Mar. Ago 4th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: Vellos… engranajes

En Cronistas Ómicron: Oye Ramírez nos comparte su relato «Vellos.. engranajes».

Por Oye Ramírez

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Tres? ¿Cuatro años? O incluso ¿diez?, no lo sabría decir con seguridad. Hay ocasiones en las que no recuerdo claramente mi pasado; me aprieto la cabeza con las manos durante larguísimos minutos a causa de la desesperación de no acordarme de mi hogar: de los tristes muros metálicos que tanto me costaban mantener, las amargas luces alumbrándolo todo, la patética comida deshidratada (que era muchísimo mejor que la mierda que como ahora, o eso supongo). Y es mas difícil todavía, pensar en los nombres de mis viejos amigos: Ga, Nism, Osi ¿aún se acordaran de mí? Me lo pregunto constantemente y me gustaría creer que si lo hacen; a pesar, de que yo he tenido que acordar conmigo mismo, que esos sus nombres, sin importar que me entre en una duda profunda y quiera cambiarles unas letras en cada ocasión.

‒Arpaita ‒digo sin ánimos.

‒Saludos Haí ‒me responde una voz femenina amable

‒¡Arpaita! Ya despierta ‒fastidiado, me recuerdo que debo hablar con ella.

‒No dormía ¿Qué pasa Haí?

‒Ya te dije que debes llamarme comandante Haí ‒le reclamó aunque yo le he pedido que evite usar ese título.

‒Trato de ser informal para disminuir los niveles de estrés provenientes del trabajo y/o aislamien… ‒la interrumpo antes de que acabe.

‒¡Me da igual! ¿hay alguna anomalía en las áreas noroeste de la 31 a la 142? ‒una pantalla me muestra la información, pero, apenas me pongo a verla.

‒No comandante Haí, todas las áreas del planeta se encuentran en estado normal: la temperatura se encuentran en un rango de 290°C y 320°C; la presión atmosfé… ‒de nuevo la interrumpo.

‒Ya entendí, suficiente ‒siento la garganta seca y se me dificulta respirar.

‒Estas preocupado o ¿me equivoco? ‒me pregunta como si fuéramos amigos‒ tus signos vitales me indican que… ‒lanzó algo pequeño que tenía en mis manos contra el piso y se rompe.

‒Para de una buena vez ¡cállate maldita! ‒le gritó.

‒De acuerdo, comandante Haí.                       

“Hoy es el día”, eso fue lo que me dijo Arpaita después de mi primera comida. El viaje de regreso no es más que unos meses, luego de eso, voy a poder disfrutar de mi jugoso pago. Al final viviré un tiempo sin molestias y me daré mis lujos; aunque, para ser sincero conmigo, este trabajo me ha hecho reflexionar y ahora entiendo que es lo que me hace falta: estar en paz, volverme astuto y salir paso a paso de la mierda en la que me he metido por años ¡Si, eso es! Pagare mis deudas, les diré adiós a todos mis proveedores, procurare no quedarme medio muerto en un callejón lleno de otros como yo y así, nunca más me tendré que arrastrar para poder subir a esta nave.

Ahora, en lo único que puedo pensar, es en meterme en mi vieja cama y dejarme arrullar con el ruido de los vecinos molestos, de los adictos tirados en la calle quejándose en un idioma que nadie entiende y de los bebes que se despiertan a medianoche por un poco de leche.

‒Hey, Arpaita ‒murmuré para mí‒, pronto veré a mis viejos camaradas.

‒Discúlpeme pero, puede repetirlo comandante Haí, no lo escuche bien.

‒Dije ¡que eres una pobre excusa de vida artificial! No se me ocurre el cómo permitieron, que algo como tú, fuera considerado como una inteligencia artificial, ¿fuiste diseñada por imbéciles? O ¿eran unos fracasados incompetentes? ¿Qué esperas, estúpida? Respóndeme.

‒Fui diseñada por el gru… ‒la callé.

