Teoría Ómicron

CRONISTAS ÓMICRON: ¡Canibalismo en Coyoacán!

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Vlad Martínez Cruz

Horas después que su esposa viajara a Disneyland para curarse una pataleta, Fernán Moncayo, ex galán de la pantalla de plata, decidió que había llegado el momento de mandar al diablo la devoción perruna que sentía por ella.

Luego de despachar a los domésticos, apagó las luces y comenzó a vagar por su mansión de Santa Catarina, en Coyoacán, como un tapir sonámbulo.

– ¿Por dónde empiezo? –se dijo. Cada tantas vueltas se detenía a parar la oreja. Nada: quietud perfecta. A la undécima pausa deshizo el nudo de su corbata y gruñó con alivio.

Siendo muy joven, Moncayo comprobó que la universidad no era lo suyo. Dio en conjurar el tedio académico con su afición por la bohemia, pero su padre, poco dispuesto a financiar parrandas, acabó por desheredarlo. Resolvió sus dificultades con una carrera de modelaje. Fue afortunado: a los veintiuno, un encuentro casual con el cineasta Juan Bustillo Oro lo puso al frente de una Mitchell BNC. La película se titulaba Los enredos de una debutante, y actualmente se considera perdida. Corría el año de 1946: Fernán se convirtió en un seductor de medio pelo.

Décadas más tarde, su eterna soltería se vino abajo el día que conoció a Cecilia Artayeta. Con sólo diecinueve años, aquella modelo de cosméticos electrizó sin remedio al sátiro otoñal. Coloreada de naranja por cortesía de Miss Clairol, pecosa y flexible, Cecilia emanaba un aura volátil, irreal. Cuando Moncayo acudió a sus padres para formalizar la relación, el viejo Artayeta lo miró con una mezcla de estupor y orgullo.

– Ceci es lo mejor que su madrecita y yo conseguimos crear –dijo–. Trátela como merece.

Pero, desde la noche de bodas, la diva en pañales se había convertido en una pesadilla. Ante todo, forzó a Fernán a dormir en una cama aparte, envuelto hasta la barbilla. Nada más claro: Ceci odiaba su debilidad por “la cochambre carnal de la esfera sublunar”, y solía advertirle que no vacilaría en defender su virtud a tijeretazos. Luego estaban sus rabietas: se tiraba al suelo y, pataleando, desgarraba las alfombras a mordidas. Como, por disposición paterna, los tórtolos cohabitaban con toda la estirpe Artayeta, Mamá abrazaba entre lágrimas a la quejosa mientras decía a Moncayo:

– Querido yerno: a la nena se le pasará la corajina con un viajecito a las Europas. ¿Nos extiende un cheque, por favor?

Se iban por dos semanas y la muchacha regresaba más serena, pero siempre inexpugnable. Así las cosas, no era de extrañar que los diálogos nocturnos tomaran un cariz desconcertante.

– Ceci, palomita –gemía Fernán, sepultado por kilos de frazadas–. Al menos déjame besar tus pantorrillas…

– ¡JAMÁS!                                                                                       

No teniendo otra cosa que hacer en sus largos días de astro jubilado, Moncayo mitigaba el desánimo con su pasión por las adquisiciones exóticas. Su cara rectangular, de bigotito lineal, se borroneó bajo una red de pozos y arañazos que sus conocidos, por temor a enfadarlo, no se atrevían a llamar “los estragos del hambre”.

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Volvamos, ahora, a la fecha en que la joven dejó a su marido deambulando entre sombras.

Moncayo ingresó al salón donde Cecilia acostumbraba tocar el piano y, cigarrillo en mano, se sentó a pensar. Quería un safari erótico en toda regla, ¡no un festín de tacos placeros! Había que planearlo con cautela. Sin embargo, Fernán se sentía fuera de forma y su coche estaba en el taller.

– Llama al Negro Morales: él guiará tus pasos –se dijo. Pero descartó la idea: su amigote lo transformaría en materia prima para chistes verdes. Tras ahondar en sus recuerdos, agregó:    

– ¿Y si telefoneo al cuate ése de las películas raras, al porno-abogado?

Dio una calada al Raleigh sin filtro. Holofernes Rocha –el tipo en cuestión– era un loco de cuidado. Hacía meses que importunaba a Moncayo para que le hiciera un préstamo de carácter peculiar. Éste se emplearía en el rodaje de una cinta (Desmaterialización psiconuclear de un merolico) cuya trama enmaridaba las vicisitudes de una utopía zen con los fastos brutales del Gran Guiñol. Por lo general, los filmes de Rocha eran proyectados en trastiendas, sótanos y happenings lisérgicos. Su fama tenebrosa era asunto de estado: los negativos de su último bodrio (El devorador de maniquíes) habían sido secuestrados por la Secretaría de Gobernación, con el beneplácito del Arzobispado. Las copias impresas del largometraje sufrieron pena de hoguera en el antiguo quemadero de San Hipólito.

