CRONISTAS ÓMICRON: La tormenta (Parte I)

Publicamos la primera parte del relato «La Tormenta» de Laura Ponce, cedido por la editorial La máquina que hace PING!

Por Laura Ponce*

Muchos años atrás, la escasa información que Azak había recibido al iniciar su viaje hacia Arkaris describía un mundo pequeño, situado fuera de las áreas de mayor importancia y lejos de las rutas estelares más transitadas, igual que muchos otros mundos a los que él, como segundo al mando de una nave de las fuerzas expedicionarias, había sido enviado. De acuerdo a esos informes, la colonia estaba ubicada considerablemente al norte del ecuador planetario; el eje de rotación de Arkaris estaba inclinado unos 28 grados, y su ciclo de traslación era de 1.115 días, por lo que él dedujo que las diferencias estacionales debían ser notables y duraderas; pero no tuvo muchos más datos sobre los que especular. Al contemplarlo por primera vez con Valdezarín, su capitán, comentaron que, visto desde el módulo de descenso, el pequeño caserío que resumía la colonia se asemejaba a una senda flanqueada por dos mares: de un lado, las aguas del océano, y del otro, las arenas del desierto. No parecía gran cosa y coincidieron en que no debía haber allí nada que los sorprendiera. Azak reconoce que, aunque ya en esa época ninguno de los dos se sorprendía fácilmente, asegurar eso había sido una prueba de gran ingenuidad.

Al conducir a los hombres hacia el poblado comprobaron que, visto de cerca, aquel desierto no se asemejaba a ninguno que él o Valdezarín hubiesen pisado antes. Les pareció que el suelo pálido, dorado y rojizo, duro y resquebrajado, con manojos de pastos oscuros y matas de espinos rompiendo la monotonía de un territorio, en el que no resultaba fácil orientarse, no era de arena, ni de piedra, ni de polvo, pero a la vez era de todas esas cosas. Y conforme se acercaban al poblado, notaron que las casas bajas y de aspecto redondeado tenían los colores de las cosas que abundaban en el paisaje, casi como si fueran una extensión de este, como si las edificaciones en lugar de haber sido levantadas hubieran crecido de la tierra reseca. La misma impresión les causaron los colonos. La piel rojiza, el cabello oscuro y los ojos dorados, los cuerpos delgados y los rostros curtidos, ese aspecto antiguo incluso en los jóvenes, todo les pareció tan propio de ese sitio, tan ligado al desierto como si la relación que los colonos tenían con él no se hubiera iniciado unos años atrás sino en el principio del tiempo.

Había cierto clima festivo, la gente les sonreía a su paso, y Azak notó que Valdezarín se sentía halagado. Estaban acostumbrados a que las fuerzas expedicionarias no fueran bien recibidas; eran vistas con temor y desconfianza al marchar fuertemente armadas como lo hacían en ese momento por el medio de un poblado al que no habían sido invitadas, pero ahí todo parecía ser diferente. Entonces aquel hombre mayor, Kosh, salió a su encuentro. Se presentó como uno de los miembros del Consejo y se ofreció a conducirlos a la Casa de Reuniones. Mientras cruzaban la explanada, Valdezarín aprovechó la oportunidad para comentar lo bien que lucía el poblado y lo alegre que se veía la gente. Por fortuna, no se extendió demasiado en agradecimientos antes de ser sutilmente informado de que, aunque se hallaban felices de recibir su visita, el clima reinante se debía a la proximidad del Kamala, una festividad local, y no a su llegada. Azak tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sonreír.

Dejaron a cuatro de los hombres apostados en la entrada de edificio; los otros doce fueron tomando posiciones perimetrales en el interior del auditorio semicircular, en tanto él y Valdezarín seguían a su guía. Kosh iba más adelante comentando que en ese recinto se trataban los asuntos de la colonia, que allí tenían lugar los eventos sociales y la resolución de disputas. Al llegar a la plataforma central se dio vuelta y les sonrió, les dijo que debía avisarles a los demás miembros del Consejo acerca de su llegada, les pidió que se pusieran cómodos y, después de realizar una breve inclinación de cabeza, regresó por donde habían venido. Un momento más tarde, una chica llegó con una bandeja y les ofreció de comer y beber. Era alta y trigueña, dueña de unos ojos profundos, y a Azak se le hizo evidente que no pertenecía a la misma etnia que los otros colonos que habían visto hasta ese momento. No aceptaron y, aunque luego la chica dejó la bandeja sobre la mesa, aunque observando el protocolo permanecieron de pie y ninguno de ellos se sirvió, Azak no pudo sacarle los ojos de encima hasta que abandonó el auditorio. Después se enteraría de que se llamaba Ludmé y pasarían muchas otras cosas, pero la forma en que su belleza lo sorprendió aquella vez nunca se borraría de su mente.

