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Mar. Nov 19th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: El día que se partió el cielo.

Hernan Gaibor nos comparte su relato «El día que se partió el cielo».

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Por Hernán Gaibor

Frente a un fogón de esos ya no se ve en estos días; tomaba una taza de café mientras escuchaba una historia que sucedió en un barrio al suroeste de Quito allá a mediados del siglo pasado en tiempos que para ir al centro de la ciudad se hacía un día de viaje a pie o lomo de mula. Este barrio hoy llamado la Libertad de Chillogallo en ese entonces era un pequeño poblado donde todos se conocían, sus moradores en su mayoría: campesinos que poco conocían los adelantos del mundo, primaba en ellos la ingenuidad y el temor a Dios. 

Sentado con las manos en la cara, al frente, una imagen de más de un metro de la Virgen del Tránsito, al costado el altar, una mesa donde celebrar la misa y un púlpito, atrás bancas vacías, dos ventanas entre abiertas dejaban pasar los últimos rayos de sol, al fondo la puerta se balanceaba golpeándose entre sí por el viento de verano.

“Hágase tu voluntad aquí en el cielo y en la tierra” rezaba cuando fue interrumpido por unos pasos. Y ahora seguro que es una de las beatas que viene a contarme los mismos pecados, si ya me lo sé de memoria, dijo en voz baja, retirando las manos de la cara  sin dejar de sostener su gastado rosario, con la mirada en la Virgen, –Señora mía como voy a seguir rezando, – son siete rosarios diarios los que te prometí a cambio de un milagro, un solo milagro… -¡Padre me puede…! Había pronunciado la mujer que se acercaba lentamente. –¡Hija estás perdonada, tu fe, te hace salva! Puedes ir en paz, dijo interrumpiéndole sin siquiera regresar a ver, además la tarde empezaba a caer,  así no terminaría sus oraciones a pesar de la importancia  para que se cumpliera el milagro… ¡Padre sólo quería…! Te escucho, dijo – aunque mejor no me cuentes tus problemas que con los míos tengo suficiente… – Acaso no miras la iglesia está vacía, ya no acuden los feligreses, buscan pretextos, son ocupados o se han ido… al mar, a conocer dijeron, no les importa dos o tres días de viaje, pero allá van, a conocer el mar… deberían venir a misa conocer a Dios, prepararse para un viaje más importante… ¡Conocer el cielo! Si el cielo, no tienen reparo en gastarse el dinero en un largo viaje…al mar y las limosnas, los diezmos.  ¡Qué!… El silencio volvió a aquella pequeña iglesia enclavada a un costado muy cerca de una loma llena de sembríos.


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Aquella tarde el viento cruzaba la plaza levantando el polvo, las casas de adobe y teja hoy lucían vacías todos fueron a la fiesta y así  los vecinos una vez más arreglaban partidos de vóley, los graderíos improvisados de troncos estaban llenos, parecía que se habían puesto de acuerdo aquel día, todo el barrio se reunía con los priostes para festejar a la Virgencita y a la buena cosecha, los más pequeños participaban en: carreras de ensacados y palos encebados,…reinaba la alegría, las mujeres se aprestaban a repartir suculentos platos de toda clase de potajes preparados para la ocasión.

Frente a ellos en el portal de la pequeña iglesia el Señor Cura había dejado de rezar para  mirarles  uno por uno, parecía que los contaba, y así pensaba en la penitencia que les iba a imponer y los que no estaban era claro, se había ido a conocer el mar, para ellos el castigo será mayor…para eso sí tenían dinero. ¡Paseos, fiestas, tragos, hasta juegos pirotécnicos y con vaca loca incluida! -repetía y… enojado entró y volvió a salir una y otra vez, necesitaba con urgencia hacerles entender que tienen que escuchar misa, conocer al Señor, ser generosos con las limosnas…de seguir así este será un barrio de ateos, comunistas o peor aún de otras religiones que disque hay por otros lados, sintiendo escalofríos solo de pensar se apresuró a santiguarse, un escalofrió recorrió su cuerpo necesitaba volver a rezar, solo que en esta ocasión  siete veces siete rosarios o quizás más, era urgente un milagro ,tenía que ser visto y sentido por todos, un milagro que haga estremecer la conciencia de los feligreses, ancianos, jóvenes y niños en fin de todo el vecindario… ¡Un milagro!

