CRONISTAS ÓMICRON: Una frutilla madura

Publicamos el relato «Una frutilla madura» de Marcelo Medone.

Por Marcelo Medone

—Tengo frío —dice Nuria, mientras tirita debajo de una frazada liviana.

Ácsel le acaricia sus largos cabellos negros, la acurruca entre sus brazos y le dice:

—Tranquila, bonita. Ya vamos a encontrar una salida.

—¡No aguanto más! Encima, mañana es de nuevo domingo. ¿No podés hacer nada para parar todo?

—Necesitan rituales para afirmarse, para tener alguna esperanza. Al principio yo pensaba igual que ellos. Ahora entiendo tu punto de vista. Pero no puedo hacer nada. Entre Deisy y Loles manejan todo. Y me tienen en la mira. Tenemos que ser pacientes. Además, ya falta poco para el gran acontecimiento

Nuria se acaricia por encima de la frazada el abultado vientre que no para de crecer. Ácsel tiene razón: ya falta poco para que nazca Sandre –cuando salga verán si le ponen Sandro o Sandra.

Nuria levanta la vista y contempla el cielorraso del inmenso sótano, en donde viven desde hace diez años, desde que llegaron los Feos y trajeron su peste. A sus trece años de edad, Nuria no tiene recuerdos de cómo era el mundo antes de la invasión. De los mil habitantes originales, hoy quedan solamente doscientas personas en la Millo, la colonia de refugiados que ocupa el estadio de fútbol de los Millonarios, el Club Atlético River Plate de Buenos Aires. Se fueron muriendo por accidentes, luchas con otros grupos de sobrevivientes, enfermedades, suicidios y hasta asesinatos dentro del grupo. Ácsel, apenas mayor que ella, entró en su vida cuando eran niños pequeños. 

Los actuales sobrevivientes, la mayoría de ellos mujeres, están liderados por Deisy -una hembrona afroamericana de un metro ochenta de estatura y cientoveinte kilos- y Loles -una pelirroja menuda y de piel pálida, la cerebro del grupo, menos temida pero más difícil de engañar. La Peste Fea es una pandemia que ya lleva diez años en el planeta, provocada por un virus alienígena mutado que trajeron los invasores, los Feos, una raza antropomórfica que vino en busca de recursos para reabastecerse: agua dulce y metales preciosos para ellos: plomo, mercurio, platino. 

Luego de un año de ocupación, se fueron con sus provisiones a algún otro lugar de la galaxia. Pero nos dejaron su patógeno, que encontró una población afín para propagarse. Por alguna extraña razón, el Feovirus ataca más a los hombres que a las mujeres, produciendo una lenta e irreversible degeneración cerebral, con demencia y agresividad: zombis de larga vida. Lamentablemente, como efecto secundario no letal, produce infertilidad o esterilidad: desde hace casi diez años que no se producen nacimientos o incluso embarazos entre los humanos. Por eso el caso de Nuria es tan excepcional y tan valioso: el único embarazo registrado en la colonia y un símbolo de esperanza.

Nuria recuerda claramente todo el proceso de su gestación: ya lleva cinco meses desde que descubrieron que su falta de menstruación era producto de algo más que el hambre y la anemia. Sacando cuentas, cuatro meses antes había salido con un pequeño grupo a patrullar el barrio de River y a buscar algunas provisiones, cuando fueron asaltados por un grupo rival. Los otros tres integrantes de la patrulla -dos mujeres adultas y un muchacho adolescente- fueron asesinados. Nuria fue violada por tres hombres y abandonada en la calle. Milagrosamente, logró regresar a la Millo y recuperarse. Con casi nueve meses de embarazo a cuestas, pronto va a sumar un integrante más a la colonia.

En la Millo solamente quedan treinta varones, de los cuales solamente veinte están en edad reproductiva. Hay unos pocos niños y niñas, todos mayores de diez años, nacidos antes de la Peste Fea. El resto son mujeres más grandes, que se pelean por tener sexo con los escasos varones, pero no queda ninguna embarazada. Nadie sabe si el problema realmente son las mujeres o los hombres, pero la única que se embarazó es Nuria.

