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Vie. Nov 22nd, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Primera necesidad

Carlos Federici nos comparte su cuento «Primera necesidad». Un cuento que fue catalogado por Domingo Santos como «pequeña maravilla»

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Por Carlos Federici

Cuando entró el Flaco, yo había llegado ya al límite de mi resistencia y estaba pen­sando en tomar medidas drásticas. Incluso tenía en la mano la tenaza de mecánico que me había prestado Willogh, y estaba sopesando los pros y los contras. Ignoro lo que hubiera ocurrido entonces; pero, afortunadamente, fue en ese preciso mo­mento que el Flaco llegó con noticias.
Casi me abalancé sobre él.
—¿Y?
Sonrió, confortador.
—Hecho, patrón —dijo—. Ya está locali­zado el A. P. N. Puede estar tranquilo.
Lo invité a sentarse en un cajón y me ubiqué frente a él.
—¿Son muchos? —le pregunté.
—Bueno… —repuso, tras meditarlo unos instantes—. Son bastantes, pero tienen tres tullidos y un ciego. Creo que podremos arreglárnoslas, sobre todo si les caemos de sorpresa. Se ve a la legua que son novatos; no conocen esto.
—Podremos —afirmé. Teníamos que po­der, me dije—. Y una cosa, Flaco: ¿qué hay del A. P. N.? ¿Es hombre o mujer?
Se rascó un sobaco bajo la piel de perro que lo cubría y luego contestó:
—Eso no se lo puedo decir. La informa­ción me la pasó Sammy, y no me habló nada de ese asunto.
—Pues espero que sea hombre —dije—. Si no, la cosa se va a complicar el doble… Bueno, llama a los otros, Flaco —ordené.


En un minuto estuvo reunido todo el ele­mento masculino del grupo. Se ubica­ron como pudieron entre los escombros y me miraron como el perro al amo. Ya sabían de qué se trataba, y había tres o cuatro que estaban tan desesperados como yo mismo. Mejor, pensé; de ese modo, van a pelear con todo.
—Bueno, chicos —comencé—, el A. P. N. ha sido localizado. El Flaco, aquí presen­te, les va a dar toda la información. Adelante, Flaco.
Avanzó él un tanto aparatosamente —no puede olvidarse de sus buenos tiempos de orador gremialista, supongo—, y se apoyó sobre el garrote, asumiendo una actitud que le debió haber parecido sumamente digna, y que en verdad tenía algo de eso; pero hubie­se resultado mejor si la cabeza pelada y las cicatrices no hubiesen atenta­do contra el efecto general.
—Son unos treinta, según me transmitió Sammy —manifestó—. Están en el Metro­politan Museum. Bastante protegidos, cla­ro; hay escombros obstruyendo casi todas las avenidas que los rodean… ¡Pero nosotros iremos abriendo un camino —levantó un índice audaz y declamante—, con nuestro esfuerzo común y nuestro espíritu de gru­po, y —todos juntos— sabremos llegar al pináculo de…!
—Basta, Flaco —le interrumpí—. No es­tamos en una asamblea. Haríamos mejor en empezar a preparar el ataque.
Y nos pusimos manos a la obra. Somos un grupo ducho en esas lides, aunque como jefe me comprendan las generales de la ley, y en contados minutos teníamos esbozado un plan de ataque.
—No esperaremos a la noche —indiqué—. Eso es lo que hace todo el mundo, y ya no hay forma de sorprender a nadie de tal modo. Nosotros les caeremos encima en ple­no mediodía —ignoré el murmullo que se levantó de inmediato y proseguí—: Cuando el calor apriete bien, la mayoría estará sesteando, y los centinelas no espe­rarán nada más peligroso que la picadura de un mosquito. Será el momento justo para darles con todo.
—Un minuto—objetó “Doc”, mirándome desde atrás de los aros sin cristales que se ha empeñado en conservar sobre los ojos, contra viento y marea, si bien no ha­cen juego con el tapado de visón que usa sobre sus destrozados paños menores—. Si vamos tan a la descubierta nos verán en seguida y les será fácil emboscarnos. ¡Es­tás loco, Matt! ¡Tenemos que ir de noche, como es lo más lógico!…
—Cállate, “Doc”… No demuestres tu inte­ligencia atrofiada de esa manera. ¿Quién habló de ir a la descubierta? ¡Nos iremos ocultando tras las ruinas, idiota! Los ro­deamos, después uno o dos se hacen ver y, cuando ellos intenten apresarlos, los de­más les caemos desde todos lados. ¡Es el mejor modo, te digo!
—¡Matt tiene razón! —gritó Bull. Bull me apoya eternamente. Fue semipesado, co­mo yo, y unos buenos puños son las únicas credenciales que reconoce. Cuando me hice jefe, entre él y yo acabamos con la poca oposición que se nos presentó…, y ahora lo veía dispuesto a emplear análogos mé­todos contra los que no se mostrasen de acuerdo. Pero no era el momento. Necesi­tábamos a todos en perfecta forma. Se lo hice entender a Bull y procedí a emplear el raciocinio.
—Todas las defensas se preparan tenien­do en vista ataques nocturnos —expliqué pacientemente—; una arremetida en pleno día los dejará pasmados.
—¿Cómo sabes que habrá donde escon­derse? —volvió a entremeterse “Doc” a des­tiempo.
—No te preocupes. El Flaco y yo explo­ramos las inmediaciones del Central Park hace unos días…, con Durkey. Hay monta­ñas de escombros por todos lados. Árboles caídos, follaje…, ¡de todo! En cuanto al Me­tropolitan, tiene un boquete grande como un elefante en la pared de atrás. Por ahí nos podríamos colar, si fuera preciso…, ¿no es cierto, Flaco? ¡Si los agarramos en el salón principal, están fritos!


