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Mar. Nov 19th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: 149 pies.

Fernando Cañadas nos comparte su artículo «149 pies».

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Por Fernando Cañadas

Hace mucho tiempo atrás, en la anterior Era, mis padres vivían en la metrópolis de Madrid. Allá por la fecha 2059. Cuando ningún satélite o telescopio detectó a los meteóricos que impactaron en la Tierra. La climatología cambió de forma drástica. Y a partir de entonces, fue hostil para los humanos. Pues durante cien días con sus cien noches de terribles tormentas, lloviendo sin cesar, sumergió a los continentes casi por completo. Incluida la metrópolis donde he nacido. Flora y fauna global, cambiaron de aspecto puesto que los meteoritos trajeron en su composición bacterias de otros mundos. Apareciendo en poco tiempo nuevas espacies extraterrestres. Que colonizaron los océanos y cimas de cordilleras montañosas que no cubrieron las aguas. Yo, Adrián, en aquel momento, cumplía el servicio militar obligatorio que la OTAN reinstauró años antes, en el submarino Hispania 1. Por casualidad, un prototipo de sumergible completamente eléctrico y de fabricación española.

Las catastróficas tormentas, de rayos violetas y vientos huracanados, nos obligaron a descender a las profundidades y buscar refugio natural, durante meses, hasta que amainaron por completo. Incomunicados por radio u otro medio. Una vez que los cielos estuvieron despejados y azules, el submarino pudo subir a nivel de superficie y navegar a cielo abierto. Sin embargo, el puerto, el resto de la flota y la civilización costera, como tal, había desaparecido. El submarino navegó durante semanas rumbo al interior peninsular, sin rastro alguno de las ciudades o municipios. Sólo existía el agua en calma. Reflejando el sol por el día y las estrellas de noche. Siempre acompañados por la brillante Luna, expectante. Gobernados en la lejanía por las resplandecientes aristas del mineral extrasolar, quebrando la fina línea que une cielo y tierra del horizonte.

Me hubiera gustado ser conductor de autobús, como mi padre. En la empresa municipal de transportes de Madrid. Pero la fortuna quiso que fuera soldado. Así, tripulo un robot anfibio, bautizado con el nombre de “tiburón martillo” porque la cabeza se asemeja a la del escualo. La máquina sirve en la infantería de marina o exploración, según las necesidades del servicio. Sin contacto alguno con la plana Mayor u otros mandos superiores, el Capitán ha acordado con la tripulación surcar el mar que cubre a la Comunidad autónoma en busca de supervivientes, así como de suministros. Empezando por nuestros familiares, ante la caída de los satélites de telefonía.

Durante los años siguientes, la misión rutinaria consiste en descender a los hospitales de la zona. En busca de equipo, material médico de utilidad o medicamentos. Asimismo, a centros comerciales o tiendas de interés. En el día de hoy, haremos la inmersión en Arguelles. Nos llevaremos toda las latas, comida envasada o no perecedera. Es normal bucear rodeado de grandes peces, mamíferos o cefalópodos marcianos que nos ignoran por completo, por calles de algas verdosas y edificios cubiertos por coloridos corales.

Luego iremos a Plaza de España.

El submarino está sumergido a 149 pies de la superficie. Sobre el emblemático edifico de la plaza. Un escuadrón de robots Tiburón, entre ellos mi unidad, primero entrará en el rascacielos en busca de humanos que pudieran haber sobrevivido. En alguna bolsa de aire o por sus propios medios. Más tarde, nos adentraremos en la boca de metro. Para recorrer las líneas y estaciones próximas con el mismo propósito.

Sin duda, esperamos un milagro.

-Iremos tres de las seis unidades. Ordenes del Capitán, a investigar la señal de auxilio de radio. El morse se repite sin cesar -le comenta el cabo Rodríguez, al mando de la incursión. El ecuatoriano de tez morena y nariz aguileña, es militar profesional. A diferencia de Adrián, quien está en aquel lugar por casualidad y para nada comparte la vocación castrense. Únicamente, desea encontrar a su familiar-. Preparen el fusil de asalto tierra agua, por si aparecen los cangrejos, con munición de proyectiles perforadores. Esos malditos crustáceos gigantes te pueden partir en dos con sus tenazas. Nos acompañará un módulo de salvamento para transportar a los supervivientes, en el caso de que los hubiera ¿Alguna pregunta?

