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CRONISTAS ÓMICRON: La gente de abajo

Dos astronautas asoman de una cápsula espacial dañada que flota en el mar, frente a un velero de madera con marineros renacentistas y un pueblo mediterráneo en la costa.
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Fran Castillo

La lluvia comenzó en abril y ya no paró.

Nadie reparó en el incesante aguacero, pues solo llovía en su corazón.

Lonhart Davinzch había malinterpretado las señales de su mejor amigo, Gike Von, y le había declarado su amor. Solo consiguió perder la hermosa amistad que tenían y romper su propio corazón con el rechazo que recibió. Quiso enterrar la cabeza en la tierra y no sacarla jamás. Necesitaba alejarse de Gike, de todo. El anuncio de reclutamiento para el programa de exploración espacial no pudo haber llegado en mejor momento.

Aviónica. Listo.

Tomó aire y aguantó la respiración.

Se decía que aquello de no tener a nadie había sido un factor decisivo a la hora de escoger entre los candidatos para la misión. Por lo visto, no solo buscaban gente con grandes capacidades y altamente preparada, sino que también necesitaban personas desarraigadas, con la mínima familia o, mejor, sin ella. Puede que solo fuera un rumor, pero tenía cierto sentido: necesitarían personas sin nada que perder para una misión suicida como aquella. Lonhart no tenía familia y había obviado la existencia de Gike en las entrevistas de forma deliberada.

Miró a sus tres compañeros de reojo. Eran cuatro cuerpos sentados en círculo. Cuatro rostros tensos mirando al infinito.

Solon Psiprutz tenía los ojos cerrados, Qeristo Colurunnbu tenía la mirada perdida y Bridet Sjalfojch, que estaba sentada frente a él en la cabina de la lanzadera, lo estaba mirando a los ojos. Ella asintió con un parpadeo suave, de forma casi imperceptible, para transmitir confianza, y Lonhart esbozó una sonrisa como respuesta. Pero aquello no consiguió sacarlo de sus pensamientos.

Coordinador de plataforma. Listo.

No podía evitar preguntarse si había tomado la mejor decisión. Sabía con una certeza abrumadora que no volvería a pisar Unten con vida: las probabilidades de acabar aquella misión con éxito eran tan bajas que ya eran considerados héroes antes siquiera de subirse al cohete. Los habían despedido con honores propios de un funeral de Estado.

La preocupación general de la población no se había hecho esperar tras el anuncio de aquella nueva misión. No era el hecho de que fuera el primer vuelo tripulado por humanos al espacio exterior lo que más ampollas levantaba, sino que la misión previa, que se había realizado con androides, no había tenido ningún éxito. Habían perdido todo contacto en cuanto la nave había traspasado el abismo.

«Hay cosas que solo los humanos pueden hacer», había sido la única declaración pública desde la presidencia del Gobierno de Unten. No habían dado más explicaciones.

Hidráulica y umbilicales. Listo.

Lonhart recordó una conversación que había mantenido con Gike cuando se publicó la noticia de que se había perdido el rastro de la Unteneika 1, antes de que las cosas entre ellos se estropearan para siempre.

—¿Crees que es cierto eso que dicen? —había preguntado Gike con la mirada perdida en la proyección de la noticia en la pared.

—¿El qué?

—Lo de que hay gente debajo.

Lonhart volvió a sonreír por el recuerdo, de la misma manera que lo hizo cuando Gike comentó aquello. Le encantaba la inocencia de su alma.

Revivió en su mente cómo había rebuscado en sus bolsillos algo que le pudiera servir para ilustrarle a Gike lo que quería decir. Había encontrado varias monedas y había escogido la de cinco malatíes, que era la más grande.

—Imagina que esto es la Tierra —le había dicho a Gike, sosteniendo la moneda ante sus ojos—. Nosotros estamos aquí arriba. —Había puesto el dedo índice en el centro superior de la moneda—. Esto sería el abismo. —Había señalado el borde de la moneda—. ¿Vale?

Gike había asentido con interés.

—Pero los rayos del sol también llegan a la parte de abajo. Cuando arriba es de noche, abajo es de día, y viceversa. En teoría, no hay nada que impida que la vida haya surgido también abajo, ¿no crees?

Gike había fruncido el ceño y se había quedado pensativo.

—Pero eso es solo una teoría —había concluido Gike.

Lonhart había asentido.

—Exacto —había dicho—. Por eso necesitan enviar una nave al otro lado, para comprobar esa teoría.

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T-20, Director a todos los operadores PLD Space y Unteneika 2, listo para despegue.

—Estamos haciendo historia, compañeros —dijo Bridet—. Os deseo suerte a todos.

Lonhart salió de sus pensamientos y miró a su compañera a los ojos. Solon y Qeristo hicieron lo mismo. Se sonrieron los unos a los otros.

Sintió, de repente, que no los conocía lo suficiente para morir a su lado.

Soltó en un sonoro suspiro el aire que había estado reteniendo en sus pulmones hasta ese instante.

Tres.