Moncayo evocó la figura esmirriada de Holofernes Rocha, con su eterno bléiser azul, los pantalones lácteos y un pañuelo de seda roja al cuello. Se atragantó al recordar aquella cara triangular, entre alerta y burlona, coronada por un remolino de canas. Sus ojos de lunático parecían capaces de echar a rodar mientras él sonreía con dientes de jadeíta.

¿Confesaría sus apetencias a semejante gárgola? Quizás no. Pero, según fuentes de fiar, Rocha contaba con un auténtico lupanar en su casa de Polanco: fámulos y criadas cumplían dudosas funciones, y el propio mayordomo (un veterano de la rebelión cristera) fungía como padrote del rebaño.

Sudando frío, Fernán trotó hacia la pared del fondo y apretó un botón: parte del revestimiento se hizo a un lado y dejó salir el cadáver de un oso polar, en postura rampante y con patines en las zarpas traseras. Su abdomen se abrió por la mitad, revelando un interior refrigerado que contenía botellas, vasos, hielo en cubos y mezcladores.

Moncayo sonrió con malicia: la bestia era su juguete más reciente. Instalarla en el salón de música había causado la pelea decisiva con Cecilia. Se sirvió un whisky doble y, tras ocultar el bar, fue a la mesita del teléfono. Se alumbró con el encendedor para buscar el número de Rocha en su agenda.

Eulocadia, la hija de Holofernes, contestó al tercer timbrazo. Fernán la recordaba de alguna parte: era una mujercita corpulenta que vestía como leñador canadiense y llevaba trenzas de colegiala. Tras identificarse, preguntó por el viejo.

– Mi papacito no está –gruñó la vástiga–. ¿Algún recado?

– Dígale que estudiaré su petición –respondió Moncayo, improvisando– y que puede enviarme detalles adicionales cuando quiera.

Colgó sin despedirse. Su audacia lo dejó extático por un tiempo indefinido. Se sentía tan leve que empezó a reír. Fue a la sala principal y encendió un racimo de luces indirectas mientras silbaba los mambos de su juventud. El estrépito del llamador casi le provocó un infarto.

Se asomó a la calle desde un balcón enrejado: una morena curvilínea zapateaba de frío ante la entrada. Llevaba una peluca color canario y un abrigo de falsa chinchilla.

– Soy la Zoraida –susurró–. ¿Me dejas pasar?

Sorprendido, Moncayo exclamó:

– Hm. ¿No te habrás perdido?

La extraña sonrió.

– Pues no –dijo, con una mano en la cintura–. Me manda la niña Eu.

Moncayo bajó las escaleras a galope tendido. Franqueó el paso a la mujer y le asignó una butaca en el aposento de las reuniones familiares. “Alea jacta est”, reflexionó.

Se acercó a un estéreo disfrazado de concha marina. Barajó sus álbumes de boleros. Algunos se le zafaron, estrellándose en el parqué.

– ¿Qué tal un traguito antes del reventón? –propuso Zoraida–. Para los nervios.

Absorto en recoger sus discos, Moncayo asintió y dijo:

– En el salón de al lado hay un piano, y frente a éste, una cajita de controles adosada a la pared. Sólo aprieta el botón azul. Sírvete a tu antojo y de paso me traes un scotch doble, ¿quieres?

– Clarín corneta, mi rey.

Oyó alejarse el taconeo de la visitante. Se tironeó las puntas del bigote. “¡Vaya regalito, mi estimado Holofernes!”, murmuró. Una bonificación inesperada a cambio de su ayuda para rodar ciertas escenas. La naturaleza de aquella colaboración le aguó la fiesta.

De nuevo aguzó sus sentidos. Sondeó cada rumor noctívago. Trató de discernir correteos arácnidos, pero la casa permanecía silenciosa, salvo por el zumbido de cierta pared cercana, desplazada por motores ocultos. Y luego…

Algo parecido a un patinazo de neumáticos atronó el ámbito: era Zoraida que gritaba.

Pisando éxitos de La Sonora Matancera, Moncayo voló al conservatorio. Distinguió un bulto yacente. Le dio cachetadas suaves. Posó un oído encima del seno izquierdo: su corazón no latía.

El oso se alzaba en posición de ataque sobre el cuerpo de Zoraida, vomitando una luz rojiza. Fernán comprendió lo ocurrido y se dio una palmada en la testuz.

– ¡Qué idiota eres! –jadeó–. Debiste explicarle…

Una voz parecida a un maullido le habló desde el ático. Siguieron otras, agudas y tremolantes. A la servidumbre no le gustaba aquel coro de tinieblas. El propio Moncayo había estado a punto de empapar sus calzones la primera vez que lo escuchó, cuando el matrimonio Artayeta le presentó a la familia en pleno.

