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Mar. Dic 10th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Carne caminando

Enrique Ardito nos comparte su relato «Carne caminando».

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Por Enrique Ardito

Al fin, con un quejido ronco, dejando escapar días de aire viciado, el hombre obeso pudo abrir la puerta oxidada,  aunque no del todo, ya que las endurecidas bisagras se trababan al llegar a cierto punto. Eso le obligaba a sacar su corpachón de costado, el brazo derecho con la vieja pistola apuntando a un lado y otro, para asomar luego con cautela, la cabeza enfundada en un casco de motociclista abollado. Toda su rotunda humanidad estaba cubierta por un traje de protección casero que iba desde la base de la “escafandra” hasta el borde de las botas de goma, cuidadosamente pegado  con cinta de electricista, pegamento de contacto y el temor de lo que pudiera llegar a pasar en caso de que se abrieran las costuras o se rasgara.

     Ya afuera, no detectó movimiento, salvo el de algunas bolsas de plástico pegoteadas de algo rojizo que se elevaban y caían, persiguiéndose en giros caprichosos. No obstante, el hombre obeso se quedó un rato observando con atención los cien ojos rotos de las ventanas de los edificios. Nunca sabía hasta dónde podían llegar ellos en sus desplazamientos por la ciudad vacía. Pero solo llegó a sus sentidos la quietud  y el silencio de todos los días. Entonces, enfundando la pistola en la canana que colgaba de su hombro izquierdo, ya que  encontrar un cinturón que rodeara su cintura le había resultado imposible, atravesó la acera y bajó a la calle agrietada y polvorienta. Chequeó los edificios una vez más, solo por si acaso, y ya algo más confiado, echó a andar.

      Al pasar frente al muro sur del cementerio de la ciudad, no pudo evitar recordar el año posterior al Descalabro, cuando veía casi todos los días, gente apesadumbrada llevando parientes o amigos, víctimas del contagio. Luego empezaron a abundar los cuerpos insepultos porque quienes debían enterrarlos también estaban muertos. En forma violenta, claro.

    Desde esos días, no le hacía ninguna gracia salir al descampado. Aunque sabía bien que no hacerlo era simplemente dejarse morir en su agujero. Por eso estaba allí, tropezando por las calles atiborradas de grava, piedras y escombros de todos los tamaños, como un bamboleante personaje de dibujo animado reflejado al pasar, en las pocas vidrieras aún enteras de los comercios detenidos en el tiempo.

Desde las grietas de las calles se abrían paso plantas que trepaban por las paredes de los edificios como cascadas invertidas que se derramaban en cornisas y azoteas. Ese éxito del mundo vegetal era uno de sus pocos consuelos: quizás algún día se pudiera llegar a cultivar la tierra y no tener que vivir de la rapiña.

– Claro que no seré yo quien me agache a hacerlo.- Se dijo.


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     Ya en la zona peligrosa, maldijo para sus adentros el crujido que levantaba su formidable peso en la grava. Esa era una de las cosas que podía advertirles a ellos que un ser humano se acercaba a su zona. La otra era el fuerte olor de sus carnes mal lavadas, lo que le había llevado a cubrirlas en la forma más hermética posible. Si bien el hombre obeso sufría del calor con esta medida, sabía lo que le pasaría si ellos lo detectaban. Frente a uno solo de ellos, el arma de fuego podía poner rápidamente las cosas a su favor, pero en un encuentro con un grupo superior a seis individuos, cifra que equivalía a las balas del tambor de la pistola, solo contaba con un recurso para salvarse y era correr. Y dada la rapidez con que ellos se movían, podía ser alcanzado en segundos. Aún si lograra llegar a su refugio, eso tampoco le daba garantías: la vieja puerta demoraba demasiado en abrirse y más aun en cerrarse.

-Un día de éstos tengo que cambiarla –susurró para sí, como siempre. Pero nunca lo hacía. Es que para ello, debía recorrer la ciudad por días en busca de una ferretería. Al hallarla, romper la cortina metálica y sacar una puerta nueva que luego tendría que llevar a la rastra por cuadras, todo lo cual hacía más ruido de lo recomendable.

