CRONISTAS ÓMICRON: Taller de Carne

En Cronistas Ómicron: Manuel Morbius nos comparte su relato «Taller de Carne».

Por Manuel Mörbius

            —¡Leyver! —Grita la bocina y el enclenque muchacho se acerca con la lentitud de la tarde calurosa. La ciudad es irrespirable allí donde empieza la franja del borde exterior del túnel 10. Leyver tiene pensamientos truncos y estudios de lo que le da para contar el unísono y multiplicarlo hasta el nueve. A veces se conecta a la escuela y cuando la conexión lo rechaza por incompetente se siente libre de desconectarse y hacer entregas—. Código Jericó.

           Le entregan un contenedor con forma de larva sellado con biometría.

           —No quiero ir allá. ¿Ya viste lo que pasó? A mí siempre me pagan con insultos. Hoy va ser imposible atravesar la ciudad y la última vez casi me arrestan.

           —Yo qué sé. No preguntes y ¡muévete!— le grita el dispensador artificial con sangre en los engranes.

     Leyver se va inconforme con desánimo la columna de humo que emana de Nueva Abadía humeante y sigue caminando. Las paredes están llenas de carteles de viejas funciones de lucha libre con enmascarados que ahora beben en la esquina ofreciendo sus musculo en retiro para protección de personas mientras están enlazadas al banco de memorias. Sigue mirando la pared y las caras de políticos clonados con la sonrisa rasgada y manchada por el tiempo se impregnan de contaminación y mugre. Leyver escucha flotar a los policías y militares en sus frenéticas carreras. “¡Pecho tierra!”  Las ráfagas perdidas pasan cerca de su cabeza mientras persiguen una ambulancia. Leyver debe de tener cuidado de no perder el encargo. Se despeja el tránsito aéreo y los semáforos de la ciudad están en rojo permanente. 

            El mundo de Leyver era la historia de los mártires anteriores a los bancos de memorias. Como, por ejemplo, el heroico Lucius Chema, que luchó bajo el nombre del Vengador del Futuro hasta que un mal diseño en sus anabólicos lo convirtió en el tres veces campeón de la sala de emergencias; o el Chahuistle, un biohacker que llevaba tres meses traficandoformulas y patentes rejuvenecedoras, con resultados que podrían variar entre la hermosura accidental o la ironía de la magia negra.

            —Leyver. Milagro de San Judas Nintendo —lo saluda el Chahuistle vestido luces rojas de splanter punk en la chamarra.

            —Estoy de encargo.

            —Venga. Todo sea por terminar la misión. Pero quiero constatar que lo que haces me da asco.

            Van por la calle y comienza la medida de la noche. Como es costumbre el transporte colapsa y la gente sale a quemar botes de basura y estrellar vidrios. Llegan los pacificadores a disparar “sonrisas” (balas de caucho que inyectan antidepresivos). Todos corren a recibir las balas. Leyver y el Chahuistle se pierden entre callejones hasta llegar a otro barrio donde una rata envenenada con tungsteno los ataca por la espalda. La sustancia activa baja por sus labios hasta que la rata escupe una gárgara amarilla para salir del trance.

     —¿Lo lograron? Vamos muchachos, díganme que lo consiguieron. No puedo más, mírenme. Soy capitán, tres idiomas, regresé condecorado de las colonias marcianas y ve dónde me tiene el crédito social, ¡buhhagg!: rezándole al sistema de asistencia para acceder a un recuerdo feliz en el banco de memorias. La necesito. El tungsteno me está matando.

            Leyver y el Chahuistle le piden a la rata que baje la voz, pero son interceptados por las luces rojas de dos esferas flotantes de vigilancia que les piden identificarse. La rata comienza a gritar y los otros dos no dudan en correr por un sendero que va a dar al desagüe de una lujosa plaza comercial. Terminan sumergidos hasta la cadera dentro de un fango maloliente. Las esferas de vigilancia pasan de largo y el Chahuistle recuerda que su tragedia apenas acaba de empezar: el paquete con forma de larva ya no está con Leyver.

            —Se habrá hundido.

            Comienzan a escudriñan en los despojos mientras discuten sobre la severidad de la pena que le dieron a la madre Leyver por hacer exactamente lo mismo. Después hablaron de las guerras de recursos y lo difícil que es entender la historia de un benefactor universal y la falta de un cielo azul en el mundo.  El chahuistle encuentra triunfal el encargo. Las calles siguen agitadas y se escabullen hasta el punto de entrega: la puerta trasera de un edificio del gobierno central donde un militar con la mirada congestionada de muerte en un implante indiferente los recibe.

