CRONISTAS ÓMICRON: El cielo donde no volaban las aves

En Cronistas Ómicron: Iván Artalejo nos comparte su relato «El cielo donde no volaban las aves»

Por Iván Artalejo

Los primeros rayos del sol se asomaron en el horizonte, bañando con su luz las interminables dunas de arena blanca y pronosticando otro día de calor asfixiante. Una suave brisa cálida meció los matorrales y las escasas hierbas que sobresalían aquí y allá de los cúmulos de arena. El cielo estaba completamente despejado y nada perturbaba su quietud, hacía muchos años que las aves no volaban en aquel cielo. Debajo de él, en la tierra inhóspita tampoco se percibía sonido o movimiento alguno. La enorme planta hidroeléctrica que se alzaba en medio del desierto parecía un monstruo colosal y grotesco pudriéndose bajo el sol; había sido abandonada muchos años atrás, cuando toda la gente huyó de la ciudad que se encontraba a unos cuantos kilómetros de distancia.

Un ligero sonido chirriante interrumpió todo aquel silencio. Una pequeña puerta de servicio, ubicada en la alambrada que protegía el perímetro exterior de la termoeléctrica, se abrió lentamente. De ella emergió un hombre extremadamente delgado. Iba vestido únicamente con una camisa de lana que le quedaba demasiado grande, unas botas y un casco de seguridad industrial, elementos iguales tanto en el color, amarillo, como en el marcado desgaste. Su escaso cabello, mugriento y lleno de nudos, le llegaba hasta los hombros. Una barba y un bigote ralos le cubrían parte de la cara. Sus ojos, pequeños y oscuros, parecían estudiar a profundidad la superficie arenosa, como buscando algo. Después de un momento, pareció darse por vencido en su búsqueda, pues cerró los ojos, bostezó y estiró los brazos hacia el cielo.

Caminó distraídamente pegado a la valla, pateando la arena, hasta llegar a un punto donde terminaba la cerca de alambre y comenzaba un muro enorme de color gris, el cual describía una curvatura hacia el interior del complejo, para terminar en una intersección con otro muro perpendicular, en el cual habían varios muelles de carga y algunos camiones abandonados.

El hombre se detuvo al cabo de unos cuantos metros y se inclinó sobre una llave de agua que sobresalía del muro gris. La abrió, pero el agua que salió del grifo era casi del mismo color muro, así que negó con la cabeza y cerró la llave. Enseguida metió la mano al bolsillo de su camisa y sacó una licorera. Dio un largo trago, hasta que pequeñas perlas del líquido color marrón le resbalaron por la barba y el pecho. La última vez que había bebido agua del grifo, un par de años atrás, se enfermó a tal grado que no pudo ponerse en pie durante una semana, además de que perdió los pocos kilogramos de peso saludable que le quedaban. Desde entonces, se había adherido a beber el agua embotellada y a comer los alimentos que pudiera encontrar dentro de la termoeléctrica. Cuando estos se acabaron, empezó a aventurarse a las tiendas de conveniencia de la carretera, primero las más cercanas, que estaban a unos cuantos kilómetros de distancia, y luego a las que estaban cada vez más lejos. Pero nunca entró a la ciudad. Una vez que hubo vaciado todas las tiendas que encontró, se tuvo que conformar con comer raíces, cactos, tunas y las alimañas que reptaban en la arena, las cuales mataba con rocas o a pisotones. Por suerte, había encontrado una enorme cantidad de botellas de licor en las oficinas de la termoeléctrica, pero el trago que acababa de dar a su licorera parecía ser el último, lo cual lo hizo agitar las piernas de manera nerviosa y mover la mirada en todas las direcciones. Luego de un rato, decidió ir a recostarse dentro de uno de los camiones de carga.

