CRONISTAS ÓMICRON: El Indigno

Publicamos el relato «El Indigno» de Pablo Morales.

Por Pablo Morales

━¡Alisten! ━Ordenó Íreldin, que es el comandante a cargo de las ejecuciones. 

Tarald estaba allí de pie bajo el sol matutino, era uno de los arqueros verdugos, con la flecha en la mano y con la aljaba colgando de su cinto. Ya había disparado cinco veces esa mañana y la fila de condenados parecía no mermar. En frente tenía a un anciano calvo, de cara bonachona coronada con unos ojos sinceros y tristes. La barba gris del pobre hombre era algo larga, le daba al pecho. Mantenía su frente en alto, mirando con desprecio al rey Nélifas que estaba situado sobre un estrado detrás de la fila de arqueros. Desde allí arriba el rey vigilaba las ejecuciones mientras comía de una mesa ornamentada, que tenía montones de frutas, platos exóticos, postres y en el centro ostentaba un ave enorme y jugosa, cubierta de cebollas asadas. Toda la mesa desprendía un olor a comida intenso que se combinaba con el hedor de la sangre de los que ya habían sido ejecutados. Aquellos desgraciados que habían recibido la pena de muerte yacían en una montonera agonizante en la esquina sur del patio de las barracas de Ulsitia.

Esta era la nueva condena capital elegida por Nélifas: morir a flechazos. La muerte no siempre llegaba rápido, y a los condenados se los dejaba tirados en aquel rincón, bajo el sol, unos encima de otros, con las manos y pies atados y con la cabeza cubierta. Se los abandonaba allí, como mercancía sobre un carromato, esperando a que se desangraran desde primera hora de la mañana hasta el otro día, cuando entonces serían tirados en una fosa común a las afueras de la ciudad. Si la fosa no estaba lo suficientemente llena como para sellarla, entonces sus cuerpos se quedarían allí expuestos un día más, esperando la tanda de muertos de la mañana siguiente cuando solo entonces serían enterrados apropiadamente. Los soldados encargados de sellar las fosas tenían que arrojar la tierra allí dentro, sin importar si alguno de los condenados había sobrevivido a tal martirio desde el día anterior y desde el foso clamaba por piedad o pedía ayuda. 

Era una muerte humillante que Tarald el arquero, no terminaba de aceptar, pero tampoco tenía la valentía de oponerse a ella ya que estaba allí por orden de Íreldin, su comandante. Esperó mucho tiempo por una función superior a ser un simple guardia en la muralla, y ahora que había sido elegido para disparar contra gente que la ciudad creía inocente, era un trabajo que le provocaba desprecio y tristeza. En mañanas así, en secreto echaba de menos sus vigilias lejos de este caos.

Desde que Nélifas está en el poder, el cielo de Ulsitia está plagado de buitres que sobrevuelan en círculos la ciudad, y que bajan constantemente a las fosas que permanecen abiertas para darse un festín. Las familias de los ejecutados habían comenzado a ir a aquellos lugares para ahuyentar a las aves y no dejar que los cuerpos de sus seres amados fueran profanados por los carroñeros, pero Nélifas envió tropas allí, supuestamente para evitar que sacaran los cuerpos de las fosas o ayudaran a los moribundos. Pero no era cierto, pues en la corte el rey se ufanaba diciendo que lo que él quería era que los buitres no fueran ahuyentados, que disfrutaba saber que aquellos a los que había ejecutado se pudrían bajo el sol y se burlaba de los que terminaban desmembrados por esas sucias aves que se alimentan de la muerte. Las tropas apostadas ahí tenían la instrucción de golpear a la gente si se acercaba mucho, la orden exigía que tenían que ser excesivamente estrictos en el cuidado de las fosas, y para Nélifas asegurarse de ello, envió allí a los más crueles de entre su guardia personal. Desde su coronación, los ulsos[1] soportan tormentos indecibles y en las calles solo se escuchan lamentos y llantos.