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Hubo algunos testarudos todavía, pero fi­nalmente los pudimos convencer. Entonces pasamos a preparar en forma el armamen­to. Pulimos los garrotes y les colocamos nuevas tiras de cinta adhesiva en las puntas; nos calzamos lo mejor posi­ble —yo tenía unas botas de charol que había desenterrado de las ruinas de una tienda, Macy’s, creo —y quien podía se protegió la cabeza. A mí me hubiese gustado resguar­dár­mela, espe­cialmente la mitad calva, pero había per­dido el casco de bombero días atrás, al in­tentar cruzar el Puente de Brooklyn col­gado de los cables menos destrozados. Or­denamos además a las mujeres ponerse a preparar agua caliente y trapos, porque ha­bía que estar prontos para curar a quienes lo necesitasen… No esperábamos salir intac­tos, claro.
Yo me reservé a dos de ellas para otro trabajo. Se me había ocurrido algo que daría el toque maestro a nuestro plan de combate. Por último, quedaba lo más importante: había que revisar a con­ciencia a cada uno de los del grupo, por si alguno tenía armas encima. Sin ir más lejos, un mes antes se había colado un pu­ñal en una pelea y había resultado un tipo muerto. Esas son cosas que es preciso evi­tar a toda costa. Quedamos muy pocos en Manhattan, como para darnos el lujo de liquidarnos así.
Liarse a garrotazos está bien; es la ley de los grupos y, por desgra­cia, la única mane­ra de entenderse. ¡Pero nada de tiros ni cuchilladas! Al que rompe esa ley cardinal, se le condena al ostracis­mo riguroso. Es el peor castigo. Un hombre solo no dura mucho en estos días. Si no muere de hambre lo terminan los perros salvajes o las ratas, o lo aplasta algún de­rrumbe atrasado… Es una ley muy dura; pero no cabe duda de que es la única forma de evitar la suciedad en las luchas de grupos.
Por fin estuvimos listos para marchar. ¡Una gallarda tropa!…, me dije amargamente, pensando en Irán y mirando las fachas de mis hombres, adornados con cicatrices y moretones, y engalanados como para un Carnaval. Pero sabían dar fuerte, y eso era lo principal.