Azak recuerda que desde la ventana podían ver el mar meciendo unos cuantos botes atados en el muelle. Ese día había buen clima, una brisa salada llenaba la estancia de frescura matinal. Sin embargo, se había sentido vagamente inquieto, le pareció que había algo en el aire, algo extraño. Tiempo después Valdezarín le dijo que, parado ahí, mirando por la misma ventana, no había podido evitar sentirse completamente fuera de lugar. Que el pensamiento había durado apenas un instante y lo había sorprendido. Lo había sorprendido con la fuerza que sorprende un retoño de mala hierba descubierto en medio de una cuidada parcela.

Algunos colonos fueron tomando asiento en el auditorio y sobre la plataforma, una suerte de consejo de notables encabezado por una mujer —en aquellos días Muró, la Sabia, era regente— pronto estuvo reunido. Valdezarín presentó sus respetos e intercambió un par de formalidades con ellos, pero no perdió tiempo en hacer saber el motivo de su presencia ahí: la Estructura había dejado de recibir noticias de la colonia. A Azak le dio la impresión de que se abordaba un tema espinoso, aunque no inesperado. La regente respondió que el equipo de comunicaciones había dejado de funcionar. Todos los miembros del consejo lucían un poco incómodos al respecto, especialmente un hombre hacia el que se dirigieron todas las miradas. El hombre pareció hundirse en su asiento, pero no dijo nada. Entonces Muró agregó:

—Es probable que se trate del mismo problema que tuvimos antes, cuando vino la otra fuerza expedicionaria.

—¿La otra fuerza expedicionaria? —preguntó Valdezarín.

—Sí… Vinieron hace unos cuantos años. ¿No estaba informado?

Azak procuró mirar hacia otro lado, sabiendo cuánto le molestaba a Valdezarín que su ignorancia fuese puesta en evidencia. Él murmuró algo como que por supuesto lo sabía, sólo que no se acordaba del nombre de su capitán.

—Coban —respondió Muró, solícita.

“Y siguió hablando acerca del gran trabajo que había hecho su oficial técnico en ese entonces, de que incluso se había ocupado de capacitar a algunos de los colonos para que se dedicaran posteriormente al mantenimiento del artefacto de comunicación. Pero Azak notó que Valdezarín, absorto en sus propios pensamientos, ya no la escuchaba. Entonces sugirió ver el artefacto para hacer una primera evaluación de su estado y Valdezarín completó la solicitud añadiendo:
—Así podremos traer de la nave lo necesario para proceder a la reparación. Supongo que querrán restablecer el contacto con la Estructura lo antes posible, ¿no?
Lo preguntó como al pasar, con una sonrisa; pero no había amabilidad en ella, sólo dientes afilados.
—Sí, por supuesto —contestó Muró, algo perturbada.”

Y siguió hablando acerca del gran trabajo que había hecho su oficial técnico en ese entonces, de que incluso se había ocupado de capacitar a algunos de los colonos para que se dedicaran posteriormente al mantenimiento del artefacto de comunicación. Pero Azak notó que Valdezarín, absorto en sus propios pensamientos, ya no la escuchaba. Entonces sugirió ver el artefacto para hacer una primera evaluación de su estado y Valdezarín completó la solicitud añadiendo:

—Así podremos traer de la nave lo necesario para proceder a la reparación. Supongo que querrán restablecer el contacto con la Estructura lo antes posible, ¿no?

Lo preguntó como al pasar, con una sonrisa; pero no había amabilidad en ella, sólo dientes afilados.

—Sí, por supuesto —contestó Muró, algo perturbada.”

