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Mar. Dic 10th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: S.O.S. desde la Estación Espacial Internacional.

Mónica Pallardó nos manda «S.O:S desde la Estación Espacial Internacional»

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Por Mónica Pallardó

AÑO 2024

-¡Alerta! –dijo Steven cuando las luces de alarma de la Estación Espacial Internacional comenzaron a parpadear inquietantes.

-¿Qué sucede? –preguntó extrañada la astronauta Susan al comandante.

Pero Jack tampoco se lo explicaba. E, inmediatamente, estableció comunicación con Houston:

-Tenemos diversas señales de emergencia en activo, pero la estación funciona perfectamente. ¿Podrían informarnos del problema?

Después de unos segundos de silencio, contestó acalorado uno de los oficiales de la NASA:

-¡No regresen a la Tierra! ¡Que Dios se apiade de todos nosotros!

-Pero… ¿qué ocurre? –insistió el comandante obteniendo una y otra vez la misma respuesta de aquel hombre que había quedado en shock.

-¡¡La ostia!!!! –exclamó Peter al mirar por la ventana de la Estación.

Y antes de que pudieran llegar a asomarse el resto de astronautas, un inmenso resplandor cegó el espacio.

Un gigantesco asteroide de más de cinco kilómetros de diámetro acababa de estrellarse contra la Tierra provocando una descomunal explosión.

Afortunadamente, la Estación Espacial Internacional, fiel a su trayectoria a casi 28.000 km/h, se alejó cauta de la zona de impacto.

No tuvo tanta suerte el resto de la humanidad. La onda expansiva producida se propagó solemne engullendo todo el planeta sin compasión, sin rival. Levantaba, a su paso, una endemoniada ola de rocas y polvo que dejaba una superficie completamente incandescente tras de sí.

-¡Mirad! –dijo Susan señalando el último horizonte anaranjado.

A lo lejos, entre las densas y ya tóxicas nubes, pudieron ver cómo emergían, escurridizos, unos cohetes que huían sin decir adiós.

-¿Dónde irán? –preguntó Peter.

-Probablemente haya llegado el momento de colonizar Marte –respondió Jack.

-¿Y nosotros?

Pero nadie contestó, ni siquiera el comandante que, dejando su puesto repentinamente, sin mediar palabra, comenzó a poner en marcha su maquiavélico plan.

-¡Jack! ¡Yo quiero volver a la Tierra! –exigió el astronauta.

-¡Yo también! –apoyó su compañero Steven.

Pero Jack les ignoró y continuó con su improvisado y siniestro plan, sin dejar de escucharles, alerta a cualquiera de sus movimientos.

-¡Yo me voy! ¡Estáis locos si pensáis quedaros aquí!! –concluyó Peter.

Y se dirigió, surcando la ingravidez, hacia una de las dos cápsulas Soyuz que tenían para regresar a la Tierra. Aunque fuese sólo.

Pero cuando se acercó a la última escotilla, desestimando la presencia de Jack que parecía estar absorto trabajando en algo que nadie se explicaba, éste se giró de golpe y lo agarró. Durante un duro forcejeo, el comandante logró reducirlo con cinta americana.

-¡Te arrepentirás de esto! –exclamó Peter.

-Todo el mundo a sus sacos de dormir. Tomaos unos sedantes –ordenó Jack-. He reprogramado la Estación para descender hasta los 90km de altura. Una vez ahí, entrará el nitrógeno atmosférico y con los -90ºC del exterior, nuestro sistema de ventilación será capaz de alcanzar los -198ºC para la criogenización.

-¿Vas a criogenizarnos? – preguntó Susan confusa.

-Es la única opción. Moriremos si vamos a la Tierra. Puede que aquellos cohetes vengan algún día por nosotros, pero no será pronto. Les esperaremos, pero latentes.

-¡Estás loco! –continuó Peter angustiado mientras Jack le inyectaba un sedante-. Nadie se ha despertado jamás de una … -y se desvaneció.

El resto de la tripulación no vio alternativa. Incluido Steven, que, deseoso por regresar, rencoroso, terminó sucumbiendo con la medicación.

En unos minutos, los controles y conductos que había previamente manipulado el comandante hicieron que descendiese la presión en los habitáculos, el nitrógeno penetró y la temperatura descendió hasta licuarlo. Toda la estación se había convertirlo en una gran cápsula criónica.

Una última señal S.O.S. fue enviada al espacio.


