una poco concurrida noche de jueves, Camila tuvo que pedir la ayuda de María Ramírez, quien en toda la noche había bebido dos cervezas, para acompañar a Sofía hacia el taxi que la llevaría de vuelta a casa de sus padres donde residía desde su separación.
—Dicen que la gente de San Pedro siempre está dispuesta a ayudar, ¿cierto?
—Sí, por supuesto, —María titubeó. Si bien era cierto que esa era la reputación de sus complanetarios, ella no sentía ganas de ayudar a una desconocida que además, sentada a la barra junto a ella, se había pasado arruinando la noche para todos, bebiendo más allá de lo que podía soportar y llorando más de lo que cualquier comensal en La Estrella Polar estaba dispuesto a escuchar.
—Gracias, lo haría yo, pero tengo que permanecer detrás de la barra cuidando el negocio.
—Camila le guiñó un ojo a María. A su alrededor no había más personas.
—Con gusto, —dijo María mientras se pasaba el inerte brazo de Sofía sobre los hombros. Cuando por fin fue capaz de ingresarla en el taxi, se miraron brevemente. Los ojos color esmeralda de Sofía se posaron sobre los negros de María. —Gracias, de verdad, ¿de San Pedro, cierto?
—No es nada, y sí, del meritito San Pedro, —explicó María, exagerando su acento.
—Dicen que las mujeres de ese mundo son las más guapas de la galaxia… y creo que tienen razón.
Una semana más tarde las tres mujeres volvieron a coincidir en el establecimiento. Sofía llevó una caja de chocolates que ofreció a Camila y María como agradecimiento por haberla cuidado aquella terrible noche.
—No sé qué me pasó. Creí que estaba lista para salir de nuevo, no para buscar a nadie, simplemente para divertirme, pero al parecer sigo siendo un desastre.
—A todos nos pasa alguna vez —explicó Camila en su sabiduría de camarera —¿Qué te sirvo?
—Cerveza, por favor.
—¿Y a ti, San Pedro?
—Igual.
—No debería beber con los clientes, pero ya me da igual. La próxima semana será mi último día en Ciudad Equis —explicó y sirvió una pinta de cerveza para ella.
—¿A dónde te mudas? —preguntó María, quien era la más joven de las tres.
—Tierra Dos.
—¿Una existente* mudándose a Tierra Dos en estos tiempos? —inquirió María.
—A mí la política me da igual, ya no soporto este planeta y por fin conseguí un trabajo afín a mi educación. Estoy harta de preparar tragos, soy economista… Jamás volveré a Ciudad Equis. Los rebeldes y la federación pueden matarse entre ellos si así lo desean.
—Felicidades —eructó Sofía, quien sentía la urgencia por embriagarse. Su vaso ya estaba medio vacío.
—Siendo así, qué bonita coincidencia —añadió María, ignorando su vaso, —yo también me mudo a Tierra Dos la próxima semana.
—¿Y tú por qué, San Pedro? —preguntó Sofía mientras se secaba los labios con una servilleta, tiñéndola de labial rosa.
—Obtuve una beca para estudiar una maestría en Derecho en el Tecnológico de Tierra Dos, el ciclo propedéutico comienza pronto.
—Van a decir que es invento mío, pero yo también me mudo a Tierra Dos en una semana, —el vaso de Sofía había sido vaciado por completo y para no interrumpirla, Camila lo rellenó en silencio —Muchas gracias, tengo una prima que vive allá y me ofreció quedarme con ella unos meses, necesito salir de este planeta, guerra o no.
—Gran idea, —Camila puso el vaso frente a Sofía, —Por cierto, ¿ya tienen cómo irse?
