Dom. Jul 12th, 2020

REPORTE ÓMICRON: Irrealidad y vacío en La decimotercera forma

Alexis Cuzme nos entrega un análisis de la novela «La decimatercera forma» de Max I. Vega.

Por Alexis Cuzme

¿Qué es real? ¿Cómo defines lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro. 

Morfeo, The Matrix

¿Qué es la realidad? ¿Puede, todo cuanto ha significado lo real en nuestra vida ser una farsa? ¿Las formas, las personas, la historia individual podría ser una construcción irreal? Pienso en ello mientras cierro las páginas de La decimotercera forma (Cactus Pink, 2019) de Max I. Vega. 

Un libro que desde el inicio da cuenta de historias donde el pasado parecerían los únicos motivos detonantes en su construcción. Ahí distintas situaciones y personajes pululan en tramas que dan cuenta de sucesos atroces, sanguinarios, con un escenario casi siempre lúgubre, latente en su naturaleza insana. 

La voz narrativa va mostrando, a través de las historias, muchas posibilidades del sufrimiento al que se puede llegar. Una multiplicidad de opciones donde la desdicha es siempre el final de todo. 

¿Qué es real? ¿Cuánto ha dejado de ser real para convertirse en una construcción que utiliza elementos del pasado y abre una verdad de fines particulares? Los cuentos de este libro hacen constante referencia al pasado, a ese pasado que la historia se ha encargado de sostener. Desde luego que no se trata de un libro de historia, sino de ficción, donde personajes, especio geográfico y situaciones parecidas a la historia son solo parte de un entretejido ficcional. Uno que no flaquea en ningún momento, que sabe elevar y descender a los personajes y las situaciones a las que se ven sometidos.  

Y todo apuntaría a que La decimotercera forma fuera un libro más de cuentos, obras minúsculas donde el autor ha puesto todo su ingenio fabulador, sin embargo, el libro como un laberinto ha logrado un objetivo importante dentro de estructuras pensadas al detalle, no solo ha llevado por cada uno de los caminos/historias al lector, lo ha preparado para no esperar nada más, solo otra historia más que cierre las reunidas.

Quizás allí radica el mérito de este libro, en desconcertar. En dejar que el convencionalismo invada al lector con las primeras doce historias, no dar señales, ni guiños, contar la vida de personajes, mostrar escenas y finalizarlas. 

Neo, Farnsworth y la realidad 

Neo desde The Matrix y el profesor Hubert Farnsworth desde Futurama comparten un mismo hecho, ambos están suspendidos de la realidad, en cápsulas que los tienen conectados a una realidad virtual, a algo creíble donde son felices [1]. Ahí la vida no tiene más complicaciones que desarrollar un rol impuesto y que se desconoce como tal (aunque algunos preferirán decirle destino). 

Ambos, como se comprenderá, son personajes. El primero protagonista de una película y el otro de una serie animada. Los dos habitan versiones distintas de lo que se imagina será el futuro. Y ambos, dentro de su imaginario y paz, han despertado abruptamente de esa falsa realidad. Ahora, la forma incólume se ha vuelto amorfa. Trazos feroces de algo que no volverá a su forma jamás. 

Esta es la premisa de La decimotercera forma, ser un mundo de historias falsas dentro de la ficción; un recorrido a través del tiempo para lograr un objetivo; un salto constante de personajes; un juego entre perseguidor y perseguido; una realidad alterna dentro de una farsa general. 

Por eso, y aunque parezca increíble, La decimotercera forma, es un libro de ciencia ficción, uno alejado del convencionalismo inicial del género, que avanza a través de historias cuyo nexo no se ve, que apenas se avizora el detalle de que algo pasa en el fondo, una trama mayor que nadie espera. 

¿Kurare es la realidad? 

Es el año 2196, Mitus, ha sido despertado del cubículo de la somnolencia. Han pasado 114 años desde que él y su esposa, Ela, fueron capturados dentro de su cubil. 

Kurare, así se ha presentado el guía, ante Mitus. Le informa que debe atravesar el Museo de Malakoff, una senda por la historia de la Tierra. Donde hará el mismo recorrido que el lector reconocerá en las doce historias anteriores. 