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AÑO 207 MARCIANO

Hace unos doscientos años, las veinte naves espaciales que huyeron de una Tierra malherida, lograron, no sin dificultades, alcanzar el anhelado Marte.

Con la llegada de estos ciento cuarenta astronautas a este inhóspito, frío y desalmado planeta, nacería una nueva era: el año cero marciano, y un nuevo reto: colonizar Marte.

Trabajando en equipo, pronto hicieron frente a las peores adversidades. No dudaron en lanzar sobre el planeta cuatro cabezas nucleares para calentar su atmósfera, tampoco dudaron en crear una red de satélites que generó un gran campo magnético protector, ni tampoco en modificar genéticamente las plantas, aves y peces que trajeron consigo. Sí dudaron, sin embargo, en comer esas primeras verduras que nacerían sobre suelo ferroso, y más aún, en comerse esos primeros y exóticos animales extraterrestres.

Pero todo fue bien. La atmósfera de Marte empezó a recuperarse, los polos se fundieron y las aguas escondidas entre los recovecos rocosos comenzaron a borbotear. Las plantas transgénicas se expandieron rápidamente generando una inusitada cantidad de oxígeno. Y las pequeñas aves y peces mutantes se reprodujeron, consecuentemente, con gran facilidad. Pronto los ciento cuarenta humanos se convertirían en mil.

Jamás Marte volvería a llamarse el planeta Rojo. Rebosaba de laderas aceitunadas bañadas por serenas aguas color turquesa. Ahora Marte se conocía como: el planeta Añil.

-Diez minutos para el ensamblaje con la Estación Espacial Internacional terrícola –informó la comandante Andrea023 mientras echaba un pequeño vistazo a la Tierra por la ventana.

Nunca la había visto de tan cerca. Ya desde pequeña sentía una gran fascinación por ese planeta cobrizo aún deslumbrante: el planeta prohibido. Conocía los últimos estudios militares secretos que indicaban que comenzaba a dar signos de recuperación. En un futuro lejano, sería viable, estaba convencida.

Andrea023 tampoco podía dejar de preguntarse por lo diferentes que debían ser los terrícolas. Después de doscientos años, los marcianos habían evolucionado ligeramente debido a la menor gravedad del planeta y la menor cantidad de luz que llegaba del Sol. Tenían la piel y los ojos más claros, eran algo más altos y menos corpulentos, y tenían unos pulmones más eficientes y unos sentidos más agudos.

-Comienza el acoplamiento –informó el astronauta Johanson042.

La tripulación aguardó inmóvil.

-Acoplado –concluyó 042 inmutable.

-Gracias –dijo la comandante mientras tecleaba los comandos-. Ahora va a entrar el oxígeno en la Estación. Esto aumentará la presión y la temperatura en su interior. Cuando todo el nitrógeno se haya evaporado, Estanis021, Cyntia010 y yo traeremos a los terrícolas a la cápsulas criónicas de nuestra nave. Tenemos sólo 10 minutos para colocarlos, si tardamos más, comenzará su descomposición.

Johanson042 quedó pendiente de los controles mientras sus compañeros se dirigieron a la sala de las cápsulas y comenzaron a colocarse los trajes espaciales. Cuando terminaron, 042 activó el sistema para igualar las condiciones con las de la Estación.

-Adelante –les indicó 042 cuando se alcanzó la estabilidad.

023 abrió entonces la escotilla para entrar. El vapor espeso que emergía desde la arcaica nave les impedía ver. Así que, se guiaron por los sensores de radar.

-Uno encontrado –transmitió Estanis021 mientras lo sacaba de su saco de dormir y lo conducía cuidadosamente por el aire hacia su nave.

Sin tiempo que perder, los otros cinco terrícolas fueron finalmente colocados en las cápsulas. Se extrañaron al ver que uno de ellos estaba maniatado. Pero supusieron que sería a causa de haber padecido alguna crisis de ansiedad ante el cataclismo y la inesperada hibernación.

– Johanson042, adelante con la descriogenización –ordenó la comandante que comenzó a fijarse en uno de ellos más detenidamente: Jack, ponía en su identificación.

Jamás había visto a nadie igual, fornido, con la tez ligeramente morena, algo de barba. <<¿De qué color serán sus ojos?>>, se preguntó. Ensimismada, comenzó a sentir el derretir de la escarcha del astronauta en su interior. Y se extrañó.

Cuando la presión y temperatura de la sala volvieron a ser las normales, los astronautas marcianos comenzaron a quitarse los aparatosos trajes.

-Quedan dos minutos para la descriogenización de los terrícolas –siguió informando 042.