III
Incluso para el inexistente marco de referencia palatal de Sofía Ibarra y María Ramírez, el whisky resultó ser maravilloso. Ambas mujeres bebieron rápidamente las primeras tres rondas y a la cuarta los efectos del alcohol comenzaron a manifestarse. Camila McGinley en cambio decidió saborear lentamente la complejidad de la bebida. Jamás había probado algo parecido y eso le preocupaba un poco. ¿Por qué en el polvoriento almacén de una nave privada de transporte había un barril de whisky de tan insólita calidad? ¿Cuánto tiempo toma contactar una nave de rescate? Pero, sobre todo, ¿cómo era posible que fallara una inteligencia artificial a bordo? La situación le resultaba un poco sospechosa, pero hasta ella había comenzado a sucumbir ante el agradable sopor alcohólico.
—Me parece raro, —María arrastró las palabras y el particular acento de San Pedro treinta y tres era mucho más notorio, casi exagerado.
—¿Qué de todo? —el pelo rubio y ondulado de Sofía le caía en desorden por la cara.
—Nunca nos has contado por qué rompiste tu compromiso, Sof.
Sofía había temido ese momento durante semanas. La narrativa sobre su rompimiento con Moisés Enríquez era usualmente ambigua cuando se trataba de la causa raíz y muy descriptiva al momento de abordar el sufrimiento que aquel hombre la había provocado. Por educación, timidez o desinteresada cortesía, sus interlocutores solían no hacer demasiadas preguntas. Pero María era joven, estaba borracha y en el poco tiempo que llevaba de conocerla, había comenzado a querer a Sofía Ibarra.
—Digo, si nos quieres contar, claro, —sonrió en dirección a Camila, quien le devolvió medio gesto.
—Es cierto, Sofía, ni siquiera yo sé por qué te dejó ese cabrón. —el chisme la distrajo brevemente de todas las dudas que la agobiaban.
—Bueno, bueno ya, voy a contar la verdad —Sofía se sintió acorralada y sin ganas de seguir alimentando su narrativa. —Existe la pequeña posibilidad de que me haya sorprendido en compañía íntima de algún otro varón sin importancia.
—¿Pequeña posibilidad? —María abrió completamente sus hermosos ojos oscuros.
—Que me atrapó cogiéndome a su primo, pues —confesó Sofía y se puso a llorar.
Por instinto, Camila y María pusieron sus vasos sobre la mesa y la abrazaron.
Los libros de la semana
IV
—¿Qué está pasando? ¿Dónde encontraron ese barril? —la grave voz del capitán Zentella diluyó el momento de intimidad emocional.
—¿Tiene noticias sobre alguna nave de rescate, capitán? —Camila era la única suficientemente sobria.
—Sírvase un whisky, capi, está buenísimo —María ofreció sinceramente.
—¿Qué hicieron, niñas? —la desesperación se apoderó del capitán Zentella. —Ese whisky no era para ustedes.
—¿Entonces para quién? —Camila, quien aún no era plenamente consciente del alcance de sus acciones, seguía intrigada.
—Supongo que ya no importa si les doy detalles, tomando en cuenta lo que acaban de hacer. Me pidieron transportar un cargamento para la cúpula rebelde, algunos bienes inofensivos pero difíciles de conseguir dada la situación actual entre Ciudad Equis y Tierra Dos. Al parecer, incluso al borde de la guerra, esos granjeros siguen teniendo buen gusto. Ese whisky de centeno tenía ocho años de añejamiento. Se acaban de beber dos millones de pezones estelares** en media hora, carajo. Estamos acabados.
—Ups —susurró Sofía, con el maquillaje corrido. Por sus venas corría ahora la mayor parte del valor que el capitán Zentella había descrito.
—¿Contrabando? —Camila preguntó, enojada. Por ahorrarse algo de dinero en un viaje de bajo costo había puesto en riesgo su futuro y el de sus nuevas amigas.
—Sólo busco ganarme la vida en este universo, como todos —los ojos cansados y la frente arrugada de preocupación del capitán Zentella lo hacían lucir sincero, sin malas intenciones. —Ya da igual, ya he compartido nuestras coordenadas a mi contacto con los rebeldes. No deben tardar en llegar. Camila, haz el favor de servirme un trago, por caridad. No quiero morir sobrio.
