CRONISTAS ÓMICRON: Duermevela

Publicamos el relato «Duermevela» de Gustavo Gros.

Por Gustavo F. Gros

“La suma ridiculez de estar vivo se presenta clarísima
a cualquiera que lleve años queriendo
alcanzar la grieta que filtre el resplandor de la esperanza.”

ANIARA, Harry Martinson

1. El aroma benigno a sal en el aire, curiosamente liviano, como brisa ligera de mar, al sacarme el casco y respirar por primera vez en la atmósfera de Asterión H-1 por más que no tenía ninguna orden ni certeza de nada para poder hacerlo.

2. La sensación a cosquilleo de hormigas en la palma de la mano al tocar el pasto azulado en la Pradera Invertida, donde uno al arrancar un tallo, por debajo, vuelve a crecer otro de exactamente el mismo tamaño aunque con diferente (y curiosa) composición genética según lo estudiamos con Ariana; como desafiando a que nunca vas a poder generar un vacío de algún tipo allí.

3. El abrumo en la frente al ver el esplendor del humo rojizo, gigante, de kilómetros de altura de los Inciensos de Arena provenientes de las Montañas Célibes y cómo cuando uno quería acercarse hasta ellos, desaparecían inmediatamente, como si fueran un animal tímido ante la presencia amenazante de un humano.

4. El acurruco soporífero, naciendo en la nuca, como morfina, del azul estremecedor de la Noche Infinita y sus cuarenta y ocho lunas menguantes de color magenta que sólo acontecen en verano, una de las catorce estaciones que tiene Asterión H-1.

5. La alegría juvenil en la piel de jugar al carnaval desnudos, con Ariana, cuando no éramos más ni Coronel ni Mayor a casi doscientos dos días terrestres de haber realizado el aterrizaje en Asterión H-1 y haber comenzado la misión en la Base móvil.

6. La piel de gallina y el estupor helado en cada extremidad del cuerpo por los setecientos un Rinocerontes Anacrónicos gigantes mirándonos fijos en cada amanecer sin hacer ni un paso cuando salíamos de la Base móvil, como si fueran carteles, maniquíes temerarios, calzando unas extrañas armaduras de metal dorado.

7. El temor sordo en los oídos ante los ruidos espantosos de truenos, o cañones, a lo lejos, muy, muy a lo lejos hacia el Sur de la Base móvil.

8. El sabor húmedo en los labios del primer beso robado a Ariana, a cuatrocientos días terrestres exactos de empezar la misión mientras de fondo, desde la Base móvil, sonaba sin parar una y otra vez todo el disco completo de Pink Floyd, A Saucerful of Secrets.

9. El encanto casi musical en la mirada de las formas cristalinas, como de vidrio, de las Flores de Ilión y los casi mil quinientos microorganismos diferentes que las habitaban desde sus tallos hasta sus hojas puntiagudas y anchas.

10. El pudor moderado en el sexo al sentir desnudo las texturas finísimas, como minas de portaminas, grises, de las Lluvias Totales limpiando los cielos de los últimos días de primavera en Asterión H-1.

12. La sensación amniótica en todo el cuerpo (tanto por fuera como por dentro) al nadar con los ojos abiertos en los Lagos Lacónicos cerca de la Selva Ámbar.

13. El torpe pinchazo en el pecho, como aguijón, ante la decepción de ver a Ariana apuntándome por primera vez con su arma reglamentaria descargada… gatillándola sin éxito, alertándome que su simpatía hacia mí había sido todo un engaño.

14. La dificultad quejumbrosa, bronquial, anciana, en la respiración cuando se materializaban las estatuas de los asterianos cual si fueran fantasmas en el Desierto Parco de Harina Amarilla al Oeste de la Base móvil.

15. El gusto tibio a sangre ajena, en los labios, que me salpicó Ariana cuando la tajeé con el filo de mi sable luego de querer tajearme con el suyo en la Base móvil, después de que le boicoteé su liberación de prisioneros en el Ala Este.

16. La impotencia solemne, empequeñecedora en el espíritu frente a la Ola Deforme gigante del Océano Cruel que se comió de la nada, la mitad de un continente en el que trabajé veintidós días terrestres seguidos recolectando datos biológicos a casi dos años y medio de comenzada la misión.