            —Traigo el código Jericó.

            El militar avisa sin ganas y sale un hombre morbosamente obeso. Leyver piensa: no valen la pena los gritos del matadero para esto.

            —¡Te tardaste una noche completa!

            Leyver, receloso, entrega el paquete.

            —Había mucho tráfico y no tengo medio de transporte. Me lo confiscaron en una redada.

            —¡Apestan! Mira nada más. No te voy a pagar por esta porquería.

            Leyver y el Chahuistle murmuraron algo con dignidad y el militar les apunta con su implante a la cabeza.

            —Déjalos pasar— ordena el mazacote humano 

            Dentro del edificio, un sofisticado subordinado con el cerebro en una pecera verde habla con su masivo jefe:

           —Señor, no entiendo por qué pide que le traigan esto si le podemos conseguir algo más sofisticado y legal en menos de treinta minutos.

            Pasan a una oficina. Leyver va a lavarse la mano y después le muestra la mano derecha completamente regenerada.

     —Sencillo. No son esas imitaciones de vacas y son deliciosas. Son la última fuente de carne. Creo que el miedo a la muerte es lo que le da sabor a la carne —mira el paquete con la esperanza de que no fuera una pérdida total. Abre el sello y observa el dispositivo encendido—. Bueno, es un antojo que no puedo dejar de saciar. ¿Gusta?

           El lacayo se cubre la nariz y el Chahuistle golpea la pecera donde flota el cerebro.

           —¡Anímese amigo! El bocadillo no es barato y a ese brazo le salen dos porciones.

           Leyver pone su mano en el dispositivo y una mordaza entre los dientes mirando con complicidad al Chahuistle.  Comienza a trabajar el dispositivo. Por un lado, entra la mano de Leyve, por el otro sale carne procesada. El proceso es brutal y sin anestesia. Después de algunos minutos, sin dejar manchas, queda una hamburguesa perfectamente elaborada y el dispositivo se queda fijo en lo que queda del brazo de Leyver. Una luz azul indica que la regeneración está activada y marca las setenta y dos horas de duración. El Chahuistle lo sostiene mientras el alimento es consumido. A los otros dos parece no importarles hablar mientras el mazacote come y Leyver junta fuerzas para irse.

           —Entonces regresemos a nuestro problema. ¿Qué hacemos? El presidente volvió a suicidarse y la gente está cansada de gastar el erario en clones.

            Leyver regresa a casa y se deja caer en su silla, cerca de su interfaz. Escucha gritar a la niña y sus memorias se reproducen por toda la casa con un holograma. Ella grita porque su felicidad se ha elevado al cielo y su lengua no puede pronunciar las maldiciones para describir su pérdida por el límite de edad establecido para las palabras programadas, que están fuera del léxico de la kryptopersona que remata así su día y le entrega a su usuaria el recuerdo vívido de un día en la feria, a campo abierto, bajo un cielo azul.


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            Piensa Leyver: “Eso es lo que está recordando en nuestra pequeña habitación donde ella brinca intentando alcanzar un hilo de desesperación conectado a un banco de memorias.” Termina la experiencia y ella llora después de poner en pausa la interfaz. Sus ojos dejan el azul neón y sus pupilas regresan a su color café claro. Entre sus labios comienza a saborear nuevamente el cobre en el ambiente. Está sentado en la silla y parece que ella no se sorprende del muñón ni del dispositivo en forma de larva que vibra debajo de él. Decide evadir el tema.

            —Deberías haberlo visto. Fue hermoso. Los detalles en el cielo eran espléndidos. Comimos un delicioso helado de chocolate y había un oso montado en cochecito que regalaba globos de colores metálicos. ¡Me lleva el carajo, perdí mi globo!

            Los pensamientos de Leyver se inundan. “Yo sé que nada de eso había pasado: el cielo abierto nos hubiera calcinado, el helado siempre ha sabido a mierda y antes de que naciéramos se habían extinguido los osos.” Mantiene en cuarentena sus comentarios para no iniciar una pelea con la que, posiblemente, sea la única donadora compatible de órganos naturales. Sin embargo, ella es la que comienza a reprocharse con el gesto caricaturizado y maternal de los anuncios que se reproducen en el reflejo de la sopa.