Ácsel la saca a Nuria de sus recuerdos cuando le dice:

—Voy para arriba. Hay buen sol y no hace tanto frío: la primavera pinta con buen tiempo. Vamos a trabajar la huerta. La acelga y los zapallos ya están para cosechar. Y si tenemos suerte, te traigo unas frutillas.

Hace dos años que armaron una huerta en el campo de juego: cultivan verduras, hortalizas y hasta algunas frutas. Y lo que al principio fue un secreto absoluto que ahora es un secreto a voces: en uno de los salones del estadio, donde funcionaba la sala de prensa, vienen criando ratas, dándoles de comer parte de la basura que producen y los rastrojos y tallos sobrantes de las cosechas. La primera tanda de proteína animal en todos esos años, si no contamos las ocasionales cucarachas con que aderezan los guisos.

Pese a haber armado la colonia sin plan previo, se las arreglaron bastante bien. Recogen agua de lluvia en grandes tanques colocados en las gradas, pusieron ductos para ventilación con espejos para llevar aire y luz solar a los vestuarios de los sótanos, se apropiaron de dos camiones cisterna llenos de combustible para hacer funcionar el generador eléctrico, que les da unas pocas horas de luz por noche: lo indispensable para mantener cierta normalidad. Loles hace los planes a mediano plazo y lleva un inventario de todo: tienen un depósito con alimentos, medicinas y todo lo que puedan razonablemente necesitar. Por su parte, Deisy lideró al comienzo de todo un grupo comando que asaltó las instalaciones del Club Tiro Federal cercano y logró un importante botín de rifles de asalto, pistolas y municiones. Están bien pertrechados para repeler una invasión de otros grupos.

Dentro de los más ancianos, está Mangacha, la vieja enfermera del Hospital Psiquiátrico, que a sus sesenta años se adjudicó el rol de guía espiritual, madre ancestral y curandera de la Millo. Sus seguidores la veneran y le rezan en secreto. Son su guardia personal.


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Llegó el domingo. Todos festejan la primera cosecha de acelga con un almuerzo de verdura y carne de rata frescos: todo de producción local. De postre, abren las últimas latas de durazno en conserva que tenían guardadas. De ahora en más, van a depender exclusivamente de lo que produzcan.

Luego del almuerzo, Loles se para sobre el estrado del salón y se dirige al resto de la colonia:

—Queridos Millos: hoy es un día muy especial. Tuvimos nuestra primera cosecha de acelga, que se suma a las cosechas previas de maíz, tomates, zanahorias y papas. Y pronto vamos a tener zapallos, frutillas, ciruelas y limones. Esto prueba que con planificación y determinación se puede prosperar. Además, nuestro proyecto de proteína animal sustentable está funcionando a pleno. Por delante, solamente quedan tiempos mejores por venir. Pero no debemos bajar la guardia…

Un murmullo de aprobación se extiende entre el auditorio. Alguno exclama un “¡bravo!” e insinúa un aplauso. Loles hace un gesto con la mano para calmarlo y prosigue:

—Lo más importante para todos nosotros, es que nuestra querida Nuria está próxima a dar a luz al primer integrante nuevo nacido en esta colonia. Ahora sí les pido un aplauso para celebrar este hecho y alentarla a Nuria. ¡Y doy por iniciada la celebración de la Fiesta!

Los doscientos presentes estallan en aplausos y gritos de júbilo, mientras corean el nombre de Nuria de forma rítmica: “¡Nu-ria, Nu-ria, Nu-ria!”.
Mangacha, la anciana patriarca, se sube al estrado y se coloca al lado de Loles. Proclama, emocionada:

—La invitamos a Nuria a subir con nosotros.

Nuria busca a Ácsel con la mirada, presa de un ataque de pánico. Ácsel, que está a un par de metros de ella, le hace gestos de aliento. A pesar de sus protestas, Nuria es llevada en andas y subida al estrado. Mangacha toma un cucharón, lo sumerge en un cuenco que hay sobre un pedestal y se lo acerca a Nuria para que lo beba. Luego de varias tentativas, logra que lo haga.
Mangacha exclama:

—¡Ahora que nuestra fértil ha tomado el brebaje ritual, podemos empezar la Fiesta!