17. La sensación de vergüenza infame en la libido al querer activar uno de los Androides del Placer (versión congoleña) que nos había dado -como broma- la Doctora Mariama Nkosazana, en la base en Okinawa, antes del segundo despegue fallido.

18. El gusto metálico, en la garganta, cuando aspiré el primer aire del Invierno Ácido (la estación diez, según mi catálogo climático) asteriano.

19. La incomodidad nostálgica en el pecho al escuchar los cantos folclóricos en georgiano que hacía el Sargento Guramishvili a capella en la prisión del Ala Este donde lo había encerrado.

20. La bronca rabiosa en los hombros de ver cómo las Gaviotas Gigantes de dos picos del Océano Cruel atacaban picoteando sin piedad a los Rinocerontes Anacrónicos sin que estos se movieran ni defendieran, durante su avistamiento frente a la Base móvil, la única mañana donde se aparecieron sin sus armaduras doradas.

21. El temor excitante en todo el cuerpo ante el sonido picante que hacía Ariana afilando su sable por las noches, asumiendo que yo ya estaba dormido.


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23. La felicidad incontenible en el corazón al escuchar al Sargento Guramishvili relatando que el Alférez Bauman había muerto, finalmente, junto a él, en la prisión del Ala Este.

24. El calor particularmente excitante en la piel ante el Solsticio Impune que parecía derretir todo lo que había en el Llano Fósil, a cuatrocientos kilómetros al Norte de la Base móvil, volviéndolo un rarísimo espejismo multicolor, como pixelado.

25. El impulso volcánico en la garganta y el pecho al probar el primer destilado con aguas verdes del Arroyo Espasmo preparado por mí mismo.

26. Los celos incontrolables al escuchar, escondido, cómo Ariana lloraba la muerte del Alférez Bauman mientras afilaba virulenta su sable sacándole chispas.

27. El asco significativo en la garganta al ver por primera vez una horda de Ratones Siameses y sus tamaños barrocamente gigantes en las proximidades al Acantilado Luz Mala, como queriendo todos ellos saltar al Océano Cruel desde esa altura.

29. El plomo pesado en el cuerpo ante la abulia interminable del invernado obligatorio en la mal llamada Cámara de Regeneración Dérmica de la Base móvil.

21. La indiferencia pérfida ante el aviso de la muerte de la Mayor Nehwal por parte del Sargento Guramishvili en su encierro en el Ala Este.

22. La risa sarcástica que me generó Ariana en su cuarto intento frustrado de liberación de prisioneros antes llamados mi tripulación, en el Ala Este.

23. El sonido raro, como a sonata de Beethoven, en los oídos, cada vez que caía la lluvia ácida que parecía ennegrecer y oscurecer el planeta más limpio y colorido de los catorce sistemas solares conocidos.  

24. La curiosidad infantil que se me generó la primera vez que conocí, frente a frente, en persona, a un asteriano.

25. La sensación de consuelo cuando las Casi-Cigarras y las Casi-Libélulas de alas celestes se juntaban y se apareaban en el Tercer Cielo asteriano -de los cinco que tienen- generando un color azul zafiro inconcebiblemente bello en los horizontes del planeta.

26. La potencia de orgullo al aprender a montar solo a un León Jamelgo capturado en la Selva Ámbar.

27. La paz absoluta en el alma al tomar una siesta en la espesura de la Meseta de Espejos, en el Continente-Isla al Oeste del Océano Cruel.

28. La ternura infinita al escuchar a un asteriano queriendo comunicarse en español conmigo conjugando todos los verbos mal porque los asterianos no tienen noción de presente, pasado o futuro en su percepción de la vida y los siete idiomas que hablan indistintamente en su coloquialidad cotidiana.

29. La impotencia agria en el semblante al ver cómo Ariana intrigaba y confabulaba con los asterianos para atacarme por sorpresa en la Base móvil.

30. La adrenalina rimbombante en la sangre por mi primer combate contra los asterianos incitados por Ariana, en la Explanada Insulsa, yo montado en mi León Jamelgo sólo con mi sable encima.