Hacía mucho tiempo que vivía en aquella planta termoeléctrica en medio del desierto, y gradualmente se había acostumbrado al silencio eterno y al calor o al frío insoportables, según la estación o la hora del día. Cuando recién salió de la ciudad, la carretera principal era un caos, abarrotada de automóviles y personas, pero ahora nadie transitaba por aquel camino. La soledad no le afectaba mucho, pues toda su vida estuvo solo. Si acaso, los primeros años de su vida en las dunas, extrañaba a su madre, quien era su única compañía cuando vivía en la ciudad. Era bastante feliz allí, con ella, lo cuidaba bien y lo entendía, a pesar de ser una señora de avanzada edad. Pero entonces aquello sucedió.


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Hacía aproximadamente diez años, se escuchaba en los noticieros sobre una enfermedad que estaba matando a las personas en un lugar muy lejos, y la gente ponía cara de preocupación o se persignaba. Su madre le había dicho que todo estaría bien, que eso no llegaría a donde vivían. Pero luego llegó.

Fue una tarde en la que fueron al centro comercial. Estaba viendo el escaparate de una isla de juguetes de colección, mientras esperaba a que su madre regresara de una de las tiendas cercanas, cuando escuchó un grito. Se volvió y vio a un hombre que estaba en el suelo, retorciéndose y, junto a él, la mujer que había gritado. Y luego, más gente cayendo al suelo y más gritos. Llanto y confusión. Ruido insoportable. Voces que se empezaron a elevar, provenientes de todos lados. Empezó a sentir miedo, pero no veía a su madre por ningún lado. El miedo se convirtió en pánico y se sentó, abrazando sus rodillas. Un niño pequeño que estaba a algunos metros de distancia se desplomó y soltó un globo amarillo, el cual se elevó lentamente. De pronto, el miedo desapareció y se puso de pie. Siguió al globo con la mirada y luego, empezó a caminar en dirección a él. Subió las escaleras eléctricas sin perderlo de vista; la gente corría como un montón de hormigas enfadadas, los que no caían se apretujaban y lo empujaban. Cuando por fin llegó al piso de arriba, el globo casi había llegado al techo de la plaza comercial, el cual era demasiado alto. A su alrededor, la gente seguía cayendo al piso o corriendo de aquí para allá; gritando cosas como «ayuda», «virus» o «condenados», pero él no entendía mucho. Cuando el globo por fin alcanzó el techo, tocó algún alambre que sobresalía y estalló, aunque no lo escuchó, pues el ruido que había a su alrededor no se lo había permitido. Entonces el miedo volvió, la gente seguía empujándose, los cristales de las tiendas se rompían, y una especie de marea de ruidos inhumanos le inundó los oídos, sintió que se asfixiaba y que el centro comercial se encogía a su alrededor.

Buscando con la mirada por todos lados, vio en una de las paredes, bajo una puerta, la imagen de un muñequito azul, que era a donde lo llevaba su madre cuando tenía una de sus «crisis» o cuando necesitaba hacer sus necesidades. Se metió allí y se encerró en uno de los cubículos, se sentó en el inodoro y empezó a respirar profundamente, con los ojos cerrados, como le había enseñado su madre hacía muchos años. Después de un rato, abrió los ojos, sintiéndose más tranquilo.

Cuando salió, ya no había gritos, solo había gente tirada a lo largo de toda la plaza, como si algún niño gigante hubiese tirado todos sus juguetes y los hubiese dejado ahí. Caminó por entre los cuerpos, con cuidado de no pisarlos, algunos se movían con espasmos horribles y los ojos en blanco, otros echaban espuma por la boca y otros más estaban quietos, en posiciones muy extrañas. Aquel enorme lugar, que le era tan familiar, tenía ahora un elemento extraño que no concordaba con él: el silencio. Esto hizo que el miedo volviera, y su madre no aparecía por ningún lado. Entonces, escuchó ruido de sirenas allá afuera, en el estacionamiento del centro comercial, y recordó la ocasión en que su madre le dijo que si alguna vez estaba en problemas y ella no estaba cerca, acudiera a los hombres de las sirenas.