-Solo pensar en eso ya quita las ganas de hacerlo -resopló. Y miró los edificios, arrepentido de haber hablado. Luego, siguió caminando.

    Después de varias cuadras, acalorado y exhausto, el hombre obeso se detuvo. La bocacalle ante él estaba bloqueada por una montaña de escombros producto del derrumbamiento de uno de los edificios. 

– Impacto pleno -pensó con amargura- Uno de los tantos malditos misiles bacteriológicos, que nos disparamos a nosotros mismos en la maldita confusión del Descalabro. – Recordó que al principio, había agradecido como tantos otros, que los misiles no llevaran ojivas nucleares. Pero el consuelo solo duró hasta ver con horror los efectos del  VIGA (Virus de Involución Genética Acelerada) en miles de hombres y mujeres de toda la ciudad. En ese amargo momento, comprobó que de los afectados por la desconocida enfermedad, los más afortunados habían sido los que fueron ejecutados de inmediato por sus propios familiares no infectados. Por lo menos ahora descansaban  bajo tierra. Los que habían sufrido, en cambio, todo el proceso de la enfermedad hasta su culminación, se habían transformado en algo extraño. Ahora eran otra cosa para nada parecida al homo sapiens,  los cuales desde hace años vagaban por la ciudad atacando a los que estaban sanos. Hasta habían formado tribus en los edificios.

     En ese momento, el hombre obeso oyó – o creyó oír- unos gruñidos. Con torpeza, se agachó detrás de un gran trozo de concreto en el promontorio y sacó de nuevo el arma, que aunque algo añosa y baqueteada, aún funcionaba.

Se asomó con sigilo y lo que vio, hizo que la gelatina rosa de su papada se sacudiera dentro del casco. Sus oídos no le habían engañado: ahí estaban ellos.

     Bajó la cabeza lo más rápidamente que pudo, rogando no haber sido visto. Luego gateó trabajosamente por el asfalto haciendo el menor ruido posible, hasta llegar al cobijo de la escalera de mármol del banco donde en tiempos mejores, había entrado a cobrar la mesada que le enviaban puntualmente sus padres, transformado ahora en guarida de ratones e insectos. Sin incorporarse del todo, acomodó su carnosa espalda contra los escalones y oculto por el murito del rellano, aguardó, con la respiración contenida.

No tuvo que esperar mucho. Los vio venir caminando en fila india encabezada por uno más alto que el resto y con cara más feroz – seguramente, su líder- el cual emitía de cuando en cuando, esa jerigonza de gruñidos cortos que el hombre obeso nunca había intentado entender.  Sus cuerpos desnudos, cubiertos de espeso vello, ostentaban la recia musculatura propia de una raza salvaje y salvo el líder que portaba un trozo de palo en una de sus manos, no llevan arma alguna. Las caras eran grotescas, de ojos pequeños y muy separados, y sus bocas eran tajos enormes casi de oreja a oreja, que  al abrirse, exhibían afiladas hileras de colmillos que denunciaban sus preferencias en materia alimentaria. Las carnes del hombre temblaron de nuevo. 

       Descubrió con creciente inquietud, que venían en su dirección, aunque estaba bastante seguro de no haber sido detectado. Tragó saliva y sacó su arma de la canana. Por un momento cruzó por su mente la idea de volver sobre sus pasos.

-No -se corrigió íntimamente – Aceptar el fracaso no es opción. –

Seguidamente, apuntó con su arma al grupo. Envolvió con su regordete dedo índice el gatillo y su mirada se endureció. Al estampido del disparo que rebotó en todos los edificios, le sucedió un gemido ronco. Vio caer al que iba adelante en la fila, como una bolsa de arena contra el pavimento. Cuando volvió a apuntar, el resto de la partida había desaparecido de la vista.

-Mierda. Tal vez no debí disparar. Idiota –consiguió pensar.

-Bueno, está hecho -dijo para conformarse. Ahora debía volver lo más rápido posible al refugio, ya que cuando ellos atinaran a organizarse, podrían dar vuelta a la manzana y atacarle por dos flancos, lo cual sería el fin definitivo de su larga historia con ellos.