31. La textura espesa de la saliva de Ariana en mi rostro luego de escupirme mientras la metía en el calabozo del Ala Este con el Sargento Guramishvili y lo que quedaba del Capitán Huan Yi.

32. La gracia casi cirquera de los extraños movimientos de los asterianos cuando combatían: una suerte de gracia en cámara lenta, muy lenta, confusa, como haciendo malos movimientos de danza contemporánea, de danza Butoh casi, que me permitía cortarlos a la mitad como malezas sin recibir, casi, ni un rasguño.

33. La algarabía recatada ante la rendición de los asterianos mientras los pisaba desaforado y hasta divertido con mi León Jamelgo.

34. La mística de la grandeza haciendo terremotos en mi piel al ser ungido como nuevo Dios de los asterianos con Ariana encadenada, viendo enroscada en ira, la ceremonia.

35. El dolor del ardor en los ojos al despertar por medio de la programación de la Computadora Maestra en la cámara de Crío-Espera, a catorce millones de años luz de la Tierra, mientras la nave se acercaba, finalmente, a Asterión H-1

36. La congestión en la nuca al ser el primero en despertar y ver, de un lado a otro de las cámaras de Crío-Espera, a toda la tripulación dormir aún.

37. La decepción pudorosa por estar desnudo, chorreado, en la nave, entendiendo que todo lo vivido fue, simplemente, ¿un sueño?

38. La excitación perenne en el sexo al ver a Ariana dormir en su cámara de Crío-Espera junto a la cámara de su esposo, el Alférez Bauman.

39. El dolor agudo en la frente, ante el chillido espantoso de las alarmas de la nave que me indicaban, ante la proximidad con Asterión H-1, que tenía que despertar al resto de la tripulación para que me ayudaran con el aterrizaje.

40. La paz inmaculada al sentir con mis manos, el gélido estampado del filo de mi sable traído de incógnito desde la Tierra.

41. El coraje quimérico en la carne al acercarse el aterrizaje en Asterión H-1 luego de desconectar el sistema de despertado automático de las cámaras de Crío-Espera e intentar hacerlo solo, por mis propios medios.

42. El arrebato divino en el pecho al aterrizar en Asterión H-1 y transformar la nave en una Base móvil desde la cual, como un nuevo Adán, nombraría todo por primera vez en este planeta.

43. La sonrisa íntima, poderosa, en los labios, al darme cuenta que Adán -ese que nombraba todo por primera vez en el Paraíso- en español, al revés, significa, Nada.

44. El deseo concupiscente y excitante en el alma, ahora, bien en presente, al emerger por fin en la superficie del Asterión H-1, con toda la tripulación aún dormida prisionera en sus cámaras de Crío-Espera, y mi sable afilado en mano listo para conquistar lo primero que tenga enfrente. 

45. Quizás lo último, también, que voy a ver en la vida si realmente la manada de cuarenta y cinco Rinocerontes Anacrónicos con sus armaduras (¿igualitas a las del sueño?) en estampida siguen su avance cebado por el Sur a donde mal he aterrizado la nave según me confirman exaltados los instrumentos de la Computadora Maestra, en el límite de lo que quiero empezar a llamar, la Selva Ámbar. 

Foto: Imagen de deselect en Pixabay

Gustavo Gros

Nació en Córdoba, Argentina, en 1981. Es Licenciado en Letras Modernas. Ha publicado textos en diversos diarios y revistas en Argentina y Uruguay. En el 2010, recibió una Mención Especial del Centro Cultural España Córdoba por el cortometraje expositor-exposición; su corto Voluntad recibió una Mención Especial en el Festival de Cine de Rauch 2012 (Bs. As.). Fue finalista del Premio Revista Cosecha EÑE 2012 (España) por el cuento Meta. En el 2014, ganó el Premio Municipal de Novela Luis de Tejeda con Año bisiesto. En el 2018, ganó el Primer Concurso de Escritura Radioteatro para Aplaudir – Centenario de la Reforma, organizado por la Universidad Nacional de Córdoba con su pieza, Entonces, llueve (estrenada en junio de ese año en Córdoba y en septiembre en Entre Ríos). Actualmente, escribe artículos y ensayos de cine en la página hacerselacritica.com así como también, en su edición en papel.