Jue. Jul 9th, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: Venganza de amigo

César Adrián Padilla nos comparte su relato «Venganza amigo»

Por Cesar Adrián Padilla

Siempre fueron guiados por impulsos, tan visceral como pueda llegar a imaginarse. Conoció a la mejor de sus aventuras, una que le permitía saciar sus más bajos instintos, al punto de la degradación humana, en una de las tantas barras que visitaba para ubicar  las miradas vacías, y acercarse profundizando su abismo. Ella había transferido todas sus heridas, acompañantes de los embates de la vida, a su pequeño sentado en la orilla de su cama, contemplaba el reflejo proyectado del retrato en su regazo, añoraba silenciosamente lo que años atrás le comunicaba el espejo, y que ahora, solo podía ver a través de fotografías. Fue un hombre ruin, cuyos actos hijo. Vivía en los multifamiliares de Fovissste Chamizal, los edificios habrían sido pintados pocos años después de que ésta historia concluyera de colores vivos: fresa, limón, uva y melón. Sería la primera vez que los restaurarían, enjarrándolos antes de haber alegrado la vista del fraccionamiento dónde se daba narcomenudeo, robos de batería de auto y sexo en el interior de los autos estacionados en la vía pública. Lo que se convertiría en un gran salón de eventos sociales era entonces una enorme tapia vandalizada multiusos: fungía como punto de encuentro de jóvenes que jugaban por las tardes al fut bol de cuatro contra cuatro, cómo escondrijo dónde se bebía y fumaba marihuana antes y después de ir dónde se tocará música electrónica, por lo general al Hard Pop. Alguna vez sacó a pasear en carriola a su bebé dándole varias vueltas hasta que dormía, observando los primeros indicios de pintas en el interior del inmueble, sabía venderse con los vecinos que la asediaban y le pagaban los cuidados del hijo. Nunca estuvieron de más los tacones, el escote, las faldas revelando las varices y la pequeña pañalera donde aparte de tetas traía algún vestido de noche. Cuándo le daba pecho, antes que le diera asco si quiera verle, le dejaba hambriento para durar lo más que se pudiera con sus senos cargados de leche, bastaba la melodía del cunero para disimular el delicado llanto, mamá debía trabajar desde casa, invitar a sus clientes conllevaba encender la radio y hablar alto para ocultar el berrido. Al crecer el engendro su madre aumentaría su desprecio, la atrofia en pelvis y rodillas por los años en la cuna lo había discapacitado más, la sordera progresiva le mereció severas bofetadas, así como un condicionamiento a la hora de sentarse a comer en la mesa: monosílabas señalando con su índice los labios, la palma abierta tocándose reiteradas veces el pecho, seguido de un movimiento circular simulando lavar el plato, culminaba agachando la mirada y asintiendo la cabeza, en ocasiones se ganaba un jalón de pelo o un zape. Una vez les robaron el televisor con el niño azorado sentado en la sala, largos hilos de baba colgando desde su boca hasta sus manos tomadas entre sí en medio de sus muslos, los ladrones sabedores del horario en el que salía ella de casa, no infirieron a una criatura de cuatro años sola, a veces no habían vecinas disponibles con quien dejarlo. Desde entonces el niño tenía a su único amigo, de esos que entrenan para matar y les cercenan el rabo y orejas, también carecía de nombre, compartían la soledad del departamento, las palizas e incluso las comidas, como en aquella ocasión en que la madre arrojo enojada el plato con salchichón de la mesa por llamar la curiosidad del niño que jamás lo había visto, ambas criaturas comieron del piso, el perro le lamió el rostro volviéndolo su amado dueño. Eran encerrados en el cuarto donde dormían, la mujer no podía fornicar con miradas viendo; la costumbre constaba en dejar esperando a los amantes en la entrada mientras ella se metía a tirar al suelo todo lo que estaba encima de los sillones: comida vieja, bragas, tenedores, plancha para el pelo, platos y cosméticos, enseguida tomaba del brazo a su hijo hasta dejarle hematoma para aventarlo al cuarto junto al perro. Pegada la oreja en la puerta emulaba gemidos, en los silencios entre canción y canción escuchaba las groserías que excitaban a su madre. Una vez las soñó, dejándose llevar por el caudal de un rio, boca arriba arropado con tibieza como en el vientre antes de nacer. Fue despertado exaltado y temblando por el viaje de agua fría que le aventó su madre, tocaba bañarse, no había respondido los llamados de que era hora de levantarse.


