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Vie. Dic 13th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Se buscan voluntarios

Daniel Martínez Muñoz nos envía su relato «Se buscan voluntarios».

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Por Daniel Martínez Muñoz

Las 18.00 h en la sala de espera del doctor Monasterios Barba. La sala estaba vacía y llevaba vacía desde que entró. El doctor llevaba un retraso de hora y media. De todos modos, tampoco tenía nada mejor que hacer con su tiempo. Hacía tres años que no encontraba trabajo y el dinero no cae de los árboles. La enfermera por fin salió:

-Nicolás Mendicuti, pase por favor.

El doctor estaba terminando de teclear en su ordenador cuando entró a la habitación. Distraídamente, sin apartar la mirada del ordenador mientras terminaba de rellenar informes, le ofreció a su paciente tomar asiento.

-Antes de comenzar, me gustaría que contestase a algunas preguntas. –Le miró el doctor por encima de las lentes de sus gafas, enseñando mucho los dientes amarillentos por el café y el tabaco–. ¿Es esta su primera experiencia como voluntario en una investigación médica?

-No, señor. Llevo año y medio contribuyendo en distintas investigaciones de varios fármacos –contestó algo nervioso el chico.

-¿Está tomando actualmente alguna medicación de prescripción médica o formando parte de algún otro estudio?

-No, llevo dos meses sin formar parte de nada.

-Excelente. –Calló un momento, como si le costase proseguir–. No sé si usted conoce la cuantía de la recompensa por formar parte de esta investigación. Es bastante alta: sesenta mil euros en total por una duración aproximada de doce meses. Sin embargo, debo advertirle de que es una cantidad aceptable teniendo en cuenta el enfoque tan novedoso que conlleva.

-Suena perfecto, pero eso último que ha dicho suena a un eufemismo para decir que hay considerables riesgos, ¿no es así?

-En efecto. No puedo decirle demasiado de la línea de investigación por el riesgo que supondría que usted somatizara algún efecto por sugestión. Pero debe usted saber para su tranquilidad que la fase clínica anterior, la investigación con animales ha sido un éxito y que llevamos veinte años de desarrollo. Se necesita una muestra humana de trescientas cincuenta personas. ¿Acepta?

-De acuerdo, doctor. No parece tan malo ¡y con todo ese dinero podré terminar de pagar la hipoteca y recorrer el mundo tantas veces como quiera!

-Excelente. Necesito que rellene los siguientes documentos para estar al tanto de su situación de salud actual, antecedentes familiares, nivel de estudios, alergias, localización y descripción de su vivienda, estado civil, animales de compañía, …

Terminó de rellenar todos los impresos y el doctor revisó algunas casillas mientras asentía. Hecho esto, el doctor le indicó en lo que consistía el tratamiento: una única inyección. A pesar de que no podía describirle al muchacho las posibles reacciones adversas, le advirtió que al día siguiente posiblemente se sentiría con poca hambre y que no debía forzarse en comer nada más de lo debidamente necesario. Sería necesario el seguimiento diario en el hospital.


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La inyección fue muy dolorosa. El líquido que salía de ella e inundaba su sangre ardía en sus venas. Sólo sentía dolor y náuseas. Trató de tranquilizarse, pero era imposible, el corazón le latía como a un colibrí. Al cabo de media hora vomitó y no mucho después perdió el conocimiento. Cuando despertó se encontraba en una camilla. Ahora que presentía que este podría ser su lecho de muerte, no pensaba que el dinero tuviera tanta importancia como al principio. Después de todo ¿de qué sirve el dinero si no se tiene salud para disfrutarlo?

El doctor irrumpió en su habitación, iba con un par de mujeres que no paraban de tomar notas.

-Enhorabuena, Nicolás. ¡Sigue vivo! Y eso es una buena señal, una muy buena señal –dijo el doctor, dándole un par de palmaditas en un pie.

-Parece que usted esperaba que muriese, ¿cómo que es una buena señal que siga vivo? –gruñó el muchacho sin moverse de la cama.

-Después de la virulencia con la que respondió al tratamiento, así es. Pensaba que no duraría mucho. Verá con casi todos los modelos animales utilizados, hemos tenido problemillas al principio. –Carraspeando como intentando detenerse a sí mismo en dar más explicaciones desvió el tema–. Bueno dígame, ¿cómo se encuentra?

-Siento que casi estaría mejor muerto. Me duele todo, me siento muy mareado, la cabeza me va a estallar y no me siento con energía para nada.

-Aún es pronto para deducir nada de sus análisis. Hay desequilibrios en varias hormonas, pero al principio es normal ciertos desequilibrios. ¿Fuma?

-No doctor, el tabaco mata.

-Creo que por una vez debería usted hacer una excepción, fúmese uno –tentó al enfermo cual diablo con bata blanca–. Creo que hoy le hará más bien que mal.

-Soy exfumador. Llevo sin fumar 5 años, no sé si es buena idea.

-Es una idea excelente, cómprese un paquete de tabaco y salga a dar un paseo a tomar el sol –dijo el doctor tratando de animar.

