Dom. Jul 12th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: Glitza

Antonio Mora Vélez nos comparte su relato «Glitza».

Por Antonio Mora Vélez

Glitza estaba sentada en su reclinomática, esperando las noticias del cosmódromo de Libia en el Sahara. Miraba ansiosa a cada instante el videófono, deseosa de contemplar las manos en alto de su amado despidiéndose para siempre. Más que un torbellino, su cerebro era un tornado de emociones y de ideas.  Por sus mejillas resbalaban lágrimas de angustia que se coloreaban con la luz multicolor alternada de la lámpara de noche de su sillón electromecánico.

Habían transcurrido pocos minutos, quince tal vez, antes de que la pantalla se iluminara. Quince minutos durante los cuales Glitza repasó la historia de sus relaciones con Vernon, desde cuando lo conoció en la sala de centrifugación de la Academia del Espacio, hasta el día en que él le pidió, delante de sus compañeros astronautas, con ocasión de la fiesta de grado justamente, que lo acompañara por el resto de su vida. Recordó las sonrisas de los demás graduandos al escuchar la fórmula empleada por Vernon. «Quiero que seas mi compañera y que me acompañes siempre». Y se sonrieron porque ella no era astronauta, era doctora en genética. Dos profesiones de áreas operativas diferente cuyo ejercicio no les iba a permitir mayor tiempo juntos. La regla general era que los matrimonios se concertaban entre parejas con profesiones iguales o complementarias. Pero Glitza pensaba de otra manera y así lo hizo saber a todos esa mañana de la petición de Vernon. «Para seres que se aman y que simultáneamente entregan su ciencia y su energía en ramas diferentes de la actividad humana, el disfrute del amor durante las etapas vacacionales es mucho más intenso», dijo. «Es mejor entregar totalmente cuerpo y alma en el rito maravilloso del amor que perturbar el éxtasis con una palabra, un gesto o un pensamiento que denuncien nuestra vinculación mental con otro sitio», sostuvo finalmente. Y todos comprendieron. Las relaciones entre los hombres habían llegado a un grado tal de hermandad y de solidaridad, que todos se esforzaban por superar a los demás en la tarea de hacer la vida más hermosa. Cada ser humano daba todo lo que tenía de sí en su trabajo, entregaba la totalidad de su capacidad y de su tiempo laboral, consciente de que su aporte, además de necesario, lo ennoblecía, lo hacía cada vez más hombre. Fue por eso por lo que Glitza defendió entonces la tesis de que, lejos de constituir un obstáculo, la diferencia de profesiones era más bien un incentivo para el trabajo de ambos. Además, desaparecido el egoísmo en las relaciones sociales, todo el orbe había convertido en norma el viejo lema de los Tres Mosqueteros: «Todos para uno y uno para todos». Un verdadero tributo de energía para esa sociedad que facilitaba una vida individual pletórica de satisfacciones materiales y espirituales.

Glitza se ilusionaba con los períodos vacacionales del año, cuatro en total, en compañía de Vernon, gozando de la brisa cálida del mar Nuevo, durmiendo en las casas flotantes de Berquelot, dibujando los perfiles del crepúsculo amazónico y conquistando la medalla del explorador meritorio con las siete aventuras del Kilimanjaro. Jamás pensó que la primera misión de Vernon llevara consigo el peligro real de no poder realizar todos esos sueños. Por eso lloraba y deseaba verlo desde el videófono de su casa veraniega. No se sentía con fuerzas para despedirlo en el cosmódromo.

 Los quince minutos necesarios para que el filme de toda su vida con Vernon se proyectara en su conciencia, pasaron más rápido que nunca. Al final de los mismos la luz violeta del videófono anunció el inicio de la emisión: «Habla Libia -decía el locutor, mientras las cámaras tomaban el paisaje amarillo de maíz que servía de marco a la imponente nave Astral-. En estos momentos el cosmonauta Vernon Koste se despide de sus hermanos de La Tierra». Vernon hizo un ademán de optimismo y de triunfo con ambas manos, y Glitza creyó ver, no obstante, un par de lágrimas que empañaban el cristal de la escafandra y que reflejaban el dolor de la despedida de un hombre seleccionado para el viaje no precisamente por emotivo. Pero Vernon no la podía ver y parecía resignado a no verla cuando la voz de Glitza le hizo retroceder el movimiento de entrada a la cosmonave. Por videoteléfono ella había pedido la comunicación. Ahora podía contemplarla, inmensa, en la pantalla del edificio central y podía escuchar su voz temblorosa decirle: «Vernon querido…te deseo suerte…te esperaré siempre». «Regresaré Glitza, regresaré para casarme contigo», le contestó. Segundos después de que Glitza le sentenciara «Vernon mío: te casarás conmigo», la comunicación se interrumpía para dar paso a la cuenta regresivo en su fase final.