Para Azak había quedado claro que todos sabían cuán grave era ser acusado de sedición y nadie deseaba que sus acciones fueran mal interpretadas. Los miembros del Consejo procedieron a despedir a los colonos presentes diciendo que se los mantendría informados, y él y Valdezarín fueron conducidos a la sala de comunicaciones sin más trámite. La sala estaba ubicada en el mismo edificio, en una habitación sin ventanas. Era un cuarto pequeño en el que no había mucho que ver y, mientras Azak examinaba el artefacto, Muró había comenzado a hablar acerca del Kamala, la festividad que se avecinaba. Azak pensaba que lo había hecho porque estaba nerviosa y Valdezarín, que ya se mostraba algo aburrido, no la había detenido.

Ella contó que, en un mundo de escasos recursos como aquel, anticipar la llegada de los bancos de peces y de las bandadas, o predecir las mejores épocas para plantar y cosechar, incluso para engendrar hijos, no era algo que se tomara a la ligera. En Arkaris, los solsticios y equinoccios habían alcanzado la relevancia que en otros sitios se reservaba para conmemoraciones religiosas o políticas. Pero el solsticio de verano era especialmente importante. Lo era por derecho propio, porque anunciaba el final de la estación de las lluvias, y el comienzo de una época prometedora para el cultivo y la pesca. Pero también lo era porque traía consigo una última y gran tormenta. Una tormenta diferente a todas las demás. No venía del mar. Nacía al poniente, contra las escarpadas montañas negras que se hallaban del otro lado del río. Allí iba creciendo día tras día hasta convertirse en una monstruosidad rugiente y azul, poblada de filamentos cegadores, que finalmente se dejaba arrastrar por los remolinos de un viento caliente y eléctrico, y barría el desierto descargando toda su furia. Y entonces sucedía lo más impresionante: el desierto entero cobraba vida.

Valdezarín admitió después que, en ese momento, no había puesto en duda lo que Muró relataba, después de todo ya llevaba vistas muchas cosas en su larga carrera al servicio de la Estructura; pero tampoco se sintió especialmente fascinado ante aquella revelación. Le dijo a Azak que mientras asentía ante los comentarios de Muró sólo deseaba terminar con ese asunto para poder regresar a la nave y que, cuando él la interrumpió para decir que había terminado el examen preliminar, se sintió aliviado. Entonces Muró les ofreció que se alojaran en la ciudad y compartieran la comodidad de las instalaciones que podía ofrecerles con el resto de su tripulación. Agregó que, desde luego, estaban todos invitados a participar de la celebración del Kamala y experimentar, junto a la gente de Arkaris, el evento de la tormenta. Valdezarín respondió que lo consultaría con sus hombres, saludaron y se fueron.


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Azak siempre supo que eso de consultarlo con sus hombres era un decir. Él era el primer oficial, pero en aquellas naves de la Estructura había una sola voluntad que contaba y esa era la del capitán. Y aunque no hubiera sido así, estaba el reglamento. El reglamento era muy claro respecto al trato (o la falta de él, en todo caso) que los expedicionarios debían mantener con los colonos a los que iban a controlar. De todos modos, en el trayecto que separaba la colonia del sitio en el que estaba el módulo de descenso Valdezarín se encontró considerando la oferta de la regente. Ambos sabían que, por la naturaleza del desperfecto, la reparación del artefacto de comunicación demandaría unos pocos repuestos y el trabajo de un sólo hombre durante menos de un día. Para la mañana siguiente, la comunicación podría estar restituida y para la noche incluso podrían tener capacitado a uno o dos locales en la operación y mantenimiento del aparato. Pero ”

