CRONISTAS ÓMICRON: La metamorfósis

Publicamos el relato «La metamorfósis» de Emilio Vilaró.

Por Emilio Vilaró

ADVERTENCIA

NÓTA: Tódo lo que escríbo está escríto en lo que llámo «tildádo», o séa, póngo tílde en la vocál que está acentuáda. Como en éste párrafo.


A pesár de lo que paréce, la metamorfósis es un procéso solitário, prolongádo, lénto y doloróso.

Al despertár noté que definitívamente álgo en mí estába cambiándo y el procéso de mi transformación sin dúda había comenzádo. Tóda mi piél éra múcho más dúra y ménos flexíble. Hacía tiémpo que lo estába notándo, péro ése día comprobé que ya éra generál.

A éste cámbio se le sumába un pequéño dolór que ántes éra parciál y temporál, péro que ahóra se estába convirtiéndo en permanénte, generalizádo y más inténso. Y es tan constánte que mi nivél de

aguánte se ha hécho mayór y a véces no lo vuélvo a notár hásta que se incrementá al siguiénte nivél superiór.

Hablé con mi espósa… no del suéño que hacía tiémpo le había ído comentándo «el de mi futúra trasformación», síno, como si de un dolór normál se tratáse y que símplemente se tenía que curár.

Fuímos al médico. El diagnóstico fué que sí, que reálmente la piél éra cáda vez más dúra, probáblemente: comentó el doctór, por las lárgas hóras de exposición al sol debído a mi trabájo como visitadór comerciál. Partímos con la convicción, «la del médico», de que éstos eféctos en pócos días desaparecerían y él me recomendó que me aplicáse úna pomáda suavizánte por tódo el cuérpo o al ménos por las pártes más resécas y que volviésemos a cása, con la seguridád de que tódo ésto no tenía la menór importáncia.

Volvímos al mes, cuando apareciéron en mi hómbro y en úna de la piernas, únas cóstras o escámas. El mísmo médico me arrancó —con gran dolór— únas cuantas, y me recetó ótra pomáda más fuerte. Ésta vez no comentó náda ni prometió mejóra.

Núnca más volvímos.


Agradecí a Isabél el que fuése élla, la que al fin aceptáse que lo que yo tenía no éra úna enfermedád convencionál y que no valía la péna esforzárse en curárla.

Estába sucediéndo lo que tántas véces le había contádo: mi etérno suéño o más bién pesadílla, de que un día yo sufriría úna verdadéra metamorfósis.

Le había explicádo que los cámbios y el dolór serían lo habituál y que el suéño siémpre me mostrába convirtiéndome en úna espécie de capúllo, y acabába muy borrósamente, sin sabér al finál en qué animál me convertía.


Comencé a olér de manéra horrible. Isabél me lavába la piél por debájo de las escámas que supurában, lo que me dába ciérto alívio y disminuía álgo el olór y el dolór.

No tenémos múcha família y la póca que tenémos, es distánte en parentésco y geográficamente. Ésto en nuéstra situación es de agradecér y simplificá las cósas.

Un conocído que víno a visitárnos, con el que creí que íba con el tiémpo a hacér úna buéna y duradéra amistád, al despedírse nos díjo que vivíamos en un bárrio de muy mal olór. No me dolió su indirécta (ya que estába cláro que el olór venía de nuéstra cása y no del bárrio), síno que no me preguntáse diréctamente o que no se interesáse por mi situación reál. Ésta debía ser muy evidénte pára él, ya que las pártes visíbles de mi cuérpo que tenían escámas las llevába tapádas y mostrában cláramente que álgo me pasába.

Como tenémos muy pócos amígos en ésta última ciudád en donde vivímos, a cáusa de los permanéntes trasládos que mi ofício exige, y viéndo la anteriór experiéncia, ha sído necesário el írlos esquivándo. Y los pócos que viénen, al ver la situación déjan de visitárnos.

Hémos decidído que no vámos a convertírnos en un prodúcto de investigación médica, de muséo, zoológico o círco. Nádie más débe vérme así o sabér de éllo.

Dejámos de salír y de recibír visítas, dándo diferéntes versiónes sóbre mi salúd, e inventámos úna excúsa finál: que me había ído a ótro puéblo pára cambiár de áires úna temporáda y ver si así mejorába.

A mi emprésa en donde además de visitadór comerciál éra inspectór de zóna, les informé que había caído enférmo y que pusiésen un sustitúto miéntras me recuperába o que, como ya se había acabádo la temporáda fuérte de véntas en ésta región, podían esperár únos méses hásta que me recuperáse.

A los pócos días recibímos úna cárta en la que se me informába qué habían encontrádo un buén representánte en nuéstra zóna, qué lo habían contratádo y qué cuando yo estuviése recuperádo, me pusiése en contácto con éllos por si había algúna pláza vacánte.


Isabél me ayudó a instalárme en el granéro que está pegádo a la cása y que núnca usámos. En él estaría más cómodo y tranquílo ya que por allí nádie pasá.


