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jue. Oct 17th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Uróboros

Fabiola Soria nos comparte su relato «Uróboros» ambientado en una nave espacial .

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Por Fabiola Soria

Todos dormían en los criotubos cuando la tripulante 23 despertó.  Todavía faltaba para llegar a destino, así que su despertar fue inexplicable.  Quizás se tratara de una falla en el criotubo o en la nave reclutada Casandra, o más improbable, en ella misma.  Ella jamás había soñado, pero nítidamente recordaba que su madre la acunaba justo antes de despertar.  Se quitó lo que le quedaba del líquido contenedor y salió de su criotubo.  Se encontró con un ambiente desolado.  Como no podía solicitar grandes modificaciones, se vistió con el traje térmico y le pidió a Casandra que escaneara el desperfecto.  El silencio se prolongó varios minutos, hasta que Casandra arrojó: caso nueve de despertar espontáneo.

            Pero todos dormían.  ¿Dónde estaban los otros despiertos?  Casandra tardó en contestar, por lo que 23 formuló la pregunta hasta tres veces.  Tuvo que intervenir el panel y hacer contacto manual con la matriz.  ¿Dónde estaban los otros despiertos?  Casandra no podía decirlo con precisión; lanzó coordenadas desde todas sus pantallas, y lo que 23 entendió fue que en nueve naves distintas había despertado una persona por vez, en orden sucesivo.  Buscó elementos en común entre las naves y halló que todas habían atravesado el mismo sistema planetario, Uróboros.  ¿Casandra se habría contagiado algo?  Era raro porque las naves eran saneadas antes de ser tripuladas y su especie las hacía prácticamente invulnerables a cualquier elemento extraño, sea orgánico o cibernético.  De todos modos escaneó el sistema planetario, pero estaba limpio, así que sólo quedaba la posibilidad de una enfermedad inherente sin vinculación con el sistema.  Actualizó el listado de enfermedades potenciales de la nave y entre la treintena –ninguna de relevancia para impedir su funcionamiento óptimo– leyó “afectación de Wilson”.  ¿Wilson no era un mito para referirse a la primera nave autónoma? Como único síntoma leyó: problemas para tomar decisiones.


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            Y eso era bastante evidente, ya que un tecnobiólogo era mucho más útil que ella misma –apenas intérprete–, e incluso podría haber despertado a un ingeniero biomecánico, y entre todas las personas que viajaban en la nave, había varios de cualquiera de ellos.  Podría despertarlos, aunque ese tipo de decisión correspondía a la Capitana o a algún oficial.  23 reflexionó si Casandra estaba lo suficientemente afectada como para despertar a la Capitana y ponerla al corriente.  Las lecturas se veían normales, aunque las mediciones de velocidad y trayectoria eran confusas y, por supuesto, estaban los otros problemas, su propio despertar y la lentitud de Casandra para responder.  Sí; tenía que despertarla.  Inició el proceso de reanimación en el primer criotubo.  La descongelación empezó normalmente pero una alarma comenzó a titilar y Casandra usó el altavoz para informar que algo andaba mal.  23 pidió directivas, pero Casandra sólo agregó “deceso inminente en cuarenta segundos”.  23 corrió hasta el criotubo de la Capitana con el equipo de resucitación y aunque llegó antes del tope, la encontró muerta; el líquido en su criotubo estaba hirviendo y 23 se quemó las manos tratando de sacarla de él.  La Capitana no había despertado antes de morir, pero eso no le quitó a 23 el peso de haber matado a alguien.

