Mar. Ago 4th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: El umbral.

En Cronistas Ómicron: Mariano Diani nos comparte su relato «El umbral».

Por Mariano Diani

De todas las casas visitadas fue la que más le gustó por cierto aspecto que a otros les parecería lóbrego. El día que la compró sintió que era su mejor inversión, distó de todo lo que podría haber adquirido. Le agradaron las ornamentaciones que daban un aspecto antiguo, los espacios estaban bien distribuidos, lo perfecto, sin embargo, era la galería; un rectángulo áureo, con arcadas de medio punto en un estilo mediterráneo, a los lados, simulaban sostener el techo columnas en relieve con capiteles y basamentos de formas geométricas que se sucedían, rostros o flores.

Allí vivió seis meses, conocía todos los lugares de la casa, pero siempre tuvo curiosidad por explorar la torre. La vio por primera vez desde el patio, el mismo día que la compró. Cuando el vendedor comentó acerca de todo lo que debía saber respecto a la residencia, la torre no fue algo que obvió.

—Estuvo desde siempre —puso la mano pesada en su hombro e hizo que girara para caminar dando la espalda a la torre—. Está vacía. Knolae, el dueño, perdió a su hijo debilitado por una enfermedad, según dicen, le decía que había algo en la torre que no le permitía dormir. Después de eso quiso venderla, unos compradores vinieron, cuando hablaron sobre el precio Knolae se encolerizó, dijo que ningún costo sería suficiente. Se volvió huraño, obsesionado con la torre. Llegó a la locura de matarse saltando desde la cima. Ni se le ocurra acercarse.

Sacó un pañuelo del bolsillo, se secó la transpiración de la frente y el cuello grueso.

El relato lo llenó de curiosidad y asombro.

Oscureció cuando el vendedor hizo una última observación antes de despedirse en la que destacaba el diseño de la galería, la mejor entre todas las que estaban en venta.

Una tarde, sentado en la galería contempló el patio, el césped anaranjado resplandecía. Recién entonces la observó con detenimiento; tenía forma de prisma triangular, el marco de las ventanas creaba la ilusión de continuar en perspectiva hacia dentro de la torre, grabados que escalaban en forma de espiral hasta la cima suscitaban misticismo, era contorneada por  molduras—una más grande que otra—, la base descansaba sobre cinco escalones por lado, la maleza crecía pegada a los muros que tenían franjas negras marcadas por la lluvia. Pareció hipnotizado observando la torre, como si se tratase de una reliquia muy antigua, empezó a imaginar historias en las que sabios se encerraron allí para descifrar secretos, hasta que su pelo y barba se hicieran blancos y se esfumaran, dejando todo lo estudiado en la torre, cuyo contenido podía ser soportado por pocos. Era lamentable que el hijo de Knolae fuera superado por esos misterios.

Se decidió a ir, abrió la puerta y salió de la casa. Hubiera sido sencillo cruzar por el patio de no mediar el cerco. Presentía que estaba por descubrir algo importante, la ansiedad aumentó al pasar por el prado y ver la torre agrandarse a medida que se acercaba. Al llegar, resultó más alta de lo que parecía, subió los cinco escalones hasta la puerta de madera pesada, que hizo un sonido de ultratumba al ser abierta, creyó que estaría cerrada con llave. La luz era escasa, un candelabro brillaba débil sobre un mueble pequeño, se alegró de no necesitarlo, había procurado una linterna. El sitio estaba sucio, partículas de polvo flotaban en el ambiente, parecía abandonado, empezó a dudar de las historias imaginadas. Telas de araña colgaban desde la oscuridad, incluso apuntando la luz de la linterna no podía ver el techo. Caminó unos pasos y tomó la baranda polvorienta, terminaba en forma de voluta, empezó a subir por la escalera caracol. Se detuvo y miró hacia arriba, el techo seguía sin aparecer, sentía un deseo poderoso de saber qué había al final.

Llegó a un descanso donde una pasarela de metal permitía llegar a una puerta. Era una habitación con muebles de lujo: sillones antiguos, divanes, armarios, mesas, cómodas, sillas de diferentes estilos con cuidada ebanistería, podía hacer una subasta con ese mobiliario. La luz de la linterna alumbró las patas de una cama, fue descifrando todos sus contornos, era una coincidencia imposible pero se trataba de la misma cama que él tenía. Alumbró pero no logró descifrar el tamaño del cuarto, regresó y continuó subiendo por la escalera de metal hasta llegar al siguiente descanso, el segundo piso, en donde vio vehículos a propulsión estacionados o colgando de las paredes, uno le llamó la atención, se acercó, el descubrimiento del defecto en el volante lo lleno de asombro; era el de su padre. Empezó a pensar que nada de esto era coincidencia, la torre era tenebrosa pero algo lo retenía e invitaba a descubrir los demás pisos. En el tercero, la luz de la linterna iluminó las paredes repletas de máscaras de diferentes formas, tamaños y colores; al alumbrar las que estaban más arriba, las cejas hacían sombra sobre la frente y la de los labios se proyectaba en los cachetes prominentes. El contraste de aquellas máscaras en la oscuridad era escalofriante, le  recordaron uno de los títeres que le regalaron cuando era niño, lo había quemado hacía mucho tiempo. Sentía un miedo que nacía lejos y se hacía presente sin que nada hubiera ocurrido aún.


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Continuó subiendo sin detenerse en ningún piso; si miraba hacia abajo no veía el suelo, tampoco el techo, era imposible saber dónde terminaban las escaleras.

Al fin llegó a una puerta labrada con figuras y símbolos, que imaginó como adornos. La mano alargada movió el picaporte, al abrirla un resplandor lo cegó, después todo quedó en tinieblas y estrellas, brotó el espacio abstracto e ilimitado, sintió que lo empujaron hacia dentro. Traspasando el umbral, miró hacia atrás y vio la silueta de alguien que se alejaba. Pedía ayuda con desesperación a medida que orbitaba cada vez más lejos de la puerta, dentro de poco, ya no la podría ver.

—Solo Knolae conoce y conocerá el secreto de la torre —los gritos llegaron con debilidad hasta él, que se lamentó en lo más hondo.

Despertó sobre el asfalto húmedo, sacudido por una sensación de inquietud. Sentía un aire distinto, frío, le costó respirar, tenía sed y no veía como antes. El farol iluminó débil el lugar, distinguió una sombra alta que pasó a la distancia. En cuclillas vio un camino estrecho de cemento, lleno de tarros de basura. Miró hacia arriba y vio otro cielo. Prefería tardar en asumir lo ocurrido, quería creer en un mal sueño que lo arrastraba a la desesperación más profunda.

Estaba por completo ajeno a ese planeta, temía por su vida, debía escapar y esconderse bajo la apariencia de un vagabundo. En poco tiempo se deterioró; su rostro era el de alguien que envejeció mucho, nadie que lo viera en ese estado podría suponer cómo se veía antes del incidente.

Cuando duerme, en sueños, se le aparece el resplandor que vio al abrir la puerta, trata de seguirlo, quizás pueda ver a quién lo traicionó cuyo nombre olvidó, aquel que lo dejó atrapado en este planeta, un día en el que pueda regresar a casa.

Foto: Imagen de Free-Photos en Pixabay

Mariano Diani

Licenciado en diseño gráfico. Nace el 28 de mayo de 1988, Córdoba, Argentina. Publicaciones: Características que conforman el estilo anime como recurso en áreas de diseño, 2017, (tesis), El Umbral, 2018, Realidades ilusorias, 2020.


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