Salió, pero allí afuera estaba pasando lo mismo que había pasado minutos u horas (no estaba del todo seguro) antes allá adentro. Había cadáveres por todo el estacionamiento, y los autos que seguían en movimiento les pasaban por encima, chocaban unos contra otros o se volteaban. El ambiente olía a plástico quemado y, acompañando, como música de fondo, se escuchaban las sirenas de las patrullas o ambulancias, gritos, los cláxones de los autos e incluso disparos aislados.

Comenzó a correr, sin saber a dónde iba y sin poner atención en el camino, y nadie le puso atención a él, tampoco. Se alejó cada vez más de la plaza comercial, hasta llegar a una avenida principal; por todos lados se percibía el mismo caos, pero él se concentró en las rayas amarillas que alguien había pintado a medio camino. Había otras personas corriendo en la calle, y varias veces estuvieron a punto de atropellarlo, pero él seguía aquellas líneas amarillas; le parecía fascinante cómo terminaba una e inmediatamente empezaba otra.

No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, pero cuando no hubo más rayas amarillas levantó la mirada y todo a su alrededor le pareció desconocido y extraño, ya no había casas, ni edificios, ni gente, solo algunos negocios de chatarra, arena por todos lados y unos cuantos autos detenidos sobre el camino.

De pronto, escuchó un zumbido muy fuerte y el cielo se oscureció. Miró hacia arriba, pero no eran nubes lo que bloqueaba la luz del sol, sino pájaros. Cientos, miles de pájaros volaban y chillaban histéricos y, al igual que las personas, chocaban unos contra otros en un frenesí absurdo, mientras parecían huir de algo gigante e invisible que los perseguía. Algunos caían y, con un golpe sordo, se quedaban muertos sobre el pavimento; primero fueron unos cuantos, uno, cinco, diez, hasta que, sin previo aviso, los otros miles de pájaros que seguían en el aire se quedaron inmóviles en el cielo, como si alguien hubiera puesto en pausa la escena de una película. Allí se quedaron suspendidos por milésimas de segundos, y luego aquella masa gigante de aves se desplomó sobre la tierra, dejando en su trayectoria una estela de plumas. El hombre corrió lo más rápido que pudo para alejarse de aquello, pues aunque no conocía mucho sobre el mundo, algo le dictaba que lo que acababa de presenciar no era natural, ni saludable, ni bueno en ningún aspecto. Había recorrido algunos metros cuando escuchó el estruendo que provocó la caída, como si el gigante hubiese dado un puñetazo a la tierra y luego la hubiese regado con sangre. Siguió corriendo, sin mirar atrás, hasta que, después de algunos kilómetros, vio aquel colosal edificio que se alzaba majestuosamente sobre las arenas del desierto, con sus enormes torres interconectadas por cables, como puentes. En uno de sus muros, vio unas letras gigantes que decían «CFE CENTRAL TERMOELÉCTRICA SAMALAYUCA».

Cuando se acercó y llegó a la reja principal de la planta, notó que estaba cerrada y que no había nadie en la caseta de seguridad, intentó golpear la reja, pero sus manos temblaban sin control. Sintió que aquella nube oscura de pájaros volvería en cualquier momento para derrumbarse sobre él, así que se recostó en el piso para abrazar sus rodillas; hubiese preferido abrazar a su madre, pero ella no estaba ahí, y de nuevo, una voz interna le dijo que tal vez ya nunca la vería. Recordó lo que le dijo su anciana madre cuando empezaron a oír las noticias sobre la enfermedad, algo que tenía que ver con taparse la boca y buscar un lugar donde quedarse. Así que, con lágrimas en los ojos, se levantó, se tapó la boca y volvió su atención hacia la planta. Al cabo de un par de horas había dado con la pequeña puerta de servicio, aquella que formaba parte de la alambrada de seguridad, cruzó el estacionamiento y entró al recinto.