Nos pusimos en marcha, avan­zando agachados por detrás de las colinas de ladrillo, argamasa, cemento y vigas re­torcidas que alguna vez —¿cuánto hacía ya de eso?— habían recibido el elegante nom­bre de Rockefeller Center.
Imposible avanzar por la Quinta Avenida. Ni con una grúa nos hubiésemos abierto paso. Madison, por el contrario, estaba de­masiado llana. No nos convenía tampoco. Siempre hay algún vigía rodando por ahí. Tomamos la de las Américas, cortando por callejones laterales cada vez que los obs­táculos se hacían demasiado grandes como para superarlos. A la altura de la calle Cin­cuenta y Siete, nos frenó el agujero más grande que había visto hasta entonces.
—¡Alto! —ordené, levantando una mano—. Una “mastodontera”.
Así le llamamos a los hoyos de bomba. El nombre clásico de “zorreras” resultaría inadecuado…: ¿quién ha oído hablar jamás de zorros de noventa y ocho metros?
La “mastodontera” estaba inundada. Podríamos haberla cruzado sobre los tablones que flotaban dentro de la lodosa agua, pero aquello era ponerse demasiado en eviden­cia. Preferí dar un rodeo por detrás de los escombros hasta Columbus. Esto nos alejó bastante, pero era mejor ser prudentes.
Entramos al parque por la Sesenta y Seis. A golpe de garrote nos fuimos abriendo ca­mino a través de la verdadera selva que era todo aquello. Ya era casi mediodía y el calor empezaba a hacerse sentir. La trans­piración nos pegaba las pieles al cuerpo.
Un aroma no muy floral comenzó a in­vadir nuestras inmediaciones.
—¡Maldita sea! —gruñó Curls, rascándose el protuberante abdomen peludo—. Nos van a descubrir por el olor… ¡Tendríamos que bañarnos una vez al año, por lo menos!
Algunos se rieron. Yo no pude. Me aca­ricié la mejilla.
—Tenemos que arrebatarles al A. P. N. —y mis dedos aferraron el garrote.
—¡Cállense, animales! —masculló Bull, colérico—. ¡Nos van a oír!…


Atravesamos lo que había sido el zooló­gico, ahora un bosque de barrotes hechos pasta dentífrica, y cuerpos de bestias en descomposición. Dos gatos, que banquetea­ban sobre los restos de un inidentificable cuadrúpedo, salieron dispara­dos, todos hue­sos, erizada piel y amarillos ojos enloque­cidos. No pude evitar estreme­cer­me ante la vista pesadillesca de los felinos… Me pregunté qué aspecto tendría yo mismo, con barba de seis semanas —de un solo lado de la cara—, una mejilla hinchada y media cabeza lisa como un flan; para col­mo, iba con unos pantalones de mujer y empuñaba un garrote.
Salimos del Zoo y nos fuimos escurrien­do por debajo de un gigantesco tronco. La suerte parecía sonreímos: las ramas y las hojas formaban un verdadero telón delante de nosotros. Podríamos acercarnos bastante sin ser vistos.
Por fin avistamos la aguja del Obelisco de Cleopatra. Irónicamente, se mantenía en pie, en tanto que el Empire, El Chrisley y la Catedral de San Patricio, siglos más jóve­nes, mordían el asfalto… Al lado del obe­lisco, el viejo Metropolitan Museum exhibía sus heridas, sangrantes de mampostería.
—Bueno —anuncié—. Es el turno de los voluntarios.
Hubo un silencio. Todos parecían intere­sados en mirar a otra parte.
Bull ofreció:
—¡Yo te convenzo a unos cuantos, Matt! —y cerró los enormes puños; pero yo sacu­dí la cabeza.
—Contigo y conmigo bastará, Bull. Los demás, quedan a las órdenes del Flaco. Ro­deen el sitio, y cuando vean que yo señalo hacia el obelisco, ataquen.
Alguno protestó todavía, pero al fin que­dó convenido.
Bull y yo cargamos con unos cueros de vaca rellenos de papeles —este era el tra­bajo que había encomendado antes a las mujeres—, y caminamos sin vacilar hacia el ruinoso museo.
No pasó mucho tiempo sin que nos gri­taran que nos detuviéramos.


