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Mar. Nov 19th, 2019

Por Diego Matías

Aprietas el volante con nudillos blancos apenas pestañeando. Demasiado drogado como para sentir la realidad, dejas que tu cordura sea guiada por la línea intermitente de la carretera y el zumbido del drone: un siseo irregular que te recuerda a los zancudos de tu infancia cuando, ya entregándote a un sueño caluroso, los dejabas revolotear cerca hasta sentir que un golpe certero silenciará al ruidoso insecto. Si sacaras la cabeza por la ventanilla de tu convertible verías dos luces rojas apenas intermitentes suspendidas en algún punto sobre el auto. Sentado atrás, oyes una respiración enferma en la garganta del enorme y sudoroso médium que cada tanto escupe por la ventana. La flema se pierde en la noche.

         —¡Juro que estoy por lograrlo! —te gime la voz de perro.

         Está que vomita. Reprimiendo una mueca vuelves a tu cuerpo y buscas información en el rostro de tu copiloto. Tranquilo. Ni siquiera vas rápido. El zumbido te sigue.

         —V-v-vaaaa le-eeento por-porque tiene que ha-a-cerlo a-a-a la altit-t-tud que l-l-lo trrrrajiste —te habla mostrando las encías.

         —Mejor por si choca contra el cerro —habla el gordo y te suena confiado.

         Es perfectamente creíble que parte del enjambre descienda tanto durante una migración pero seguro que si sólo uno de ellos toca el suelo de inmediato desaparece el resto. Imagina cómo la nariz de la nave se hunde en una loma desértica o los antiguos sensores no alcanzan a ver uno de los miles de suculentos brazos cactáceos. La explosión te bañaría en fragmentos de litio caliente.


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¿Recuerdas los drones que fabricaba Industrias Pesadas Canvas? Tremendos pájaros semi-inteligentes. Algunos más grandes que otros. Te ayudaban a mudarte al otro lado del globo, flete suborbital o directamente como microbodegaje. Conociste a alguien que tuvo una oficina móvil. Se les dio mucho uso ilegal en su mejor momento, hasta que arrancaron. Aprendieron a recargar sus baterías con la estática generada en el aire que rodea a una bandada. Se agrupan apretadamente y vuelan en círculos, hacia arriba y hacia abajo. Casi como una murmuración. Se piensa que ese efecto dínamo dañó el programa de control. Ahora vuelan libres y sus entrañas guardan tesoros.

         —Yo me llevo la mitad y el resto te lo repartes con mi compadre —te dice el gordo hace unos días del otro lado de tres tazas rodeadas de vapor sobre una mesa metálica.

         Piensas que son tonterías.

         —No hay tesoros en el desierto amazónico —dices a gusto en el café, que ya no vende café, sino variedades de té.

         Del centro de mesa salen mangueras de cuya terminación autoclavable chupas vapor que exhalas portentosamente. La gente alrededor se mueve sumida en un mundo de sucedáneos y te preguntas qué haces tramando tratos con el gordo y el flaco.

         —N-no hay t-teso-oros… ¡en!… el desierto… están s-so-sobre el d-desier-to —te habla el enjuto mientras mueve una mano primero apuntando hacia la mesa y luego la hace planear como si fuera un avión.

         No sabes si te irrita o te hace gracia, pero reconoces un aire de cultura que crees extinto en las personas.

         —Vamos a bajar un drone de Canvas hasta abrirle la panza. Sea un modelo de tamaño económico o premium, llevan carga que seguro fue valiosa para alguien —te dice el gordo. Su entusiasmo molesta, parece artificial.

         —Y necesitas un auto antiguo, uno a bencina, porque los drones no se acercarán a un auto eléctrico… —hablas cansado, como si fuera una reunión que podría haber sido un correo electrónico.

         Miras las manos del gordo que las acaba de poner sobre la mesa, ¿le da vergüenza estar hablándote?

         —Tenemos la bencina —te dice el tartamudo de corrido, sin inflexión, pasando desapercibido.

         —No es sucedánea —concluye.

         Ocurre un minuto en el que dejamos que el vapor se disipe al ritmo de las personas circulando junto a nosotros.

         —Yo tengo el auto, ¿por qué no me llevo yo la mitad?

         En verdad quieres reírte de ellos pero el gordo se adelanta y su carcajada es prístina, de una cualidad tan extrahumana que casi volteas la mesa con tu sobresalto. De pronto estás despierto, sorprendido, mirando dentro de los ojos del gordo cuya risa es un eco en el fondo de tu cabeza. Esto ha sido ensayado.

         —Si te quieres llevar un tercio vas a tener que manejar tu propio cacharro —habla arrastrando las erres.

