Mar. May 26th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: Auto de Fe

En Cronistas Ómicron: Daniel Frini nos comparte su relato «Auto de Fe»

Por Daniel Frini

En esta muy Católica, Noble y Leal Ciudad de La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, a los quince días del mes de febrero de éste año de dos mil y trece, bajo la advocación de Nuestro Señor Jesús-Cristo, de nuestra Santa Madre la Virgen María, con las bendiciones de nuestro Santo Padre Benedicto, de nuestro Hermano y Obispo Jorge; y el beneplácito del Señor y Protector, Nuestro Rey Juan Carlos; reunidos en la audiencia de la tarde, Nos, los integrantes de éste Tribunal Inquisidor Apostólico contra la Herética Depravación y Apostasía, decimos que el reo Juan de Avilés, vecino desta Ciudad, fue enjuiciado por este Tribunal, siendo acusado de sostener la herejía anglosajona de la ciencia, decirse científico, y tener y pregonar como ciertas las afirmaciones del execrable hereje Higgs, vómito de satán, quien insinúa que Dios es nada más que una agrupación de partículas muy pequeñas. Sometido el reo a Quistión de Tormento, ad eruendam veritatem, in caput proprium y habiéndosele ofrecido el consuelo de nuestra Madre Iglesia, el reo abjuró de vehementi. Pero acabado el tormento se mostró relapso e impenitente de sus afirmaciones. Este Tribunal lo halla culpable por haber sido y ser hereje pertinaz, heresiarca, dogmatizador y enseñador de nueva secta y sus errores; por lo cual, Nos concluimos la causa y, Cristi Nomine Invocato, votamos la sentencia de Excomunión Mayor y su relajación a la justicia y brazo secular en la persona de Don Mauricio de Vargas, Corregidor desta ciudad y Primer Ministro del Protectorado de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Uno

Cada Auto de Fe es una fiesta.

En el Parque del Retiro, aquí, al norte de la ciudad, donde antes estaba la Plaza de Toros y a la vista del río, se reúne lo más destacado de la sociedad porteña. Es, por así decirlo, el eje de la vida social; aún más importante que la llegada a puerto de los barcos que vienen de la Península.

Cuando ajusticiamos al general Videla asistió el mismísimo Corregidor, junto a su familia.

Aquí los hombres visten sus mejores trajes y las mujeres imponen la moda que, después, se verá en las ciudades y villas de todo el Territorio. Aquí están los últimos carruajes, tirados por los caballos premiados en Palermo; y los cocineros franceses e italianos hacen sus más renombrados platos para que los asistentes disfruten de espléndidos días de campo.

En un segundo cordón, se ubica el populacho. Las familias de criollos llegadas de los arrabales, de fuera de las murallas y hasta de Mercedes, de San Antonio y del Luján; en grandes carros de transporte de personas, tiran sus manteles en el césped y disfrutan jugando con sus hijos, tomando mates y comiendo frituras.

Aquí trabajo yo.

Dos

El Fiscal del Tribunal de la Inquisición entró al Parque, montado en un criollo enorme, portando el estandarte de la Cruz Verde. Detrás de él, llegó Juan de Avilés vestido con el sambenito y un capirote en su cabeza; escoltado por un pelotón de Patricios, y los Familiares de la Inquisición.

El Capellán del Fuerte de la Ciudad celebró la Santa Misa y el Fiscal leyó el Pregón Condenatorio. Dos frailes domínicos tomaron al reo y me lo entregaron.

Mis asistentes lo denudaron ante las burlas y las risas de toda la gente y ataron sus manos a la espalda. Leí la condena en voz alta:

―Habiendo sido entregado a la Justicia Seglar, y de acuerdo con las Leyes vigentes, usted ha sido condenado a morir de inmediato, por empalamiento, para bien sufrir y proveerlo de tiempo para meditar en sus errores, con el deseo de que antes de expirar encuentre necesario arrepentimiento. Dios guarde de usted ¿Tiene el reo algo que decir?

