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jue. Oct 17th, 2019

Por Gisela Lupiañez

El hombre despertó en medio de un pensamiento sobrecogedor: «Ya vienen». Por la pequeña ventana, demasiado pequeña, demasiado cercana al suelo, entraban los últimos rayos del sol moribundo. Ya casi era la hora. Ya llegaban. El hombre no pudo recordar quiénes venían, ni por qué esas personas le causaban tanto terror, pero la necesidad de salir de allí antes de que llegaran era apremiante. Trató de levantarse y no pudo. Estaba atado a la cama con cadenas que eran, al mismo tiempo, sólidas y bellas. Cada eslabón era una obra de arte, tallado con runas e incrustado de diamantes y zafiros. Al contemplarlos un recuerdo se formó en la mente del hombre. Había despertado en ese mismo cuarto y en esa misma situación muchas veces y, aunque el motivo se le escapaba, supo que estaba relacionado con las personas que ya llegaban, las mismas que habían labrado esas hermosas cadenas. Y con el dolor. Le dolía todo el cuerpo, las piernas, los brazos, la espalda, pero lo peor era la cabeza. Algo retumbaba ahí, como si la tuviera llena de piedras que, al rodar unas sobre otras, formaran esa frase cargada de angustia: «Ya vienen».

Mientras el recuadro de la ventana se oscurecía, las ideas del hombre empezaron a aclararse. Alguien había muerto, por eso él estaba ahí. Una mujer. Una mujer se había suicidado. Una chica. En realidad, había sido un accidente, ahora lo recordaba. La joven se había comido una manzana que le había ofrecido una vieja mendiga. La manzana estaba envenenada. Entonces no había sido un accidente, sino un asesinato. Porque la vieja era alguien muy poderoso que odiaba a la muchacha, alguien de la realeza que se había disfrazado de indigente para ganarse su confianza. Blancanieves, así se llamaba la adolescente que se había comido la manzana envenenada. Y tenía un grupo de amigos que se negaban a aceptar que estaba muerta.

Con horror, el Príncipe recordó dónde se encontraba. El sol ya se había escondido, pero la luz plomiza que entraba por la pequeña ventana era suficiente para distinguir las otras seis camas que se alineaban junto a la suya. Camas que parecían de juguete. Parte del dolor que sentía en las piernas se debía a que se las habían encadenado dobladas, para que no sobresalieran del colchón. Por la puerta entreabierta podía ver la otra habitación, en la que había una mesa diminuta bordeada por siete sillitas, arreglada con siete vasos, siete platos, siete juegos de cubiertos. Era en esta casa que Blancanieves había abierto la puerta a la Reina disfrazada de mendiga, en una de esas sillas minúsculas se había sentado a comer la manzana, tan roja, tan atractiva, tan cargada de muerte. Junto a esa mesa, sus amigos, los Siete Enanitos, la habían encontrado, ya fría y rígida. Alrededor de esa misma mesa habían decidido no resignarse, plantarle cara a la Muerte, buscar alguna forma de revivir a su amiga. Habían leído libros antiguos, consultado con magos y hechiceras, hasta encontrar una solución que les pareció practicable: un beso de verdadero amor. Para eso necesitaban un príncipe. Planearon una emboscada en el camino del Bosque.

Un canto rítmico y  gutural entró por la ventana. «Ya vienen», pensó el Príncipe. Sí, ya venían. Los enanos volvían de trabajar en las minas. Hacía casi un mes que se repetía la misma rutina. Durante el día, el Príncipe permanecía atado a la cama, sin comida, sin agua, ensuciándose con su propia orina. Solía despertarse a media mañana, pero, en los días buenos, como hoy, no volvía en sí hasta el crepúsculo. Cuando los Siete llegaban a la cabaña se lavaban y comían. Después desataban al Príncipe, lo metían en una tina de plata y le arrojaban balde tras balde de agua helada, mientras el hombre se enjabonaba como podía. Luego le entregaban ropa nueva y elegante. Nunca usaba la ropa que había llevado la noche anterior. Los enanos no consentían en que se presentara ante Blancanieves con aspecto de prisionero de guerra. Después le daban su única comida del día, un estofado de verduras y carne. Y empezaba el show.

Los enanos le colocaban esposas y grilletes bellamente labrados y lo llevaban al centro del Bosque, siguiendo un sendero bordeado de pinos cuyas ramas formaban un túnel que permitía el paso cómodo de los Siete, pero no del Príncipe. El hombre tenía que caminar todo el trayecto encorvado. El camino desembocaba en un claro donde yacía Blancanieves en un ataúd de cristal. Todas las noches, al verlo, el Príncipe experimentaba la misma sensación de horror y desasosiego. No entendía para qué los enanos habían fabricado un catafalco tallado en cristal de roca, transparente y brillante como la luz de la luna, para custodiar al engendro que dormía en su interior.