Andrea023, atenta al contador, sentía que los segundos no avanzaban, como si quisieran balancearse en el espacio, huidizos de un futuro trastocado.

-Temperatura alcanzada en las cápsulas correcta, 36ºC –indicó 042.

La tripulación marciana observaba quieta, prudente. Nada se movía en la nave, sólo los números de los indicadores parecían atreverse a romper tanta expectación.

-¡Una señal de vida en el monitor! –informó Johanson042-, ¡dos!

Los corazones, aún gélidos, comenzaban a bombear sangre lentamente, y la piel de sus rostros se tornaba rosada por momentos.

023 miró de nuevo intrigada a Jack, podía intuir como fluía el calor por sus venas. Sabía que pronto abriría sus párpados y no quería perderse el espectáculo.

-Tres, cuatro -continuó nombrando 042 los terrícolas que revivían.

Jack, despacio, fue el primero en comenzar a despertar. Su vista estaba completamente nublada.

Andrea023 seguía observándole. Y cuando vio aquellos ojos negros opacos y aquellos labios carmín intenso que comenzaban a humedecerse, sintió que su corazón ladeaba bruscamente.

El comandante terrícola poco a poco recuperó la visión. 023 le abrió su cápsula para hacerle sentir cómodo. Se movía torpemente, la sangre aún no había bañado todas las partes de su cuerpo.

Andrea023 le acercó cuidadosamente un vaso de agua. Él la miró, aún entumecido, sorprendido de ver unos ojos tan claros, tan transparentes, una mujer tan alta, tan delgada. Y sonrió.

Paulatinamente, se despertaron los otros tres astronautas que habían dado señales de vida: Susan, Steven y Peter, que se incorporó de un fuerte sobresalto. Estaban todos muy débiles, y presentaban síntomas de deshidratación y pérdida muscular. Los otros dos terrícolas, Irina y Yuan, no deban señales de vida. De modo que los volvieron a criogenizar para ser tratados en Marte. Aunque se esperaba lo peor.

De inmediato, los supervivientes comenzaron un programa de rehabilitación intensivo con electrodos. También se les hizo un resumen de lo sucedido en los últimos 200 años. Todos hicieron numerosas preguntas sobre la Tierra, sobre la colonización marciana. Todos, excepto Jack, que estaba atento ante la reacción que pudiera tener Peter tras su controvertida criogenización.

-¿Está todo bien? – le preguntó Andrea023, al percatarse de su inquietud.

-Perfecto -respondió él-. Os estamos muy agradecidos de que hayáis venido por nosotros. Debéis entender ahora nuestra desazón entre el pesar de la pérdida y la alegría de haber sobrevivido.

-Por supuesto.

Al cabo de unos minutos, tal como había previsto Jack, Peter, testarudo, se le encaró desafiante:

-Voy a volver a la Tierra.

-La Tierra es un planeta prohibido, Peter –informó Cynthia010 ajena al conflicto-. Es insalubre aún. Marte os dará la bienvenida a todos.

Pero éste no se daba por vencido, y de un arrebato, alcanzó un destornillador.

-¡Voy a ir a la Tierra! -exigió desorientado. Y, en un intento de amedrentar a los marcianos, flotando por el aire, empujándose de pared a pared, comenzó a dar golpes y romper aparatos con la herramienta.

Jack de nuevo se abalanzó sobre él. Pero esta vez consiguió soltarse y agarró a Cynthia010 poniéndole el destornillador justo en la boca del estómago.

-Peter, relájate -le dijo Andrea023 intentando calmarle-. Estás teniendo una crisis de ansiedad.

Pero el terrícola, obstinado, levitaba con la muchacha peligrosamente.

-¿Qué día naciste? –continuó preguntándole 023 intentando desviar su atención.

De repente, los comandos de la nave indicaron que una de las naves Soyuz se había desacoplado y descendía.

-¡Steven! ¡Será desgraciado! -exclamó Jack.

-¡Y yo iré tras él! –rio Peter desencajado empuñando el destornillador aún con más fuerza.

Los marcianos sabían que uno de los efectos secundarios de la descriogenización podía ser la aparición de brotes psicóticos. Esperaban cualquier cosa. Y sacaron un arma.

-Por favor, dame el destornillador. Volveremos a la Tierra en cuanto sea posible. Te lo prometo -continuó Jack.

-¡Queda otra Soyuz! –contestó Peter mientras se percataba de que le sangraba la nariz-. Dejadme cogerla o mato a la marciana -amenazó nervioso mientras veía las pequeñas gotas granate flotar sin rumbo por el aire.