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Jugaba con el torpe aleteo de la polilla que circundaba el foco del cuarto, escurría saliva  por sus labios; ¡azotaron la puerta!, habían llegado dos extraños a lastimar a su madre, le aterraba que ella lo pedía cada vez más, hasta quedarse sin aire y convulsionarse. Abrió la puerta de su cuarto cuando imperaba el silencio, el perro se acercó a olerla, el permaneció sin moverse, terminó de orinarse, parpadeo y se acostó a dormir. Amanecía dolorido por el entumecimiento de sus articulaciones pastosas, concebía una pequeña lágrima limpiada por el perro. Ese día ambos llorarían, el perro por sus costillas lastimadas a consecuencia de una patada por gruñir al intentar ponerle la correa junto al colchón del niño, quien se resistió a subordinarse al ser amarrado. Su madre no quería arriesgarse a ser objeto de burlas si uno de sus mejores usuarios veía salir repentino a su hijo, por lo que asegurándose del confinamiento de sus bestias, pudo liberar el bacanal, suspendido sólo por las horas en las que el hombre en turno salía por la noche y llegaba otro la mañana siguiente. Cuándo fue tomado por el brazo, intuyó la visita de que precedería su libertad. Tomó el cuchillo con el que se cortaban las verduras enseguida de la tabla de madera para picar, y lo guardó en su bolsillo al ser llevado junto al perro encadenado impaciente por su amo. Estruendosa música dictaba el reinicio, mover los dedos para sacar el cuchillo del bolsillo requiere gran esfuerzo para quien está imposibilitado de motricidad fina, pero finalmente lo logró, y se liberó, sonrió a su perro que lo esperaba feliz a que lo liberara también y marcharse por siempre, pero batallaba ante la proeza de soltar la cadena de su collar. En la sala la madre era apaleada al borde de quedar inconsciente, y el hombre embriagado se acercó al marco de la puerta, giró la perilla y exclamó: ¡Ay güey, quien es el fenómeno!, volteó al sillón pero la mujer no respondía, tambaleándose llegó hasta el niño con amenaza de golpearlo… en ese momento la madre gritó:- ¡déjalo!, ¡¿que no ves cómo lo tienes?! el perro escuchó la cadena caer al piso, y los ojos perspicaces del niño tras lograr soltar la correa vieron en escasos segundos brincar a su perro sobre el pecho del hombre hasta derribarlo. Le devoraría el rostro, arrancándole pedazos, regurgitados y vueltos a masticar. Dejando aquel hombre sentado en la orilla de su cama, contemplando el reflejo proyectado del retrato en su regazo, añorando silenciosamente lo que años atrás le comunicaba el espejo, y que ahora, solo podía ver a través de fotografías.

Foto: Imagen de Stefan Keller en Pixabay

César Adrián Padilla

Nací en ciudad Juárez Chihuahua el 16 de abril de 1984, hijo de una familia unida y numerosa proveniente de Miguel Auza Zacatecas, criado por mi madre y mis tíos. Egresado de la licenciatura de Psicología, cuento con cinco años de formación en artes visuales. Tuve la oportunidad de viajar a la Habana Cuba y Berlín Alemania por lo desempeño en proyectos sociales. Actualmente soy director de un la asociación civil llamada » evocult» un instituto psico educativo con un modelos basado en las inteligencias múltiples.


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