 -En el supuesto de que los haya… cual es el criterio a seguir…


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-Soldado Adrian, siempre me haces la misma pregunta en cada misión y de sobra sabes las respuesta. Porque seguro que ya has leído el informe previo. El navío necesita médicos. Enfermeros. Cocineros. Mecánicos o ingeniros. Las demás personas son irrelevantes. Por falta de espacio y racionamiento de alimentos a bordo. Pero eso ya lo sabes. Lo siento. No puedo lavar tu conciencia. Son órdenes ¿Está claro?

Claro como el agua.

El mismo en el que estamos sumergidos. El mismo que envuelve el planeta. Ahora, el resto de la tripulación bien trabaja o disfruta del descanso en los camarotes. Son pocos los días en que algunos afortunados pueden ver el cielo. Respirar el aire freso, coincidiendo con la navegación del submarino a nivel de superficie. Aquellos, tienen permitido salir a la cubierta exterior. Incluso tomar el sol sentados en hamacas. Mientras quienes están de servicio revisan la ametralladora pesada de proa.

Comparto la cámara con otros dos compañeros, además de los técnicos y tripulantes que revisan el sumergible. Para nosotros, no existe esa suerta. Todo lo contrario. Jugaremos a ser Dios. Algo que no deseo hacer con todas mis fuerzas.

La soldado Irina, bien llamada “la muneca rusa”, es perfecta para el trabajo. De estilizada figura, profundos ojos azules y cabello negro, es de los miembros más veteranos del navío. Ha realizado numerosas incursiones. De gatillo fácil y decisiones prontas. Si existiera el alto mando, sin duda, ya habría pasado por un juzgado de guerra. Por las numerosas atrocidades que lleva a sus espaldas. Hace sin reparo el trabajo sucio que nadie quiere. Pero la civilización ya no existe y no debe cuentas. A nadie. Excepto al Capitán, que se lo perdona todo o casi todo. Llegó a España cuando era niña con sus padres en busca de un futuro mejor. El cataclismo se llevó por delante los sueños y a su familia.

Sin ningun pudor, Irina se desnuda delante de nosotros y viste el nano traje de buzo. Con las diferente vías de evacuación, y el soporte vital. Todo un ritual que concluje con las gafas de sincronizar. Sube las escalerillas al robot Tiburón, contoneando las conexiones que cuelgan del traje. Se mueve habilmente por las corazas abiertas para ocupar el sitio del piloto. El exoesqueleto, de forma automatica, va asegurando la cintura y torso mientras ella conecta las cables al panel instrumental. Seguidamente, intruduce las manos en cada guante robotizado. Moviendo los dedos del robot, éste se cierra por completo con el piloto dentro. En cuanto se enciende el generador de la espalda, hay destellos blancos y azules eléctricos, dibujando los ojos en la cabeza martillo. Por un momento, silban las hélices de antebrazos y piernas, chequendo los motores. El robot sacude las extremidades, de fibra muscular sintética y color acerado.

Se descargan los programas informáticos y subrutinas ante los ojos de Irina, al tiempo que revisa el fusil. Una vez que finaliza el procedimiento de rutina, se cuelga el resto de los pertechos. Cartuchos de munición extra. Baterías eléctricas de reserva. Y acopla en cada hombrera del robot un silo de mini torpedos.

El soldado Rodríguez y yo hacemos lo propio. Más tarde, el piloto del módulo sumergible levanta el pulgar, ya ocupando el asiento de la cabina. Rodríguez tiene asignada esta misión porque ha nacido aquí. Y conoce la zona. Una vez que los asistentes han salido de la cámara, ésta se inunda por completo de agua. La luz roja parpadea, y salimos por la compuerta abierta del submarino.

Tengo visión periférica. Puedo ver con total nitidez hasta el más mínimo detalle del entorno. Gracias a los ojos dispuestos en la cabeza de martillo. La tecnología ocular se basa en el amantis religiosa. Igulamente, se ha desarrollado la sensación en los dedos. Brazos. Cuerpo. Pierna y pies para poder interactuar mejor en el medio acuático.

Siempre dentro de unos niveles de seguridad para que el sincronizado del piloto con el robot no sea peligroso.

Gracias a los eficaces propulsores y la tecnología de escamas, puedo nadar como pez en el agua. Nunca mejor dicho. Con total libertad de movimiento. Y a las células sensitivas, tomar o tocar cualquier cosa. Objeto u animal, sintiendo la textura, peso y temperatura.