     Desandó el camino trotando, cosa poco divertida para alguien con un peso de  ciento sesenta kilos. Por fortuna, su refugio no estaba lejos. Tampoco había perdido el tiempo pensando que hacer. Lo primero que vivir en el caos  le había enseñado, era que obedecer el instinto daba  mejor resultado. Con un poco de suerte, llegaría a su refugio antes de que ellos salieran en su busca.

    Quedaba algo menos de una cuadra para llegar, cuando tuvo que detenerse. Se ahogaba en forma literal. El interior del traje estaba empapado de sudor y la temperatura del mismo le quitaba el aire. Tenía en ese momento, cuarenta años. Recordó, no sin cierta vergüenza,  que de joven había eludido practicar deportes de cualquier tipo. Desde que tenía uso de razón, no había hecho otra cosa que aporrear el teclado y deglutir cuatro veces al día comida chatarra y bebidas gaseosas.

     Hasta el Descalabro, claro. Ese día, por alguna causa que no pudo explicarse, todos los satélites de comunicaciones del planeta se vinieron abajo como patos derribados por cazadores. Entonces, la red global se volvió un recuerdo y mil millones de computadoras se cubrieron de polvo en los rincones de las casas. La corriente eléctrica no demoró en seguirle y con ella, todo lo que era el confort del hombre obeso: la uterina vida en pantalla y las comidas encargadas por delivery. Lo peor vino después, cuando a la semana, hasta el abastecimiento de agua de su edificio se cortó. El hombre obeso, entonces algo más joven,  debió  entrar a los supermercados ya saqueados por la muchedumbre hace tiempo, para conseguir alguna botella olvidada y beber siquiera una vez al día. También los alimentos habían volado de las góndolas en poco tiempo. Del resto se encargaron los roedores y los insectos. Quedaban los enlatados, pero sin refrigeración, consumirlos se tornó tan repugnante como riesgoso. Una vez tuvo que disputar una bolsa de alimento para perros con unos canes, a los que consiguió espantar disparando al aire.

Por primera vez en su vida, perdió peso, lo cual no le sirvió de consuelo. Una inexplicable inmunidad natural le había otorgado al hombre obeso la dudosa fortuna de seguir viviendo. Pero nadie subsiste sin alimento ni agua por mucho tiempo. Y mucho menos solo. Durante días estuvo hundido en la depresión.

     Hasta que aparecieron los primeros infectados del VIGA. Y su vida dio un vuelco.

     Un alarido salvaje de triunfo lo sacó en forma abrupta de sus recuerdos: le habían visto. Su corazón dio un salto y comenzó a bombear sangre espesa a través de venas y arterias tapizadas de colesterol. Se obligó, sin embargo, a seguir trotando a los tropezones hacia el edifico que era su cubil y ahora ya no estaba tan distante. Los gritos se tornaron más abundantes. Y más cercanos. Con un jadeo que más parecía un estertor, el hombre terminó por comprender que no llegaría a su refugio. Entonces, se volvió, decidido a dar batalla. Puso una rodilla en el pavimento y sus muslos, no acostumbrados a esa posición, le arrancaron un gemido. Tratando de controlar el dolor, levantó la pistola y apuntó a los cinco individuos ya tan cercanos que pudo ver la saliva escurriendo de sus colmillos.

-¡Hora de comer, ¿eh, bestias? -y la vieja pistola volvió a rugir.

     El homínido más  cercano cayó con una flor escarlata en medio de la frente; el segundo se dobló en dos al recibir el grueso proyectil en el vientre, lo que le derribó pero rodando por el asfalto debido a la fuerza de la inercia casi hasta dos metros de los pies del hombre; el tercero, en cambio, si bien acusó el impacto que hizo pedazos su hombro derecho, no se detuvo en su impulso y con un rugido feral, pasó por encima del cuerpo de su heridor, cayendo del otro lado.

     El hombre obeso pensó en volverse para rematarle, pero ya los dos restantes individuos estaban a escasos metros de él. A esa distancia no fue difícil: la pistola saltó un par de veces más en sus manos y sus atacantes rodaron, cada uno con agujeros en sus pechos, por los cuales podía verse la calle.