Casandra dijo por altavoz “deceso de la Capitana María Drom, causa de muerte: asesinato por interrupción de su ciclo de sueño en el criotubo…”, y el mensaje se extendía señalando a 23 como homicida y exigiéndole volver a su criotubo.  Pero 23 conocía el protocolo y sabía que desaparecida la Capitana, debía despertarse al Primer Oficial.  Si ella misma no lo hacía, lo haría la nave y quizás corriera la misma suerte.  El segundo criotubo se encendió, lo que indicaba que Casandra ya había iniciado la reanimación.  23 trató de detenerla, pero el Primer Oficial murió sin que ella pudiera hacer nada.  Cuando se activó la secuencia del siguiente, 23 corrió a la matriz y volvió a intervenir el sistema de forma manual.  No pudo hacer nada por el segundo y la tercera al mando, pero sí interrumpió el proceso de reanimación del cuarto y consiguió aislar el mantenimiento de los criotubos de las funciones de Casandra.  Como respuesta, Casandra encendió todos los paneles y alarmas hasta que 23 consiguió reducirlos, a excepción de algunos contra los que no pudo hacer nada.  Por el momento, tenía un cierto control de la situación, pero si lo que había hecho que ella despertara era lo mismo que había causado que Casandra friera a los principales al mando, eso tenía que significar algo y no solamente el exponerla como homicida.  Y si nadie más podía despertar, ¿por qué su propia reanimación sí había sido exitosa?

Volvió a pensar en la afectación de Wilson.  Si el desperfecto se debía a un problema para tomar decisiones, eso explicaba que la nave la hubiese despertado a ella por azar.    Claro que también podía ser que el único criotubo que no fallara fuera el suyo y que Casandra la hubiese despertado antes de tiempo –a enorme distancia de cualquier punto de encuentro– y por la misma razón.  Pero si la intención era despertar a alguien para iniciar los asesinatos de los tripulantes, Casandra podría haber reanimado a cualquiera que pudiese seguir un protocolo, pero que no pudiese detenerlo después, y en la nave viajaban colonos sin mayor preparación.  Entonces, ¿qué la distinguía de los demás?  23 revisó las ocupaciones de cada tripulante y pasajero a bordo y encontró que tenía varias similitudes con cualquiera de ellos.  Sin embargo, entre quienes compartían su función de intérprete, solamente ella tenía una especialización en semiología.  Entonces recordó que también había soñado.  Fijó la vista en los paneles encendidos, y esa intermitencia de luces, gráficas y números cobró algún sentido.  Quizás el despertar y el deceso de los otros fueran decisiones aisladas, y hasta podía ser que una de ellas no hubiese sido tomada por la nave.

Porque así parecía indicarlo un código.  23 hizo algunas depuraciones al sistema y descubrió que se trataba de una cuenta regresiva; cinco horas con cuarenta y dos minutos y veintiséis segundos.  Cotejó en su cronómetro que ella llevaba despierta tres horas y diecisiete minutos, por lo que había un desfasaje de tres horas entre el inicio de la cuenta regresiva y su propio despertar.  Interrogó a Casandra, pero Casandra estaba muda.  ¿La cuenta regresiva indicaría el inicio del desperfecto?, y ¿qué pasaría cuando llegara a cero?  23 volvió a pensar que un ingeniero biomecánico o un tecnobiólogo eran mucho más útiles que ella misma.  Era evidente que Casandra estaba enferma a pesar de los pronósticos en contra –ninguna nave de su especie había enfermado antes– y hasta era probable que llevara tres horas muerta y que lo que parecía ser ella misma no fuese más que su memoria residual actuando.  ¿Pero no moriría su parte anímica quedando intacta su parte mecánica y cibernética?  ¿Acaso las reformas que los humanos le habían hecho no habían tratado de reducir su autonomía en el inusual caso de insubordinación?

23 hizo un listado de los desperfectos.  Nueve personas despiertas en nueve naves diferentes que atravesaron el mismo sistema planetario.  De esas personas y de esas naves, no podía obtener más información porque Casandra fallaba o se negaba.  La explicación más plausible era la afectación de Wilson o más improbable, que estuviese muerta.  Lecturas confusas de velocidad y trayectoria; deceso de la Capitana más los tres oficiales por iniciar manualmente el ciclo de reanimación; nueva intervención de la matriz y aparente “tranquilidad” de Casandra.  De hecho, todo parecía demasiado tranquilo, como si la nave y ella misma estuviesen siendo acunadas.  Se sorprendió por pensar en ese término, pero notó que las lecturas seguían siendo confusas; iban demasiado lento.  23 se dirigió a Casandra con un tono más complaciente y le pidió que por favor le mostrara lo que estaba viendo, ¿cómo era el sistema planetario Uróboros?, ¿en verdad parecía un sistema que se consumía a sí mismo, con un sol devorando a otro sol eternamente?, ¿podía mostrárselo?

