Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: Liebestraum

Publicamos el relato "Liebestraum" de Maximiliano Guzmán.

Maximiliano Guzmán

Nadie más que yo se ha animado a testificar lo ocurrido durante el año 1955 y 1958 en un antiguo hospital del Gran Buenos Aires. 

Me creerán loco al leer de mi puño y letra, la historia de un colega, un prestigioso médico cirujano, que también era un amigo, el Dr. E.D. (Su identidad permanecerá oculta, por lo menos desde mi lado). 

Después de esos años, en el hospital, reconocido, por cierto, circulan leyendas de magnificencia y misterio, un misterio que rescata la belleza y la extrañeza entre los nuevos pacientes que oyen la historia como una broma hospitalaria que termina siempre con un “Pero no tema” de una enfermera o un médico de guardia. 

Yo era un joven cuando esto sucedió, estaba haciendo mis primeras armas en la medicina, el Dr. E.D era una eminencia de un porte de Noble que atendía a cada uno de sus pacientes como si fuesen familiares cercanos. 

Él solía durante los sábados a la noche, contar una anécdota extravagante que había pasado de generación en generación en su familia y repetía que, a sus cincuenta años, iba a llevarla a cabo. 

Quiero dejar en claro, siendo testigo de lo sucedido que aún le soy fiel al Dr. E.D y parte de mi relato carecerá de detalles que manchen el nombre de mi colega y amigo. 

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Debo comenzar con la anécdota familiar que El Dr. Contaba cada sábado y que he escuchado con la mayor atención que eso requería, que puede variar según el lector, pero tratare de ser lo más preciso posible. 

Había una vez… (Todo comenzó) en una pequeña granja en la Provincia de La Pampa, una familia de pocos recursos, que labraba la tierra, criaba cerdos y gallinas y así mantenían las comidas diarias a niveles elementales. 

Una noche, la niña de cuatro años desaparece de su cama sin dejar rastros. 
Sus padres al amanecer se preguntan dónde puede haber huido la niña y empiezan una búsqueda desesperada. Ella, única hija de la pareja. 

La búsqueda se llevó a cabo de manera desesperada, la niña de rizos negros no podría haberse escapado. El campo era inmenso, varios kilómetros separaban a los vecinos de la familia, pero la niña nunca había salido a jugar con sus vecinos, era demasiado pequeña para hacerlo. Una niña de su edad jugaba con muñecas de trapo y vivía a merced de los caprichos de su perro. Ella fue la primera víctima. El secuestro de la niña no fue más que un mensaje. Un mensaje que los padres tomaron con desconocimiento e ignorancia. 

—Devuelvan a mi hija —decía la madre a gritos. 

Esto es lo que El Dr. relataba con nostalgia y perdiéndose en el relato, admitía que la pequeña, era la primera víctima de la época, pero bien sabía que no sería la última. Sudando y con la voz quebradiza, el Dr. seguía la historia: 

El tiempo corría y la niña no aparecía, dejando a la pareja cargada de un dolor insano.

Al pasar los años, los dos integrantes de la pareja fueron muriendo, al padre lo encontraron muerto entre el sembradío de la familia, llevaba clavada una cruz en el pecho, un signo suicida o un lamentable deceso en alguna trifulca de hombres honrados. 

A la mujer la vieron por última vez, desorientada y hambrienta caminando sin rumbo, nombrando a su niña. “Padres como esos encontraras a montones, muchacho” recordaba El Dr. limpiándose el sudor y bebiendo un poco de agua. Su boca amarga reflejaba el peso de la historia, la angustia histórica de aquel acontecimiento. 

Pasaron los años y la granja fue quedando a la *cderiva. 

Después de un tiempo prologado, un terrateniente, familiar del Dr. E.D encuentra en un viaje de trabajo con la granja y la toma como suya, se apodera de las hectáreas y en ella pone a vivir a sus esclavos para que trabajen en el cultivo. 

“Sin papeles ni documentos. Si el Terrateniente hubiese sabido lo que le esperaba”. El Dr. E.D cabizbajo insinuaba siempre a continuar con una parábola o un fragmento de un diario que guardaba su esposa. Insinuaba continuar con eso, pero no lo hacía, una pesadez en la cara se lo impedía. Un dolor indescriptible, inerrable. Un dolor que, como su amigo oyente, comprendía propio de otros mundos. Levantando el dedo índice al cielo, proseguía con la respiración agitada:  
Los esclavos, de origen Africano, comen y duermen en la granja venida a menos. 