―El bosón existe ―dijo en un susurro que, creo, solo escuché yo.

Tres

En la práctica, mi figura es más bien institucional; y mis asistentes trabajan de manera automática, de tanto ejercer el oficio. Entonces, me siento en mi silla, a pocos metros del patíbulo y en la que permaneceré hasta el último suspiro del condenado. A partir de este momento, nadie se fija en mí; hipnotizados como están por lo que ocurre con el reo, y nada tengo que hacer. Entonces, saco un libro de mi morral, y me dispongo a leer.

Gracias al gobierno de Su Majestad, he sido bien educado y no rebajo mi entendimiento a la lectura de libelos absurdos y vacíos, ni ―Dios me asista― los que aparecen en el Index, por amparo de la Iglesia. Me deleito con los grandes autores de la Madre Patria que habitaron el XX, el Siglo Maravilloso de las letras españolas; y, en especial una autora que está en la heredad de Cervantes, Quevedo, de León y Teresa de Jesús: cuando todos se han ido del Retiro y quedo solo, guardando la agonía del condenado, para distraer sus dolores y para mi solaz; leo en voz alta novelas de Corín Tellado.

Cuatro

Mis asistentes tomaron al reo, siempre con sus manos atadas, que se resistió apenas. Lo arrodillaron frente a una mesa enana y lo obligaron a que apoyara vientre y pecho sobre ella. Toledo, mi Oficial de Justicia más fuerte, cargó todo su peso en una rodilla sobre la espalda del condenado para inmovilizarlo. Otros dos oficiales prepararon la caña de tacuara, de unas ocho varas de largo y medio pie de diámetro, o quizá más, en su zona media, afilada al sesgo en su parte superior, y apoyaron esta punta, con el ángulo necesario, en el ano desnudo de Juan de Avilés. Un cuarto ayudante elevó la maza de madera y la descargó en el otro extremo de la caña, con un golpe seco. El reo gritó de dolor, y la multitud gritó tras él, con algarabía.

Doscientos años atrás, los relajados eran muertos en la hoguera, pero nuestros Sabios de la Inquisición consideraron que la muerte era rápida y el dolor tan atroz que tal manera de sufrir impedía, a los condenados, un postrer arrepentimiento. Entonces, se decidió usar el empalado. Hubo, incluso, una época bajo el arzobispo Aramburu, en que se les llenaba la boca de trapos para que no pudiesen gritar; pero la plebe pidió que se eliminase esta práctica, pues significaba quitarle el mayor atractivo al espectáculo.

Otro golpe de maza. Nuevo grito de dolor y nuevo grito de gozo de los presentes. El contrapunto se repitió unas diez veces hasta que la tacuara apareció por sobre el hombro derecho del condenado, justo detrás de la clavícula, sin haber tocado ni corazón, ni pulmones. Luego, mis asistentes cortaron las ataduras de las manos y empujaron la caña hasta que esta asomó más o menos un pie y las nalgas del condenado trabaron en un pequeño trozo de madera, clavado en transversal, para evitar que el cuerpo se desplazase hacia abajo. La caña quedó de pie, con el condenado clavado en su punta y a unas seis o siete varas del piso; todo el conjunto vibrando como flecha por la brusca caída en el pozo soporte; y el reo agitando brazos y piernas, tratando de zafar de su situación; sangre y heces chorreando por sus muslos. En este punto,  la multitud estalló en aplausos y vítores a la Vera Cruz, a la Madre Iglesia, al Tribunal Inquisidor y al muy Católico Rey Juan Carlos.


