Karla Hernández
Día 231 de la era Hurt
Capitana J. Rodríguez
Nuestra nave ha aterrizado con total seguridad en el planeta Tierra luego de un largo tiempo en el hipersueño. El resto de la tripulación está despertando poco a poco, preparándose para ejecutar la misión que nos habían confiado los altos cargos que consistía en explorar la mayor extensión de la superficie terrestre para monitorear el estado del planeta que décadas atrás abandonaron los primeros seres humanos en busca de un nuevo futuro en el espacio.
Al principio, todo se veía justo como estaba escrito en las viejas bitácoras de las primeras misiones de reconocimiento. Cientos de kilómetros de una tierra árida y despoblada, sin nada más en las cercanías. Cuando consideré dar por finalizada la tarea que nos habían encomendado, divisé en el horizonte algo que jamás había visto hasta ese momento. Aquella materia extraña era de color verde y se expandía a lo largo de un amplio terreno en medio del suelo árido.
Revisé las coordenadas en el Nano, chip de mi cerebro y de acuerdo con la ubicación. Estábamos en el antiguo territorio que alguna vez perteneció a México. Lo que me resultó más increíble, fue comprobar que la materia verde que se extendía por el suelo, resultó ser una planta, era pasto para ser más precisa. Conforme fuimos avanzando, se reveló ante nosotras la existencia de una especie que todos en el espacio daban por perdida. Todo era nuevo, el aroma, el tacto, incluso el sabor era algo desconocido para mí.
Por un instante, no se me ocurrió pensar que fuera obra de algún ser humano, pero una presencia que se reveló ante nosotras me sacaría de mi error.
La mujer parada frente a mí se parecía un poco más a los androides de nuestras bases espaciales que al de una mujer de carne y hueso. Ya tenía preparada mi mano en la pistola de rayos láser que siempre llevaba conmigo cuando la mujer nos sonrío, dándonos la bienvenida al antiguo búnker de Neo Nepantitlán. Se presentó como Artemisa y nos guio todo el camino hasta llegar una serie de casas hechas con restos de naves, máquinas e incluso contenedores industriales.
Una vez que llegamos a ese poblado, nos dimos cuenta de que todos, en mayor o menor medida, se veían como nuestra anfitriona. Todos trabajaban el suelo, reciclando el agua de la lluvia y filtrando agua del mar para obtener una sustancia que pudieran usar en las plantas y en ellos mismos. Artemisa nos explicó con voz pausada que mucho tiempo atrás, su abuela Atenea comenzó las labores necesarias para restablecer las condiciones apropiadas para cultivar el terreno.

Sin que tuviera que preguntárselo, también explicó que su apariencia era resultado de las mutaciones a las que fueron sometidos sus ancestros ante las inclemencias ambientales que amenazaban la vida de todos aquellos que intentaban sobrevivir.
—Aunque ahora hay una gran diferencia– me dijo con una expresión serena– ahora los semihumanos ya recuperamos nuestra humanidad. Estamos conscientes de que no es así para todos, pero queremos que poco a poco los que son como nosotros recuperen sus recuerdos, y que recuperen esa parte que nos impulsa a vivir más allá de la simple supervivencia.
En verdad estaba impresionada, jamás pensé que la lucha de una sola persona fuera a ser la chispa inicial. Era asombroso el modo en que usaban la tecnología de desecho que se dejó abandonada en la Tierra para fabricar sus herramientas. ¿Los altos cargos se sentiría decepcionado de saber que aquellos se quienes dieron por muertos durante tantos años? ¿Ahora prosperan en medio de árido paraje que les dejaron como herencia?
Es demasiado probable que sea así.
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Nuestros anfitriones están muy contentos de que ayudemos con las labores en el campo, hace unos días Artemisa me confesó que no creía que fuéramos aptas para los olvidados trabajos manuales que estaban casi desaparecidos en el espacio. Le demostramos lo contrario.
El sudor en nuestras frentes y el cansancio en nuestros cuerpos eran recompensados con las frutas y verduras que cosechábamos todos los días.
Han pasado pocos días desde nuestra llegada. Honestamente, el tiempo ya es relativo para todas nosotras. ahora no importa el día exacto. No sé si es por el color verde que rodea toda la población, pero me siento en paz.
A estas alturas, mi determinación de volver se hace más débil.
Día 278 de la era Hurt
Este es el último reporte que daré en mi calidad de capitana.
Como habrán podido apreciar, la vida en la Tierra ha mejorado bastante, pues, así como este ex búnker hay muchísimos más esparcidos en todos los continentes. Aquellos individuos que fueron descartados como inservibles para las misiones espaciales han logrado levantarse de la miseria y la desesperación para crear su propio futuro. Ahora, me hace feliz anunciar que me uno a la causa de aquellos que se denominan a sí mismos como semihumanos para rescatar el planeta que alguna vez quiso exterminar a la raza humana.
Abandono mi cargo a partir de este momento.
Fin del comunicado.
IMAGEN DE LA PORTADA: DALL-E
Karla Hernández
Veracruz, Ver, México (1991). Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas nacionales e internacionales y fanzines, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa. Actualmente es directora de la revista Cósmica Fanzine.