━¿Algo que tengas para decir antes de morir? ━preguntó el comandante Íreldin al anciano. El pobre ya tenía sus manos atadas a la espalda, apoyado contra una pared de rocas grises salpicadas de sangre. 

━Diré que con mi muerte solo avivarán la ira de los verdaderos ulsos. No temo mi porvenir, pues Gányivat me protege y me guía. Temo es por el futuro de nuestra ciudad bajo el régimen de nuestro “gran amado rey”, ━las palabras refiriéndose a Nélifas las dijo con marcada ironía ━sé que mi muerte y todas estas ejecuciones encenderá la ira de los justos. Ellos por ahora duermen, pero se van a despertar. 

━¡Ladrón y mentiroso! ━Dijo Nélifas justo después de escupir la comida que tenía en la boca. ━¡Los verdaderos ulsos me siguen a mí! ━el rey se puso de pie y comenzó a golpear la mesa con las manos, para enfatizar cada sílaba de sus palabras ━¡Yo, y solo yo soy el rey! ━luego señaló al condenado con odio y siguió hablando ━Y ellos siempre serán leales a la corona, que por desgracia para ti ladrón, esa corona ahora descansa sobre mi cabeza. 

━¡¡Yo no robé nada!! ━gritó el viejo con la voz quebrada, preso de la ira que sufre quien recibe una injuria. ━Ni siquiera he conspirado contra el trono. Yo solo hablé con la verdad y eso bastó para que decidieras matarme. ━dejó de hablar para escupir con desprecio, y continuó ━No eres ni la sombra de tu padre, quien fue un gran rey y una bendición para nuestro reino. Eres indigno de estar allí sentado y llevar la corona de la gran Ulsitia. Eres indigno de tu linaje, eres un insulto para la casa de tus ancestros, quienes seguramente te rechazarán cuando al morir pretendas reunirte con ellos bajo la atenta mirada de Gányivat. 

Después de un tenso silencio, Nélifas volvió a hablar. ━apunten a las piernas… ━Y comenzó a reír suavemente, pero poco a poco fue pasando a las carcajadas. Su risa demencial y solitaria rebotó en las paredes del patio como un coro escalofriante, un sonido que daba más frío que la niebla otoñal que inundaba las barracas. El rey tomó su copa de la mesa, una obra de arte de oro y plata, donde los metales se entrelazan en una espiral que asciende hasta rematarse con tres rubíes, y se dio un gran sorbo de vino mientras se sentaba.  

«¿Que apuntemos a las piernas?» Se preguntó Tarald con ira e incredulidad. Si las flechas iban allí y no a su vientre o al corazón, la muerte sería lenta, aquel anciano sufriría un gran dolor, incluso podría sobrevivir este día y solo morir al ser enterrado vivo en las fosas. Las manos del arquero comenzaron a temblar, la frustración y la tristeza se acumularon en su pecho. No se sentía capaz de disparar contra aquel anciano, pero temía por su propia vida si desobedecía estando frente al rey. 

  ━¡Apunten! ━Era la segunda orden de Íreldin. Con los ojos clavados en el condenado los arqueros elevaron el arco, lo tensaron y llevaron las plumas de las flechas hasta la comisura de sus labios. Tarald ni siquiera tenía la flecha puesta en la cuerda y miraba a sus compañeros buscando algún indicio de piedad, se sorprendió al ver sus rostros inexpresivos, petrificados, pero en sus miradas Tarald notó que había vergüenza. Estaba claro que no sentían en sus corazones el honor que nace en el guerrero cuando sirve a un buen rey. 

━Si hay algún ulso sensato que me escuche, mi nombre es Elain… ━Dijo el anciano condenado a muerte.

━¡Silencio! ━Gritó Íreldin mientras le dedicó una mirada terrible al viejo.