A estas alturas de la vida, soy capaz de reconocer a la flora y fauna marina, peligrosas o no. Terrestres o extraterrestes. Teniendo especial cuidado con los depredadores. Si no reconozco al especimen que visualizo, solicito información a la computadora de abordo. En caso de ser una especie nueva, la inteligencia artificial realiza un examen del susodicho organismo y lo añade a la enciclopedia en Red del submarino.

Los tres robot y el sumergible descienden las aguas, alejándose del submarino que ya ha cerrado la compuerta de la cámara. Se dirigen a la entrada principal del Edicio de plaza España. Los sensores escanean simultaneamente las habitaciones,  en busca de bolsas de aire o supervivientes, sin exito, mientras los focos alumbran a los coloridos corales cubren la fachada y ventanas. Ahora, hogar de numerosas especies de peces que nadan alrededor de ellos. Las calles están cubiertas de algas, campos verdes que se agitan al vaivén de las corrientes marinas. Escaparates de antiguos negocios. Semáforos. Vehículos oxidados. Tumbas que todavía guardan los huesos blancos de quienes se vieron sorprendidos por la ola gigante.

El robot de Rodríguez va en cabeza de la expedición. Hace un gesto puño, señalando a la boca de metro. No utiliza el intercomincador porque las ondas de radio pueden atraer a los enormes cangrejos mantis. Y eso sería un riesgo innecesario. La misión del día se centra en esa ubicación, puesto que el manto de arrecife practicamente ya ha condenado el resto de los accesos del metro. Salvo alguna excepción. El robot se adentra en la boca seguido por el módulo que escoltan los otros dos. Bucean en modo siguilo por el intermabiador. Las difrentes líneas y ramales llevan a otras estaciones. Pero sólo van a explorar aquellas del subterráneo que tienen desnivel. De ese modo, toman el túnel hacia Canal. Les acompañan los bancos de pequeños peces que reccionan a la luz de los focos de la expedición.

Pasan por encima de vagones de metro o tienen que atravesar otros cuando no hay más remedio. Las peculiares formaciones de coral van estrechando el túnel a medida que se acercan al objetivo.

Aparecen las primeras formaciones tubulares, hogar de los “convertidos”. Las criaturas marinas, antes humanos, tienen la morfología de sirenas o tritones, según el sexo.

Durante el cataclismo, muchas personas murieron. Otras quedaron atrapadas en los edificios con bolsas de aire. Pero pronto fallecieron por la falta de oxígeno o alimentos. El caso del Metro es diferentes. En las estaciones que hubo gente, sin escape posible, sobreviveron también gracias a las bolsas de aire y los alimento de las tiendas del suburbano. La estación de Canal es un caso particular en toda la comunidad autonoma de Madrid. Mientras las gigantescas olas arraban la superficie, las fuertes corrientes de agua de los túneles arrastraron a los convoys que estaban en la estación en aquel momento. El remolino de agua los unió e hizo sobresalir un extremo a la superficie. Después del sumani y las aguas mansas, los corales extraterrestres cubrieron rápidamente a los vagones que, a modo de respiradero, dieron aire al interior de la estación. Los usuarios atrapados, tuvieron oxígeno. Sin embargo, los alimentos con el paso del tiempo se fueron consumiendo. Incomunicados, no pudieron pedir auxilio. Las primeras personas murieron de hambre. Hubo numerosas peleas o asesinatos por los víveres.

Otros se decidieron a comer los peces o medusas marcianas que pescaban. Aquellos enfermaron. Enloquecieron. Apartándose de los demás, se congregaron en lúgubres pasillos. Guiados por algún instinto animal. Sufrieron mutaciones genéticas que en poco tiempo les transformaron por completo. Olvidando su humanidad y quienes fueron, siguieron la llamada de la nueva naturaleza. Se zambulleron entonces en el agua.

Son inofensivos para la expedición. Sólo miran desde la distancia o huyen nadando deprisa. Cuando los robots llegan a la bolsa de aire, caminan por las vías de la estación medio sumergida y desenfundan los fusiles de asalto. El módulo se desplaza gracias a las patas articuladas. Suben al andén mientras los sensores rastrean la zona en buca de cualquier tipo de vida. Pero hay otro tipo de humanos, los “casi convertidos”. Éstos, están cubiertos de coral. La cabeza es una especide de corona cálcica. Son ciegos. Pero de agudo oído. De fuerza y violencia sobrenatural, ante las presencias extrañas. Por lo tanto, deben extremar la precaución.