            —Eres demasiado testarudo, Leyver. Todos usan el banco de memorias. Tienes que invertir en tu felicidad. Es como dice el anuncio: el presente está vivo en el pasado.

            Él difiere de lo que su hermana entienda de esos anuncios. El estómago de la pequeña hace una señal de gorgoteo variado desde la parte más oscura del colón. Ella llora de emoción y eso le abre el apetito. Va a la cocina a comer algún derivado de soya cuyo contenido hace que sean más nutritivo comerse la caja.

            Leyver vuelve a donde se había quedado, frente a la interfaz. Comienzan a llegar los mensajes del Chahuistle: “¡¿Qué estas esperando?! ¡Ya envíe los códigos que saqué de la pecera!” El presidente podría ser una marioneta, pero al intervenir su Kyptopersonaje pudo extraer parte de los códigos. Fue un golpe de suerte que é y su hermana lo atendieran junto a tres ejecutivos sudorosos dentro de un baño sauna. Ella paso un mes en regeneración, casi los consumen en su totalidad, pero aceptaron para que ella pudiera pagar la cuenta de su kryptopersona y servicios extras en el banco de memorias. Ahora que tiene la otra mitad del código piensa en su hermana y su felicidad, en el tiempo y créditos sociales invertidos en el banco de memorias. Si al menos la usara para aprender habilidades nuevas no le causaría angustia su afán de inundar su cabeza de memorias felices, armando escenarios coloridos, con animales que prácticamente se incineraron en la superficie del planeta.

             Gira su silla mientras su hermana baila y come un pedazo crocante de un mundo producido por una corporación que ya no se esfuerza por disimular el sabor artificial. Ella ha encontrado una vida feliz en sus memorias. ¿No se trata de eso la vida, de ser feliz? 

            Medita la situación en la frontera de sus dudas que, más que éticas, tiene que ver con el orden en el que odia las expectativas. ¿Debería acceder? ¿Cuánto podría cambiar el mundo si simplemente deja llevar su cerebro remojado en la oscuridad dentro un banco de memorias reproducidas y guardadas en hongos, con forma de cerebros, cultivados debajo de lo que fue Hong Kong? Allí es donde todos terminan modelando copias de su materia gris mientras paga por paquetes de recuerdos. Podría iniciar recordando el mar, ahorrarse la experiencia soleada de fiesta de verano y pagar por una noche de luna llena. Como Leyver no busca experiencias sexuales su factura sería mínima. También podría pedir un préstamo, igual que su hermana, y comprar experiencias de niñez agregándole clases de piano. No, mejor un viaje lunar. Aunque eso sería oneroso. Pero tiene los códigos, podría permitirse todo tipo de recuerdos. Entre más tengan que expandir los hongos, para agregar realismo a la experiencia, mayor es el coste y eso ya nos ería problema ahora que puede expandir y contraer a placer todos los cultivos de memorias.

             “¡Qué demonios!”, se dice así mismo después de insertar su diseño de Kryptopersona. En la interfaz aparece un mensaje: “felicidades”. Configura su primer Kryptopersona. Escanean su córtex para realizar el modelado del cultivo de hongos donde programaran sus nuevas memorias. El sexo que elige es femenino y su nombre es: Helena de Troya. Pasan algunos minutos hasta que su hermana grita en la cocina. “¡No! No puede ser. ¡Leyver! Algo pasó, no hay recuerdos”. Confirma la inserción. Dicen que los algoritmos de hongo son indescifrables. No lo son para él. Su hermana sigue gritando. Le dijeron que era un idiota, que no sabía programar, creyeron que no podía multiplicar más allá del uno por el nueve, pero las matemáticas no se tratar de saber multiplicar el mismo número miles de veces. Leyver estuvo pensando qué sería lo mejor. Nadie les va a poder ayudar. Su hermana se tira al suelo. El banco de memorias quebró. Billones de recuerdos especulativos se han ido. Ella va a estar triste. Millones de personas lo van a estar, al borde del suicidio. Leyver cree que es un primer paso. Así no se van a distraer. Así es la realidad: triste.

Foto: Imagen de Marc Pascual en Pixabay

Manuel Mörbius

Es un ciudadano de composta biomecánica licenciado en sociología por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Participa activamente en la publicación y difusión de trabajos de corte independiente. Fue editor de proyecto Arte-facto, publicación literaria autogestiva nacida y fenecida en la Ciudad de México. Productor de Radio y medios digitales.