– Estás enfermo, en Marte te curarán. Suéltala y hablamos. -prosiguió Jack.

Pero entonces la visión de Peter se tornó rojiza. Su cuerpo no había superado la descriogenización: estaba sangrando por dentro. Comenzó a ver de forma intermitente. Y su cerebro dejó de controlar parte de sus sentidos.

Súbitamente, un intenso dolor se apoderó de su torso. Y, sintiéndose acorralado, en un último acto de desesperación, hundió el destornillador en la tripa de la chica y se apresuró hacia la escotilla.

Andrea023 y Estanis021, incrédulos, fueron a asistir a su compañera.

Peter entró en la Estación y avanzó por el aire empujándose con la ensangrentada herramienta. Estaba dispuesto a coger la última Soyuz y nada ni nadie se lo iba a impedir.

Pero entonces lo alcanzó Jack. Que ahora ya sin mediar palabra comenzó a forcejear con él intentando quitarle aquella arma improvisada. Sabiendo que su única opción era llevarlo a Marte.

El resto de la tripulación intentó acercarse a la pelea, en aquella ingravidez resultaba muy difícil intuir siquiera quién era quién, pues giraban ya muy rápidamente sin rumbo dando golpes de una pared a otra.

Hasta que de repente, una gran bolsa de sangre comenzó a navegar por el aire.

Ambos dejaron de forcejear, y poco a poco se fue deteniendo su rotación hasta que uno de ellos logró agarrarse a una de las paredes sin soltar al otro, moribundo.

Cuando por fin se detuvieron y lograron ver la cara del vencedor, un halo de alivio inundó el rostro de los presentes. Peter, ensangrentado, aún tenía el destornillador clavado en la yugular.

Jack no dijo nada. Sencillamente dirigió a su compañero a su cápsula de criogenización con la débil esperanza de que en Marte algo pudieran hacer por él.

-Tenemos que regresar ya -comunicó Joanson042.

Pero Jack no estaba tan convencido. Steven había ido a la Tierra y no se sentía capaz de abandonarlo ahí. Él era el comandante de su tripulación. Ya había perdido a bastantes miembros. Tenía que ir por él, aunque fuese tan solo a por sus restos.

-Voy a por Steven -le dijo consecuente a Andrea023.

-Tenemos órdenes de llevaros a Marte -le contestó ella firmemente-. Steven debe haber muerto ya.

-No indican eso los detectores, y lo sabes. Y también sabes que en 200 años es posible que haya comenzado a recuperarse la Tierra ligeramente.

023 sabía que no estaba equivocado. Incluso, ella misma sentía el impulso de bajar a aquel inescrutable planeta cetrino, por ver si había sobrevivido alguna especie, su evolución. Y más aún, deseaba desvelar el extraño enigma que encerraban aquellos oscuros ojos que ahora la miraban.

-Si descendemos a la Tierra, no volverá una nave por nosotros hasta dentro de dos años. Si es que sobrevivimos –le dijo 023.

-¿Piensas venir? -se sorprendió Jack. Pero al ver su decidida mirada supo que  aquella insólita mujer no dudaba jamás.

Con la Soyuz cargada con el máximo de provisiones posibles, Andrea023 y Jack se despidieron de sus compañeros que, preocupados, eran conscientes de que seguramente jamás los volverían a ver.

Se alejó la última Soyuz hacia la Tierra polvorienta de suelo desencajado. Y, en dirección contraria, se marchó imperturbable la nave marciana hacia su planeta.

Andrea023 miraba diligente su nuevo y turbulento destino, recordando el planeta que dejaba atrás de verdes valles y aplomados lagos color cobalto.  Dudando por primera vez en su vida: <<¿podría también trastornarse su nuevo compañero?>>. Y los segundos le parecieron atascarse en el vacío.

Foto: Imagen de NASA-Imagery en Pixabay

Mónica Pallardó

Profesora de Física y Química del IES Salvador Gadea de Aldaia, Valencia.

Coordinadora didáctica del “Aula del Cel” del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia.

Autora del cuento: “Buscando vida por el Sistema Solar”, Editorial Samaruc. Y del cuento “Galielo Galilei y su telescopio Telelei”, Editorial Pasionporloslibros.

También ha trabajado en la empresa de Ingeniería Informática NEXO, Valencia; en SPLScientific, Newbury, Inglaterra; y como responsable de la Cooperación Internacional en la ONGD CERAI, Valencia.


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