Mar. May 26th, 2020

CRONISTA ÓMICRON: Libre

En Cronistas Ómicron: Manuel Serrano Funes nos comparte su relato «Libre».

Por Manuel Serrano Funes

Viajo en mi avión a veinte mil metros de altitud. Por encima de las nubes siento que estoy flotando en la nada. Fuera todo es luz y quietud. No quiero pensar en nada. Un rostro se me cuela en el mar etéreo de la atmósfera exterior. Es ella.

            Sus ojos azules son una extensión del mar. Su sola presencia hace que me sienta turbado, inseguro. Mi respiración se acelera.

            El lunes pasado se presentó en mi apartamento de manera imprevista. Yo acababa de llegar de un viaje. Entró con una mirada ausente que yo no conocía. Me dio un beso de anciano y se sentó frente a una taza de café que le serví.

            Le pregunté qué le pasaba y me contestó con el inmenso “nada”. Tomó su taza y se escondió en la habitación de invitados durante varias horas. Intenté hablar con ella, pero fue imposible.

            Comí solo. Preparé la cena y esperé a que saliera. Pasadas las nueve apareció en el quicio de la puerta. Ni miró la mesa dispuesta con su cena favorita. Pasó por delante y volvió a desaparecer en el dormitorio. Su comportamiento me extrañaba, me sorprendía. Ella no era así. Recogí la cena y me fui al dormitorio. Liana dormía. Me acosté a su lado y observé su lenta y cadenciosa respiración. Todo estaba tranquilo. Me quedé profundamente dormido.

            Desperté a las siete y media de la mañana. Busqué su cálido cuerpo pero solo encontré el vacío que conservaba su perfume de lilas. Me levanté y la busqué por toda la casa. Regresé al dormitorio cuando se comprendí que se había marchado. Me duché y, al entrar para vestirme, vi un sobre de color crema a los pies de la cama. Me agaché y lo recogí.

            Me temblaban las manos. Tenía una lucha interna entre lo que pedía mi corazón y el temor que se hubiera marchado para siempre. Pudo más su corazón: abrí la carta.

            Lo que leí me dejó más preocupado, aunque más tranquilo.


            «Mi amor, perdona que haya desaparecido de esta manera.

            Ayer, antes de llegar a casa me encontré con mi compañero Samos. Me dijo que tenía que abandonar el país y refugiarme donde nadie pueda encontrarme.

            «Alguien ha robado información sobre nuestro proyecto. Según me contó, todos los indicios llevaban a que había sido yo. Te juro, que no he sido pero no puedo demostrarlo ya que entraron desde mi ordenador y con mis claves…

Será mejor que salgas de la ciudad. ¿Recuerdas el pueblo en que veraneamos en España, frente al mar? Allí te estaba esperando nuestro amigo Trino. Está al corriente.

            Destruye esta nota y márchate cuanto antes. No se digas a nadie. No me busques, yo te encontraré.

            Prometo no tardar mucho. Un gran beso. Te quiero.

                        Liana.»


            Durante horas permanecí con la nota entre las manos. El tiempo pasó y las primeras luces de la noche me sacaron de mi ensimismamiento. Quemé la carta en el baño, metí unas cuantas cosas en la bolsa de deporte y me dirigí al aeropuerto. Tenía que desaparecer. Quería volver a verla.

            Pasaron las semanas en una apacible tranquilidad. Mi anfitrión me dejó una casa en la montaña y allí pasaba el tiempo. De vez en cuando acudía a la población cercana a por la prensa internacional o iba a la playa. Mi problema era que no tenía noticias de ella.

            A principio de octubre llegó Trino con una carta que le había llegado desde Verona a través de un cliente. Me senté y volví a sentir lo mismo que la otra vez. Esta vez no lo dudé, la abrí.

            Con el corazón desbocado empecé a leerla. En ella me contaba que estaba retenida en Boräs, cerca de Gotteborg, donde la detuvieron cuando iba a salir hacia Helsinki. La Interpol dio aviso. Un agente de nuestro país se desplazó y la llevó a esa ciudad. Me había hecho llegar la carta a través de una señora que hablaba nuestro idioma y a la que le dio lástima.

            Me detallaba cosas de su trabajo que yo desconocía. Nunca habíamos hablado de su carrera ni de lo que hacía. Siempre decía que era secreto de Estado y que no me podía dar más información. Trabajaba en un proyecto secreto denominado Trasferencia de Inteligencia Humana. Debido a su situación actual debía decirme en qué consistía. «En pocas palabras —decía—, se trata de un proyecto para pasar los conocimientos albergados en nuestra memoria a un sistema e inteligencia artificial.» Casi no lo podía creer. Era pura ciencia ficción.

            ¡Había logrado pasar sus recuerdos infantiles al ordenador central de la empresa! Su éxito había sido el causante de su infortunio. Alguien filtró los resultados y rápidamente fueron a por ella. Decía que querían hacerla desaparecer, aunque seguía con vida porque no había dejado todas las observaciones del proceso en el ordenador: las tenía en la cabeza. Y ellos las querían.

            Era una historia peligrosa pero real. Llamé a Samos. Él me corroboró que era cierto. Ahora tenía que ir a buscarla. No había otra forma de actuar. Juntos planificamos la estrategia. Él hablaría con sus contactos en Suecia para ver qué podía averiguar y después nos reuniríamos para los detalles.

            Tres semanas después ya sabíamos estaba en una casita de madera cerca de un lago, metida en un frondoso bosque.