Había pasado las horas eran casi la media noche, el Cura cansado del bullicio que no le dejaba rezar salió con campana en mano resuelto a que le escuchen…Erguido frente a los enfiestados vecinos  empezó callando la banda de pueblo, había logrado llamar la atención,- Impíos hasta cuándo van a estar olvidándose de Dios, recuerden el juicio final está cerca…va a llegar el día que el cielo mismo les dará señales…el día del juicio va a llegar, sentenció.

Uno a uno apurados partieron a sus casas, los músicos fueron los últimos en abandonar la cancha, la fogata terminaba de consumirse, las palabras del Sacerdote hicieron efecto no quedo nadie, ni siquiera los perros, o quizás fueron los que mejor entendieron el mensaje por eso fueron los primeros en abandonar el lugar.

A las  pocas horas un nuevo día había llegado, era domingo el sol brillaba en lo alto el cielo que se mostraba azul, propio de la estación veraniega el viento un poco más suave revolvía el polvo y los desperdicios de la noche anterior, las campanas de la iglesia sonaron una y otra vez y aun así  solo asistían a misa  las pocas beatas, los demás estaban reunidos en la plaza comentando las locuras dichas por el Cura: unos aludían la edad, otros sabían que no pasa nada, alguien dijo no creer, y así opiniones, comentarios y chismes circulaban, poco a poco fue transformándose  en burlas  y….

De pronto un ruido nunca antes escuchado venía desde lo alto. Todos miraron como una cruz brillante recorría el cielo partiéndole en dos, una gran nube blanca era marcada por la cruz brillante a su paso, el sonido sin duda era de las trompetas de los ángeles que venían a pedir cuentas y juzgar, el fin del mundo había llegado.

Cayeron de rodillas el Padrecito tenía que ver lo que estaba pasando…el día del juicio ha llegado, todo el pueblo de rodillas rezaba, no hubo quien pudiera sostener las lágrimas: unas, de arrepentimiento, otras de temor el cielo estaba partiéndose y los ángeles lo anunciaban… el Cura mismo no salía del asombro y posiblemente fue el más asustado…la señal divina se manifestaba a sus ojos, y al frente suyo todo el pueblo rezando, de pronto con empujones todos querían entrar a la iglesia, no faltaron quienes pedían que les confiese ,otros pedían a gritos el perdón, piedad dijeron… Las promesas de asistir a misa, ser buenos cristianos y dar limosna se escuchó por doquier,…

El milagro estaba cumplido…el Sacerdote nuevamente inclinado frente a la Virgen del Tránsito.

 Y poco tiempo después se supo que la cruz gigantesca que partió el cielo dejando una nube blanca acompañado de un sonido estremecedor era el primer avión a propulsión a chorro que cruzaba el cielo de Quito y por lo tanto igualmente en este barrio.

Foto: Imagen de Albert Dezetter en Pixabay

Hernan Gaibor Maldonado 

Quito, Ecuador. Licenciatura Diseño Teatral U. Central del Ecuador. Diplomado Superior Artes Escénica U.Central del Ecuador. Obras novela «Sin Salida»  Casa Cultura Núcleo Pichincha 2018. Teatro Infantil » El Árbol Perfecto»  Consejo Provincial de Pichincha 2019. Cuento «El Río y el Hada» finalista Fundación Machankara  2018. Autor varias obras ineditas. Fundador Corporación Profesional de Artes Escénicas 2016. Ayudante Produccion película Angelica 2018. Director de grupos de teatro comunitarios.


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