La esclava H. de veintidós años, dice tener problemas para dormir, ojerosa y cansada, es castigada diariamente por su voluntad diezmada para el trabajo. Ella repite que sucede algo que no puede describir con palabras. El otro esclavo admite que algo ocurre, pero prefiere evitar el castigo y calla a las preguntas sobre el tema que le hace el terrateniente. Sienten el miedo propio de su raza azotada.  Por eso, el esclavo Varón, le comenta a su mujer que el tiempo de llorar, temer y sufrir, es un tiempo eterno al que deben doblegar y triunfar. 

Lo que el esclavo Varón no sabe, es que el tiempo carga heridas nacidas del vientre del abismo. Heridas que ni la confesión ni el perdón curan. 
La pareja pasa una temporada en la granja y de la noche a la mañana, desaparece la joven esclava. 

l terrateniente acusa al esclavo de haberle dado muerte, o en el peor de los casos, de haber logrado que su mujer se liberara de las cadenas que la mantenían en una prisión al aire libre, y lo castiga hasta inhabilitarlo completamente, quedando solo despojos del hombre que fue. 

El terrateniente decide reconstruir la granja desde sus cimientos, hacer una gran casa para albergar a familiares provenientes de España. 

“Familia Real, decían”, se aclaraba la garganta el Dr. La casa se construye durante meses con mano esclavizada, nuevos esclavos llegan a ocupar los espacios del campo y a habitar en ranchos improvisados con tela y maderas húmedas, las porciones del terreno que el Terrateniente entrega como parte de pago. (Un pago miserable). Y los esclavos en conversaciones en voz baja comentan sobre los gruñidos y rasguños que se escuchan cada noche en los primeros cimientos que se alzan sobre ellos, y sobre sus precarias casas. 

El terrateniente hace oídos sordos y al llegar los parientes, con la casa equipada para un vivir placentero, uno de los niños, de solo ocho años, al cabo de dos días durmiendo allí empieza a decir que “Hay animales horribles mirando”. Los padres del niño omiten los dichos justificando gran imaginación del pequeño. 
Semanas después…el niño desaparece

Los padres aturdidos por la situación se dirigen al terrateniente y acusan a los esclavos de brujería. El terrateniente da su veredicto y asesina a los esclavos que tenía a su disposición, requiriendo otra tanda de nuevos ejemplares para seguir con los trabajos. 

La pareja española, decide tener otro bebé, nace un niño que se cría fuerte y sano. 
El tiempo se despliegaZ y el niño es el padre del Dr. E.D que se muda a Buenos Aires para estudiar medicina, en una prospera universidad recientemente fundada. 

Durante el periodo de estudio, el padre del Dr. E.D frecuenta a una bella mujer, de letra A al principio de su nombre. Entre los dos surge un amor inesperado, sobre todo por la buena familia de la que provenía ella. “La sangre manda”.

Tienen un hijo fuera del matrimonio, el Dr. E.D ante la presión de la familia de A, se enlazan de forma legal. 

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Su padre le relata la historia de Brujería supuesta a su hijo, quien – Aquí empieza el verdadero relato- en su juventud decide emprender la búsqueda de los dos niños y la esclava. 

Búsqueda que lleva a cabo mediante el sueño, sueño que logra conseguir en las guardias del antiguo hospital, donde lo conocí. 

En el periodo de 1950 a 1953 el Dr. E.D se inyectaba un líquido translucido en las venas y recitaba un poema de origen Africano que decía más o menos así: 


No existe una aguja sin una punta punzante.

No hay navaja que no tenga hoja cortante.

La muerte viene a nosotros en variadas formas.

Con nuestros pies hollamos la tierra de la cabra.

Con nuestras manos tocamos el cielo de Dios.

Algún día futuro en el calor del atardecer,

Seré transportado a la altura de los hombros

A través del poblado de los muertos.

Poema que se le atribuye a una etnia de Mozambique, según lo explicado por el Dr. E.D. 

Cada noche de guardia, el medico duerme. Al despertar, en confianza con sus colegas, donde me encontraba adherido, cuenta en fragmentos, lo que sería o, mejor dicho, a la que llamó, “LIEBESTRAUM” basada en la sinfonía clásica de Liszt, que el Dr. tanto gustaba escuchar. 

El sueño de amor, durante la primera etapa de sueños, describe un tierra virgen donde alados marsupiales rascan los arboles buscando un hijo del hombre, un humano. 

Mientras el Dr. E.D relataba esto, sus manos temblaban y sus labios tendían a secarse. 