            Volamos hasta el Goteborg-Landvetter Flyglates. Alquilamos un hidroavión y llegamos al amanecer hasta el lago. Amaramos cerca, junto a un embarcadero. Recorrimos la ribera del lago y llegamos a las inmediaciones de la casa que estaba coronada por una torre de radio y una inmensa antena parabólica. Nadie vigilaba el perímetro. Samos se acercó a llamar a puerta aduciendo que se había extraviado.


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            Regresó al poco rato y pusimos en marcha la última parte del plan: entraríamos a por ella aprovechando la oscuridad de la noche.

            A las once se apagaron las luces de la casa y nos dirigimos a ella. Cortamos las comunicaciones vía teléfono e internet, pusimos varios inhibidores de frecuencia para la radio y el teléfono móvil y, por últimos cortamos el fluido eléctrico.

            Entramos con rapidez. Solo había un secuestrador. Lo redijimos sin demasiado esfuerzo y localizamos a Liana. Estaba en una pequeña habitación sin ventilación. Agazapada en un rincón y muy asustada. Se me agarró al cuello y lloró desconsola. Su cuerpo se sacudía junto al mío. Desanduvimos el camino y a las dos horas salíamos del espacio aéreo sueco en dirección a la costa española. Liana dormitaba tranquila arropada por una manta.

            El aeropuerto de El Altet fue nuestro destino final. Volvimos al chalet de la montaña. Liana durmió casi dos días enteros. Al despertar se vino a mi lado y me abrazó. Remeció quieta mientras amanecía y el sol iba hacia su zenit.

            Ya por la noche, tenía ganas de hablar. Me dijo que teníamos que hacer algo porque esta situación no podía durar eternamente. Hablamos sobre diversas posibilidades sin encontrar una solución.

            A la mañana siguiente se despertó con una sonrisa que yo recordaba de nuestros días felices. Me quitó la tostada mientras le preparaba un café. Salimos a la terraza y ella me contó lo que había pensado: quería que se le diera por muerta. Así dejarían de perseguirla y tampoco estarían sobre mi.

            Teníamos que conseguir un ordenador muy potente para poder trasferir la memoria su memoria. Deberíamos dejar su cuerpo en situación de muerte aparente. Samos consiguió todo el material necesario. Volvimos a volar a nuestro país. Entramos muy bajo, burlando al radar y aterrizamos en un aeropuerto militar abandonado. Nos recogió una camioneta y llegamos a nuestro lugar de refugio.

            Teníamos todo preparado. Compramos un viejo coche, lo llevamos a una carretera abandonada que recorría un barranco y lo despeñamos. Liana nos explicó cómo trasferir su memoria al ordenador. Solo necesitaba colocar unos electrodos en ciertas partes de su cabeza y, tras poner la contraseña, vimos que una barra de descarga se iba llenando. Cuando terminó, ella estaba en un estado de muerte aparente. La incertidumbre nos ahogaba. Ella estaba allí y esperábamos que su mente estuviera en el ordenador. Pasaron más de cincuenta minutos sin que ocurriera nada. Después, el ordenador empezó a emitir un ruido extraño y sonó la voz de Liana. La trasferencia se había completado y ella nos daba las gracias por haberle ayudado. Llevamos su cuerpo y la depositamos en el coche. Ahora solo quedaba llamar al gobierno para decirle que había aparecido muerta.

            Una caravana de coches negros llegó al lugar del accidente. Descendieron técnicos y gente oculta tras sus eternas gafas oscuras. Tras ellos llegó el furgón de la funeraria que la trasladó a sus dependencias.

            Siguiendo nuestro guion fuimos a pedir el cuerpo de Liana. A ellos no les servía para nada. Su secreto había muerto con ella. El proyecto quedará huérfano e inacabado.

Teníamos el certificado de defunción y su cuerpo. Habíamos concertado con otra funeraria que nos llevaría el “cadáver” de Liana a nuestra cabaña para velarlo.

            Cuando todo había acabado y el coche funerario se había retirado, conseguimos devolver a Liana al mundo de los vivos. Ahora teníamos que devolverle su memoria. Si no lo consiguiéramos tendríamos un hermoso cuerpo, sin mente.

            Dispusimos los electrodos de la misma manera que nos había dicho Liana y pusimos en marcha el programa para hacer el retorno. Cruzamos los dedos. Al poco tiempo empezó a vaciarse la barra de estado. Ella seguía respirando, con las manos frías y escaso color de cara.

            Al cabo de media hora terminó la trasferencia del ordenador y Liana se recuperó totalmente. Llenamos el féretro con varios sacos de arena y volvimos a pedir a funeraria que lo recogiera el féretro. A lo lejos vimos más gafas negras que no nos quitaban ojo.

            Al día siguiente volvimos al aeródromo.

            Ya estaba todo hecho.

            Liana oficialmente muerta.                           

            El proyecto había muerto con ella. Nunca podrían revivirlo.

            Nadie, excepto ella.

            Viajo en mi avión a veinte mil pies de altitud. Por encima de las nubes siento que estoy flotando en la nada. Fuera todo es luz y quietud…

Foto: Imagen de Free-Photos en Pixabay

Manuel Serrano Funes

España. Maestro desde 1979. Colaborador de: Revista digital «Valencia Escribe», Revista digital «El callejón de las 11 esquinas» y Colectivo Letras & Poesía. Algunos de sus relatos: Arco iris tejido, Iguales, Marineros tristes (XIV Certamen de poesía  Julián Martín Carrasco. Ayuntamiento de Béjar), Chencho y su bolero, Cacol, el caracol viajero, Otoño Aliñado, Hilo de amor y otros relatos y poemas.