– Fernán, ¿vendrás a darnos las buenas noches? –dijo alguien.

Resonó un tintineo como de cadenas deslizantes.

– Puede que no, esta vez no… –musitó, en respuesta, otra presencia.

– ¿No vendrá porque está bebiendo? –inquirió la primera voz.

– No vendrá porque nos teme.

El golpeteo de los eslabones metálicos arreció. Entre risotadas, el orfeón proclamaba:

– Tiene miedo… ¡Mucho miedo!

Moncayo, acurrucado junto a Zoraida, se mordía las uñas. ¿Cómo evadir aquel desastre? Tuvo ganas de tirarse bajo un trolebús, o mudarse a la Patagonia en la bicicleta del jardinero.

Los relojes de Coyoacán proseguían su éxodo hacia el alba. Fernán recordó que el ama de llaves volvería a las siete, en compañía de la cocinera, y que el Negro Morales lo había citado a las doce en el club hípico para proponerle un negocito, otra de sus movidas chuecas pero redituables.

Hurgó un poco más en su sarcófago mental.

Lo asaltó la memoria de un mordisco recibido en el antebrazo derecho. Fue durante la tarde que visitó a sus suegros para afinar los pormenores nupciales. Ellos lo iniciaron en el secreto familiar, explicando a fondo los misterios de la embriología sagrada. Todo empezaba con la purificación ritual de un huevo fecundado. El proceso concluía con la sublimación de su potencial angélico. ¡Allí estaba Cecilia para confirmarlo! Una obra magna destilada a base de rezos, flagelaciones y ayunos, más alguna que otra cabra sacrificada en la cumbre de un cerro. Las tentativas iniciales salieron mal, pero un buen artista no descarta sus fallos: les asigna un rincón idóneo. Para eso estaban las cadenas, el ático de ventanas tapiadas.

La cicatriz –el fantasma de la carne perdida– empezó a palpitar. Eso decidió el asunto.

Se levantó, buscó la extensión telefónica y marcó el número del porno-abogado. El saludo le llegó en tesitura de contralto:

– Residencia Rocha-Becker, a la orden.

El hombre aguardó unos segundos antes de farfullar:

– ¿Bueno? Aquí Fernán Moncayo. ¿Ya volvió su papá, señorita?

– Un momento.

Primero un clic, luego un zumbido. El ex actor sudaba de pies a cabeza, lanzando ojeadas a la silueta inerte de Zoraida. Lo alarmó un olisqueo bestial y un tironear de argollas en el piso superior. Nuevamente sonó el clic. Eulocadia dijo:

– Gracias por esperar. Mi papacito lo escucha, don Fernán.

Un rumor como de vientos encontrados llegó del fondo del auricular. Un cónclave de fuelles dantescos. Moncayo tragó saliva y sacó un cigarrillo, pero no alcanzó a encenderlo. Pegado al tubo de baquelita con empeño febril, se encomendó a los buenos oficios de su santo patrón y dijo:

– Doctor Rocha, ¡qué gusto saludarlo!

La respiración de gigante seguía colándose por los agujeritos del receptor. Moncayo sintió que una corriente negra obliteraba la media luz. Era como si un cetáceo ciego absorbiera con avidez cada sílaba delineada por su lengua.

– Quería avisarle –continuó– que acepto su pedido, pero tendrá que fotografiarlas aquí, en Coyoacán. Cuestión de principios, pues ellas no pueden salir de casa. Tal fue el convenio con mis suegros. Por cierto, el regalito que me mandaron sufrió un paro. Si desea ver a mis cuñadas en su hora de comida, véngase ya. De paso me ayuda a servirles la cena.

****

La carcajada de Rocha, que irrumpe de pronto, vence las barreras del cobre y el plástico, se adhiere a Moncayo como un avispero y lo obliga a secundarla.

Arriba, en el desván, los borradores de Cecilia Artayeta se suman al escándalo.

El Salvador, 1970. Fiel amante de la ficción especulativa, con énfasis en los clásicos. Pónganle delante un libro de Fritz Leiber, Lisa Tuttle, Manly Wade Wellman, Catherine L. Moore, Robert Aickman o J. G. Ballard, y lo verán babear. También lee contemporáneos, pero su corazón pertenece a una legión de fantasmas ilustres.

Desde hace un tiempo publica cuentos en revistas digitales como Teoría Ómicron, Anapoyesis: Literatura, Arte y Cultura, El Axioma, Pactum, Planetas Prohibidos, Alas de Cuervo y Penumbria. Uno de sus engendros fue incluido en “Unicornios Decapitados”, la antología de narraciones extra-viscerales impresa por Editorial Solaris de Uruguay (agosto, 2023).

Vlad obtuvo una mención honorífica en el Primer Premio Internacional de Cuento Breve de Ciencia Ficción “Construcción de Universos Posibles”, organizado por la revista literaria Anapóyesis (México, 2023).

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