Suben dos mujeres al estrado y la sujetan a Nuria, que parece desfallecer. La empiezan a desnudar lentamente. Cuando está completamente desnuda, de pie frente a los presentes, con su abultado vientre de tercer trimestre protruyendo y sus pechos inmensos de gestante, se le acerca la curandera y la revisa. Le palpa las abultadas mamas, le aprieta los pezones hasta que salen unas gotas de leche. El público aplaude. Luego le mide el vientre envolviéndolo con un metro flexible. Hace gestos de aprobación y les indica a sus asistentes que continúen con su trabajo: le untan el cuerpo con aceites y bálsamos. En un costado del estrado empiezan a congregarse los veinte varones en edad reproductiva de la Millo, desde los quince a los sesenta años.

Luego, le dan de beber a Nuria un poco más de la pócima ritual y es colocada desnuda en cuatro patas sobre un diván, a lo largo del estrado, mientras las asistentes siguen frotándole esencias.

De a uno, los varones van subiendo al estrado. El primero de ellos, un hombre de unos cincuenta años, llega al centro y es interceptado por Mangacha, quien se arrodilla, le baja el pantalón y expone su miembro fláccido. Con hábiles maniobras, lo acaricia y se lo mete en la boca, para luego succionarlo rítmicamente con cada vez más frenéticos movimientos de su cabeza, hasta que se retira y evidencia un pene turgente y firme. Entonces, las asistentes lo guían hasta Nuria y lo ayudan a que la penetre por detrás como si fuera una perra. El candidato bombea repetidamente para atrás y para adelante, mientras la multitud corea: “¡Fiesta, fiesta, fiesta!”. El hombre se afianza con las manos en los hombros de Nuria, quien gime de dolor mientras su vientre y sus pechos se bambolean péndulos. Luego de un par de minutos, el hombre se retira, con el pene apenas erecto. La sabia Mangacha se arrodilla nuevamente y se lo introduce brevemente en la boca, degustándolo con la lengua. Instantes después, se yergue, toma uno de los brazos del hombre y lo levanta en señal de victoria. ¡Ha eyaculado exitosamente! Los asistentes estallan en gritos de alegría.
Así van desfilando el resto de los masculinos potentes de la Millo, penetrándola a Nuria. La mayor parte de ellos se retiran avergonzados, sin haber podido eyacular. Unos pocos, gozan de la victoria. El último en desfilar es Ácsel, que la mima y la consuela mientras se demora una eternidad en penetrarla. Luego de que termina su turno, Mangacha prueba su pene, sonríe y levanta el brazo de Ácsel en señal de victoria.

La ceremonia ha durado casi una hora.

Nuevamente toma Loles la palabra:

—Hemos finalizado exitosamente con nuestro festejo semanal de la Fiesta de la Fertilidad. Ya llevamos cinco meses con ella pero pronto llegará a su final, cuando el fruto de esta hermosa niña, ya maduro, sea recibido por todos nosotros. Esperemos que estos esfuerzos resulten en una renovada fertilidad para la colonia. Les recuerdo a los masculinos victoriosos que por las próximos tiempos van a tener privilegios de alimentación y descanso, pero estarán obligados como contraprestación a servirnos a cada una de nosotras, por lo menos las que tenemos alguna posibilidad aunque sea remota de engendrar un nuevo colono. Si quieren, yo las puedo asesorar…
Loles se ríe socarronamente, le hace señas a sus asistentes de que la levanten a Nuria, que está extenuada, tirada en el diván. La llevan al frente del estrado y le levantan los brazos. Los pechos de Nuria se yerguen hacia adelante, igual que su vientre. Su mata de vello púbico negro brilla con la luz del sol que penetra por las aberturas del techo.

De pronto, Nuria se contrae y se toma del vientre. Las mujeres la rodean y la sostienen: ha roto bolsa. Un charco de líquido transparente corre por el estrado y cae por el frente. Sin perder tiempo, se la llevan a Nuria a la parte de atrás, detrás de un cortinado. Se enciende una luz en ese sector, adivinándose las siluetas que se mueven detrás de las cortinas. Durante unos minutos, se oyen gritos: algunos de Nuria, otros de las demás mujeres.
Luego de unos interminables minutos, por fin reaparece Mangacha, con un bebé en alto, desnudo, con el cordón recién cortado colgando y llorando desconsolado: ¡es un varón!