Un trago de agua, otro hasta describir en uno de sus últimos sueños antes del hecho que conlleva a la leyenda, el Dr. E.D describe que esas bestias de grandes alas blancas y parecido a Koalas erguidos en dos patas largas encontraban, según su propia deducción al niño humano después de un sacrificio de sangre. “Una de las criaturas debía desaparecer, ser devorado por otro, no dejando ni un hueso” explicaba el Dr. E.D aturdido. Aunque la historia de todos modos tiene tintes delirantes, algunos de los médicos de guardia queríamos creer que era cierto, que el gran médico no estaba loco. 

En el periodo ya especificado entre 1955 y 1958 el Dr. E.D comenzó una carrera contra la cordura y la salvación de su primogénito, D.D. que contaba con apenas unos meses de vida. 

El médico, decidió elevarse al gran sueño, a un sueño atemporal, dejando la medicina y a toda su familia a merced de la vida cotidiana, el Dr. E.D se vio inmerso en el sueño, Quería salvarlos y según sus palabras, salvar también a su hijo y sabia como. 

En esos tres años, se supo muy poco del médico, aunque dentro del hospital se conocía su paradero. 

En una sección antigua del edificio, el Dr. E.D preparo sueros y pidió que se guardase el secreto. Yo, colega con un fuerte aprecio hacia él, era el indicado para sostener ese delirio y ayudarlo a dormir colocándole los sueros cada noche durante tres años. 

Fueron tres años, por lo que aquí puedo contar, fueron tres años los que duro la búsqueda y no siguió porque, disculpen si cuesta creer, pero yo con el tiempo aprendí a creerlo, el Dr. E.D el quince de Abril de 1958 desapareció de la habitación. Algunos médicos y enfermeras lo vieron como un escape, una fuga en su locura. Puede que sea cierto, nada ha sido del todo verificado, quizás, por inoperancia o miedo. El Dr. E.D había desaparecido y solo en la cama de la habitación había dejado un pequeño escrito, que debí esconder de mis colegas por respeto a mi amigo. 

El escrito decía: 

Aequam memento rebus in arduis servare mentem.

Dado su significado y el contexto en que fue encontrada, aquella página estaba escrita para quien la descubriese y ese fui yo. Nuestros destinos estaban conectados, y sé que es posible que lo sigan estando.

Dado su significado y el contexto en que fue encontrada, aquella página estaba escrita para quien la descubriese y ese fui yo. Nuestros destinos estaban conectados, y sé que es posible que lo sigan estando.

Esta historia, que se mantiene entre los enigmas del antiguo hospital, se fortalece cada noche, cuando algunos niños dicen soñar con bestias horribles de dientes gigantes o escuchar rasguños en las paredes de las habitaciones. Solo los pocos que saben quién fue el Dr. E.D pueden justificar que un hombre tan honorable como él, no pudo jamás estar loco y que su cuerpo fue abducido desde el sueño por esos Marsupiales alados en búsqueda de qué, no lo sé, pero seguramente el Dr. E.D lo sepa, en donde esté. 

Desde ese entonces, tome la decisión de evitar las guardias en el hospital y dormir lo menos posible.

Mi cuerpo está cansado, viejo y adolorido, pero escribir estas memorias me saca el peso queq llevaba cargando conmigo. Cada vez que leo en los diarios que un niño desaparece sin dejar rastros durante la noche, pienso en el Dr. E.D y trato de creer que su desaparición no fue en vano, aunque aún continúen los secuestros nocturnos. 

FOTO: Imagen de Aliaksandra en Pixabay

Maximiliano Guzmán

Nació en Recreo – Catamarca – Argentina, 1991. Estudió Cine y Televisión en La Universidad Nacional de Córdoba – Argentina. Ha publicado cuentos en las revistas argentinas:  Espacio Menesunda, Revista Gualicho, Diario Hoy Día, El Rompehielos, La tuerca andante, El Ganso Negro, Los Asesinos Tímidos, La Mancha Zine, Salvaje Sur, también en Chile:  Revista Kuma, Chile de Terror, Revista Phantasma, en México: Revista Delatripa, Revista Hueco, Revista Rito, Revista Escafandra, Revista Anapoyesis y en Perú: Letras y Demonios. Participó en la Antología Internacional Sucio de Letras de La tuerca andante yen la Antología Anómalos del Diario Hoy Día. En Uruguay:  Antología de Ciencia Ficción Dura y Erótica de Editorial Solaris de Uruguay. Este 2022 publicó la novela corta: Hamacas (Editorial Zona Borde)).

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