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Vie. Abr 3rd, 2020

CRONISTAS ÓMICRON: El médico

Rodrigo Hernández Cid nos comparte su relato «El médico».

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Por Rodrigo Hernández Cid

He desempeñado este empleo desde hace tanto tiempo que ya lo he olvidado. He sido el motivo de varias historias, del arte, del miedo o la locura. Es un trabajo bastante rutinario, nunca descanso, porque los clientes van y vienen; en fin, es lo mío. Es el año 1955, camino tranquilamente sobre la mitad de la autopista 64, en mis años de experiencia siempre he disfrutado de los largos paseos que ofrece este camino entre Chihuahua, Coahuila y Durango, los cielos siempre muestran algo interesante y en este peculiar lugar todo se vuelve más impresionante.

Son aproximadamente las 10:30 de la noche y me han rebasado dos camiones, los cuales creen haber ignorado mi presencia, pero éste lugar al igual que todo el universo está lleno de supersticiones, y yo soy bastante paciente. Transcurre media hora de camino, el aullido del coyote me hace compañía en esta fría noche de verano y antes de hacer mi trabajo habitual, quiero dar un paseo por el corazón del desierto. Miro hacia el cielo y reconozco la dirección, comienzo a caminar por donde nace la luna y así lo hago. Desconozco la cantidad de kilómetros recorridos, no me afecta porque soy ajeno al cansancio o a cualquier malestar que pueda atormentar a un mortal.

Una de las ventajas de ser yo, es poder visitar todas las veces que quiera el reino de mi hermano menor, no tengo limites porque sus aposentos son tan extensos como los míos, cada ser en este universo le pertenece al igual que a mí, pero visto desde otra óptica. Estos paseos suelen ser de una indescriptible duración porque también soy ajeno al paso del tiempo y puedo moldearlo a mi antojo; si yo lo deseo, podría resquebrajarlo en un abrir y cerrar de ojos, pero no, hoy solo deseo detener el tiempo de los demás y observar lo que llame mi atención.

Ahora, con el silencio y la soledad como mis únicos compañeros, me dirijo hacia donde el cielo me indicó. Camino mucho y me percato que estoy cerca del lugar de un buen amigo, “El Abuelo”, él también es bastante viejo, viene de una dimensión lejana con la misión de compartir su sabiduría a quienes escoge para ello. Llego donde siempre, a su casa verde y floreada, sentado en su banco fuma un cigarro de olores extraños y su rostro al igual que el mío forma una sonrisa al verle.

-Hijo mío, otra noche más, ¿cómo estás? –

-Abuelo me da mucho gusto verlo, yo me encuentro bastante bien-

Me invitó uno de sus cigarros, bocanada tras bocanada charlábamos sobre los viejos tiempos en donde todo era natural, el hombre me veía con naturalidad y amor, en cambio al Abuelo siempre lo han visto como el maestro. Antes de despedirme el Abuelo se acercó a mi oreja para darme un secreto universal.

Dejé la casa de mi querido amigo y continúe mi viaje, mientras caminaba entre la arena y el pastizal, seguía acompañado de mi soledad pensando en aquel secreto a voces que el Abuelo me había dicho. A veces pasa que uno lee o piensas en algo, y eso se queda en una pequeña realidad sin dirección.  Eso me pasó por un momento, llegué a un lugar lleno de cactus, los veía respirar tranquilamente; la mayoría estaban dormidos. Ellos a diferencia del hombre si logran percibirme, pero no reaccionan con temor, me ven como un ciclo más en la existencia.

Uno de los tantos cactus del lugar llama mi atención, tiene varias marcas, es grande y luce bastante gastado ¿qué estará soñando? Está demasiado quieto y en silencio. Decido saciar mi curiosidad y acerco mi dedo encuerado a una de sus tantas espinas, me pincha e instantáneamente me convierto en un líquido sangriento de color oscuro, adentrándome a través de sus venas llego a su cerebro primero para conocer sobre su vida.

Entro a su sueño, todo luce ligeramente similar, pero con un cielo más despejado. Hay más flora alrededor y al indagar en su mente, descubrí que se llama Nakawé. Una tribu se va acercando lentamente donde yace, llevan en mano el copal, flautas de hueso, tambores, un extraño brebaje, pintura, pequeños tarros y navajas de obsidiana.