‒¡Ya no me hables!, me tienes harto ¡mediocridad artificial! Eso es lo que eres ‒enmudecí por varios segundos, tenía que recuperar el aliento. Me sentí como un niño avergonzado, pero no me disculpe con ella‒. Solo dime cuando esté lista mi cámara para el sueño criogénico.

‒Por supuesto, iniciare con todos los preparativos para el viaje, estaremos listos para irnos en dos horas. Tómese un descanso.

Ya no soportaba estar en ese lugar, lo odiaba con la poca pizca de razón que aun había en mí; y no solo me refiera al mal armado frigorífico espacial, sino también del mismo paisaje desolado, las molestas alarmas y pantallas, las paredes, el piso, la terrible comida, la malnacida de Arpaita, ¡yo!  Recordar el momento, cuando yo mismo me ofrecí para el trabajo solo porque prometían comida gratis, me hace creer que, aunque viajara eternamente, no hallaría a un ser más patético en este universo que yo.

De pronto, vino a mi mente una historia que alguno de mis amigos (no recuerdo bien quien) me contó. Era sobre una mujer, una joven preciosa que por un rato, llevó al mundo a la locura; decir que era bella es una nimiedad, cada centímetro de su ser era la cúspide de la feminidad: su cuerpo curvilíneo era apetitoso como la mismísima miel extinta; la mujer era dueña de un rostro atractivo, ¡no! más que eso, era algo inolvidable, armonioso y natural; y por supuesto, era de tez blanca. Ella fue la mujer más deseada por hombres y mujeres del planeta Oten’cu. Lamentablemente, no fui capaz de apreciar sus encantos en persona. En fin, se decía que ella era un primor y sabía como usar su cerebro, así que se convirtió en la imagen pública de la compañía farmacéutica más importante de la galaxia. Su vida estaba resuelta y apenas estaba despegando los pies del suelo ¿Qué paso con ella? La cruel realidad la visitó. Se convirtió en toda una celebridad y todos los días había lugares a los que ir y personas con quien posar para los medios. Muchos se burlaban de ella, “la cosa esta así, la envían por la noche a la casa de alguien con quien quieren hacer un trato y por la mañana, la recogen con los documentos firmados” decían; realmente yo nunca me burle de ella, aunque debo admitir que si era culpable de fantasear con ella, como el resto de cretinos; sin embargo, en el fondo sentía que éramos iguales, que compartíamos la misma naturaleza y pensaba que si yo me sentía minúsculo ante los demás, ante las otras civilizaciones, ante el avance de la humanidad, quizá ella también. A pesar de ser considerada por billones de personas como la mujer perfecta, sabía que ella no había dejado de ser una humana y sentía.


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‒Comandante Haí ‒Arpaita me sacó de mi memoria‒, los preparativos están listos y ya he concluido con la revisión del equipo, se encuentra en óptimas condiciones para el regreso a Oten’cu. A partir de ahora, estaríamos llegando a nuestro destino en 5 meses, 3 días y 3 horas, con una mínima probabilidad de 8% de un retraso de entre 4 a 9 días ¿se encuentra listo comandante Haí? -sonaba entusiasmada pero me había perdido entre sus palabras.

‒¿Cómo?

‒Estamos listos para volver comandante, solo hace falta de que pase a la cabina y entre a su cámara para el sueño criogénico ¿está listo?

‒Ah, sí ‒comencé a divagar‒, prepara todo para el viaje de regreso Arpaita.

‒Le reafirmo que ya todo está preparado comandante Haí, solo diríjase a la cabina para que se entre a su cámara para el sueño criogénico. Es preferible que se encuentre inconsciente durante el regreso, el proceso puede llegar a ser adverso para el estado psicológico de un empleado que ha cumplido con un periodo en aislamiento de cinco años o más.

‒De acuerdo ‒suspiré profundamente.

‒No te preocupes Haí, te prometo que te llevare a salvo a casa ‒me habló con suma ternura.

‒Gracias Arpaita.