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Éste procéso está durándo demasiádo y súfro lo indecíble. Me duéle el cuérpo y debilíta la morál. Siémpre he tenído úna gran fortaléza y he sído capáz de soportár el dolór muy bién. Péro ahóra éste es permanénte, que va creciéndo y núnca disminúye.

Lo que más dolór me da es ver a Isabél sufrír. Los esfuérzos que háce pára no huír y pára no mostrárme la repulsión que siénte por mi apariéncia y olór. ¿Cómo agradézco que élla permanézca siémpre a mi ládo? De tóda ésta situación lo único que no cámbia, lo que no se transfórma, es élla. En mi procéso lo único que es constánte es que núnca estóy sólo.

Éste procéso está durándo demasiádo y súfro lo indecíble. Me duéle el cuérpo y debilíta la morál. Siémpre he tenído úna gran fortaléza y he sído capáz de soportár el dolór muy bién. Péro ahóra éste es permanénte, que va creciéndo y núnca disminúye.

Lo que más dolór me da es ver a Isabél sufrír. Los esfuérzos que háce pára no huír y pára no mostrárme la repulsión que siénte por mi apariéncia y olór. ¿Cómo agradézco que élla permanézca siémpre a mi ládo? De tóda ésta situación lo único que no cámbia, lo que no se transfórma, es élla. En mi procéso lo único que es constánte es que núnca estóy sólo.

¡Qué he hécho pára que tánto me quiéra, si lo único que he hécho yo es querérla!


Recuérdo cuando al princípio de tódo ésta situación, comentámos el líbro de «La metamorfosis» de Káfka y lo rápido que ése procéso fué. El personáje, Gregório Sámsa, se despertó úna mañána y ya estába cambiádo, sin dolór, buéno, —con un suéño intranquílo— ¡qué maravílla! Como por árte de mágia o ácto de brujería, como si hubiése sído un conjúro o un hechízo, abracadábra al instánte te conviérto en gáto.

¿Cómo puéde un ser, humáno o no, cambiár tánto, y en sólo únas pócas hóras convertírse en un insécto y sin sufrír ningún dolór? Si la metamorfósis de un hómbre fuése cambiár a un enórme murciélago. ¿Cuánto sufriría en éste procéso?

Y lo más increíble, cómo podría recordár tódo lo de su vída pasáda como humáno. O séa, un gusáno pasándo a maripósa en úna nóche, sin sufrír dolór y rememorár su vída, de cuando éra úna orúga. Imposíble.

Mi cáso es muy diferénte, es lénto, péro cási previsíble. Priméro aparéce úna pequéña escáma, que como si fuése úna séta, va creciéndo y a su ládo y como nacídas de sus semíllas o espóras, van póco a póco apareciéndo más. Al início son muy pequéñas péro cubriéndo así tódo el cámpo a su disposición, «o séa, mi cuérpo». Cuando ya no hay más cámpo en donde crecér, las escámas se van compactándo, amontonándo, alargándo y cubriéndome, formándo úna tupída coráza lo que me prodúce un inténso y permanénte calvário. Isabél después de cáda úno de éstos crecimiéntos me retirá el sudór y haciéndo cáso omíso del olór se acuésta a mi ládo.

Ya no puédo vérme, las escámas tápan mis ójos, débo parecér un pez y cási no puédo movérme.

— ¿Cómo me ves?

—Paréces úna preciósa píña, o un armadíllo protegído por míles de preciósas escámas.

— ¿Isabél, te doy ásco verdád? No sé si cuando cámbie me voy a olvidár de quién fuí, no sé en qué me convertiré y si me acordaré de ti.

Sólo laménto el no habér podído dárte el híjo que tánto deseámos y las ilusiónes que nos habíamos forjádo sóbre él, ¡íba a ser militár! ésto no lo podré realizár, lo siénto Isabél.

Isabél se púso a llorár.

—Deberíamos ir a un buén médico, díjo sin múcha convicción.

—No estóy enférmo Isabél, ¿cómo detendría la medicína mi procéso de metamorfósis? Si un renacuájo tuviése un médico de cabecéra y el procéso de convertírse en rána deseára evitár ¿Qué usaría la ciéncia pára parár el procéso, se podría lográr?, ¿le iría cortándo el médico las pátas cuando éstas saliéran?

Lo que me preocúpa múcho y sí, lo quisiéra sabér es: qué insécto, batrácio o maripósa será mi fórma finál.

¿Te podré reconocér todavía Isabél?, ¿si soy úna maripósa, podré posárme sóbre tu máno y besár tu piél?

Te quiéro y te he querído tánto que si el cámbio me permíte todavía vérte lo daré por buéno y lo agradeceré. Si algún día ves que úna maripósa se pósa sóbre tu mejílla, no la espántes, que soy yo y te quiéro besár.


Isabél, no sé si me óyes, yo te óigo, péro cáda vez entiéndo ménos lo que me díces.

—También téngo dificultádes pára entendérte a pesár de escuchárte.

