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Mar. Dic 10th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Deckard

Cuahtémoc Arista nos comparte su relato «Deckard».

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Por Cuauhtémoc Arista

Anoche robé a Yria del hospital, adonde en un arranque de celo legal la policía trasladó su cuerpo tras la degollina del Cuadrante 44, en el DCD. Como si algún médico castigado con una plaza en ese distrito iluminado a medias poseyera el don de dar vida a lo inanimado. Cuahtémoc Arista nos comparte su relato «Deckard»Anoche robé a Yria del hospital, adonde en un arranque de celo legal la policía trasladó su cuerpo tras la degollina del Cuadrante 44, en el DCD. Como si algún médico castigado con una plaza en ese distrito iluminado a medias poseyera el don de dar vida a lo inanimado.

       La ira por tanta estupidez me impulsó a ese acto que, ya cometido, suena tan macabro cuando lo imagino gritado en las noticias: sustraer un cuerpo, que no es el del delito pero sí parte de la evidencia. Y si le agrego que estaba en custodia y, tras un comprensible titubeo, que yo era el encargado de vigilar que no fuera sustraído, la situación parece tremenda.

       De algún modo sí es grave, pero aquí en este cuarto de motel, a solas con Yria, todas esas tonterías están desvaneciéndose conforme actúan los agentes químicos. Hace diez minutos lavé a consciencia toda la superficie, los aún suaves pliegues, y respetuosa pero clínicamente apliqué desinfectantes no abrasivos en aquellos lugares de acceso delicado.

       Al verla tendida en la calma (la errata estuvo siempre en mi mente y la conservo), esperando como yo el desenlace de nuestra aventura, confirmo que habría sido intolerable dejar en el cuerpo de Yria la suciedad del loco que la tuvo presa, el culpable de esos raspones en brazos y pernas. El arañazo en la cara. Supongo que para ella fue bastante alivio salir del DCD que por algo se llama así: distrito de los crímenes deprimentes. Ahí nadie dura mucho, pero lo jodido es adivinar si uno será víctima de un niño enajenado con una navaja, un utensilio de cocina o hasta un soplete. Con todo, mientras lavaba su brillante piel sentí cómo iba quedando libre mi propio cuerpo de la asquerosa sospecha de que Yria traía parásitos e infecciones inherentes a la evidencia que al Departamento de Seguridad le interesaba preservar.


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       …Aunque eso de que les interesaba es dudoso. Llevo aquí dos horas y nadie ha llamado para preguntar por Yria, o mejor dicho por el cuerpo, ya que ellos ignoran su nombre. No es extraño: aunque lo hubieran registrado en una papeleta, los jefes no conocen el nombre de nadie, por importante que sea su caso para la política interna. Para ellos somos todos (agentes, criminales y víctimas) una serie de números y diagonales que se mezclan promiscuamente en distintas combinaciones que pueden acercarlos o alejarlos del siguiente ascenso. A mí, con fines prácticos, me llaman Archie desde que alguien recordó un detalle personal de mi pasado: que trabajé de ocho a ocho en el archivo de la comandancia del DCD antes de tomar los cursos interfederales y convertirme en el investigador forense Danilus Deckard.

       Con los poderes que desde entonces me dio la federación yo te bauticé Yria. Por esos mismos poderes nos declaré marido y mujer.

       ¿Yria, una mujer? Claro. Es la parte que no entenderán cuando nos descubran: el hecho de que ella no pueda moverse ya y no empañe el espejo ni ruegue por una taza de café (o por un trago o un pericazo, tomando en cuenta de dónde viene) no la hace menos mujer. Al contrario, esa paciencia de permitir que el mundo sea lo que haya de ser, la gente haga lo suyo y los animales pasen sin peligro junto a nuestras inocentes necesidades personales a fin de que se cumpla el destino de todos… todo eso la hace más mujer.

       Además no juzga ni me hace sentir insuficiente para existir cerca de ella o que me acepta porque no tiene opción. Por eso es para mí mucho más que una mujer, es más… hay que decir que me sorprende pensarlo en estos términos… ella es más que las otras porque sin perder su figura ni su esencia se acerca mucho a lo que soy. Por eso hay tanta naturalidad en el hecho de que estamos juntos, yo respirando el aire que la rodea, ella envuelta en mi aliento agitado, mientras el DCD sigue enfrascado en los cables, los punzones y los botes de raticida, los polis con su discurso de la Excepción 115 previo a su entrada con disparos indiscriminados, los supervivientes y su llanto por sus pérdidas que a veces convierten en inconfesables ganancias… todos ellos trabajando para que Yria y el agente Deckard prolonguen este momento de paz y verdad, que tal vez una de estas noches, si la puerta del cuartucho no estalla antes, se convierta en amor cuando yo logre igualar la incitante quietud de sus labios de plástico entreabiertos.

Foto: Imagen de engin akyurt en Pixabay

Cuauhtémoc Arista

Foto de Blanca Villeda

México, 1966. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y ha trabajado como corrector, guionista de radio, editor y colaborador en periódicos nacionales y revistas culturales. Es autor de dos poemarios: Huidas a la luz (editorial Factor, 1987) y Abejas en el ámbar (UNAM, 1993), así como cuentos, traducciones de poesía, reseñas y críticas de libros en diversos periódicos y revistas culturales mexicanos, lo mismo que textos para catálogos de pintura y de fotografía.
La mayor parte de su obra publicada consiste en poemas.
En 1993 obtuvo el diploma de finalista en el Premio de Publicidad y Programación Radiofónica del Festival de Nueva York, como escritor en el ramo de Cultura y Artes, y en 1996 le fue otorgada la beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la rama de poesía.


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1 pensamiento sobre “CRONISTAS ÓMICRON: Deckard

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