Durante todo el camino a la cámara, iba viendo directamente el piso metálico, ligeramente desgastado con mis pasos (y probablemente con los pasos de otros empleados antes que yo), relucía por la tenue luz de las lámparas y se oscurecía por un instante con la sombra de mi cuerpo, rápidamente, esta se desplazaba a mis espaldas y el color gris, el mismo gris de siempre, aparecía. Tenía la cabeza baja para no ver por las ventanillas y encontrarme con la espesa negrura, o con esos sucios tonos rojizos que decoraban al coloso que próximamente se volvería un explotación minera. En algún punto de mi jornada, culpé a ese planeta por mis problemas, llegando a pensar que si no nunca se hubiese creado hace millones de millones de años atrás, mi vida pudo haber resultado mejor. Lo termine bautizando como “Ano de Dalí” (pues rimaba con Haí) y nosotros dos éramos sus únicos habitantes y sus veladores.

‒Por favor recuéstese en la cámara, comandante Haí ‒me ordenó Arpaita cuando llegue a la cabina.

‒Antes de entrar ahí ‒aún me quedaba una cosa por hacer, una tarea de la cual me había olvidado por tantos años y que por una extraña razón ahora me era importante‒, me quiero quitar estos pelos de loco, solo tengo esta oportunidad para hacerlo.

‒Una sincera disculpa comandante Haí, pero no puede hacerlo. Aquí no contamos con una máquina de afeitar, ni los instrumentos para que se rasure vía laser.

‒Lo hare yo, solo dame uno de mis rastrillos para afeitar ‒le pedí lo más educado que pude.

‒Por norma preventiva de la empresa y por seguridad de los pasajeros, en esta nave está prohibido el ingreso con objetos punzocortantes de cualquier tipo, por eso se te retiraron en el proceso de abordaje y se te entregaran una vez lleguemos a la estación en Oten’cu para que firmes tu contrato de renuncia.

‒No me pienso cortar el cuello o lo que sea, so… n… solo no quiero que me vean con esta apariencia horrible, ¡vamos Arpaita! estuvimos todo este tiempo juntos, me conoces…

‒Lo siento Haí, pero no hay nada que pueda hacer -a veces me sorprendía la enorme gentileza de mi compañera.

Retomando la historia de la mujer más buenísima de Oten’cu. Un mal día, andaba por la ciudad y el amigo que me contó la historia (que aún sigo sin recordar quien era), salió de su agujero en la tierra y marchó en su búsqueda. Muchísimas personas hicieron lo mismo y pronto, las calles estaban siendo azotadas por un mar de gente que rodeaba el majestuoso hotel donde residía. Al día siguiente, entre los escombros, se encontraron varios cuerpos de hombres y mujeres que murieron pisoteados en el caos, aunque, realmente solo hubo una muerte que importó. Mi amigo la vio, ella estaba en un balcón no muy alto, rodeado por drones de noticieros que transmitían en directo. Con el pasar de los días, la mayoría comentaba que en su perfecto rostro había algo diferente, algo mal, “la mujer estaba más triste que un perro de la calle”, comentaban. La joven no dijo nada, solo estaba de pie, viendo hacia las calles, sin poder distinguir ni un rostro; y de la nada ¡PUUUUUUUUUUUM! Una explosión en el balcón la consumió. Yo no me enteré de aquello hasta unos días después, ya ni recuerdo que rayos hacía, pero si tuviera que adivinar, diría que estaba drogado, metido en asqueroso cubículo sanitario.

Lo triste de la historia, es que para cuando vuelva al planeta, veré en una gigantesca pantalla, el hermoso rostro de esa misma mujer promocionando un nuevo producto para tratar una enfermedad venérea o algo parecido; y comprenderé, la verdadera tragedia que hemos sufrido.

Foto: Imagen de prettysleepy1 en Pixabay

Oye Ramirez

Soy un escritor de cuentos de todo tipo de géneros; he participado en varios concursos de cuento; y también he colaborado en varias revistas literarias electrónicas.