Lonhart volvió a respirar hondo y se aferró a los brazos del asiento. Deseó que todos guardaran silencio.

Dos.

Notó que Bridet lo miraba y evitó el contacto visual.

Todo empezó a vibrar.

Uno.

Diferentes pilotos de seguridad cambiaron de color, de rojo a verde. Otros se encendieron por primera vez. Ellos no tenían que hacer nada, solo aguantar.

Despegue.

Un intenso rugido de motores los ensordeció. La temperatura de la cabina se elevó hasta la incomodidad.

Lonhart siguió escuchando la voz de control por los auriculares, pero ya no le prestó atención. Cerró los ojos y apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

Habían sido entrenados, pero los simuladores no habían sido nada precisos. Lonhart sintió por primera vez como si su piel se replegara e intentara escapar de su cuerpo escurriéndose hacia sus pies. Pensó que, si no mantenía los ojos cerrados, se le saldrían de las órbitas.

Notó cómo uno de los impulsores de energía se desprendía del cohete para aligerar peso. De ese modo pudieron llegar al punto más alejado de la Tierra. Lonhart se permitió volver a abrir los ojos. Ese fue el último momento de paz. Los motores parecieron detenerse, pero solo estaban cambiando de dirección. A partir de ese instante, el cohete entró en órbita.

—En unos minutos llegaremos al abismo y descubriremos la verdad —dijo Bridet.

Qeristo tragó saliva aparatosamente y mostró una sonrisa forzada.

El abismo: el terrible desconocido, el límite del mundo, implacable e imposible de sortear. Todo aquel valiente que se había acercado por mar o por aire no había sido capaz de volver con vida. Sin embargo, no dejaba de despertar la curiosidad de los seres humanos, ávidos de conocimiento. Todos querían saber qué había al otro lado de aquellas horribles tormentas que se arremolinaban eternas y destruían todo lo que se acercaba. Después de tanto fracaso, habían llegado a la conclusión de que la única manera de superarlo era viajar hacia el espacio, alejarse lo suficiente y luego rodear la Tierra. Lo habían intentado con una nave tripulada por androides. Todo había ido bien hasta que llegaron al abismo. En aquel instante, la conexión de la central con el cohete empeoró de forma repentina, hasta que se perdió por completo.

Decidieron que el cohete debía alejarse mucho más y que, esta vez, debía ser tripulado por humanos que supieran reaccionar ante cualquier contratiempo.

El vuelo hacia el abismo fue tranquilo, como cuando un ave planea sobre un lago buscando peces. Los cuatro tripulantes pudieron observar, a través de la ventanilla, la masa de tierra en la que habían nacido. Desde aquella altura, todo parecía borroso e insignificante. El abismo se imponía en el borde del mundo. Iba cobrando relevancia a medida que se acercaban, a pesar de sobrevolarlo a una distancia considerable.

Cuando el cohete llegó a lo que creyeron que era la horizontal con la Tierra, ya no se veía nada por la ventanilla. Una niebla espesa, como espuma de mar, lo había ocupado todo. Notaban la presión dentro de la cabina. La nave comenzó a temblar como si ella también estuviera nerviosa y, de repente, cayeron en una especie de turbulencia enorme. La cabina se zarandeó de una forma tan violenta que las paredes llegaron a estrecharse y ceñirse sobre ellos, comprimiéndolos y dejándolos sin aire. Algunos objetos y material de navegación fueron arrancados por manos invisibles de las paredes de la cabina donde estaban sujetos y volaron sin control.

Una varilla metálica atravesó el casco de Solon como si fuera una flecha enemiga. Murió de forma instantánea. Fue lo último que vio Lonhart antes de perder el conocimiento.

Cuando despertó, lo peor ya había pasado. Notó que la cabina oscilaba como si estuviera flotando en el agua.

Qeristo lo zarandeó por los hombros.

—¡Lonhart! —exclamó—. ¿Cómo estás, amigo?

Lonhart balbuceó algo sin sentido, pero Qeristo lo interpretó de forma positiva, así que sonrió. Luego volvió a endurecer el gesto.

—Bridet y Solon han muerto —informó—. No logro contactar con la central, pero creo que lo hemos conseguido. Estamos al otro lado. ¡Estamos debajo!

Lograron desabrocharse los cinturones de seguridad y abrieron la escotilla. El sol brillaba en un cielo azul, tan parecido a aquel al que estaban acostumbrados que se sintieron confusos. Tal y como Lonhart había intuido, la nave se encontraba a la deriva en un mar inmenso. Qeristo comprobó que el agua era salada.

Creyeron enloquecer cuando divisaron una embarcación en el horizonte. Habrían pensado que se habían equivocado y que habían caído de nuevo en su mundo si no fuera porque aquella embarcación no se parecía en nada a las que solían navegar por los mares que ellos conocían. Era pequeña y de madera, se impulsaba con el viento gracias a un enorme trozo de tela y solo llevaba a unos seis hombres.

Hombres. Seres humanos, como ellos. Vestidos de forma extraña, pero eran personas, al fin y al cabo.

