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jue. Oct 17th, 2019

ÓMICRON FUTURO: Eclipsando la realidad.

Dan Aragonz nos comparte su crónica futurista en Neo Tokio, 2022.

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Por Dan Aragonz

Neo Tokio, 2022

Toda esta historia partió con la posibilidad de viajar a Tokio y de hacer una breve entrevista a los cientos de diseñadores, programadores y escritores de código que estarían en una famosa convención de la ciudad. Estarían de visita por la capital del sol naciente promocionando sus nuevos proyectos y debía ingeniármelas como fuera para sacarle algunas palabras a quien fuera. Pero mi plan inicial, cambió, radicalmente, cuando me interné en los suburbios de la ciudad del neón, tras saber que el evento se retrasaría un par de días.

Alejado de la parafernalia de la ciudad, bañada de luces y sonidos retro, encontré en mi paseo, entre estrechos pasillos y modestas tiendas de comida y ornamentación, un barrio antiguo escondido en medio del colorido futuro urbano que ya había colonizado cada una de las construcciones a su alrededor. Allí encontré una tienda de tatuajes que llamó mi atención. Lo primero que pensé, fue que con el retraso del evento cibernético tenía algo de tiempo para darme algún tipo de capricho y que no podía irme de aquella ciudad futurista, sin antes inmortalizar mi visita con algún recuerdo.

Fue así como en la curiosa tienda de tatuajes, tras ver sus extraños diseños, desde simples figuras monocromáticas hasta múltiples y coloridas formas que encandilaban a cualquiera, encontré una novedad que me dejó sorprendido. En la tienda podías pedir que te tatuaran una imagen en movimiento. Sí, escuchaste bien, tatuajes que se mueven por la piel. Algo así como un GIF. Y qué mejor que ver uno recién terminado de una chica que se levantó de la camilla y salió con una serpiente tatuada que se arrastraba, literalmente, por el brazo de la sensual mujer. Bueno, eso era lo que tenía Tokio para ofrecer y sorprender a quienes visitaban su capital. Sin embargo, el exótico tatuaje que descubrí no fue lo que me desconcertó, tras mi visita, sino de lo que me enteré tras una charla con el dueño de la tienda.

Todo comenzó cuando entré a la sala a hacerme uno de aquellos tatuajes en movimiento y me arrepentí al ver la tinta que utilizaban. Decepcionado de mi actitud cobarde salí fuera y como la tienda se ubicada al final de un callejón, donde si no sabias a que se dedicaba, era muy difícil adivinar cuál era su actividad, me quedé pensando en que podía escribir en mi artículo acerca de esta novedad en tatuajes. Sobre todo cuando decenas de personas mayores entraron a la tienda para tatuarse algo en movimiento. Fue entonces, que vi que se acercaban detrás de ellos quienes eran parte de aquello que terminó por volar mi mente. Era un grupo de jóvenes que, luego de entrar a la tienda y hablar con el hombre de las tintas, se esfumaron en poco tiempo de allí. En mi curiosidad le pregunté al tatuador quienes eran, y me contestó que lo averiguara yo mismo.

Fue así como después de leer la dirección que me dio, me dirigí hasta una portón que parecía un taller mecánico y me acerqué a golpear la puerta metálica. Después de un par de intentos abrieron y fue ahí mi sorpresa al ver que, detrás del que parecía ser un enorme guardia de seguridad, un largo pasillo se asomaba de fondo, lleno de neones y se escuchaba música electrónica que, a pesar de no ser fanático, era agradable a mis oídos. Resulta que estaba naciendo una neocultura formada por una desconocida tribu urbana de jóvenes, que no pasaban los 15 años, que pensaban que los llamativos y exóticos tatuajes en movimiento para turistas ya era algo pasado de moda. Lo que estaba en auge para aquellos adolescentes nipones eran las fiestas Digitales.

Al pagar algo de dinero y pasar a una sala, similar a una guardarropía, esperé en la fila donde los jóvenes miraban atentos qué diablos hacía yo allí dentro. Se dieron de inmediato cuenta que era un periodista, pero no dijeron nada al respecto. Los que venían después de mi, se rieron a carcajadas cuando me pasaron el traje que debía ocupar para la fiesta. Se trataba de un traje negro con un montón de puntos por todas partes. Se me hizo familiar y hasta que no lo tuve puesto del todo, no caí en que se trataba de un traje de captura de movimiento. Luego avancé por el pasillo como el resto y a cada uno se le entregaba un casco, que cuando lo tuve en las manos, supe que era bastante ligero.

Continué avanzando con los jóvenes y unas luces se encendieron en un amplio galpón que parecía no tener fin y que tenía todos sus muros y hasta el techo cubierto de verde. Entendí que era el material que ocupan para el CGI de las películas, pero no cambio en nada la sensación de aburrimiento que tenía de ver a todos con los mismos trajes mirándose la cara unos a otros. Sin embargo, cuando lo tuve puesto, me di cuenta que la experiencia sería de otro mundo. Entendí que por alguna razón mi visor leía el diseño de cada uno de los presentes con alguna especie de programación algorítmica a distancia. Era algo sorprendente ver que tenía delante mío a personajes digitales. Y solo me di cuenta que me habían asignado un personaje corriente, que ocupaban quienes no se diseñaban sus propios personajes, porque no era un visitante habitual con cuenta y seguidores en la red social que los unía hasta ese momento en el anonimato.

Con tan solo ver a través del visor lo que esos adolescentes habían hecho sentí que era parte de un cambio de era. Todos los que iban delante mío y se veían como jóvenes japoneses comunes y corrientes cuando estaban en la fila, de pronto pasaron a ser personajes de fantasía. Todos lucían muy coloridos y comprendí que eran diseños digitales que ellos mismos habían sacado de mangas o animes para ser parte de aquella fiesta futurista. Era como una extraña Comicon donde en vez de llevar puesta ropa de tus referentes de ficción, eras uno de esos personajes y parte de un mundo fantástico creado en ese galpón.

Uno de los creadores que estaba presente, ya que muchos de los participantes de la fiesta lo rodeaban y le preguntaban cosas, mostró un gesto de enfado cuando se enteró que yo era periodista y que obviamente haría algún articulo acerca de la particular fiesta que estaba comenzando a estar en auge en Tokio. Pero su cara al ver que la seguridad del recinto me retiraba, me hizo sentir que de alguna forma le gustaba la idea que todos se enteraran que la ficción estaba eclipsando la realidad.

Foto: Imagen de Lars_Nissen_Photoart / Imagen de Pexels en Pixabay

Dan Aragonz

Dan Aragonz

Chile (1984). Inventar y escribir historias es un vicio. Un vicio que me encanta mantener vivo cada vez que puedo. He tenido la suerte y la oportunidad de poder participar con diferentes relatos cortos en distintas revistas  como El círculo de Lovecraft, Historias Pulp y sus antologías, el taller de la Terbi y su mundo de ciencia ficción, Aeternum revista de literatura oscura y la revista mexicana Letras y Demonios.  También tengo una antología de 13 relatos publicada «El rastro del miedo y otros relatos» en Lektu y de descarga gratuita.


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