Teoría Ómicron

Revista de ciencia ficción y fantasía

CRONISTAS ÓMICRON: La marcha sin fin

En Cronistas Ómicron, JP Cifuentes nos comparto su relato “La marcha sin fin”

JP Cifuentes Palma

Al inicio las personas no le tomaron el peso a los indicios que estaban ocurriendo a fines de la década. En ese sentido, las voces que mencionaban de eventos post-apocalípticos seguían siendo consideradas como confabulaciones histéricas que no merecían mayor atención. La humanidad seguía en su propio periplo por la decadencia, juegos de guerra y poder, hambre y dolor, egoísmo y torturas, marcha y revoluciones, catástrofes y tragedias mientras la hora seguía en su tenue avance a lo inevitable.

La historia oficial menciona que el origen del Covid-19 fue en una milenaria ciudad china y desde ahí se esparció por la tierra. Se hablaba de la presencia de insalubridad en los mercados, murciélagos y animales salvajes en platos gourmet, experimentos científicos y otras patrañas para explicar  el origen de la pandemia que a esta altura de la vida importa muy poco. Nadie recuerda el pasado, un pasado en donde los errores mostraron nuestra fragilidad. Eso sí, hay que decirlo, lo intentamos, no te burles, las naciones lo intentaron. Buscaron incansablemente las vacunas, nos sometieron a toques de queda, cuarentenas y un miedo, un miedo que como androide no entenderías, un miedo extendido por las redes sociales, un miedo a tocarnos, al contagio, a vivir, a continuar adelante. Nos aferramos a la tecnología. Nos dijeron quédate en casa y obedecimos, vimos morir a empresarios, a políticos a gente famosa y también a los pobres, a los ancianos, perdimos la cuenta de los contagiados a nivel mundial, de los sobrevivientes y de los muertos, de los incinerados, de los no llorados por miedo a ser portadores. Lo intentamos, muchacho, que te quede claro, eres superior a mí, pero aún así debes comprender que no tuvimos oportunidad, muchacho, nunca la tuvimos, habíamos fracasado mucho antes del inicio de esta pandemia. 

Al inicio fue caótico, el miedo nos obligó a enclaustrarnos, encerrados, nos dedicamos a la televisión, al streaming, a las redes sociales, al universo tecnológico en nuestro alcance, engordamos, hicimos el amor, educamos a nuestros hijos, dormimos tarde, fuimos egoístas y fuimos solidarios y en algún momento dejó de importarnos la pandemia, el mundo era perfecto para nosotros en nuestro propio metro cuadrado, el hogar fue el mejor universo que tuvimos. La tecnología la abrazamos como nuestra bandera de lucha, pasaron los días, las semanas, los meses, las vacunas llegaron, los contagiados se detuvieron, los muertos comenzaron a disminuir, triunfamos, eso creíamos. Celebramos desde nuestros hogares, compramos por delibery la felicidad, nos llamaron a volver a las calles, pero no lo hicimos, nos quedamos. Los gobiernos decretaron la reintegración social, una economía que se llevó nuestros ahorros, nuestras pensiones, nuestro futuro y aún así, nos aferramos a la tecnología. Nos equivocamos, creímos que era lo correcto, si no hay dinero no trabajaremos, si no hay recursos no hay obligaciones, se propuso salir a marchar muchacho, pero otra vez estuvimos equivocados. Nos llegaron reportes de una mutación del virus. Pero todo era una mentira. Los gobiernos, esos malditos idiotas, encontraron plausible que la mejor forma de repuntar la economía era continuar con el caos. Mientras más pobres mueran más recursos habrá  para los de siempre, murmuramos, pero obedecimos. Mientras existiera la tecnología a nuestro alcance no nos importó nada más. 