II

El pulsador neutrónico hacía avanzar la nave Astral a velocidades próximas a la de la luz. El capó de cristal platinado estaba completamente dibujado por un enjambre de estrellitas de indefinidas tonalidades cromáticas que superponían al paisaje azabache del infinito una imagen de colorido y belleza. Tal enjambre era producido por la fricción de las partículas de gas y polvo en las condiciones de una nave ya próxima al rojo blanco de la conversión lumínica. Vernon impartía órdenes desde su cabina energomática. Comprobaba el desgaste de los pulmotores láser. Preparaba la tercera pulsación que arrojaría definitivamente la nave fuera de la gravitación solar. La ruta apenas si se había modificado en dos microgrados discretos y no había necesidad de una nueva corrección manual. Si todo marchaba como hasta ese día, la tripulación debía estar en la órbita del planeta verde de Alfa del Centauro, cinco años convencionales después.

«El hombre en su afán de dominar a la Naturaleza -decía Vernon a los demás tripulantes-, no escatima esfuerzos. La vida, se ha dicho y comprobado, no es un fenómeno exclusivo de nuestro sistema solar. En el planeta verde de Alfa del Centauro los radioastrónomos han encontrado pruebas de una vegetación exuberante que puede darnos la clave para la cosmoproducción agrícola en gran escala». Vernon siguió hablando, explicando los objetivos de la expedición en la primera reunión de estudio. 

Diez meses terrestres después en la nave (muchos años en La Tierra que los vio partir) nuevas concepciones filosóficas y científicas anunciaban el advenimiento de una nueva era entre los hombres. De Glitza quedaba apenas el recuerdo filmado de su figura, de sus ademanes, de su sonrisa amplia y contagiosa. Todos los ratos de descanso, Vernon los dedicaba a la contemplación de su amada y al recuerdo del hijo por nacer. ¿Qué será de él? Un astronauta, sin duda, se decía casi siempre. Y soñaba entonces con la fantasía de las dos presencias. Yo estoy aquí, pero también en La Tierra –sostenía-. Allá tengo otro cuerpo, pero son mis genes y mi espíritu los que activan ese otro pedazo de mi ser. Qué lejos estaba de imaginar que Glitza había logrado la más extraordinaria conquista de la genética con el control y dirección estética de los genes. Ahora las características accidentales del físico humano obedecían a la regulación de la inteligencia y no a la casualidad de las combinaciones genéticas. Y qué lejos estaba de pensar que su hija había escogido la profesión de Glitza, que pensaba como ella, sonreía como ella y le amaba tanto como ella, a pesar de solo conocerlo por filmes. Glitza, la Glitza que amó desde que la sorprendió con un cachorro de oso en la sala de centrifugación del cosmódromo, era ya una mujer dos veces mayor que él, con una idea fija en su mente: el regreso de la nave y de su amado. Y un propósito: el cumplimiento de la promesa que le hiciera minutos antes del despegue.

Los años convencionales se sucedían en la nave Astral casi simultáneamente con las etapas generacionales en La Tierra. Vernon vivía interiormente con la imagen de Glitza, aunque sabía que no volvería a verla ni a estrecharla entre sus brazos. Se había resignado a vivir con su recuerdo y lo hizo hasta que el planeta verde apareció en la distancia, cuatro y medio años convencionales después, extraordinariamente denso de vegetación, convertido en verde esperanza de la humanidad terrestre. 

La operación de aterrizaje y la posterior instalación del laboratorio fue cosa de horas terrestres gracias a la precisión que la moderna técnica facilitaba. Poco después el joven biólogo de la expedición recogía las primeras muestras de las muchas especies nutritivas que se encontraban en el planeta. Éste parecía una inmensa hacienda de cultivo construida por la Naturaleza para disfrute de los hombres que consiguieran descubrir su glauca existencia. En él no se encontraron vestigios de vida animal, ni siquiera de la escala zoológica inferior, lo cual fue explicado por el joven biólogo afirmando que la concentración clorofílica del océano primitivo era tan grande que hizo imposible la aparición de seres vivos desprovistos de ella que necesitaran consumir substancias del medio exterior, en lugar de producirlas sintéticamente con la ayuda solar. Tal vez por esa circunstancia la nave Astral pudo cumplir con relativa facilidad su misión y Vernon realizar el sueño de regresar con vida a La Tierra y poder saber, con eso se conformaba, qué fue de Glitza y de su descendencia.

III

La inercia parabólica acortaba la distancia cada vez más. El tiempo de regreso debería ser menor en año y medio según los cálculos. En Vernon solo la inmensa felicidad de llevar a La Tierra el mecanismo de los futuros planetoides agrícolas, y la esperanza de encontrar a Glitza, mantenía dormida la angustia de saberse separado de la mujer amada. Porque, en contravía del conocimiento científico, en los más profundo de sus sentimientos había siempre una esperanza. La esperanza de que Einstein se hubiera equivocado. La esperanza de un movimiento espacial complejo que compensara la relativa lentitud del movimiento terráqueo en torno a su estrella. La terrestre esperanza de que hablara Neruda, «elaborada como si fuera un duro pan» para acompañar al hombre en todas sus dudas. Y estaba Vernon tan completamente enamorado de su esperanza que perdía por completo la noción del tiempo frente a los filmes desgastados que le complementaban espiritualmente el viaje de regreso. Con la misma intensidad de pensamiento con que deseó el éxito de la empresa, ahora deseaba convertir en realidad el sueño de volver al lado de Glitza. Más que la inercia parabólica, ahora era la fuerza de sus sentimientos la que devoraba las distancias y acercaba la Astral a La Tierra que la vio partir ciento cincuenta años atrás.