Los robots y el módulo se desplazan muy despacio. Sin hacer ruido alguno recorren los pasillos donde anidan los “casi covertidos”. Las paredes fueron recubiertas por completo de segregaciones orgánicas en forma de panal. Y en cada celda, duerme uno de ellos. En posición fetal, se aglomeran varios en cada recoveco. Una vez que dejan atrás la colonia, toman otro ramal libre de peligro. Después de caminar un tiempo, por fin llegan al punto de destino. Canal.

Allí, los humanos con el paso del tiempo se han organizado y establecido una comunidad en altura. La temperatura del lugar es agradable. Hay ventilación. Las viviendas son adosadas y pequeñas. Hechas de chapas, restos de vagones o cualquier material del lugar. Forman calles, sobre las plataformas de los andamios que quedaron abandonados por las obras de mantenimiento. Con escalerillas o rampas de acceso, a diferentes niveles. Están alumbradas por bidones en llamas y lámparas colgantes. Los habitantes no tiene mal aspecto. Las ropas no se ven andrajosas y están aseados. Deambulan por el lugar. Todo gira entorno a la chimenea de los convoyes, revestida de coral, que proporciona aire al lugar.

En cuanto los primeros se percatan de la presencia de los robots, en seguida avisan a los demás. Pronto una muchedumbre sale al encuentro de la expedición, en la boca del túnel del pueblo subterraneo.

La expedición camina por las vías, convertidas en la avenida principal, rodeado de gente por el andén. El murmullo se convierte en júbilo y aplausos a medida que avanzan guiados por un ciudadano que hace señales con la lámpara. Cruzan las calles de andamios y plataformas, con viviendas que alcanzan el techo de la gran estación. Cruzan el pueblo hasta que llegan al otro extremo. Allí, hay una edificación particular. El molino de agua mueve el generador que proporciona electricidad. Los focos alumbran perfectamente el puente que cruza el caudal que brota de la pared. Salen varias personas del interior a recibirlos.

-Sed bienvenidos –exclama una persona que viste bata blanca y se adelanta a la comitiva.

-Somos tripulantes del submario Hispania 1. Ante todo, nos alegra mucho encontrar a supervivientes, y en tan razonables condiciones -suena el megáfono exterior de módulo, con forma de araña mecánica-. Queremos hablar con el representate del asentamiento. Debemos comunicar las ordenes de nuestro Capitán.

-Yo soy el representante elegido democráticamente por los ciudadanos de Canal. También ingeniero y el responsable del molino eléctrico. Bien llamado El Ayuntamiento. Por supuesto, con la ayuda de mis técnicos y otros obreros. Si salen de sus máquinas, con mucho gusto les invitaremos a tomar café en el comedor social. Nuestra cocina está perfectamente equipada y el almacén lleno de víveres. Si lo desean, pueden asearse en las duchas o dejar los uniformes en la lavandería. Las secadoras tardarán poco. Siempre con la diligencia y rapidez de los funcionarios que los atenderán igual que al resto de los habitantes.

-¿Cabo, me recibe? -suena por el intercominicador.

-Adelante, Irina -responde Rodríguez.

-El sistema de vigilancia detecta a varios francoticadores que nos apuntan desde el edificio.

-Los veo. Quizás, sea sólo por seguridad -interviene Adrián.

-O tal vez no. Podría ser una emboscada -habla de nuevo Irina-. Las armas llevan puestos los silenciadores. En cuanto salgamos de los robots seremos vulnerables. Igualmente, registro a otros dos individuos con granadas de plasma eléctrico. Están escondidos entre la multitud. Si alguno de esos artefactos caseros calleran cerca de nosotros, paralizará a nuestros robot, dejándonos desprotegidos -razona- ¿Modulo de transporte, me recibe?

-Adelante, Irina.

-Seguimos con el plan, sin aceptar la invitación que nos acaban de hacer -ordena, ignorando por completo a la cadena de mando.

-Recibido -responde el piloto del módulo por el intercomunicador, sin esperar la respuesta de Rodríguez-. Agradecemos de veras el ofrecimiento, pero tenemos prisa por seguir nuestro camino -habla alto y claro por el megáfono a los representantes y la muchedumbre que les rodea.

Se abren entonces seis compuertas del abdomen del módulo, con forma de arana robotica, dejando a las vista los asiento y cinturones de seguridad correspondientes.