Loles se pone junto a ellos y proclama:

—Les presento al primer niño nacido en diez años, el primero en esta colonia: ¡Sandro! Esperemos que sea el primero de un linaje fértil, no aquejado por la Peste Fea. ¡Viva la Millo!

La multitud exclama repetidamente, enfervorizada:

—¡Viva, viva, viva!


Sandro ahora tiene dieciocho años y la sigue a su madre por todos lados. Es un muchacho despierto y fuerte, forjado en un mundo duro. Pega un silbido y los cinco exploradores regresan y se le reúnen. Son apenas unos muchachos, nacidos durante la Peste Fea, como él. 

Nuria y Ácsel –que son los más veteranos, por encima de los treinta años- los han ido reclutando desde que se escaparon de la Millo cuando Sandro todavía no había aprendido a caminar. Ahora su clan son cincuenta hombres y mujeres jóvenes. Vinieron todos, decididos a recuperar el viejo bastión del estadio Millonario. No disponen de armas de fuego: hace rato que no hay más municiones. Se han entrenado en el uso de lanzas de metal, arcos y flechas.

Uno de los exploradores le informa a Sandro:

—No hay guardias afuera. Probablemente estén vigilando desde adentro: el lugar es enorme. No hay barricadas: las puertas de acceso están libres.

Nuria interviene:

—Vamos a intentar entrar por las puertas norte y oeste, que son las más débiles. Una vez adentro, nos juntamos de nuevo en el acceso del sótano principal.

Se dividen en dos grupos, uno para cada puerta. Se deshacen de las cadenas que las traban usando tenazas de corte.

Adentro, el aire está viciado de olor a muerte y enfermedad. Grupos de ratas corren de un lado al otro, escapándose de ellos a medida que se internan por los pasillos y bajan al subsuelo.

Se reagrupan frente a la doble puerta de la cámara principal, donde durante meses Nuria había soportado el tormento de la Fiesta cada domingo, hasta el nacimiento de su hijo. 

Cuando abren las puertas, el espectáculo es desolador. Docenas de cadáveres se apilan por los rincones. Nuria y Ácsel se acercan al viejo estrado derruido: allí está Deisy, muerta hace tiempo, con su corpachón negro momificado y roído por las ratas. Más allá, Nuria cree reconocer a Loles, con su cabellera roja. La Peste Fea acabó con todos los Millos.

Nuria y su clan se retiran y suben al antiguo campo de juego, donde los recibe una exuberancia vegetal.

Sandro le dice a su madre:

—Todavía se puede reconstruir la colonia. Pero va a llevarnos trabajo.

Ácsel está revolviendo las tupidas matas vegetales. Se agacha y recoge algo. Sonriendo, le extiende una frutilla madura a Nuria.

Nuria la prueba y le dice a su hijo:

—Hoy mismo empezamos.

Imagen de Boris Trost en Pixabay

Marcelo Medone

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1961 y creció en Montevideo, Uruguay, adonde se recibió de médico. Trabajó como periodista en radio, diarios y revistas. En 1989 se mudó nuevamente a Buenos Aires, siguió trabajando como corresponsal para medios gráficos y se recibió de Pediatra, profesión a la que todavía se dedica.

Ha escrito cuentos, microrrelatos, novelas, poesía, obras de teatro, guiones cinematográficos y canciones. Sus textos de narrativa y poesía han sido premiados en varios certámenes internacionales y han sido publicados tanto en papel como en digital, tanto en forma independiente como en antologías, en revistas, blogs y ediciones de Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Honduras, México, Canadá, España y África.

Su primer libro, “Nada Menos que Juan”, fue premiado en el VI Concurso de Cuento Infantil “Los niños del Mercosur”, ilustrado por Liliana Menéndez y publicado en 2010 en edición bilingüe español / portugués por la Editorial Comunicarte de Córdoba, Argentina.

Su cuento “Atrapados” fue publicado en Teoría Ómicron en agosto de 2019.
Actualmente vive en la localidad de San Fernando, en el Gran Buenos Aires.