Las estaciones ecuatoriales de rastreo habían detectado las primeras señales hertzianas de la legendaria nave. En La Tierra todo era expectativa y emoción, en especial en el corazón de una linda joven de veinte años, estudiante de último año de la Academia del Espacio, que aguardaba ansiosa la aparición de la Astral en los cielos de América. 

A los pocos días de ser detectada, la nave Astral, de líneas aerodinámicas anacrónicas pero admirada por todos, tomó pista en el cosmódromo de Arizona.  Millares de personas observaron entonces la aparición de los cosmonautas de ayer una vez abierta la escotilla. Y escucharon también el diálogo del comandante con la joven cadete que se acercaba a recibirlo.

– ¡Glitza! -exclamó al verla sonriente, con la misma sonrisa de siempre y el mismo movimiento de cabeza. Llevaba un ramo de flores caliotas de Marte y un brazalete de oro venusino que le hizo recordar a Vernon la tarde en que la conoció en el parque Konstanton Thiolkovski de la ciudad cosmódromo de Libia.

-No soy la Glitza que usted supone. Soy descendiente en la octava generación de ella -le contestó, al tiempo que le entregaba las flores y le estampaba un beso en la mejilla.

-¡Pero si eres igual a Glitza! -insistió Vernon y la tomó por los hombros.

-Gracias a la genética dirigida -le repuso la joven cadete.

-Pero… ¿cómo?

-Todo es obra del al amor, del más grande y universal de los sentimientos de la evolución. Por él pudo la Glitza que usted amó revolucionar la ciencia de los genes con el propósito de cumplirle una promesa. ¿La recuerda usted?

-Sí, ya lo creo que la recuerdo. Me dijo entonces: «Vernon mío, te casarás conmigo»-. Vernon se quedó un rato pensativo, ahondando en sus recuerdos, revolviendo imágenes del pasado. Después le preguntó: «Entonces tú ¿cómo te llamas?».

-Me llamo Glitza, como mi madre y mi abuela, como Glitza quiso que nos llamáramos todas.

Los ojos de Vernon se empañaron, igual que en la tarde de la despedida en Libia y por sobre la gritería de los asistentes dijo dulcemente a la joven Glitza: «Sabes, no habrá una segunda despedida, la próxima vez viajaremos juntos». Ella simplemente sonrió y le tomó la mano. Habían bajado las escalinatas de la astronave y ya se dirigían por el pasillo rumbo a la sección central del edificio de la Dirección Cosmonáutica. En esos instantes las paredes sonoras dejaban escuchar la voz del cantante más popular de la ciudad cosmódromo, quien decía:

Podrá acabarse el calor del sol

y La Tierra convertirse en hielo

pero el amor y el calor humanos,

tendrán siempre un mañana…

Montería, 1970

Nota

Cuento ganador en el concurso del diario El Espectador de Bogotá titulado de la «rara belleza», en el año 1971. 

Foto: Image by David Mark from Pixabay

Antonio Mora Vélez

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Colombia, 1942.Abogado, docente y directivo universitario, poeta, cuentista, novelista, ensayista y gestor cultural. Nació en Barranquilla el 14 de julio de 1942. Es considerado uno de los precursores y un clásico de la ciencia-ficción colombiana, el escritor colombiano del género que más libros de CF ha publicado y que más veces ha sido incluido en antologías internacionales. Ha publicado diez libros de cuentos, cuatro novelas, tres poemarios y dos libros de ensayos. Sus cuentos y poemas figuran en varias antologías nacionales y extranjeras, entre las cuales destacamos: Joyas de la Ciencia Ficción (La Habana, 1989), Antología latinoamericana de Ciencia Ficción (Paris, 2008), Ficción y Realidad (Stuttgart, Alemania, 2015) y Tricentenario (Buenos Aires, Argentina, 2012). Ha obtenido varios premios y distinciones. Su cuento Yusti ganó el concurso internacional de cuento de Cf auspiciado por la Unión Hispanoamericana de Escritores (Lima, 2013). Su poema Los jinetes del recuerdo ganó el concurso internacional de poesía fantástica auspiciado por la revista española Minatura (2015). En agosto de 2014 el Parlamento Nacional de escritores le hizo entrega del Libro de Oro de las Letras colombianas como un reconocimiento a su obra literaria. Reside en la ciudad de Montería, Colombia.


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