-Nuestro submarino necesita cocineros. Médico o enfermeros. Igenieros, informáticos o de telecomunicaciones. Personal con nociones de submarinismo. Mecánicos o electricistas -suena de nuevo el altavoz.

En aquel preciso momento, un joven destaca del grupo. Se dirige entusiamado hacia el módulo. Pero cuando pone un pie en la escalerilla para subir al asiento, cae desplomado al suelo. Pronto, está en un charco de sangre y humea el agujero de la espalda.

-Nadie nos abandona -advirte el representande de la bata blanca-, porque somos una gran familia -levanta la mano para dirigirse a los suyos, ante el alboroto e indignación del asesinato- Siento que no hayáis aceptado nuestra coordial hospitalidad. Por supuesto que podra irse todo aquel que lo desee. Pero merecemos algo a cambio, ante las perdida de nuestros valiosos ciudadanos…

-¿Qué queréis? -preguntan desde el módulo.

-Queremos uno de los robot sumergible, y que el piloto se quede con nosotros una temporada para que nos enseñe a manejarlo.

-¿Irina? -se escucha por el intercomunicador.

-Acepta la propuesta -responde de la misma forma.

-De acuerdo. En cuanto suban a bordo las personas que necesitamos, un robot se quedará con vosotros.

-¿Que demonios estáis haciendo? Aquí las órdenes las doy yo. Piloto del módulo. Comunique que no aceptamos la oferta. Y que recurriremos a la fuerza si es necesario para llevarnos a los ciudadanos que nos hacen falta -habla Rodríguez.

-Mi cabo e Irina, no cuenten conmigo. No pienso utilizar la fuerza ni mucho menos quedarme aquí  -comunica Adrián.

-Soldados, harán cualquier cosa que yo les mande. Sin rechistar, porque soy la más veterana y no tenéis ni puta idea de cómo resolver la situación. O ahora mismo salgo de mi robot y me lío a hostias con vosotros. Imbéciles. Nenazas -escuchan ambos por el canal interno.

Seis ciudadanos salen del grupo. Caminan hasta que llegan a la expedición de vehículos militares. Los más impacientes corren y ya ocupan el asiento. Una mujer lleva a su hija pequeña en brazos. Porque no está dispuesta a abandonarla allí y supone que caben las dos. Otro hombre mayor, de pelo canoso y piel arrugada, hace lo mismo con su nieto. Algunos rezagados, aún se despiden de los seres queridos entre lágrimas y abrazos. Una vez que los ocupantes estan en sus sitios, un haz de luz escanea las retinas de los ojos. La base de datos confirma que ninguno miente acerca de su profesión. Las compuertas del abdomen se cierran despacio. Suenan las cerraduras de sellado hermético. Y sigue la presurizacion de los compartimentos, de forma individual. El módulo comienza a moverse y da la media vuelta. Se desplaza entre la multitud, en silencio, mientras le escoltan dos robots. El otro se queda quieto en el sitio, obervando la situación.

-Esa maldita zorra me tuvo que elegir a mi -susurra Adrián-. No pienso obedecer. Salgo por patas nada más perderlos de vista. Me da igual el arresto que me inponga el Capitán.

En aquel preciso momento, una granada vuela por los aires y cae entre el módulo y los robots.

Después de la descarga del brillante plasma, las máquinas quedan inutilizadas. El robot de Adrián, antes de echar mano al fusil, es neutralizado por otro artefacto a sus pies. No cumple con su deber de cubrirlos y lo paga caro. Porque se ha despistado un momento, al reconocer en la multitud los rostros familiares de dos ancianos. Un hombre barbudo y una mujer.

-Padre… Madre… -dice cuando el programada de análisis facial confirma la coincidencia de los rasgos.

La muchedumbre corre hacia ellos. Grita enfervorecida. Las personas que viste monos oscuros, suben encima de los robots y la cabina opaca del módulo. Otro empujan los compresores. Los ponen en marcha. Conectan las mangueras y pasan los martillos neumáticos a los obreros. Quienes enseguida comienzan a taladrar las corazas del pecho de los robots. También el cristal de la cabina.