Los rumores eran ciertos: ¡había gente debajo!

El barquito se les acercó y los hombres les hablaron, pero no entendieron nada de aquella lengua. Aquellos marineros parecían muy sorprendidos de haberlos encontrado, pero les ofrecieron ayuda.

Los llevaron a tierra firme, les dieron ropas limpias y secas y los alimentaron con comida fresca y novedosa, que llenó sus bocas con un torbellino de sabores nuevos, indescriptibles para sus sentidos.

—Lonhart —les dijo mientras se tocaba el pecho—. Lonhart Davinzch.

Uno de los hombres, que estaba frente a él, asintió y se tocó el pecho mientras pronunciaba el que debía de ser su nombre. Uno de sus compañeros, más alejado, preguntó algo.

—¡Leonardo! —exclamó el que estaba frente a Lonhart, señalándolo—. Leonardo da Vinci.

Lonhart se maravilló de la forma en la que aquel hombre había pronunciado su nombre. Le resultó curiosa y, definitivamente, atractiva. El hombre que estaba alejado asintió y sonrió.

—Leonardo —repitió.

Aquellas personas amables acogieron a los dos extraños viajeros, los llevaron a su pueblo y les ofrecieron todas las comodidades que pudieron. Lonhart y Qeristo se dejaron cuidar e intentaron aprender el idioma de aquellas gentes simpáticas. Después de un par de meses ya podían saludar y decir algunas cosas importantes.

Lonhart sentía que había vuelto a nacer, hasta que Qeristo le dijo que debían volver a casa.

—¿Y cómo pretendes hacer eso? —le preguntó—. La nave quedó destrozada; no hay forma de recuperarla.

—Debemos idear una forma nueva.

Lonhart suspiró.

—Tiene que haber una manera de volver. Debemos informar de nuestro hallazgo. Nuestra gente nos espera.

—Es imposible volver, Qeristo. ¿Acaso no te has dado cuenta de que esta gente no dispone de nuestra tecnología ni de lejos? Sus construcciones son primitivas, igual que sus armas y sus herramientas. ¡Ni siquiera conocen la energía eléctrica, Qeristo!

—Debemos idear el modo de volver, Lonhart. Debemos volver arriba.

—No lo entiendes, amigo. Míralos. —Tomó aire de forma exagerada—. Respira este aire limpio y revitalizante, mira sus plantas, ¡ya has probado la comida! Querido amigo, ya estamos arriba. ¿No lo ves? ¡Nosotros somos la gente de abajo! Aquí no hay ni una pizca de polución, la vida es mucho más sana, comen plantas que crecen en la tierra de forma natural, no en invernaderos artificiales. ¿Es que no te das cuenta?

Sí, Qeristo se había dado cuenta. Se apresuró a limpiarse una lágrima que se deslizaba por su mejilla.

—Debemos volver.

Entonces Lonhart lo entendió.

—¿Quién te espera?

—Tengo mujer y una hija. —Se derrumbó de rodillas mientras se cubría la cara con las manos.

Lonhart no supo qué decir. Miró al cielo buscando una respuesta, pero no la encontró.

—No voy… No puedo —se corrigió— acompañarte, Qeristo. Lo siento. Yo me quedo.

Qeristo se puso en pie. Se enjugó las lágrimas y le tendió la mano a Lonhart como única despedida.

—Suerte —le dijo Lonhart mientras su compañero se alejaba.

Veinte años más tarde, mientras Lonhart trabajaba en su estudio, un amigo se asomó por la ventana y le dijo que un loco había convencido a la Corona española para ir a las Indias navegando hacia el oeste.

—¿Cómo has dicho que se llama? —preguntó sorprendido.

—Colón. Dicen que se llama Cristóbal Colón.

—Cristob… —balbuceó Lonhart mientras recordaba a su paisano—. Claro.

No pudo evitar sonreír con cierta nostalgia.

IMAGEN DE LA PORTADA: CHATGPT

Fran Castillo

(España, 1979). Ingeniero informático y traductor, escritor y cineasta.

Ha escrito y dirigido una veintena de cortometrajes, tres de ellos premiados. Es autor de la novela de terror y ci-fi Tiempo muerto (Litworld, 2019), galardonada en siete ocasiones, y del thriller Aquí tienes tu parte (Distrito93, 2024). Ha publicado relatos de terror, ci-fi y fantasía en varias antologías, como «Sofritos», relato ganador de la antología de terror noir Dulce hogar (2020) y traducido al italiano por la editorial Alas de Cuervo en 2025, o «Nachzehrer», incluido en La Hermandad de la Noche. Cuentos de sangre y oscuridad (2021), antología finalista en los Premios Ignotus 2022. También ha publicado relatos en revistas literarias como Pulporama, Cuentística, Relatos Increíbles, The Wax, Liriel o Exogénesis.

Es miembro del pódcast de rol literario DungeonsZombies.

Twitter/Instagram: @fracasserr. Blog: franjcastillo.com

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