“Azak siempre supo que eso de consultarlo con sus hombres era un decir. Él era el primer oficial, pero en aquellas naves de la Estructura había una sola voluntad que contaba y esa era la del capitán. Y aunque no hubiera sido así, estaba el reglamento. El reglamento era muy claro respecto al trato (o la falta de él, en todo caso) que los expedicionarios debían mantener con los colonos a los que iban a controlar. De todos modos, en el trayecto que separaba la colonia del sitio en el que estaba el módulo de descenso Valdezarín se encontró considerando la oferta de la regente. Ambos sabían que, por la naturaleza del desperfecto, la reparación del artefacto de comunicación demandaría unos pocos repuestos y el trabajo de un sólo hombre durante menos de un día. Para la mañana siguiente, la comunicación podría estar restituida y para la noche incluso podrían tener capacitado a uno o dos locales en la operación y mantenimiento del aparato. Pero una unidad expedicionaria no viajaba tan lejos sólo para eso: su verdadero deber era recordarles a los colonos la importancia de mantenerse en contacto con la Estructura. Las autoridades centrales repetían hasta el hartazgo que la Estructura era como una madre amorosa pero severa, y los colonos de Arkaris no dejaban de actuar como chicos que no comprenden que han cometido una falta. Igualmente no había dudas de que la situación allí no era de la gravedad de otras que habían tenido que manejar, no ameritaba el uso de fuerza extrema ni castigos ejemplificadores, y ambos entendían que en misiones como aquella tenían la obligación de ser tanto diplomáticos como militares. Valdezarín le dijo que tal vez bastaría con una buena conversación y que aceptar la oferta de Muró llevando a los hombres nuevamente al poblado iba a ser un buen modo de iniciar la charla. Azak agregó que un poco de festejo tampoco le haría daño a nadie y así estuvo decidido.

Azak piensa que para ese momento ya debía haber sido evidente lo que se aproximaba, que de seguro todas las señales estaban a la vista; pero ninguno de los dos había reparado en ellas.
Poco después del atardecer, él y Valdezarín atravesaron la explanada seguidos por sus hombres. Allí había grupos recitando o tocando música, colonos bailando o charlando animadamente, y a nadie pareció molestarle el hecho de que ellos se presentaran de aquel modo; incluso los saludaban a su paso, los invitaban a comer y beber, a unirse al festejo. Encontraron a Muró junto a una mesa adornada en la que se destacaban los recipientes con bebida fragante, y los alimentos variados y apetitosos. Ella se mostró muy complacida de verlos a ambos, les presentó a su familia y les pidió que los acompañaran en su cena de Kamala.

Aunque en esa época no estaban familiarizados con la cocina local ni pudieron reconocer los ingredientes, ninguno de los dos había hecho preguntas al respecto. Al igual que él, Valdezarín se había sentado a la mesa como un buen expedicionario y, procurando imitar los exquisitos modales de los colonos para beber directamente de los recipientes y servirse de las fuentes partiendo los alimentos sin ensuciarse más que la punta de los dedos, había comido, bebido y participado de la charla, esperando el momento indicado para decir lo que debía. Pero al parecer no era el único con eso en mente. Cuando la conversación languidecía, quedaban pocos en la mesa y creyó que tendría su oportunidad, Muró se le adelantó. Ella le comentó que, aunque se alegraba de contar con el placer de su compañía y la de sus hombres, lamentaba que hubieran tenido que hacer un viaje tan largo para solucionar el problema del artefacto de comunicación; que ella estaba consciente de lo importante que era mantenerse en contacto con la Estructura, de que se trataba de su mayor obligación como colonos, que estar incomunicado era una situación inaceptable. Entendía que la gente de Arkaris estaba en falta y aceptaba toda la responsabilidad sobre el hecho, pero quería que él supiera que no había habido en ello ninguna mala intención, sólo se habían dejado estar, se habían confiado. El artefacto de comunicación fallaba desde hacía tiempo, pero habían creído que se mantendría operacional hasta después de la tormenta, habían creído que Coban y su oficial técnico regresarían entonces y lo repararían, que solucionarían la situación antes de que se convirtiera en un problema.

Aunque en esa época no estaban familiarizados con la cocina local ni pudieron reconocer los ingredientes, ninguno de los dos había hecho preguntas al respecto. Al igual que él, Valdezarín se había sentado a la mesa como un buen expedicionario y, procurando imitar los exquisitos modales de los colonos para beber directamente de los recipientes y servirse de las fuentes partiendo los alimentos sin ensuciarse más que la punta de los dedos, había comido, bebido y participado de la charla, esperando el momento indicado para decir lo que debía. Pero al parecer no era el único con eso en mente. Cuando la conversación languidecía, quedaban pocos en la mesa y creyó que tendría su oportunidad, Muró se le adelantó. Ella le comentó que, aunque se alegraba de contar con el placer de su compañía y la de sus hombres, lamentaba que hubieran tenido que hacer un viaje tan largo para solucionar el problema del artefacto de comunicación; que ella estaba consciente de lo importante que era mantenerse en contacto con la Estructura, de que se trataba de su mayor obligación como colonos, que estar incomunicado era una situación inaceptable. Entendía que la gente de Arkaris estaba en falta y aceptaba toda la responsabilidad sobre el hecho, pero quería que él supiera que no había habido en ello ninguna mala intención, sólo se habían dejado estar, se habían confiado. El artefacto de comunicación fallaba desde hacía tiempo, pero habían creído que se mantendría operacional hasta después de la tormenta, habían creído que Coban y su oficial técnico regresarían entonces y lo repararían, que solucionarían la situación antes de que se convirtiera en un problema.