Más sobre CRONISTAS ÓMICRON


Cinco

Pasadas unas dos horas, solo quedaron algunos demorados a los que el vino extendió el sopor de la siesta, y todos alejados del patíbulo; a cuyo pie, y al sol ardiente de febrero, estaba mi puesto: una mesa y una silla, humildes y blancas, bajo una gran sombrilla con los colores de la Inquisición. Yo sentado y tras de mí, tres alabardas clavadas en tierra con las banderas del Papa, del Rey y de las Provincias Unidas. En la mesa, una jarra de vidrio con limonada para aliviar mi sed; mientras leo, para mí y para el condenado, el último libro de Tellado, que llegó hace diez días a Santísima Trinidad y que, dada mi condición, puedo adquirir con cierta holgura: un ejemplar de lujo de la edición en octavo mayor de la Casa Guasp, caligrafiado a mano, con tapas bermellón forradas en piel de cabra de la novela «Se casó con otra».

Abrí el libro donde estaba marcado y leí en voz alta:

«Frank se volvió a su cómodo sillón y a su pipa larga y negrota.

—Kerry nunca se mete en nada —dijo—. No te preocupes, Nat. Ella dice una cosa y después jamás se acuerda de que la ha dicho o si lo recuerda y, seguro que no, nunca vuelve a ello. No lo discute dos veces.

—Pero creo que no le gusta que venga Eddy y sus hijas a vivir con nosotros.

—Al fin y al cabo eres tú y no ella, quien tendrá que ocuparse de las niñas.

—Eso es cierto.»

Juan de Avilés boqueaba buscando aire, emitiendo un ronquido sordo. Algún espasmo movió su pierna derecha.

—¿Prestó atención a lo atinado de los diálogos? —dije—. Con qué seguridad plantea Tellado las improntas de sus personajes.

El empalado aspiró aire, se le hinchó el pecho y lanzó un quejido largo y apagado.

—Escuche —continué.

«—Por eso no debes inquietarte. Lo que piensa Kerry, es muy lógico. Estas chicas intelectuales que tienen un duro trabajo, se olvidan a veces de ser humanas.

—Pero Kerry es muy buena.

—No lo dudo. No obstante, a los veinte años era más alegre. Mucho más. Desde que terminó la carrera, se puso así… Es una intelectual y nada más. Yo te digo, cuando habla, ni la entiendo.»

—Note —acoté— cómo en solo seis líneas se resume el mal de nuestros días: el deseo de conocimiento. El peor de los pecados capitales. Usted lo sabe y en propia persona. El saber deshumaniza y apaga a las personas, las aparta del camino de alegría que nos ha marcado el Señor ¿Lo entiende? Mala decisión la suya ¡Ah, amigo!, si tan solo hubiese leído los clásicos antes de obscurecerse en los derroteros de la ciencia denigrante…

Continué leyendo durante unos quince minutos más, hasta que me venció la modorra. Un «¡Ahhh!» del moribundo me sacó del letargo: aprovechando mi sueño, un niño se acercó hasta el patíbulo, y disparó una piedra con su gomera, que fue a dar en la cara del condenado.

Se supone que, entre otras cosas, mi trabajo consiste en evitar estas demostraciones de odio a los enemigos de la Santa Religión; sin embargo, es común, aceptado y, en cierto grado, estimulado, que los niños se manifiesten así. Si bien ahora los mayores muestran recato, antes era común que todos los presentes arrojasen verduras podridas, escupiesen e insultasen no solo a los reos, sino, también, a sus familiares. Incluso, algunas veces, la turba quemó sus bienes —casas, carruajes y esclavos— antes que la Santa Inquisición los confiscase para pagar los costos de sus procesos.

Blandiendo mi sable corto, con cara de guerrero y al grito de «¡Fuera!», espanté al mocoso. Luego, riéndome con ganas de la cara de pánico del niño, me senté otra vez a continuar la lectura.

Seis

La tarde caía y un suave viento del este refrescaba, con algo de alivio, el torso y la cara, rojos de sol, de Juan de Avilés. Algunas ampollas en su frente y los labios resecos y cuarteados, le daban un aire demoníaco impropio de sus gestos de dolor. Leí:

«—Entonces voy a trabajar un rato y luego vuelvo. Si llama Marck, pásame la comunicación, mamá.