Esta tribu se acerca a Nakawé, el más viejo de todos los miembros (intuyo que es el chamán) da una señal para que todos los demás miembros de la tribu se replieguen alrededor de la figura de este cactus, se va acercando hasta estar frente a frente con Nakawé, se arrodilla y comienza a susurrar un mantra. Mientras el chamán susurra su oración los demás miembros danzan con el copal alrededor de las dos figuras, otros tocan la flauta y el tambor, los miembros restantes sirven este extraño brebaje ofreciéndolo a cada uno de los miembros; beben y beben.

Estuvieron así durante horas, continuaban bebiendo daban la impresión de nunca perder la energía hasta que llegó el ocaso, hubo silencio y el chamán hizo un gesto para que los miembros del ritual rompieran la formación de circulo. Naturalmente lo hicieron, comenzaron a hacer un cuadrado más intimido alrededor del místico, le dieron la navaja y uno de los pequeños recipientes, con un pulso firme hundió el filo de la obsidiana sobre uno de los grandes brazos del cactus y de aquella herida comenzó a brotar agua, pero los hombres no se inmutaron hasta que el agua se convirtió en pulque, el cual brotaba a montones; los participantes del ritual entraron en un éxtasis divino.

Danzaban a torso desnudo sin dirección, gritando en un idioma que sería desconocido para cualquier mortal; para mi no. Sus palabras clamaban un “gracias al cielo” hasta que se arrodillaron con la mirada clavada al firmamento. Decidí acercarme y tomé asiento junto al chamán, compartiendo suelo con aquel hombre pude apreciar el significado perdido que los humanos le dan a la Madre Tierra y al Padre Cielo. No sé si en ese momento sentí una repulsión hacia el comportamiento de la humanidad, pero sé que si percibí algo. Eso me perturba un poco porque desde hace siglos siempre he mantenido una actitud indiferente hacia el comportamiento del hombre en su plano de realidad.

Entendí con mayor claridad las heridas de Nakawé, así como el significado de su nombre, dueña de las estrellas y del agua, ese brebaje sagrado que tanto bebían era la sangre de un viejo ser que de alguna manera al consumirlo amplía su percepción, entendiendo que ellos en ese momento son agua, pero también son carne, tierra y cielo. Nakawé en tiempos arcanos fue venerando como un maestro en el trayecto de la vida tangible.

He visto suficiente, considero que ahora puedo continuar hacia el final de mi recorrido antes de hacer mi trabajo. Alzo mi vista al cielo otra vez, veo con mayor claridad los tres puntos que a distancia forman un triángulo; desde mi perspectiva parecen cristales amarillos. Ya sé en donde se asentaran esos curiosos seres. Soy algo demasiado viejo, he existido desde mucho antes del Big Bang, soy un concepto universal para todas las culturas que habitan el vasto universo y siempre me ha parecido interesante la manera en que las diversas culturas me ven, como crean una imagen a su semejanza, como le dan valor a un símbolo o a un lugar.


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Éste desierto en donde camino es bastante apreciado por diversas culturas, no solo por las nativas de este planeta, también por otras provenientes de tierras lejanas, éste es un lugar en donde los cometas o los meteoros deciden cerrar su ciclo, es aquí donde siempre recibo a todos los bovinos que deciden terminar con su camino y beber las infinitas aguas del más allá. En éste desierto muchos puntos se conectan en uno; un Aleph.

Después de caminar unos cuantos kilómetros más, llego al lugar en donde yacen esos cristales amarillos, un oasis rodeado de varios cactus y con una extensión mediana de tierra alrededor del pequeño manantial. Allí están esos cristales amarillos que de cerca lucen como anillos de fibras desconocidas. La tripulación desciende, son seis pequeños astronautas de una escuálida complexión, una gran cabeza y un comportamiento curioso. Analizan el terreno, toman muestras de la arena, las púas de los cactus, el pulque de su interior, el agua y de esas pequeñas piedras oscuras que abundan en todo el lugar. Graban el sonido del viento y el lamento de un coyote a la lejanía.