Valdezarín le aseguró a Azak que, aunque había oído cuidadosamente lo que ella decía, esa noche se había quedado con la sensación de que algo se le escapaba. Algo importante. La repetición de ese nombre había vuelto a desconcentrarlo. Muró se excusó y los dejó solos en la mesa. La fiesta continuaba a su alrededor, pero Valdezarín había dejado de prestarle atención.

“Azak sabe que los expedicionarios habían obedecido sus órdenes y que habían intentado mantener contacto visual todo el tiempo, pero mientras él y Valdezarín compartían la mesa de la regente y ellos se mezclaban entre los colonos, la celebración había seguido su propio curso y las cosas poco a poco escaparon de su control. Acepta que hacía calor y que la bebida era fuerte, pero se trataba de hombres bien curtidos y sucedieron cosas que no resultan fáciles de explicar. Kurk, el más condecorado de todos, aquel que nunca había bailado ni poseía oído alguno para la música, se encontró siguiendo todos los ritmos, bailando y cantando con unas y con otras durante toda la noche. Eldis y Tydar, los mejores puntas de lanza del grupo, se encontraron jugando con los chicos, participando de las bromas y arrojándose agua como si aquellos fueran sus hijos o como si ellos tuvieran su misma edad. Incluso Azak, al volver a ver a Ludmé, se sintió cautivado por ella. La recordaba de la mañana de su arribo, cuando su singular belleza lo había sorprendido, pero aquella noche fue mucho más que eso. Durante el festejo la observó yendo y viniendo, hablando o riendo con otras, mirándolo con disimulo. Pero al verla bailar como animada por una música lejana, fue incapaz de apartar su atención de ella.

Tiempo después, Valdezarín admitió haber terminado la velada escuchando a Kosh, el hombre mayor que los había guiado a su llegada. Afirmaba que le había recordado a su padre. Sin embargo, el parecido no lo había encontrado en su rostro ni en las cosas que decía, sino en la cadencia de su voz, en cierto convencimiento impreso en sus palabras. Un convencimiento que le había recordado también a otro hombre.

Azak piensa que durante esa noche todos los que habían bebido habían realizado el ritual a su manera, que cada cual a su modo deseó renacer, deseó poder volver a empezar. Que para cuando hubo culminado el espectáculo de luces sobre el mar, todos estuvieron listos para la tormenta.

Fue un amanecer lento y oscuro, como si la noche hubiera terminado, pero no llegara el día. Como si el alba se hubiera ido demorando más y más hasta quedar detenida en el tiempo, y se hubiera abierto un espacio alterno. Una ausencia de estrellas, una coloración extraña en el cielo. Un calor sofocante y la completa ausencia del viento. Se le hizo difícil respirar. Había algo en el aire. Sutil pero potente. Luego llegó como una resonancia antes que un sonido. Luego un rugido, lejano y poderoso. Luego otro y otro, cada vez más cerca, y el monstruo avanzando hacia ellos con la fuerza arrasadora de su aliento. De pronto el aire se movía, estaba húmedo y tenía un olor extraño, erizaba el cabello. A lo lejos, las nubes azules hervían en destellos y un vendaval enloquecido se lanzaba ya sobre el desierto. Los colonos rompieron en gritos de alegría que tomaron a Azak por sorpresa. Un instante después, la lluvia se encontró sobre ellos. El agua estaba fría y en la violencia del aguacero las gotas llegaban a hacer daño, pero nadie se movió de donde se encontraba.