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Veinte jornadas habían transcurrido desde que la joven comiera la manzana. Las primeras tres noches fueron soportables. El cadáver parecía una estatua de mármol azulado. La cuarta noche la cara y las manos de la muchacha se llenaron de ampollas, la quinta el Príncipe notó que el cuerpo perdía en parte su rigidez. La sexta estaba definitivamente blando, casi como si estuviera vivo de nuevo. Quizá la magia sí funcionaba, tal vez era cuestión de tiempo. Se permitió sentir esperanza. Hasta la noche siguiente.

La séptima noche percibió por primera vez el olor: rosas olvidadas en un florero de aguas estancadas. El vientre de la muchacha se había hinchado, las cintas que sujetaban su corsé parecían a punto de cortarse. Un líquido amarillento escurría de sus oídos.

Ahora, diez noches después, el cuerpo de Blancanieves estaba tan abotagado que casi no entraba en el sarcófago. La cara era una luna verdosa marcada por los cráteres de las ampollas reventadas. Un nido de larvas de moscas azules burbujeaba en las manos cruzadas bajo el pecho, que sostenían los restos de las nomeolvides que los enanos le habían colocado el día de su muerte.

            Y el Príncipe tenía que meterse en la caja de cristal y abrazar esa masa tumefacta y pestilente. Apartar las moscas para conseguir besarla. Un beso de verdadero amor, le aclaraban cada vez los enanos. Dos noches atrás, el Príncipe descubrió que un trozo de piel de los labios de Blancanieves se había quedado adherido a su lengua. Salió del catafalco conteniendo las arcadas, espantando las moscas azules que insistían en posarse en sus ojos.

            Pero, a pesar de los esfuerzos del hombre, Blancanieves no despertaba. Y los Siete no estaban dispuestos a aceptarlo. Los libros antiguos, los magos y hechiceras, les habían asegurado que el beso de un príncipe rompería la maldición que llevaba la manzana. El milagro no se producía, por eso cada noche descargaban en el Príncipe toda su tristeza enfurecida.

Uno lo insultaba a los gritos: «Inútil, pedazo de escoria, hijo de una mula en celo, te crees demasiado bueno para nuestra Blancanieves», mientras Dos le reventaba la cara a trompadas. Ya había perdido cinco dientes y no conseguía enfocar nada con el ojo izquierdo. Tres lo tiraba al piso. Si intentaba levantarse, lo volvía a tumbar y si se quedaba en el suelo, el enano lo levantaba de los cabellos para darse el gusto de empujarlo otra vez. Cuatro y Cinco le pateaban el vientre y los riñones hasta que vomitaba de dolor. Hacía días que la orina con la que el Príncipe se ensuciaba mientras estaba atado a la cama era roja. Seis le golpeaba las piernas y los pies con el canto del pico. A pesar de que siempre llevaba puestas las botas de montar, ya no le quedaban uñas en los dedos de los pies. Y el hombre sospechaba que dentro de poco ya no le quedarían dedos. El honor de pegarle con su pala en la cabeza hasta desmayarlo era para Siete.

El canto gutural llegó hasta la puerta de la casita. El Príncipe, encadenado a la cama, se estremeció de espanto y empezó a llorar.

Foto: Imagen de Hans Braxmeier en Pixabay

Gisela Lupiañez

“Cuidado con el poder de las palabras” me dijeron una vez. Buen consejo. Una puede perderse entre extrañas acumulaciones de letras, volando a lomos de dragón o descubriendo el latido del corazón humano. Y no es nada fácil volver. Por eso escribo. Porque creo en esa magia que desorienta al Tiempo y a la Oscuridad. Mis cuentos han aparecido en revistas digitales de fantasía y ciencia ficción (La sirena varada, Tártarus, Rigor Mortis) y en algunas antologías en papel de editoriales de mi región. Coordino un taller literario para niños y adolescentes. Hace poco me animé a publicar un libro de relatos, “En esta misma Tierra”, en el que exploro la dualidad fantasía – realidad en la que vivimos los habitantes del Planeta Azul. ¿Qué más? Nací en Mendoza, Argentina, en algún  invierno de finales de los ´70. Amo la montaña, viajar y los gatos.

Pueden encontrarme en

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