Mar. May 26th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: La niña que se le acabó el mundo.

En Cronistas Ómicron: Tere Tiznado nos comparte su relato: «La niña que se le acabó el mundo»

Por Tere Tiznado

  Marisol no sabía lo que ocurría, pero hasta ella en su inocente ignorancia intuía que algo andaba muy mal. El cielo llevaba tres días de un espeluznante color morado, además, el agua de la lluvia que había estado cayendo la había irritado la piel y quemado la buganvilia del jardín.

     De doscientos canales no quedaba en la televisión más que una pantalla blanca en la que dos hombres daban el mismo mensaje en inglés una y otra vez. Había dejado de ir a la escuela hace casi tres semanas y tampoco podía ir a la casa de Fernanda a jugar. Sólo había una cosa que parecía no haber sido afectada por el clima; como de costumbre Susana no soltaba el teléfono celular ni le ponía atención.

     Hacia la tarde se fue la luz de la casa, dejando a oscuras la perspectiva de seguir jugando con el nintendo, y como el atardecer ya estaba avanzado no era posible tampoco jugar a las barbies o abrir un libro de cuentos.

     La noche no mejoró con el sueño. La lluvia empezó a caer más fuerte, pero el calor no amainó, y sin la posibilidad de prender el aire acondicionado dormir se convirtió en una tortura de sábanas y colchón.

     En la mañana, al despertar, el piso de la casa amaneció con una capa de agua de un centímetro de alto. La luz no había regresado todavía y ya no lo haría jamás, sin embargo, el saldo del teléfono móvil de Susana se había agotado, y, en una inesperada muestra de amor maternal le preparó quequis para desayunar. El gas era lo único que parecía seguir funcionando.

     Ambas permanecieron en piyama el resto del día, jugaron al uno y se comieron el bote de helado de oreo que quedaba, ya aguado por la falta de refrigeración del congelador. Hacia la tarde el agua les llegaba hasta los tobillos.

     En la noche compartieron el último gansito de la bolsa y se durmieron juntas en la cama grande.

     <¿Cuándo va a dejar de llover?>

    Susana no respondió, no lo sabía.

     El amanecer llegó con un estruendo de cristales y con el agua apenas por debajo de la cama. Había tenido un sueño muy liviano, el calor  las hizo despertar aturdidas y atontadas. Se levantaron, sólo para descubrir que la casa estaba bajo el agua, literalmente.

     <¡Nos vamos a ahogar>

     <¡Nos vamos a ahogar!>

     <¡Nos vamos a ahogar!>

     <¡Cállate!>

     Susana la jaló por la muñeca hacia las escaleras que iban al techo, el único lugar de la casa que siempre le había estado prohibido. Catorce escalones, un descanso y una puerta con tres cerrojos.

     El Agua les llegaba al pecho. Cedió el primero, cedió el segundo, cedió el tercero y con él el agua en avalancha. Susana fue arrastrada hacia abajo, a Marisol se le enganchó la blusa en ese enorme clavo oxidado que había estado clavado en la pared desde siempre. Tragó agua y la punta de su inesperado salva vidas le abrió varias veces la piel del costado. Cuando la corriente cesó empezó a patalear hacia arriba como le habían enseñado en su clase de natación de olas. Se situó encima del dintel de la puerta, donde el agua no alcanzaba a llegar.

     ¡Mamá!

     ¡Mamá!

     ¡Mamá!

     ¡Mamá!

     Susana no salió, y ella se quedó dormida de tanto llorar.

     -Despierta -le dijo una niña, en un sueño que no era un sueño.- Ya se terminó de acabar el mundo.

     El cielo empezó a despejarse, pero la visión seguía siendo morada. Era un día sin sol. La niña que le hablaba navegaba sobre una alberca inflable con dibujitos de peces.

     -Súbete.

     -Mi mamá  -dijo mecánicamente-. Quiero a mi mamá.

     La niña la miró por un instante con una expresión de sincera lástima.

     -Búscala allá  -dijo, señalando la visión en derredor, donde los rostros morenos de la gente se confundían unos con otros entre el montón de bultos que flotaban.

Foto: Imagen de Mylene2401 en Pixabay

Tere Tiznado

Tengo 27 años y soy Licenciada en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Nací en Mazatlán, Sinaloa. Asistí a un taller de narrativa con el profesor Marco Aurelio Larios, premio Juan Rulfo de novela 1998. He publicado poesía en el suplemento Cultural Astillero del periódico Noroeste. De manera independiente publiqué dos novelas en Amazon; una de ellas Un amor accidentado, estuvo situada en el rating de los más vendidos en la categoría de erotismo. Actualmente estoy esperando la publicación de mi novela El primer poeta del final de los tiempos, por parte de Literatelia A.C.


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