         Te queda clarísimo y beben té. Tu taza se transforma en volante.

Ahora, de noche y lejos de otras personas, el gordo carraspea sin parar pero en tu cabeza aún escuchas al médium explicando que el truco es mantener la concentración hasta encontrar el pulso de la máquina. Como cuando a uno le viene una idea molesta e insistente o se pone paranoico. A eso le llama sintonizar. Mediante un empeño vocal se puede interrumpir este patrón. Ejercitando esta escucha se aprende a hablar la primitiva lengua de los drones.

Haces el intento pero no puedes sentir nada más que el agudo zumbido del avión sobre el motor del auto surcando la carretera sobre el desierto. Atrás escuchas cómo sostiene la respiración y luego la suelta de a poco contra la garganta para “hablar” y alterar la corriente de pensamiento del computador a bordo. Parece imposible, pero esta maniobra había variado la altitud de uno de los miles de drones escondidos en esa zona. Escuchas al gordo volver a tomar aire y se te ocurre que en ese intervalo la máquina vuelve a tener una leve idea de autonomía. Pero el zumbido está cada vez más cerca y fuerte, ¿se dará cuenta del secuestro?

         —Aa-cérca-l-lo… —dice el copiloto mientras acciona el interruptor para destechar el convertible.

         Del bolsillo de la chaqueta se saca una linterna prendida. Aire fresco te vuela el sombrero.

Las luces del drone se balancean a unos cincuenta metros de tu auto hacia la derecha del camino. Disminuyen su velocidad y flotan de súbito hacia ti. Hay indecisión en el zumbar de la nave y temes que se estrelle. El copiloto ajusta la linterna a medida que busca el avión.

         —E-es un ej-j-jem-plar bast-tante peque-ño. ¡De-detén el auto! —te grita poniéndose de pie en el asiento.

         Te sientes tiritar pero logras frenar suave y parar manteniendo las luces del drone sobre ti. De alguna manera, te siguió.

El zumbido se ha vuelto ensordecedor. Atrás, el gordo continúa su esforzada conversación. La nave baja lentamente envolviéndolos en un torbellino de hediondez metálica. Con un pie en el asiento y otro en el respaldo, tu copiloto estira los brazos para alcanzar la base de la nave cuya forma apenas puedes adivinar contra el cielo de estrellas enrarecidas. Golpea la aleación de lo que parece ser canvaplast endurecido. Mira al gordo.

         —¡D-dh-dale! —le grita.

         El otro, ya colorado, abre los ojos como si le fueran a estallar y exhala de súbito. Se oye un golpe seco al interior del drone y su estómago se parte en dos portezuelas que dejan caer un bulto blanco. El copiloto suelta la linterna para atajarlo y cae con él sobre el asiento trasero.

El drone asciende de golpe. Su presencia se aleja hasta no ser más que dos puntos rojos perdidos en el zenit nocturno. El silencio es tal que se oyen las estrellas vibrando. Apoyado contra tu respaldo, ayudas al tipo a enderezarse con el bulto mientras el gordo vuelve a respirar resoplando.

         —¿Todo bien? —Tu voz y tu mente parece tan despejada como la noche.

         El médium asiente mientras sorbetea una bebida isotónica. El copiloto termina por acomodarse y, ante la mirada de todos, rasga y recoge en medio de la tela haciendo aparecer la cabeza de una anciana. El cabello ceniza tomado en una cola pegada a la nuca envuelve un rostro de papel arrugado. Parece dormida. Con dedos hábiles le aparta los párpados para revelar ojos grises hechos catarata.

         —Esos dos ya están echados a perder, ¿cuánto crees que nos den por el resto? —pregunta el gordo tanteando el bulto antes de escupir hacia el camino.

Foto: Imagen de Valentin J.-W en Pixabay

Diego Matías

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Desde 1987 que Diego Matías Aguilar Gutiérrez es el primogénito de un matrimonio divorciado de profesores de alemán. Parte de su infancia fue enriquecida compartiendo su bicicleta con niños refugiados de la guerra de Kosovo en un pueblito rural al centro de la Alemania reunificada. En Chile terminó la educación media y cursó estudios universitarios para ser realizador en cine y televisión encontrando su preferencia profesional como sonidista para producciones cinematográficas y registro de campo sonoro. Ganador de la categoría juvenil de los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la municipalidad de Santiago el año 2001, Diego Matías ha escrito un puñado de cuentos y guiones a la espera de ser editados o producidos. Es común encontrar en sus narraciones elementos sonoros acompañando la dimensión visual y argumentativa en exploración.


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1 pensamiento sobre “CRONISTAS ÓMICRON: Drones

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