-¡Queremos unirnos a su grupo! —voci­feré—. ¡Traemos comida!
Abracadabra. Los cueros de vaca rellenos parecían, de lejos, un animal muerto, y los individuos estaban tan hambrientos que ni desconfiaron, Vacilaron un poco, pero al cabo fueron emergiendo uno por uno de la madriguera. Nos rodearon, relamiéndose por anticipado.
—¿De dónde vienen? —preguntó un gi­gante de espesa barba rubia, que sin duda era el jefe. Llevaba un cuello alto y unos estrafalarios shorts de Bermuda.
—Del campo —repuse.
—¿Cómo no les vimos acercarse?
—Es que vinimos atravesando el parque. Por aquel lado —dije, y señalé hacia el obe­lisco.
La mía era una tropa disciplinada. En pocos segundos estuvieron sobre nosotros. La sorpresa fue total. El ruido de los crá­neos sacudidos era una gloria. Entre el maremág­num de los garrotazos, busqué con los ojos al A. P. N. No me costó ubicarlo. Era hom­bre, por fortuna. Su actitud era la acostumbrada. Miraba la lucha con aire un poco ausente, como si solo en forma indirecta le concerniese. Había algo de dilettante en su porte, algo de espectador de un partido de rugby. El condenado sabía que, cualquiera que fuese el resultado, él seguiría pasándosela bien. No le importaba gran cosa qué grupo lo adoptase. Se notaba incluso que estaba habituado a pasar con frecuencia de mano en mano. Acodado en una de las ventanas, sus ojuelos astutos nos observaban condescendientes.
Por fin el rubio alzó la mano.
—Es… tá bien… —jadeó, restañándose la sangre que le fluía de la aplastada nariz, otrora prominente—. Ganaron ustedes… ¿Qué… cuernos… quieren?
—La sacan barata —contesté—. Nos que­damos con el A. P. N. Pueden llevarse todo lo demás.


Hubo un mirar de súplica en sus ojos grises; pero no me ablandó. Primero está el grupo de uno, y además… Con un tem­blor, recordé las tenazas de mecánico.
Se fueron. El individuo de la ventana, comprendiendo, descendió lentamente a nuestro encuentro. Era bajito y calvo, y había en sus maneras un insultante aire de supe­rio­ridad. Vestía un traje bastante discreto, si bien lucía un remiendo de color bermellón precisamente en el trasero. Bajo el brazo, noté con tremendo alivio, un por­tafolio negro.
—Me gusta el pescado —dijo a bocajarro.
—Está bien —repliqué.
—Y dormir en colchón blando, si no tienen inconveniente.
—Está bien…, lo tendrá.
—Habrá un buen techo, claro —insinuó.
—Y fuego, y mujeres, y todo lo que quie­ra —aseguré.
Se pasó la lengua por los finos labios.
—Mujeres… ¿con pelo?
—Nos quedan nueve. Dos rubias… —y me mordí la lengua pensando en Lydia.
—Perfectamente. Me quedo con ustedes.
En un instante lo rodearon, pero yo me abrí paso a empujón limpio,
—¡Atrás, marranos! —grité.
Arrastré al hombrecito por un brazo, ig­norando el gutural coro de protestas que provoqué. Penetré con el Artículo de Pri­mera Necesidad en el museo y me desplo­mé en el primer asiento que encontré.
Lo miré anhelante.
—¡Yo primero, doctor! —pedí—. ¡Esta maldita muela me está matando!
Y abrí la boca tan grande como pude.

Nota del autor

Con este relato, aparecido en el Nº 3 de la hoy mítica revista “Nueva Dimensión” (mayo de 1968), hice mi debut en la narrativa de ciencia ficción internacional, siendo esta la primera vez que un texto de CF de autor uruguayo se publicaba en una revista europea. El cuento fue sorprendentemente bien recibido (uno de mis orgullos es que Domingo Santos lo calificara, años más tarde, de “pequeña maravilla”) y con el correr del tiempo conoció diversas reediciones y se lo tradujo a muchos idiomas, comenzando por el francés y pasando luego por todas las lenguas romances y anglosajonas, e inclu­yendo alguna más “exótica”, como finlandés y japonés. También se publicó en la Revista Próxima. Ahora lo presento a los lectores de “Teoría Ómicron”, solo con algún leve ajuste y mínima actualización, esperando que algún nuevo lector lo encuentre también estimulante, lo cual constituye uno de los mayores galardones para cualquier autor, especialmente de ciencia ficción.

Foto: Imagen de A. H. en Pixabay

Carlos Federici

Montevideo, Uruguay, 1941.
Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revis­tas nacio­nales, americanas y europeas, desde la legendaria “Nueva Dimensión” hasta las más recientes “Próxima” y “Planetas Prohibidos”. Traducido a varias len­guas. Participé en antolo­gías internaciona­les, entre ellas “Lo Mejor de la Cien­cia Ficción Latinoamericana”, “The Penguin World Omnibus of Science Fic­tion”, “Tales from the Planet Earth” y “El Futuro es Ahora”. Tengo 12 libros publicados. También incursioné en la Historieta, como dibu­jan­te y guionista. Se me otorgaron diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.


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