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Fue entonces cuando comenzó la debacle. Se detectaron las primeras víctimas debido a la tecnología. La gente dejó de vivir el mundo real para ser parte del virtual. Comenzaron los cazarecompensas tecnológicos a propagarse por las naciones. Muchacho, no te mentiré, yo fui uno de ellos. Salíamos por las noches a apresar a los líderes de la  revolución cibernética aunque para ser sincero los admiraba, pero la necesidad tiene cara de hereje muchacho. Ellos comenzaron a hackear a la banca financiera, le quitaron a los de siempre sus recursos, pero no lo repartieron con los de nunca, simplemente destruyeron los recursos. Los ecoterroristas cibernéticos mostraron por las redes sociales sus manifiestos. Uno pensaba que lo ecológico sería el eje central, pero fue el terrorismo. Se apoderaron de los laboratorios, esparcieron virus a diestra y siniestra. El mundo se hizo un completo caos. La consigna fue el exterminio de la especie. El hombre fue el enemigo del hombre. Controlaron cibernéticamente los misiles, las bombas, los satélites y cualquier sistema de defensa o ataque armamentístico se redujo a la nada. La guerra entre naciones se redujo a eso, un intento. La diversidad de virus y bacterias esparcidas fueron nuestros verdugos. Los sobrevivientes al contagio, los sobrevivientes al infierno nuclear se enfrentaron a la crueldad de los agonizantes. Ya nadie estaba seguro en sus hogares. Comenzó la cacería. Apuñalaron a los ancianos, esclavizaron a los niños, violaron a las mujeres. Eso fue al inicio muchacho, antes de que se agotaran los recursos. 

Yo me escondí, dejé de cazar a las personas cuando decidieron que se alimentarían de ellas. Huí muy lejos, al campo, a la montaña, a las cavernas, a mi refugio. Me dediqué a construirte con el conocimiento acumulado en mis años de juventud, ¿cuántos años desde aquello?, ni idea y no importa, ya nada importa muchacho. Supe que las bombas atómicas se tiraron de lado a lado porque de un momento a otro el sol se ocultó y ya no salió a la luz. Cómo me encantaría enseñarte el color verde pero ya estoy viejo, ya no recuerdo cómo era. Ahora mis ojos solo ven la oscuridad, la niebla, el gris de nuestra agonía, el rojo de nuestra sangre en las calles. Llámame un nostálgico, tal vez esta sea la razón de nuestro fin, ser sentimentales y no racionales. Muchacho, he sobrevivido al Covid-19, a los otros virus, a las otras bacterias, al infierno nuclear, a la caza de humanos, he cometido muchos errores muchacho, ¡muchos!, he vivido más de lo que vivieron mis padres y los de mi generación. Ahora quiero que camines, que te vayas, que marches por la tierra, tu tierra, asesina a los sobrevivientes, ayuda a reconstruir las ruinas, careces de sentimientos, no necesitas de descanso, ni de comida ni de bebida, únete a los animales, sé uno con la naturaleza, devuelve la gloria a la tierra, mira, no me critiques, te hice una compañera, juntos serán la nueva pareja del edén, Adán y Eva androides, muchacho, ve por tu destino, conquista al mundo y no cometas los errores nuestros, hazlo, pon fin a esto, haz lo que debieron hacer las grandes civilizaciones, mata a tu dios y comienza a marchar sin fin, sin preocupaciones por nuestras plegarias, hazlo y vete muchacho, váyanse y sobrevivan.

FOTO: Imagen de janeb13 en Pixabay 

JP Cifuentes Palma

Los Ángeles, 1985. Escritor chileno que ha publicado los poemarios «Dile a Jesús que tenemos hambre» (2016), «Dios castiga pero no a palos» (2016), «A oscuras grité tu nombre en el muro de Berlín» (2016), «Destrucciones a las 11 AM (2018); las novelas breves «El ataúd» (2016) y «El último que muera que apague la luz» (2016), la colección de relatos de ciencia ficción y terror “La supervivencia del caos” (2018), el poemario de space opera “Sacsayhuamán: El exilio de los Shuk’tars” y la novela histórica “Crónica de Terezin”. Desde hace unos meses soy miembro de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF) y desde hace unos años de la Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos (SELAE). Felizmente casado, amante de la naturaleza, agente en Cambia el Clima, una temática fundamental bajo la cual pretendo seguir explorando a través del género de «clima ficción».