A duras penas se pudo quitar el camisón hospitalario y vestir. Le ayudaron a hacerlo y una enfermera sería su ayuda a lo largo del día fuera del hospital. Cuando salió fuera y el sol le rozó la piel sintió una sensación tan agradable que su mente se quedó en blanco. La enfermera no le quitaba ojo de encima, asombrada de la conducta del paciente.


Transcurrió media hora en la que Nicolás se quedó de pie a unos metros de la entrada del hospital, extasiado. La enfermera le interrumpió para ir a tomar un paseo y comprar el tabaco que le había recomendado el doctor. Comenzó dando pequeñas caladas rápidas de humo, pero con miedo y sin saber si todo aquello no era más que una tontería de un viejo con costumbres antediluvianas, de aquellos gloriosos años en que los médicos recomendaban fumar para calmar los nervios y adelgazar. Después de un par de caladas, las siguientes las saboreó, permitió que el humo recorriera todos sus bronquios, pasara a la sangre, reteniendo el humo dentro cierto rato, exhalando lentamente. No pudo pensar en nada, sólo se sentía lleno de placer, había borrado todo aquel rastro del dolor de la noche anterior. Era un momento mágico, un momento de comunión con la naturaleza en medio de la ciudad.


Empezó a hacerse tarde y fue con su enfermera a casa de su madre. La pobre mujer estaría atacada de los nervios. Ayer le dijo que iría al tratamiento, pero no había vuelto a hablar con ella.

-¿Dónde estabas? –inquirió su madre, Teresa.

-Mamá, estuve en lo del tratamiento que te dije. Ella es la enfermera que han puesto a mi cargo, se llama Virginia.

-¿Pero no ibas a volver anoche? ¿qué ha pasado?

-No lo sé, es algo tan nuevo que creo que no lo tienen muy perfeccionado. Me desmayé y hoy desperté en un estado lamentable, pero parece que después de eso me he recuperado.

-¿Y mañana tienes que volver? –Con la preocupación aún presente en la voz.

-Sí, pero sólo a un reconocimiento rutinario. Tendré que ir todos los días a lo largo del año.

Volvió a la clínica, un enfermero le tomó la tensión, un electro, una espirometría, una muestra de pelo, esperma, orina, uñas. Le sacaron muestras de cosas que nunca hubiera imaginado, tanta era la necesidad de comprobar la variación de sus parámetros. Le recomendaron limitase a tomar unos zumos para evitar recaer en el estado de enfermedad del momento de la inyección.


Los días iban pasando, casi sin darse cuenta ya había transcurrido medio año desde la inyección. Su rutina era hospital y paseo con tabaco. Cada vez debía consumir más por órdenes del siniestro doctor Monasterios: había pasado de medio paquete al día a tener que fumar cuatro. Por supuesto, esa parte del experimento no se la contó a su madre. Y para su sorpresa y desesperación seguía sin poder comer nada. Sólo le dejaban que tomase zumos y le daban unas pastillas, que según decían eran fungicidas porque había bastante riesgo de desarrollar infecciones por hongos microscópicos en esta fase.

Una mañana, había salido adormilado de su habitación cuando su madre se puso a gritar y a santiguarse.

-Mamá, ¡cálmate! ¿qué te pasa para gritar a estas horas? –preguntó Nicolás aún con los ojos entrecerrados.

-¡No te has hecho tonterías en el pelo cuando eras un adolescente y te las haces ahora! ¡Qué vergüenza! ¿Qué diría tu padre? ¡Qué en la gloria esté y qué en paz descanse! ¡El pelo verde! –gritó ofendida Teresa.

-¿Qué estás diciendo mamá? –Se rio–.  ¿Es una broma? ¡Qué yo ya no tengo edad para esos inventos!

-¿Me estás llamando mentirosa o ciega? Compruébalo por ti mismo. –Le llevó al espejo del baño.

-Pues no, no era una broma –dijo mirándose de cerca en el espejo–. Y este extraño bronceado que me ha salido, será de caminar tanto, pero… un momento ¡también es verdoso!

-Ay hijo, ¿qué te está pasando? –preguntó entre sollozos la pobre mujer.

Agarró violentamente el teléfono y llamó al doctor. Esta vez el doctor sería el que fuera a su casa.

-Buenos días señora, buenos días Nicolás –saludó el doctor–. Creo que no hace falta que digas nada, veo claramente cuál es el problema.

-¿Qué me está pasando?

-No sé si debería decírtelo, al fin y al cabo, esta es una investigación ultra-secreta del gobierno. Pero creo que al menos te debo eso, ya que para tu desgracia, el experimento puede decirse que ha sido un éxito. El gobierno lleva pensando cómo resolver el problema de la sobrepoblación, el ambiente cada vez más contaminado y la escasez de recursos. Aunque al principio no se pensó en nada parecido a esto, poco a poco las investigaciones apuntaron a las mismas soluciones. ¿A qué ya no necesitas comer?

-No –aseguró extrañado‒. Y no sé por qué se empeña en que no pare de fumar y tome esos fungicidas.

