Mar. May 26th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: Cold fuss

En Cronistas Ómicron: Karla Hernández Jiménez nos comparte su relato «Cold fuss».

Por Karla Hernández Jiménez

Había pasado mucho tiempo desde el día en que sucedió el gran cataclismo.

Ha quedado en los anales de la historia que el año 2020 fue la última oportunidad para la humanidad de salvar a su planeta de la completa destrucción… pero no fue aprovechada.

Ahora la Tierra era una gran extensión de suelo duro, sin rastros de la vegetación abundante que alguna vez había sido parte de la superficie terrestre. El planeta entero había sido reducido a escombros y podredumbre.

Los escasos espacios que no estaban erosionados habían sido cubiertos de metal. Por doquier había fábricas inmensas, operadas por androides y gobernadas a distancia por los humanos que habían escapado a otros planetas.

Se tenía la creencia de que en la tierra no quedaba ni un solo ser humano, que en la Tierra ahora solamente había androides.

Después de todo, los individuos que habían sido desterrados eran aquellos humanos considerados inútiles, inferiores. merecedores de ser abandonados y separados de los restos de aquella sociedad utilitaria.

Se pensaba que lo más seguro es que todos ellos hubieran muerto debido a las terribles condiciones en las que se encontraba prácticamente la totalidad del planeta. Nadie hubiera sospechado que la gran mayoría de estos humanos no sólo sobrevivió, sino que habían evolucionado para prevalecer.

Entre los escombros y el polvo comenzó a proliferar la vida semi humana.

Una de las características principales de esta nueva raza de individuos consiste en poseer una gran fuerza física y contar con extremidades metálicas debido a la abundante cantidad de hierro circulando en su sangre.

Estas extremidades llegaban a ser muy notorias, especialmente en el área comprendida entre el abdomen y las piernas. En muy raras ocasiones este tipo de características llegaban a estar ocultas al grado de que el semi humano pudiera llegar a parecerse a un ser humano de antaño.


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Cerca de la frontera entre los antiguos territorios de México y Estados Unidos vivía un reducido pero significativo grupo de semi humanos. Entre los habitantes de esa pequeña colonia destacaba Nerea.

Aparentemente, aquella pequeña chica pelirroja podía parecer insignificante, ya que desde el día de su nacimiento su cuerpo había carecido casi por completo de características metálicas a excepción de sus ojos de titanio.

Sus padres llegaron a considerar que no podría sobrevivir debido a que su cuerpo había estado más desprotegido que el de otros semi humanos.

No obstante, Nerea demostró que podía compensar aquello con su inteligencia y su gran capacidad para la estrategia.

Ella hacía honor a su nombre, era una sirena peligrosa, especialista en cazar y rastrear en las turbulentas aguas del nuevo y devastado mundo.

Muchas veces, Nerea y los suyos habían robado los suministros de las fábricas operadas por los androides ya que esto les permitía vivir de forma desahogada al intercambiar la mercancía robada por fuentes de alimentación alternas a los desperdicios con los que solían alimentarse los semi humanos.

La mayor parte del tiempo, ella había conseguido consumar el robo sin ninguna dificultad, pero en aquella ocasión todo cambió por completo.

Se suponía que sería un robo fácil, pero Nerea terminó atrapada dentro de una de las fábricas más importantes en los alrededores. Su pie había quedado enganchado a una de las máquinas y no podía destrabarse. Sus compañeros intentaron ayudarla, pero todo era inútil. Nerea comprendió que era necesario que, por el bien de la misión y sus compañeros, ella permaneciera en el interior de la fábrica hasta que consiguiera liberarse. Ya los alcanzaría más tarde.

Cuando finalmente logró desprenderse, un dolor de cabeza que se extendía lentamente desde su rostro hasta llegar a la última de sus neuronas la noqueó por completo haciendo que todo a su alrededor se tornara negro.

Un ojo morado fue el que le abrió de la inconsciencia.

Al tratar de vislumbrar el sitio donde se encontraba, halló a los causantes de aquella agresión: fueron los androides encargados de custodiar la fábrica.

Nerea jamás había visto a unos autómatas con rasgos tan humanos, casi parecía como si los androides tuvieran expresiones faciales en sus caras y el metal de sus piernas y brazos pudiera respirar, incluso se veían más humanos que muchos de sus compañeros y familiares de la colonia de semi humanos.

Por otra parte, el comportamiento de aquellos androides era particularmente inusual. No existía constancia de que estos artefactos hubieran puesto alguna clase de resistencia al saqueo en el pasado, pero los autómatas de esta fábrica estaban actuando en contra de lo que dictaban las estadísticas. Era como si de verdad estuvieran protegiendo aquel territorio como si fuera suyo.

Los androides rodearon a Nerea mientras el rostro de la semi humana se hinchaba debido a los golpes infligidos y su sangre se derramaba lentamente en el piso, volviéndolo de un marrón grisáceo.

La semi humana fue levantada en vilo para llevarla a una especie de confinamiento solitario y retenerla mientras se deliberaba sobre un castigo adecuado.

Nerea estaba bastante preocupada, no tenía la menor idea de lo que planeaban hacer con ella aquellas máquinas, pero podía imaginar perfectamente que no se trataba de algo agradable.

Después de unas horas, la chiquilla fue conducida a la sala donde se hallaban los androides, estaba inquieta mientras esperaba el castigo que se le iba a asignar por intentar robar los suministros de la fábrica.

Al final, todos llegaron a la conclusión de que la mejor forma de castigar la ofensa de aquella chiquilla era que se quedara a trabajar en la fábrica junto con ellos hasta que lograra pagar los daños y, con el tiempo, volverse una de ellos.

Antes de que Nerea pudiera protestar contra un castigo tan absurdo, un líquido extraño fue inyectado en su torrente sanguíneo, provocando una serie de reacciones extrañas en el organismo de aquella chiquilla.

Fue en ese entonces que la semi humana entendió todo. Estos androides parecían humanos porque alguna vez, en efecto, lo habían sido. La razón de su comportamiento atípico se debía a la reminiscencia de sus emociones humanas, cada uno de ellos había sido transformado en autómata.

Aquel líquido convertía la carne en metal de forma lenta e irreversible.

Nerea estaba horrorizada por su descubrimiento, pero lo que más la aterraba era el hecho de que incluso aquellos artefactos parecían tener unos rasgos más fuertes de humanidad que ella y los de su raza, aquellos que habían renunciado a ser humanos para sobrevivir.

El titanio en el ojo de la semi humana comenzó a reptar y desplazarse lentamente por una parte de rostro hasta asentarse en la mejilla derecha.

Nerea no mostró más signos de pelea. Simplemente se dejó caer de rodillas mientras daba inicio la primera fase de su transformación.

Era inevitable, estaba condenada.

Foto: Imagen de Angeles Balaguer en Pixabay

Karla Hernández Jiménez

Nacida en Veracruz, Ver, México. Próxima licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa, Monolito, Melancolía desenchufada, Teresa Magazin, Penumbría y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.


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