━Tengo dos hijos que aún son pequeños ya que la vida me comenzó a sonreír hace poco. ━Íreldin en ese momento comenzó a caminar hacia Elain ━Pero lo que los dioses me regalaron recientemente, ahora este rey me lo quitará y no podré verlos crecer… ━En ese momento mientras que el viejo hablaba, el comandante ya había llegado hasta él y lo golpeó con su puño furioso en la nariz. Tarald estuvo a punto de gritarle para que no lo hiciera, pero se contuvo. «El rey Nélifas está aquí, Nélifas está aquí…» se repetía una y otra vez, tratando de calmar sus impulsos.

━No era necesario sufrir más de la cuenta anciano, con las flechas era suficiente. Pero ahora te vas a morir sufriendo una nariz rota. ━Dijo Íreldin mientras que Elain se doblaba de dolor. La sangre comenzó a caer al suelo pavimentado, en gotas gordas y pesadas. El comandante regresó y se situó como de costumbre a un costado de los arqueros, cuando Elainlentamente se enderezó y comenzó a hablar de nuevo, con burbujas de sangre reventándose frente a su boca con cada palabra que pronunciaba.

━Si ese ulso sensato está aquí y me escucha, por favor encárgate de mis hijos. Mi mujer está sola y no tiene a nadie. Toda mi familia ha muerto bajo este rey, bajo este Indigno. ━Elain paró de hablar porque tuvo que escupir, la sangre le llenaba la boca. ━Los tres podrían morir en el invierno. 

Tarald sintió que se quebraba por dentro. Haber escuchado eso era peor. Si obedecía la orden de disparar, sería parte de la condena a muerte de una familia entera, pero si no cumplía… 

━¡Piedad! ━Gritó una voz escondida entre pasillos de las barracas o entre la multitud parada detrás de la tarima del rey. Era la petición de un hombre que no quería ser identificado, pues se había ocultado entre la montonera reunida para presenciar las ejecuciones.

━¿Quién fue, quién gritó eso? ━Preguntó el rey Nélifas con voz calmada, con el pernil de aquella ave enorme en su mano y los ojos cerrados con su cara llena de frustración. ━¿Nadie? ¿No fue nadie? ¿Quizás… fue la voz del viento? ━Entonces Nélifas miró hacia atrás buscando respuestas, escrutando en los rostros de los presentes a ver si alguien le daba la información que pedía. Por más que quería mostrar calma, su mirada delataba que ardía de ira por dentro. Nadie habló, solo se escucharon las gaviotas en la distancia, altas en el cielo. 

Íreldin hizo una seña con su mano, y ordenó a los arqueros bajar sus arcos y esperar. 

━¿¡Quién carajos fue!? ━Gritó Nélifas iracundo, mientras se ponía de pie y arrojaba el pernil que tenía en la mano al suelo, en el proceso la silla cayó con gran estruendo. El silencio de la multitud dominó otra vez, solo sonaba la respiración jadeante e iracunda de Nélifas. ━¿Alguien más quiere tomar el lugar del anciano, se les antojan unas flechas? ━En ese momento el rey arrojó una bandeja de plata llena de comida contra la multitud, untando a la gente con todo tipo de sustancias y golpeando a una mujer en el rostro con el utensilio metálico. Nadie dijo nada. 


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Tarald sintió el impulso casi irrefrenable de darse vuelta y matar al rey ¿Quién se lo impediría? Tenía el arco en la mano, y antes de que alguien pudiera hacer algo para impedírselo, podría poner fin a todo esto. Miró a Íreldin, a su comandante, y lo vio con los ojos cerrados «Ni siquiera él podría hacer algo», pero al mirarlo con más detenimiento, notó que en su rostro no había convicción sino tristeza, o soledad. Si mataba ahora mismo al rey, también podría terminar con el sufrimiento de su comandante. Tarald puso la flecha en la cuerda, si pretendía hacerlo, ése era el momento…

━Gányivat te pido que escuches mi plegaria ━Era la voz de Elain, que rezaba en voz baja. ━pues pronto me reuniré contigo y caminaré sobre la sagrada tierra que cubre la superficie de la misericordiosa Ánivat, materia con la que me construiste y de la que provengo. Mi consciencia está tranquila, pues he seguido tus pasos que me guiaron a… ━El anciano había llamado la atención de todos, quebrando el silencio tenso provocado por la rabieta de Nélifas. Tarald tuvo que contenerse, el factor sorpresa se había echado a perder. 