Se culpa a Mitus de ser el causante de la aniquilación del Planeta, algo cierto:

– El Holocausto. En el año 2076 el Globo emprendió la fase final del desarme mundial. Miles de ojivas de termo fisión helada fueron desmanteladas. Pero, como por desgracia se habían fabricado demasiadas, bastaba una para provocar un daño descomunal. Y eso fue lo que sucedió. Aunque por la razón menos imaginable. En ese mismo año, se estableció la abolición de las religiones. Ya no habría más jainistas, islamistas, católicos, católicos extremistas, protestantes, budistas, porque no existía una verdadera distinción entre ellas. Ninguna valía nada. El vaticano tuvo permiso de funcionar hasta que permanezca con vida, su último Papa, el sumo pontífice Nicolás VI (el último papa nazi), quien, moviendo todo su poder, logró apoderarse y esconder una de las ojivas de hielo más mortíferas: Titán VI. Y dio la orden de que a su muerte, este fuera activado. Seis años después pereció y, como un subterfugio de que sin religión el mundo estaba perdido, se detonó el dispositivo en el mar congelado –aquel semejante al cristal– aniquilando el noventa y seis por ciento de la población mundial, el noventa y tres por ciento de la vida animal y el noventa y nueve por ciento de las plantas, árboles y vegetales. Los sobrevivientes intentaron refugiarse del frío a varios kilómetros debajo de la superficie, pero la alta temperatura del núcleo y el poco oxígeno desbarataron ese propósito. La humanidad iba a extinguirse. Muchos anhelaron la muerte. Hasta que se propuso continuar con el proyecto de una fortaleza aérea, en la Estratósfera, donde el congelamiento era menor. Así –con miles de mártires que dieron su vida por la especie, en el trascurso de varias décadas– la Nueva Plataforma pudo cimentarse a sesenta mil metros de altura. Y ahora está regida por mí. 

– ¿Por qué me has mostrado todo esto? 

– Tú y tu Ela fueron acusados de espionaje interdistrital. En aquel entonces el programa de procesamiento de sindicados, denominado “El Museo de Malakoff”, estaba en pleno desarrollo y se dictaminó que ustedes, los esposos Bitterness, serían los primeros en ser juzgados aquí. Tu condena fue permanecer en el Cuarto de la Somnolencia por ciento catorce años para luego ser sometido a esta pinacoteca; y, la de ella la cápsula limboestática. 

– ¡No! ¡Ela! Ella es inocente. 

– Lo sé, solo quería llegar a ti, Mitus. 

– De qué hablas. 

– De que tú fuiste el causante de toda esa devastación. Tú fuiste quien le proveyó, aprovechando la posición diplomática de tu esposa, el Titán VI al Papa Nicolás VI. Tú fuiste el causante de la aniquilación del Planeta. Tu sentencia era pasar ciento catorce años dormido, ser sometido a las galerías del museo y, dependiendo del resultado de las imágenes, declararlos absueltos a Ela y a ti o impartirles la más dura condena. Y ocurrió algo más que eso. Lo arrojado por las galerías confirman que sí. ¡Eres tú el elegido! Esperé mucho tiempo para que regreses. Y ahora, que de nuevo estás frente a mí, quiero darte las gracias. 

(El museo de Malakoff, pp.128-129)

Así él, el “elegido” de la catástrofe, el causante de toda la realidad de la que se ha enterado debe decidir su castigo: morir o quedar en el limbo para siempre.

Mitus, esta encarnación derrotada de Neo, elige desaparecer, y con esta acción el desenlace de una obra arriesgada en su planteamiento, a la que se entra con todos los sentidos apaciguados y se sale alterado, cargado de conjeturas sobre lo que creemos es lo real.  

[1] Ver The Matrix (1999) donde Neo descubre que todo cuanto cree real no es más que una simulación virtual a la que su cerebro se encuentra conectado. También Futurama (2000), episodio 23 de la segunda temporada; aquí el profesor es llevado por el Escuadrón Atardecer a un planeta misterioso donde se encuentran todos los humanos que han cumplido 160 años. 

Foto: Editorial Cactus Pink

Alexis Cuzme

Manta (Ecuador), 1980.

Escribe y colabora con publicaciones periódicas, ecuatorianas y del extranjero, en temas relacionados a cine, teatro, música, literatura y edición. Fue creador y editor, por quince años, del fanzine metal literario Marfuz. Co creador y editor del sello independiente Tinta Ácida. Sus más recientes publicaciones son Moshpit (ensayo, 2013) La ruina del vientre sacudido (poesía, 2017) y Phil Anselmo piensa en su yugular (poesía, 2018).

Sito web: http://alexis-cuzme.blogspot.com/


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