-Verás, la inyección que te suministramos contenía virus cargados con ADN de hierba gatera. Hemos modificado parte de tu genoma para transformarte parcialmente en una planta.

-Doctor, no sé qué mierda se ha tomado, pero quiero que me dé mucho de eso – contestó de una manera pasivo-agresiva‒. ¿Una planta?

-Es difícil de creer, ¿verdad? Ves que cada vez estás más verde. –Señaló la piel y el pelo–. Eso, querido amigo, es clorofila. Por eso ya no tienes que comer, sólo tienes que tomar mucho dióxido de carbono, razón por la que tienes que fumar como un carretero.

-¿Qué? ¿Por qué me ha hecho esto? No lo entiendo –dijo llorando‒. No entiendo nada.

-Mira sé que nunca hubieras deseado esto, lo entiendo. Yo tampoco querría transformarme en planta. Pero así son las cosas, por cierto, es algo que ha afectado al ADN heredable, así que si tienes hijos con una humana serán parte planta, y desgraciadamente con el tiempo te saldrán flores, que será como tu parte planta se reproducirá y engendrarás a hijos parte planta parte humano con otras plantas, aunque eso sí sólo con hierba gatera. Pero eso ya no es problema mío. Yo sólo he cumplido con mi deber. Otra cosa más antes de que me vaya, intenta comprar lámparas ultravioleta para el invierno, el frío no te sentará bien.

-Cabrón, ¡te mataré! ¿Cómo has podido hacerme esto?

-Hasta la vista y suerte. –dijo agarrando su maletín y marchándose de la casa con bastante lentitud.

¿Qué iba a hacer ahora? Era un monstruo y eso de tener hijos con plantas… ¿cómo saldrían esos niños o esas plantas? Era algo horrendo, y lo peor de todo se sentía casi abandonado a su suerte. Decidió que había dos soluciones, o se suicidaba y le dejaba a su madre lo que había ganado con esto, o bien, se iba a algún recóndito lugar del planeta, donde pudiera vivir solo. No obstante, recordó que el experimento necesitaba de muchos voluntarios, porque de ser un único paciente, no habrían conseguido un resultado representativo y tendrían demasiadas variables incontroladas. Había más personas como él. No era el único. ¿Pero cómo encontrarlas? Igual era un poco ingenuo por su parte pensar que su enfermera sabría algo o que en caso de saber algo se lo querría decir, pero no tenía nada que perder.

-Hola, ¿Virginia? –titubeó.

-¿Qué quieres? No debería estar hablando contigo –dijo fríamente.

-Verás, me imagino que ya sabes todo. Creo recordar que el doctor dijo que había bastantes más voluntarios para el experimento.

-Sí, pero es información confidencial. Aunque tampoco seré tan mala y te la daré. –Rio entre dientes–. Casi todos los sujetos han muerto. Sólo habéis sobrevivido diecisiete personas. Claro, que sobrevivir no implica no estar gravemente enfermo y a punto de reunirte con las otras trescientas treinta y tres restantes. En fin, ya me entiendes. En plenas condiciones, sólo quedáis cinco personas.

-¿Me podrías dar sus datos para localizarles? –contesté.

-Claro, pero no quiero volver a saber nada de ti. Copia si puedes. –Y comenzó a dictar nombres, direcciones y teléfonos.

Nicolás había llamado a los otros cuatro, algunos vivían muy lejos. Tenían un plan. Afortunadamente, aún siguen quedando en el planeta grandes extensiones verdes, inexpugnables para los ojos de la civilización. Irían a la selva amazónica, vivirían como salvajes, beberían agua limpia, respirarían y tomarían el sol y podrían vivir juntos, intentando comprender su nueva vida. A su madre le dejó una nota con casi todo el dinero, sólo faltaba un poco de lo que necesitaba para el billete de avión. Le hubiese gustado poder despedirse de ella con un abrazo, pero hubiese sido incapaz de irse.

En las remotas aldeas que rodean el río Amazonas, circula la leyenda de que la selva está habitada por espíritus benignos, que luchan por mantener y salvar su hogar. Seres fantásticos que no toman alimento, que son verdes como las plantas, que cantan como los pájaros y son tan longevos como los árboles de nueces de Brasil.

Foto: Imagen de Silas Camargo Silão en Pixabay

Daniel Martínez Muñoz

Nací en 1988 en la pequeña ciudad de Guadalajara (España). Creo que para ser un buen escritor, antes debes ser buen lector. Autores como Dostoievski, Goethe, Asimov entre otros muchos me han influido notablemente.  

Pese a que la escritura es una de mis grandes pasiones, otra de mis grandes pasiones es la Ciencia, por eso estudié y me gradué en Química. Conocer la Ciencia es útil para escribir sobre Ciencia Ficción. Si bien, el presente escrito supone mi primera incursión en el género. Previamente he escrito y publicado Y los sueños, sueños son en el volumen de microrrelatos: Microterrores IV y A quien pueda leer esto en Microterrores V.

Espero poder seguir explorando las fronteras de la imaginación, la fantasía y la Ciencia y que tanto yo como escritor, como mis lectores nos embarquemos en un sinfín de viajes fascinantes.


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