Mar. May 26th, 2020

HISTÓMICRON: King Kong: La soledad de un gigante.

Francisco Segovia nos comparte su artículo sobre la mítica película King Kong.

Por Francisco Segovia Ramos

La imagen de un gorila gigante encaramado sobre el Empire State es ya un icono imborrable del cine. 

Cuando Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack se embarcaron en la aventura de llevar al cine las aventuras de un simio gigante que se enfrentaba a criaturas antediluvianas y raptaba a una bella mujer rubia, con seguridad no sabían que estaban creando un mito que perduraría a lo largo de décadas y llegaría hasta la actualidad, más pujante que nunca.

King Kong, película de 1933, basada en una novela de Delos W. Lovelace, se enmarcó dentro de una corriente de cine de segunda categoría, sin más aspiraciones que entretener al gran público y llenar las salas para recaudar el dinero invertido en ella. Una apuesta no muy arriesgada porque ya se habían realizado producciones similares, como El Mundo Perdido (1925), y el documental Creation (1931), entre otras películas y documentales, con monstruos parecidos y movidos con la técnica de paso de manivela (Stop Motion, en inglés, una serie de imágenes fijas sucesivas que dan la sensación de movimiento cuando se las proyecta sin pausa).

Sin embargo, la película tuvo un éxito impresionante, y La octava maravilla (como se titulaba al principio), hizo honor a su nombre. 

Quizá, en el subconsciente colectivo —y la crítica apunta en esa dirección—, King Kong, el gran gorila, no sea sino un reflejo de la crisis económica mundial de 1929, el famoso crack que hundió la bolsa de Nueva York y, posteriormente, las economías de todo el mundo occidental. Sin embargo, vista con ojos contemporáneos, el mito de King Kong permanece, aunque aquella funesta crisis forma parte ya de la historia (aunque haya otras posteriores que azoten, de vez en cuando, a las sociedades modernas capitalistas).

La historia de King Kong no es más que la enésima apuesta por la contraposición entre la bella y la bestia. Una bella que toma la figura de una mujer joven y rubia, que se va abocada a enfrentarse a un monstruo que, por momentos, parece que quiera devorarla.

El King Kong de 1931, con una fotografía en blanco y negra decente, sin más florituras, nos ofrece un enfrentamiento entre la bestialidad de Kong y la belleza y delicadeza de la mujer rubia. Esta será rescatada de sus garras y Kong, a su vez, atrapado y exilado de la Isla Calavera. En un final apocalíptico, el gorila se liberará de sus ataduras y sembrará el caos en la gran metrópoli neoyorquina hasta que las modernas fuerzas aéreas norteamericanas (biplanos avanzadísimos de la época), lo derriben desde su árbol/atalaya del Empire State, pare terminar muriendo a los pies de la mujer rubia. “La bella acabó con la bestia”, viene a decir un personaje al final del filme.

El éxito en taquilla dio lugar a una secuela, El hijo de Kong (The son of Kong, 1933), dirigida también por Schoedsack, con un gorila blanco que parece un vaticinio del añorado Copito de nieve. La película, con menos pretensiones que su predecesora, no es sino más de lo mismo, pero pierde la esencia mágica de la primera entrega y se convierte en una sucesión interminable de luchas de bestias antediluvianas, volcanes en erupción y finales muy forzados que dejan el regusto amargo de aquellas producciones que no dan para más.


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Habrán de pasar más de cuarenta años para encontrarnos con una nueva entrega, o, mejor dicho, con una revisión de la primera película, adaptada a los años 70 del siglo pasado. Hablamos del King Kong de John Guillermin, producida en 1976, y protagonizada por Jessica Lange y Jeff Bridges. Un filme que en su época tuvo malas críticas pero que el tiempo ha convertido en un clásico muy apreciado por los mitómanos. De esta película hay que destacar la gran carga erótica que la impregna por completo, esgrimida por una Jessica Lange primeriza en el cine y que hipnotiza al espectador con su físico y su gestos, cuidadosamente estudiados, para crear esa atmósfera de erotismo del que ya se ha hablado. Una de las grandes diferencias con su predecesora de 1931 es que la lucha final entre Kong y los aviones se desarrolla en el desaparecido World Trade Center (Las Torres Gemelas). 