Me pregunto cuántas galaxias han de haber surcado para llegar hasta este lugar. Decido averiguarlo y me acerco lentamente. A cada paso que doy los instrumentos de medición que portan estos astronautas se alteran, pero ellos se mantienen tranquilos. Decido emplear el susurro del viento para hacerles saber de mi presencia.

-Qué hacen por aquí hijos míos? – Les digo con una voz que intriga y que a la vez expresa tranquilidad.

-Somos viajeros oriundos de la galaxia del norte, yo me llamo Xenón Ok Hum, hemos venido a este lugar porque es sagrado en nuestra cultura- Responde con tono de serenidad.

-¿Quién es usted? Pregunta otro de los astronautas.

-Yo soy el principio y el final querido- Le respondo.

-¿Entonces es usted el espíritu del universo? Pregunta Xenón.

-Explicarme es más difícil que eso, porque en el universo soy muchas, pero en palabras simples soy lo mismo que este lugar-

-¿A qué se refiere? Inquiere el más delgado de los astronautas.

-Soy el ser en donde se interceptan todas las cosas-.

Decido compartirles el secreto que me dijo el Abuelo. Hacen un círculo alrededor de mí y toman asiento, escuchan con mucho asombro y lágrimas en los ojos las sabias palabras. Después deciden regresar a sus anillos de cristal amarillo, no sin antes hacer una reverencia de alumno a maestro. Dan media vuelta y aquellos seis astronautas se dividen en dos para abordar los tres anillos amarillos, estos se elevan lentamente hasta volver a parecer lo mismo que en la lejanía; cristales amarillos.

Alzo mi sombrero en señal de despedida, mientras me alejo escucho un gran estruendo del cielo. Sigo caminando un tramo considerable de distancia, hasta que una vez más aparezco en la carretera. A unos 27 kilómetros de mi posición hay una ambulancia, dos patrullas, pasó un accidente y mi trabajo inicia en la ambulancia. Entro con mucha calma dentro del vehículo y lo primero que veo es una camilla con dos paramédicos que inútilmente tratan de revivir al cadáver de un joven quien mira de manera atónita el acto de los dos hombres.

-Bienvenido a mi reino- Le digo tranquilamente al pálido muchacho.

-¡No puedes ser tú, aún no es mi tiempo!- Me dice con lágrimas en los ojos. -Permíteme regresar, juro no volver a beber, juro no caer en la lujuria- Me implora inútilmente.

-Querido, implorar es inútil, tu existencia ha sido justa como la de todos, has tenido una vida- Le digo tranquilamente para hacerlo callar. Doy media vuelta y salgo del vehículo, camino tranquilamente y el joven me sigue hasta estar a mi altura.

– ¿A dónde vamos? O mejor dicho ¿A dónde voy? – Me pregunta con tono de temor.

Seguimos caminando hasta la punta de una gran montaña de cactus y pastizal, la vista es maravillosa e imponente; resulta ser el lugar ideal para las palabras del Abuelo:

-¿Ves a las golondrinas? Van a un lugar o mejor dicho a un punto, sin importar la distancia o la dirección. Es un ciclo infinito, porque regresan al lugar de donde vienen, ese soy yo, el inicio y el fin, la luz en el túnel es mi mano dándote la bienvenida sin juzgarte, porque tu vida no es más que una repetición de lo visto por otros- El joven solo escucha, se convierte en polvo y se lo llevan las golondrinas hacia su nueva vida.

Mis alas se desprenden de mi espalda, salto al precipicio en busca de una nueva vida.

Foto: Imagen de Angeles Balaguer en Pixabay

Rodrigo Hernández Cid

Nací en Putla Villa de Guerrero, Oaxaca, el 18 de agosto del 2000,pero desde los 11 años y por razones familiares vivo en la ciudad de Oaxaca de Juárez. Estudio Comunicación en la Universidad Anáhuac Oaxaca. Tengo 19 años, pero mi amor hacia las letras viene desde mi tierna infancia, sin embargo, no me atreví a escribir hasta los 15 años, edad en la que decidí dedicarme a la poesía. Sin embargo, la obra de Edgar Allan Poe me motivo a ampliar mis horizontes y comenzar a escribir cuentos. Hasta ahora, he logrado publicar para dos revistas, primero en Dadiva, la revista que se publica en mi universidad y por segunda ocasión para la Revista Literaria Ibidem.


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