—No me siénto bién y apénas puédo caminár, me deberías ayudár a ir hásta el bósque, siénto que ése es mi lugár, llévame allí, créo que es el sítio en donde débo cambiár.

He estádo pensándo en ésa pequéña cuéva que encontrámos duránte un paséo que hicímos no muy léjos de aquí, te sería fácil taponárla con un póco de bárro, dejándo úna pequéña rendíja por donde respirár. Yo ya no necesíto ni puédo alimentárme y el água que me das, ya no la puédo tragár, estóy lísto a evolucionár.

Siénto que estóy llegando a la etápa finál. Créo que ha llegádo mi moménto de soledád.


Fué nuéstro último paséo y nos llevó múcho tiémpo alcanzár, ¡cómo admíro a mi mujér!, la sentía sufrír por el esfuérzo permanénte que hacía, por la pérdida del compañéro y por no sabér lo qué a parír de ése moménto íba a sucedér.

Cubrió el suélo de la pequéña cuéva, cási un huéco con múchas hójas, me acosté sóbre éllas con la cabéza hácia el fóndo. No húbo ceremónia ni despedída. La oí llorár, tapó la puérta de entráda con pálos, piédras y bárro y escondió la entráda con matorráles o éso creí oír.


Piénso que yo había tomádo úna buéna decisión, había hécho bién, no podía permitír que élla sufriéra tánto al vérme sufrír. Es mejór acabár así, el sítio escogído és perfécto, yo no puédo movérme ni necesíto comér o bebér, y el dolór no créo que si me muriése fuése peór.


Óigo arañár el bárro de la entráda, siénto que un animál me está mordiéndo los dédos de úna piérna,

está avanzándo por debájo de las hójas buscándo présa más gránde y tiérna, créo que prónto voy a morír.

Hay úna lúcha, aullídos del animál. Siénto que alguién me está curándo los dédos, escúcho el volvér a tapár la puérta. Ésta vez ¿Isabél?, tárda más en dejárla lísta, y luégo vuélve la soledád. Si éres tú Isabél amór mío, ¿cuántas hóras vigilándo pásas delánte de éste agujéro?


Tal vez es úna impresión péro nóto que álgo está cambiándo en mí, débo estár perdiéndo péso y haciéndome más pequéño, como si me estuviése secándo y encogiéndo. Me paréce que algúnas pártes de mi cuérpo se van despegándo de las escámas de mi capúllo. Me ilusioné y traté de acelerár el procéso péro el tratár de separárme de éllas éra muy doloróso y me desmayába. Mi ménte cáda vez es ménos clára y me es más difícil el pensár.


Pásan los méses de inviérno, el dolór tan inténso va cediéndo, siénto que téngo más espácio déntro de mi recínto y puédo tocárme, ahóra ya sé qué fórma téngo.

Mi ménte está en blánco y no sé qué hacér ni quién soy, péro siénto que débo rompér el recipiénte en donde me encuéntro, no puédo hacérlo tódo de gólpe, necesíto descansár y volvérlo a intentár. ¿En dónde estóy, qué soy, qué vída me espéra afuéra cuando sálga?, puédo pensar. Péro no sé en qué pensár o mejór, puédo pensár sóbre el futúro, péro no recuérdo náda de lo anteriór, ni cómo llegué aquí, ni quién soy.

Rómpo el precínto, mi coráza, mi capúllo. Golpéo las parédes del huéco que me enciérran y al no lográr náda decído atacár la párte por donde éntra álgo de luz.

Sálgo y míro a mi alrededór, no reconózco náda péro dúdo muy póco sóbre lo qué débo hacér. Tódo lo que véo es desconocído pára mí, sólo úna cósa lláma mi atención: un rástro muy visíble en el suélo, un pequéño cámino. El que lo ha dejádo, ha hécho éste recorrído tántas véces que símplemente usándo el olfáto lo puédo seguír, y siénto que lo débo hacér. Me límpio el cuérpo de las escámas que me quédan y comiénzo a descendér.

Véo un granéro, úna cása y a úna mujér, no sé quién es, péro su olór me atráe y deséo acercárme a élla.

Me tóma entré sus brázos, míra mi pié y de mi frénte retíra dos escámas que todavía téngo allí pegádas.

La abrázo, me lléva a la bañéra, me láva con caríño, me lláma «mi pequéño y deseádo híjo» y me da un béso.

Foto: Scott Foresman por la imagen de los renacuajos.

Emilio Vilaró

Nació 1946 en Tortosa (Tarragona). Vive en Barcelona. Estudió Master en Ingeniería Eléctrica en la Universidad Texas Tech University mediante una beca Fulbright. Ha vivido largos periodos de su vida en Colombia, Canadá, Francia y los Estados Unidos. Y visitó más de 110 países. Tiene una página web www.evilfoto.eu en donde hay descargables y gratuitamente más de 150 relatos (2 novelas, cuentos, ensayos y recetas). Y una serie de fotografías de algunos de sus viajes. Un blog  https://cosasdeemilio.wordpress.com/  en donde presenta sus relatos.