—Desde luego.

Se fue al fin.

Eddy tenía una pregunta ardiendo en la boca.

¿Quién era Marck?

—Está muy ocupada siempre —decía mamá.

Papá corroboró:

—Tantas clases. Y ahora dice que se presenta a oposiciones de cátedra. Cuánto mejor sería que se casara. »

—¡Que fiel retrato de las dificultades del mundo moderno! —aclaré—. Tellado hace decir al padre una verdad sin antítesis: El deber de la mujer está es su casa, sirviendo a su marido ¿Para qué se necesita una mujer educada? ¡Qué claridad de conceptos! ¿Usted qué opina?

—¡Ay, mi Dios! —dijo, esforzándose, el moribundo.

—¡Apa! ¡Veo que, al menos, reconsidera su posición ante Dios! ¡Vamos, arrepiéntase!

Me miró y creí ver algo de lástima en sus ojos. Intentó buscar saliva en su boca y —¿pueden creerlo?— se sonrió.

—Siempre he creído en Dios —continuó, alargando las palabras—, nunca creí en ustedes ¿Por qué son tan ciegos?

Busqué, apurado, una cita del mismo libro que tenía en las manos. La encontré. Me puse de pie:

—¡Escuche! —ordené, y leí, siguiendo los renglones con el índice de mi mano derecha:

«Pero tenía que ser así. El destino puede variar de color, pero nunca de hecho. Ha ocurrido así, porque así tenía que ocurrir y nada más. Dios siempre sabe por qué hace las cosas.»

—¡Ja! ¿Lo ve, ahora? —dije—. ¡Dios lo ha empalado! ¡Y por su salvación! 

Sacudió su pierna derecha en un espasmo.

—Ustedes…—balbuceó— me…matan…

—¡No! —grité—. ¡Usted abrazó la ciencia y se alejó de Dios! ¡Mire esto!

Busqué nuevamente y leí:

« La vida es cosa de Dios. Uno se muere o se queda vivo un tiempo. Ya sabes lo que nos ha dicho Spencer. Nada de lloros. La muerte y la vida pertenecen a Dios »

—¿Lo entiende? —le hablé con brusquedad.

— Sin embargo…—dijo, casi en un susurro

—¡Entiéndalo! ¡La vida! ¡La muerte! ¡Todo! ¡Todo pertenece a Dios!

—el…bosón…—dijo, e hizo una aspiración prolongada

—¡Nada es de ustedes! ¡Nada es de la ciencia!

—existe… —creí oír.

Su cabeza cayó, despacio, hacia la izquierda y hacia el frente. No se movió más.

—¡No! —exploté—. ¡No! ¡No puede morir! ¡No sin arrepentirse! ¡No se muera! ¡Antes debe venir a Dios! Antes…

Y entendí que era inútil. Se había ido.

—Antes…—bajé el tono de mi voz, y me callé.

Yo estaba agitado, sudoroso. Mi mano izquierda temblaba de furia sosteniendo el «Se casó con otra». Me quedé mirándolo, y mi respiración se fue calmando de a poco.

Pasaron cinco minutos, quizá.

—Al menos —dije, hablándole al cadáver—, hubiese tenido la decencia de esperar a que terminase de leerle la novela…

Foto: Imagen de GRAPHICAL BRAIN en Pixabay

Daniel Frini

Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina en 1963. Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú; y, además, traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Canadá, Uzbekistán y Hungría. Publicó “Poemas de Adriana” (Artilugio Ediciones, Buenos Aires 2017), “Manual de autoayuda para fantasmas” (Editorial Micópolis, Lima, Perú, 2015) “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Eppursimuove Ediciones, Buenos Aires, 2016) y «Nueve hombres que murieron en Borneo» (Artilugio Ediciones, Buenos Aires, 2018). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), Premio IX Certamen Internacional de Poesía (2011, España), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017, España), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España) y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019, España)