A Elain en sus oraciones solo lo acompañó el viento, que comenzó a soplar con fuerza. El rey miró al anciano mientras sonreía con incredulidad, no podía creer que ni siquiera en un momento así aceptara quedarse callado. Nélifas sacudió sus ropas, aclaró la garganta y habló con la voz más calmada que fue capaz de emitir.   

━Mátenlo de una vez, lástima que nadie se atrevió a acompañarlo. ━Dijo con frialdad. Tarald al escuchar esas palabras sintió un escalofrío que bajó como un relámpago por toda su espalda. Tuvo un vacío en su estómago tan grande, que incluso le dieron ganas de vomitar. 

Después de una pausa miró de nuevo a Íreldin, pero el comandante seguía con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Estaba inmóvil.

━No entiendo qué están esperando para matarlo, sus piernas están ansiosas por conocer mi autoridad. ━Dijo Nélifas y rió un poco mientras arrastraba su asiento de regreso hasta la mesa, irritando a los presentes con el sonido de la madera chirriante. Todos los arqueros miraron a Íreldin, pero él seguía completamente quieto. El rey se sentó frente al banquete y arrancó bruscamente otra pieza del ave asada, y cubiertos como estaban por un silencio sepulcral, el sonido al desmembrar la comida se oyó repugnante. Mordió y masticó ruidosamente mientras la grasa corrió por su mentón y sus manos, hasta empapar las costosas ropas reales, hechas de seda verde y bordados dorados. ━¡¿Comandante, qué espera?! ━Gritó el rey con la boca llena de comida, y la voz de Elain se quebró mientras rezaba. Los arqueros poco a poco fueron tensando de nuevo el arco, incluso sin que Íreldin lo ordenara. 

Tarald tomó la flecha y la puso en la cuerda, sus manos sudaban frías pero tenía un pálpito, el silencio de su comandante le daba buena espina. «Este puede ser el momento para dejar de cumplir las órdenes reales ¡Si Íreldin ordena matar a Nélifas, seré yo quién dispare primero!».

El viento dejó de soplar y el sol quedó oculto detrás de una nube densa, cubriendo la mañana con un manto gris. 

Íreldin abrió los ojos y solo con su mirada penetrante, obligó a Tarald a tensar su arco para que imitara a los demás arqueros verdugos. Luego con su mano izquierda el comandante señaló a Elain.

Suspiró.

Después de exhalar lentamente, Íreldin tomó valor y por fin gritó:

━¡Disparen!


[1] Gentilicio de Ulsitia.

Foto: Imagen de Bruno /Germany en Pixabay

Pablo Morales

Mi nombre es Pablo Morales Jurado, nací en Cali, Colombia en 1991 y actualmente resido en España, en la ciudad de Elche. Soy diseñador gráfico y productor musical de profesión y escritor de vocación. Hago parte del grupo Sunministers, un trío de Djs productores colombianos que ya ha tenido presentaciones a nivel internacional y está enfocado sobretodo en apariciones en festivales de música electrónica. También soy compositor de epic music, aunque de esta faceta nada ha salido a la luz, a diferencia de la música electrónica que ya se encuentra en todas las plataformas. 

La escritura para mí siempre ha sido un llamado, no un hobby, mi mente constantemente maquina historias y mundos fantásticos, con una inclinación inexorable hacia la fantasía épica y heroica. Mi primera lectura fascinante fue el Señor de los Anillos, como quizás la mayoría de los apasionados de este género, y de allí me dejé seducir por otros autores y sagas. 

Actualmente estoy construyendo mi mundo fantástico, un continente vasto que llevo alimentando más de una década, que espero pronto compartir con el mundo.