A esta película sucedió otra dirigida también por Guillermin, King Kong 2 (King Kong Lives, 1977), y que, como su título indica, trata sobre la “recuperación” de un King Kong que no ha muerto en la entrega anterior y que necesita un trasplante de sangre que solo puede recibir de un ser similar. La busca y captura de esa gorila forma parte de la historia, con un final más propio de películas infantiles que de adultos, con la pareja de gorilas gigantes adentrándose en la selva para vivir felices y comer perdices juntos… En cuanto a dirección e interpretación, queda muy lejos de su predecesora y no pasará siquiera a la historia del cine de entretenimiento.

Entre esta última entrega de Kong y la producción espectacular (por su presupuesto), de Peter Jackson, nos encontramos con varias películas menores, más herederas de The son of Kong que del King Kong original de 1931. Entre ellas destacan Mi amigo Joe (Migthy Joe Young, 1998), con un gorila más pequeño que sus antecesores, y más propia de un público adolescente poco exigente.

Llegamos al año 2005 y nos encontramos con el King Kong de Peter Jackson, película que muchos entienden lleva el personaje del gorila a lo más alto. Quizá sí en lo técnico y visual, con efectos especiales sorprendentes y espectaculares, paisajes magníficamente recreados y bestias prehistóricas muy creíbles, pero en el resto de facetas, es un filme que se alarga en demasía, con escenas que podrían quitarse de la película sin que esta se resintiera un ápice. Nos referimos a la lucha entre Kong y tres tiranosaurios, o la estampida de braquiosaurios. La historia se resiente de esa continua distracción que mantiene al espectador sumergido en los efectos especiales sin que la narración fluya y avance. Sus protagonistas, a pesar de tener un gran palmarés a sus espaldas, no dan todo de sí, salvo en el comienzo del filme, con una Naomi Watts con la que rápidamente empatiza el espectador, y en breves momentos de la película. Por supuesto, la magia y atracción del Kong de 1931 brillan por su ausencia, y solo queda ese gran fuego de artificios que son sus bien trabajados y casi perfectos efectos especiales.

Doce años después, en 2017, nos encontramos con el más execrable crimen contra la imagen de Kong. Hablamos de Kong: La isla Calavera (Kong: Skull Island), del año 2017, perpetrada, más que dirigida, por Jordan Vogt-Roberts, que pierde por completo el sentido del ridículo y nos muestra a un gorila convertido en un súper héroe que lucha contra unas criaturas primitivas que parecen extraídas de películas del otro gran monstruo de la filmografía mundial, Godzilla. Film, en pocas palabras, para olvidar. 

En resumen, King Kong ha pasado, con cada película que se ha hizo desde la de 1931,  de ser un mito a convertirse en una caricatura de sí mismo, un icono para producir dinero y que la industria del cine explota sin mesura y sin respeto.

Por suerte, todavía nos queda el film de 1931, y ese gigante adorable que gritaba a la luz de la luna tras vencer a sus enemigos primigenios.

Foto: Radio Pictures

Francisco Segovia  Ramos

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Granada, España, 1962. Ha ganado, entre otros: el IV Certamen de Relato del Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror La Mano, de Alcobendas, Madrid; el I Certamen de Novela Corta de lectura Fácil; el IV Certamen Internacional de novela de ciencia ficción “Alternis Mundi”; el XXVII Premio de Prosa de Moriles; el II Certamen de Cuentos “Primero de Mayo”, Argentina; y el I Premio de Novela corta de lectura fácil. Obras: “El hombre tras el monstruo” (2017), “La Promesa” (2015), “Los Náufragos del Aurora” (2015), “Viajero de todos los mundos”, (2014), “Los sueños muertos”, (2013), “Lo que cuentan las sombras”, (2010); “El Aniversario” (2007). Partícipe en numerosas antologías de poesía y relato con otros autores. Otras actividades: Colaborador en revistas y periódicos digitales. Participa habitualmente en la Semana Gótica de Madrid. Miembro de la Asociación española de Fantasía, ciencia ficción y terror, AEFCFT.


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