Los cuatro esperaron en silencio. Después de lo que parecieron un par de horas, el sistema de altavoces de la nave fue intervenido por una fuerza externa y las luces se encendieron. Suaves vibraciones los sacaron de su ensimismamiento. Una nave de mayor tamaño se aproximaba.
—¿Son ellos? —Sofía comenzaba a dejarse llevar por el pánico.
—Antes de morir tengo que confesarles algo, ¡no nací en San Pedro treinta y tres! Nací en Ciudad Equis y mi familia se mudó a San Pedro cuando yo tenía menos de un año, pero les juro que siempre me he sentido más de San Pedro que de Ciudad Equis, es más, ¡viva la revolución! —gritó María, —¡Cállate, María! Están diciendo algo por los altavoces —ordenó Camila.
—Atención, tripulación y pasajeros de El Portal de la Gloria, esta es la Daga Lunar, nave de exploración de las Fuerzas Armadas de la federación galáctica, prepárense para ser abordados para inspección y rescate.
—¿Estamos salvados? —preguntó Camila, esperanzada.
—Nunca me han agradado los soldados, pero dadas las circunstancias, me atrevo a decir que sí, posiblemente un arresto sea mejor que una ejecución, —admitió el capitán Zentella, —Voy hacia la escotilla de embarque, no hay que hacerlos esperar.
—¡Espere, capitán! —rogó Sofía Ibarra, pero fue ignorada.
El oficial de la federación galáctica entró apuntándoles con un arma corta de uso reglamentario.
Observó brevemente la escena frente a él, bajando de inmediato la guardia.
—Sofía, ¿qué carajo haces aquí? —preguntó, abandonando su voz hostil.
—Hola Moi, me da gusto verte —admitió Sofía sin poder mirar al teniente Ramírez a los ojos.
V
Las tres mujeres viajaban esposadas de vuelta a Ciudad Equis. Los oficiales fueron particularmente educados y Camila, quien también despreciaba a cualquier representante de la fuerza pública, fuese planetaria o galáctica, no sabía si aquel buen trato se debía a la naturaleza benigna de los soldados o a que la exnovia de su superior se hallaba a bordo. Incluso les ofrecieron bebidas. Junto a ella, María había recuperado la sobriedad y ahora intentaba encontrar sentido a la situación.
—Nosotras no tenemos nada que ver, nos llevarán al cuartel para interrogarnos y probablemente nos dejen salir en algunas horas. En cuanto aterricemos en Ciudad Equis, llamaré vía ansible a mis padres, ellos pueden ayudarnos, también son abogados…
El capitán Zentella fue llevado a algún otro rincón de la nave y Camila decidió que era mejor no preguntar por él.
Atravesaron el cosmos en silencio. Cuando el primer ataque rebelde sacudió la nave de la federación, Camila pensó que una muerte instantánea sería mejor que volver por la fuerza al planeta donde no tenía nada. En su rincón, Sofía concluyó lo mismo; para ella cualquier destino era mejor que permanecer esposada dentro de la nave comandada por el ex prometido al que había engañado. Sólo María lamentó los ataques, imaginó la voz de su madre llamándola de vuelta a Ciudad Equis con un acento que podría ser definido de muchas maneras, excepto tropical.
NOTA
*Deidad más venerada en Ciudad Equis, un durazno gigante.
*Gentilicio oficial de Ciudad Equis: La X se pronuncia como el dígrafo QU, es decir, con el sonido de la consonante oclusiva velar sorda (K).
**Divisa oficial de la Federación Galáctica.
IMAGEN DE LA PORTADA: IA WORPRESS
Raúl S. Martínez
Escritor mexicano de Ciencia Ficción y Fantasía. Publicó su antología Ahora tenemos vino y otros cuentos (Acento Editores 2020) y está trabajando en su primera novela.
