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dom. Sep 22nd, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: El fin del mundo y un inesperado lugar de maravillas.

Diana Ponce nos mande su relato «El fin del mundo y un inesperado lugar de maravillas». Este relato es un homenaje a Ray Bradbury.

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Por Diana Ponce

El cambio climático había finalmente provocado la devastación del planeta. Tsunamis, terremotos, maremotos, inundaciones, fueron aumentando en frecuencia e intensidad llevando a que los gobiernos, en un acuerdo antes nunca visto, intensificaran las campañas espaciales en busca de un planeta habitable en el que la humanidad pudiera refugiarse. Tierra Prometida fue el resultado de una búsqueda que llevó un siglo. En ese tiempo se fabricaron naves espaciales para transportar a los humanos que sobrevivieran a la catástrofe. Y la emigración comenzó.

Hubo un pueblo que, milagrosamente, se mantuvo ajeno al cataclismo. Sus habitantes, ignorantes de lo que ocurría afuera, seguían contemplando las estrellas sentados en el porche de las casas. Jack y sus amigos frecuentaban a diario el negocio de sodas del pueblo en un interminable tiempo de vacaciones. Mentas verde esmeralda, chispas de chocolate, espumas de frutilla y delicada vainilla hacían las delicias de niños y mayores.

Las jóvenes lucían vestidos veraniegos y los caballeros les sonreían saludando con sus sombreros de fieltro. En algunas casas, las clepsidras cantaban al son de los amantes.

La abuela de Jack curaba el tonel que recibiría las uvas con las que planeaba fabricar el primer vino del estío. Las manzanas se doraban al sol esperando el momento de la cosecha. La música del tiovivo resonaba en una esquina y los chicos se disputaban la sortija mientras los corceles que cabalgaban no cesaban de subir y bajar. Un aroma a frutas y caramelo perfumaba el aire.

En su laboratorio, el Inventor sonreía, mientras recorría los estantes repletos de libros. Estudioso obsesivo, lector compulsivo, investigador de mundos paralelos, campos de fuerza, robótica, física cuántica y astronomía. Se detuvo para acariciar el lomo de uno de los tantos Einstein que poseía. Más allá la colección completa de Asimov. Sturgeon y sus cristales soñadores junto a La Guerra de los mundos.” 2001, Odisea en el espacio” le trajo cálidos recuerdos. Se estaba despidiendo de ellos, era necesario seguir las huellas de Fahrenheit 451. Letra por letra, palabra por palabra, estarían por siempre en su memoria, pero nadie en el pueblo debía tener acceso a ellos.


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Ese pueblo que con tanto detalle había creado, permanecería por siempre flotando en el espacio virtual, esa realidad paralela en la que no existían tsunamis ni terremotos, en donde nunca nadie envejecía y las historias se repetían en un tiempo circular.

Jack Spaulding se había trepado al árbol con un libro en sus manos, dispuesto a disfrutar de una hora de lectura a horcajadas de la rama más alta. Crónicas Marcianas, su favorito. Al elevar la vista, algo llamó su atención. El cielo había adquirido un tono rojizo, como si algo se estuviera incendiando. El libro entre sus manos comenzó a esfumarse siendo reemplazado por una nube de hollín que se elevó en el aire. Era el único libro que quedaba en el pueblo, uno por uno habían ido desapareciendo sin que nadie alcanzara a explicar cómo ocurrió. Asustado, bajó del árbol y salió corriendo en busca de su abuelo, el que todo lo sabía.

El Inventor lo vio llegar y sonrió con picardía. Sabía que en el trayecto todo recuerdo de la existencia del libro se borraría de su memoria. Lo sabía porque él era también el programador.

Sobre la mesa, la jarra rebosante de jugo de frutas y la fuente llena de pasteles horneados por la abuela estaban listos. Satisfecho, salió a recibir al nieto. El, entre todos, había logrado proteger lo que más quería: su familia, los amigos, el pueblo en el que creció y vivió.

El último de los terrícolas observó desde su cúpula cómo partían las naves. Nunca abandonaría el planeta. Rodeado de sus creaciones permanecería hasta que el último sueño se lo llevara a él también.

Foto: Imagen de Pete Linforth en Pixabay

Diana Ponce

Nazco en Buenos Aires, Argentina. Soy psicóloga, radicada en Rada Tilly, Chubut, Argentina, pero porteña por nacimiento y amor a mi ciudad de origen.
Atiendo pacientes en mi consultorio, soy viuda, tengo una hija y tres nietos.
Escribo por placer desde niña, cuentos y poesías. También artículos de mi profesión en un diario local, el Crónica de Comodoro Rivadavia, en el suplemento de salud “Consultorio Abierto”, que yo creé hace alrededor de 40 años.
Leo de todo pero la ciencia ficción es uno de mis tópicos favoritos, herencia de mi padre, fanático del rubro.
Solo he publicado cuentos y poesías por internet, nada impreso.


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