Adrian todavía recibe información residual por los ojos de máquina militar. Ahora totalmente desprotegida. Únicamente, se activa el soporte vital auxiliar. Puede ver a gente encima suya. Reirse sin compasión. Puesto que para quitar las placas de metal también le deben perforar a él. Ha perdido el rastro de sus padres. No se puede mover ni responden los mandos. La conexión neuronal con el robot se desvanece por momentos. Poco a poco se hace la visión de túnel. Maldice a viva voz pero nadie le escucha. Su respiración es agitada. Nerviosa. En la última imagen dentro de la oscuridad, está Irina.

El robot de Irina tiene algunos silos abiertos en la hombrera izquierda. Debería llevar munición de torpedos. Debería, sin duda. Sin embargo, dispara misiles de tierra-aire. Los proyectiles impacta de lleno en la chimenea y explotan en los vagones de metro calcificado. El torrente de agua ruge por el agujero del techo de la estación, que en pocos segundos sumergen las aguas. En pocos segundos, cesan los gritos de pánico.

En segundos, el pueblo subterráneo deja de existir. Y los humanos son un festín para el banco de tiburones sanguijuelas extraterrestres.

Los robots bocarriba y el módulo flotan, gracias a los flotadores de emergencia, bajo el cielo azul. Mientras las gaviotas y aves marcianas se disputan los resto humanos que tambien llegan a la superficie, el submarino toma rumbo hacia allí.

El soldado Adrián sigue conmocionado por lo sucedido. En silencio. Al tiempo que el generador del robot se pone en marcha y se reinician los programas motrices, llega un mensaje que se abre ante sus ojos. El módulo le comunica que transporta a su tío, ingeniero informático, con su primo pequeño en brazos. Siente odio por Irina. La perfecta soldado les ha salvado la vida y cumplido la misión, a cambio del genocidio humano. Sin duda, lo tuvo todo planeado desde el principio…

El robot gira la cabeza y Adrián puede ver a Irina. Está de pie, encima del propio que con la coraza del pecho abierta, hace la vez de bote de salvamento. Baja la cremallera del uniforme y saca un cigarrillo y encendedor de los pecho.  Fuma cigarrillo con sumo placer.

-Sé lo que piensas. Soy una asesina… Una psicópata. Y quizás tengas razón. Pero yo elijo vivir y cumplir con mi deber. Me reconocerás que los habitantes no me dejaron otra opción. Ellos solos firmaron su sentencia de muerte al no respetar nuestro acuerdo -da una calada al pitillo y exhala el humo-. Al cabo Rodríguez fue engullido por una gran ballena plateada. Seguiré un tiempo al cetáceo marciano haber si defeca al robot. O no tendré más remedio que abrirlo en canal para poder rescatar al compañero. Adrián, me caes bien. El día de mañana serás un gran soldado. Lo sé. Por eso te hice un favor, a sabiendas del informe de la sonda espía de nuestro submarino y que llevaba días recogiendo información del poblado. Tú pasas de todo y seguro que no leíste nada acerca de la misión.

De repente, un enorme poliedro de espuma sale a la superficie. Cerca de ellos.

-Dentro, están tus padres. Sabía que vivían en el asentamiento. Los dos proyectos ti les con cabezas explosivas derrumbaron la chimenea artificial. También he disparado otros dos que, no has visto, con la cargas especial. Los misiles inteligentes buscaron a tus progenitores en medio del caos y la inundación. Dispararon sobre ellos el liquido de salvamento. Las gotas impregnadas en los cuerpos se fueron hinchando y expandiendo. Para envolverlos por completo y dejar una cámara de aire dentro del poliedro. Ese que ahora mismo flota en la superficie del mar. He salvado sus vidas sólo porque me caes bien. Si fueras el cabo Rodríguez, ahora mismo, los pedazos de ellos estarían en el estómago de algún tiburón sanguijuela. 

Foto: Imagen de Daniel Nebreda en Pixabay

Fernando Cañadas Mora

España. Ha publicado relatos cortos de ciencia ficción en algunas revistas; como Portal Ciencia y Ficción, Cosmocapsula, Futuroscopia, Planetas Prohibidos o Almiar por ejemplo. Tiene publicadas tres novelas cortas. Cuarta Edad, prwmiada en un concurso literario, Socios, e Izan, ésta última de temática LGTB. Y otros escritos en proyecto. Le hubiera gustado nacer en otro tiempo y ser tripulante de una nave espacial de exploración USS Enterprise. Pero lo compensa con creces su familia y amigos. Tiene por afición el cine y la lectura. Sobre todo charlar con los amigos y vivir la vida, cada día.


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