Allí dentro encontró muchas máquinas, aparatos, computadoras y más gente muerta. En un principio le aterraba encontrar cadáveres a la vuelta de cada esquina, cuando exploraba áreas nuevas de la planta. Sin embargo, luego de tantos años, se acostumbró a ellos e, incluso, les puso nombres y memorizó la ubicación y la posición de cada uno.

No tardó en dar con el área del comedor y las cocinas, además de cada máquina expendedora en el recinto, al principio utilizaba monedas para obtener los productos, hasta que se le acabaron, y el hambre lo obligó a romper los cristales. Cuando hubo agotado todo alimento y agua de la planta, la necesidad lo arrastró a salir al desierto a buscar lagartijas, ratones y hasta serpientes, para poder comer.

Cuando no estaba cazando o durmiendo, bebía de aquellas botellas de líquido color marrón, pasaba revista a los cadáveres, alineaba perfectamente las mesas y sillas del comedor o hacía torres con los cascos de seguridad. De esta manera habían transcurrido sus últimos años de vida.

El hombre estaba recostado en el asiento trasero del camión de carga, preguntándose dónde conseguiría algo de beber; en cuanto a la comida, siempre habría algún animalito o alguna planta a la cual hincarle el diente, pero la bebida era algo diferente. Podría regresar a la ciudad, pero el solo hecho de pensar en ello hacía que su voz interior le gritara cosas; además, tendría que pasar por el punto en el que los pájaros dejaron de volar, y eso lo hacía estremecerse.

Dormitó un rato, estirado cuan largo era sobre el asiento y con las manos bajo la nuca. Cuando abrió los ojos, vio sus pies saliendo por la ventana abierta del camión y, allá en el horizonte, vio el extraño tono entre naranja y rosado que había adquirido el cielo, un fuerte viento silbaba y levantaba remolinos de polvo, le esperaba una noche fría.

De pronto, escuchó un golpeteo en la ventana cerrada que estaba detrás de él, a modo de cabecera. Se estremeció por aquel sonido que le pareció antinatural y elevó la mirada sin cambiar de posición. Allí observó un globo amarillo que se mecía con el viento, sujeto por un cordón azul, pero no pudo ver qué o quién lo sostenía, debido al ángulo en que se encontraba. Cerró los ojos, buscando alguna respuesta o explicación por parte de su voz interna, pero esta permaneció en silencio. Luego de unos segundos que le parecieron eternos, volvió a escuchar que alguien tocaba en el cristal. Abrió los ojos y, esta vez, vio un puño pegado a la ventana, y entre sus dedos, aprisionado, el cordón azul.

Foto: Imagen de garciariel en Pixabay

Iván Artalejo

Nace el 30 de julio de 1990 en Chihuahua, Chihuahua. Ávido lector desde niño. Crea sus primeras manifestaciones literarias durante sus estudios básicos, además de ganar varios concursos de ortograCa y redacción a nivel local.
En el año 2014 son publicados algunos de sus poemas en la antología de jóvenes poetas Suversos. Desde el año 2015, hasta su disolución en 2018, fue miembro acMvo del movimiento Poesía Norteña, cuyo objeMvo era llevar la poesía a las calles de su ciudad natal.

Su creación literaria ha sido publicada en diversos siMos y revistas de disMntos países.
Ha gestado y parMcipado en múlMples eventos culturales de su ciudad natal; además de haber sido parte del equipo organizador de la Feria del Libro de Chihuahua 2019.
Actualmente trabaja en la gestación de su propia revista cultural y en su primer libro recopilatorio de relatos. Trabaja además como traductor de obras de autores internacionales, así como para campañas de labor humanitaria para organizaciones internacionales, como Cruz Roja.
Es fundador, administrador y creador de contenido de las páginas Poesía Ilustrada e Iván Artalejo, en Facebook, las cuales reúnen a más de 12,000 seguidores de disMntos países de América y Europa.


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