Azak no sabe por cuánto tiempo llovió, por cuánto tiempo estuvieron parados allí. Cree que fue un período de éxtasis, de comunión. Que pudo haber durado horas o días enteros, todo dentro de ese espacio alterno más allá del cual aguardaba el alba. Pero recuerda lo que Valdezarín le dijo después: que con el agua resbalando por su rostro, miró su mano y la vio increíblemente pálida, con la piel arrugada, igual que si hubiera estado mojada durante demasiado tiempo. Que sintió el cuerpo helado y los miembros rígidos, igual que si hubiera estado alerta, aferrando su arma, durante demasiado tiempo. Pero no se movió. Como si hubiera comprendido que de hacerlo alteraría el orden adecuado de las cosas.

La lluvia cesó del mismo modo brusco en el que había empezado. Entonces todos se echaron a andar. Caminaban hacia el límite norte del poblado, hacia el barranco, hacia el sitio donde comienza el mar de polvo, e iban allí para observar lo que la lluvia había despertado.

Después de la cantidad de agua caída, el desierto le pareció un lodazal con charcas aquí y allá. Pero el lodazal comenzó a moverse. Al principio casi imperceptiblemente, luego como si entrara en ebullición. La poca vegetación que existía fue cambiando poco a poco. Las púas en las pequeñas matas se engrosaban y desenrollaban, lo que era negro y seco fue cubriéndose de vástagos tiernos, los duros pastizales reventaron en esferas rojas y azules, y las esferas comenzaron a explotar, expulsando pequeñas nubes de partículas amarillentas. Delgados filamentos morados fueron surgiendo del suelo, abriéndose paso en manchones que se agrandaban, y entre sus brotes emergieron pequeños seres que se alimentaban de ellos, o de las partículas amarillentas, o unos de los otros. Unas arañas oscuras se movían rápido, tejiendo sus grandes telas, mientras cascarudos de afiladas pinzas perseguían gusanitos escurridizos. De las charcas fueron surgiendo criaturas que se arrastraban utilizando seudoaletas para abrirse paso en el barro y cazaban insectos con una lengua protráctil. Entonces llegaron aleteos y gritos extraños moviéndose en bandada desde el poniente. Cruzas entre aves e insectos zumbadores, seres de picos afilados que se abatían sobre las criaturas de las charcas. Algunos se enredaron en las telas y fueron víctimas de las arañas. Azak mismo vio a un gusano enorme surgir del lodo y cazar a uno en pleno vuelo, pero seguían llegando.

—Extraordinario, ¿no les parece? —dijo Muró, y su voz lo sobresaltó.
Recién entonces, Azak se dio cuenta de que no sólo había amanecido, sino que el sol se hallaba en lo alto del cielo, un cielo completamente despejado. ¿Era el mismo día? ¿Era otro? Azak tuvo la sensación de que nunca lo sabría. Pero frente a ellos el desierto había cambiado por completo.

—Feliz Kamala —murmuró ella sonriéndoles afectuosamente.
Y luego les dio la espalda.

—¿Dónde va? ¿Dónde van todos? —preguntó Valdezarín.

—Volvemos al pueblo. Hay mucho que hacer. Aún no hemos terminado con los preparativos.

Valdezarín vio que, mientras los colonos abandonaban poco a poco el barranco, sus hombres permanecían de pie; lo miraban desconcertados, esperando órdenes. Les hizo un gesto que significaba reagrúpense y síganme, y se apresuró a alcanzar a la regente, seguido por Azak.

—¿Qué quiere decir? ¿Preparativos para qué?”

CONTINÚA EN «LA TORMETNTA» (Parte II)

NOTA

*El presente cuento forma parte del libro «Cosmografía profunda» de Laura Ponce. Fue cedido por la editorial  La máquina que hace PING!

FOTO: Imagen de Lumina Obscura en Pixabay

Laura Ponce

Nació en Buenos Aires, en 1972. Escritora y editora. Cuentos suyos han sido traducidos al francés y al inglés. Desde 2009 dirige Revista Próxima y Ediciones Ayarmanot, dedicados a la ciencia ficción y el género fantástico. Da talleres, cursos y charlas sobre narrativa, lectura y escritura del género. Coordinó Ediciones Ayamanot Presenta, ciclo de lecturas y música. Organiza las Tertulias de Ciencia Ficción y Fantasía de Buenos Aires. Participa en la organización de Pórtico, Encuentro de ciencia ficción. Tuvo una columna mensual en el sitio de Amazing Stories y participó del programa de radio Contragolpe. Su libro de cuentos Cosmografía profunda se publicó en Argentina y en España.