     Entonces, el hombre, con pavor, sintió que un velludo brazo de hierro le rodeaba el grueso pescuezo por detrás y unos colmillos intentaban rasgar la cinta de electricista que sujetaba su escafandra. Se sintió perdido. Había agotado los seis proyectiles de su tambor, y aunque le hubiera quedado alguno, no hubiera podido hacer mucho con quien le inmovilizaba, agregando ahora las aún más poderosas piernas.

     Para su sorpresa, de pronto, el abrazo se aflojó y el hombre pudo sentir,  para su sorpresa, como aquel cuerpo poderoso se desprendía de su espalda. Al voltear, pudo ver al homínido con el hombro y el brazo colgando en jirones sangrantes, estirado en el asfalto boca arriba, mirando el cielo. Su respiración era dificultosa. El disparo no lo había matado en seguida como a los otros, más la hemorragia había hecho su trabajo, y a pesar de su increíble resistencia física, las fuerzas lo habían abandonado para siempre.

     Unos alaridos más lejanos hicieron que el gordo se levantara a duras penas para reanudar la huída. Tal vez se había engañado al contarlos en la bocacalle bloqueada y alguno del grupo, había sido enviado a buscar a más de sus velludos congéneres. El hombre obeso tenía que llegar a su refugio y cerrar la puerta, antes de que las bestias descubrieran su ubicación, inaugurando tal vez su primer asedio.

Pero había algo que debía hacer antes.


     Despertó en su cama empapada de sudor y mugre vieja. No era un sueño: algo realmente olfateaba y escarbaba afuera. Se levantó tratando de no hacer ruido y bamboleando su corpachón entre caños y calderas inservibles llegó hasta la puerta oxidada. Puso la oreja en ella como siempre y los volvió a oír removiendo piedras y bajando por los escalones que conducían a la puerta. Habían encontrado los rastros de la matanza a metros del semiderruido edificio y su olfato los había direccionado a donde podía hallarse el responsable. 

     Pero en ese momento, llegaron también hasta el oído del hombre obeso, unos ladridos lejanos pero que se iban acercando. Sonrió torcidamente al recordar que seguramente pertenecían a una numerosa jauría que en varias generaciones sin amos, cazaban todo cuanto encontraban. Incluso a las retromutaciones como ellos.

     Enseguida oyó gemidos de pavor y pies velludos azotando la calle, alejándose; segundos después, el tamborileo frenético de las patas de los perros pasó en la misma dirección.

Cuando se hizo el silencio, el hombre lanzó un resoplido de alivio. Seguidamente, abrió una alacena, de donde salieron algunos moscones. De allí, eligió un cuchillo de carnicero y un hacha de trozar, y las puso sobre una mesa de madera llena de cicatrices.

Tendría algunos días de descanso. Pero solo hasta que los cinco cuerpos se terminaran y se viera obligado a salir de nuevo.

Foto: Imagen de skeeze en Pixabay

Enrique Ardito

Montevideo (1950).

Ha publicado historietas para la prensa de su país desde 1983 hasta 2006, en revistas como “Guambia”, “Ganzúa”, “Sapito”, “Balazo” y “La Pulga” y en los diarios “Lea” y “La República”, tiras diarias tales como “Don Jubileo”, “Los recién cansados”, “Tarjeta amarilla”, “Montevideo cambalache” y “Viviana y Yamandú”. En 1992, dicta el Curso-taller de Introducción al Comic en el Ministerio de Educación y Cultura. En 2003, lanza con amigos la revista “QUIMERA, el comic uruguayo en serio”, publicación de mayor tiraje y difusión nacional hasta el momento. Publica en 2011 el libro “1 modo + D guionar comics”, primero en su género, recibiendo el mismo año el Premio Morosoli de Humor e Historieta. Fue jurado del Premio Juan Carlos Onetti en historieta. Ha colaborado con cuentos e ilustraciones para las revistas de ciencia ficción “Ruido Blanco” y “Diaspar”. Actualmente, forma parte del staff de la revista digital de humor “PLAN H”.


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1 pensamiento sobre “CRONISTAS ÓMICRON: Carne caminando

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