Después de unos minutos, Casandra conectó sus ojos a los paneles interiores en respuesta a la solicitud de 23.  Parecían estar flotando sobre el único planeta, aunque las lecturas indicaban que se movían lentamente hacia uno de sus soles, el menos brillante.  23 dedujo que era mortal, incluso para una nave como Casandra.  ¿Cinco horas y media era lo que quedaba hasta que fuesen atrapadas por su gravedad?  Le señaló a Casandra el peligro, pero como respuesta, Casandra amplió la visibilidad del sistema y mostró un espectáculo que la mente racional de 23 continuó catalogando como peligroso.  Le ordenó que abandonaran el sistema, pero ante la falta de respuesta, buscó reprogramar el curso, sin resultados.  Volvió a prestar atención a las pantallas y lo que Casandra mostraba ahora no parecía provenir de ella misma.  La estrella se veía mucho más cercana y luminosa, y luego se desgarraba para dejar una especie de paisaje nuboso, infinito, que se apagaba hasta quedar en definitiva oscuridad.  23 tuvo otra vez la sensación de estar siendo acunada, pero esta sensación no provenía de sí misma.  Era ridículo pensar que la nave quisiera regresar a una especie de núcleo, pero era la única explicación para su accionar; Casandra quería morir.  23 trató de razonar con ella, pero Casandra estaba demasiado ensimismada, al punto de liberar varios de los sistemas que permitieron a 23 realizar los últimos intentos por cambiar el destino de la nave y sus ocupantes.

Sin embargo, lo único que 23 pudo hacer fue dejar un mensaje que se activaría si otra nave atravesaba el sistema planetario.  Consistía en alterar el ciclo de sueño en un criotubo, e imaginó que los anteriores a ella habrían agotado nueve posibilidades, lo que la llevaba a saltearse las opciones obvias y pensar diferente; tenía que ser alguien lo suficientemente inteligente para comprender los códigos y protocolos, pero también empático para poder comunicarse con la nave y negociar por sus vidas.  ¿Tal vez un psicólogo?, ¿por qué no un pasajero con algún conocimiento en protocolos, pero más sensible a las emociones que cualquiera de la tripulación?  ¿Eso había querido significar el sueño?  ¿Enviaría el mismo sueño o crearía uno más explícito donde pudiese dejar en claro a qué riesgo se sometían si no controlaban la situación a tiempo?

            Pero mientras 23 cargaba el sueño, no pudo evitar la empatía con Casandra; la invadía una cierta paz, el deseo de una vida más allá de comandos y controles, algo vinculado a otras personas y no a la desolación y al frío de una nave en medio de la nada.  Quizás el sueño era inmodificable y hasta podría ser lo que iniciara el desperfecto; de hecho, si observaba ese sistema planetario, se parecía bastante a lo que meramente recordaba como “madre”; casi no podía dejar de mirarlo.  Su mente racional todavía la acusó de ser la responsable de las muertes siguientes, la novena persona obedeciendo directivas de un sistema homicida.  Pero el abrazo que tomaba a la nave, le decía que todo iba a estar bien, pronto.  Que todo estaría bien.

Foto: Imagen de prettysleepy1 en Pixabay

Fabiola Soria

Nació en 1975, en Bahía Blanca, pero desde 2005 vive en el Alto Valle de Río Negro, en General Roca.  Sus obras publicadas abarcan cuentos de ciencia ficción “Arquetipos” (2011), poesía “Todos los rostros” (2014), y microrrelato “¡Maldita humanidad!” (2016),  y “El banquete de los monstruos” (2018), seleccionado y editado por la Universidad Nacional de Río Negro.  Este año, obtuvo el Primer Premio Internacional del Concurso Carbono Alterado, con su cuento “El señor Gokiburi viene a comer”.  Su obra forma parte de antologías y revistas de Colombia, Perú, Chile y Argentina.  Pronto publicará “Relatos de la Cronohistoria”.


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