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Jue. Nov 21st, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Sol de plata

Desde España, Jose Luis Díaz nos entrega su relato «Sol de plata»

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Por José Luis Díaz

1

Como es habitual, nadie ha sido.

Vomitorio
Lorenzo Silva

Absorto en una tablet, sobre su escritorio, el sargento Ruiz engullía el tercer donut de la mañana cuando se abrió la puerta.
–Buenos días.
–Buenos…–farfulló sin mirar–. Un… un segundo… y ahora…
–¡¿Pero no le da vergüenza?!
El policía, atragantado de golpe, descubrió ante sí a una desconocida de mediana edad cuya sobria elegancia y altivo enojo le hicieron, sin saber aún por qué, cuadrarse en el acto.
–¡¿Así es como se gana el sueldo y, de paso, hunde nuestra reputación: viendo no sé qué y tragando a dos carrillos?!
–¿Q, quién…?
–Teniente Guelbenzu. Vengo de Madrid, por lo de la esposa del alcalde.
–¡Ah,… sí! Bien… bienvenida… Por favor, siéntese. Usted perdone, pero este es un sitio pequeño, ya lo ha visto, y hay poco que…
–Yo diría que no tan poco: por algo tengo el disgusto de estar aquí.
–Ya me entiende… De todos modos, la esperaba. Conoce los antecedentes, imagino.
–Imagina bien. A grandes rasgos, la mujer recibe un tiro en la cabeza mientras duerme y su cadáver es descubierto a la mañana siguiente por la criada. Su ilustrísimo esposo, en paradero desconocido.
–Sí, así es.
–¿Algo más, algo posterior?
–No.
–¿Y el arma?
–Ya lo sabe: también desaparecida. De modo preliminar, calibre corto. A bocajarro.
–¿Alguna denuncia contra el señor alcalde?
–¿Sospecha de él?
–¡Vaya pregunta! ¡Por supuesto! Matan a su cónyuge en un lecho
compartido que él, como es obvio, no ocupa. ¿Dónde estaba entonces? ¿Y
dónde está ahora?
–Sí, sí… Pero me resulta impensable. De buena posición, sin hijos, llevaban toda la vida juntos. Se les veía bien. Nunca habían mostrado el menor desacuerdo. No en público. Y denuncias, como usted dice, pues no. Seguro. Aquí, además, esas hipotéticas denuncias habrían sido un auténtico escandalazo, un…
–Tanto como la muerte de ella y, de momento, la desaparición de él.
–Pues casi, sí.
–Quiero ver el escenario del crimen.

2

Fue salir y, a juzgar por el paso urgente y las expresiones alarmadas de los
transeúntes, entender que algo nuevo, y aún desconocido para ellos, sucedía.
–¡Paquita! ¡Señora Paquita! –detuvo Ruiz–. ¿Qué pasa? ¿A dónde va todo el mundo?
–¡Al lago! ¡Ha aparecido en el lago! ¡Ay, Virgen María! –se santiguó.
–Ha aparecido… ¿El qué?
–Como dice don Anselmo, el párroco, esto es el acabose. ¡El acabose!

–P, pero… ¡Señora Paquita! ¡Aguarde!
–¿Algo referido a…?
–Estoy igual que usted. Pero ya ha oído: es en el lago.
–Conque un sitio pequeño en el que hay poco que… Sargento: a veces, las alfombras más pequeñas son, precisamente, las que más porquería esconden.

3

Minutos después, ya en el embarcadero sur, ambos policías se abrieron paso, «¡Si está aquí media parroquia!», entre los vecinos. También quedaron mudos.

Agua adentro, y a una altura de unos diez o doce metros sobre la superficie, pendía, refulgente e inmóvil, una enorme esfera de plata, una absurda bola tan aparente como un coche.
–Es una broma, ¿verdad? Aprovechan la atención mediática sobre el caso para explotar la increíble aparición de… ¿De qué? ¡¿Qué se supone, dentro del timo, que es esa cosa: un… ovni?!
–Le aseguro que nadie del ayuntamiento… Yo lo sabría.
Guelbenzu bufó.
–Deme unos prismáticos.
Indefenso, Ruiz se palpó los bolsillos como si pudiera llevar el útil entre el suelto. Reparó en un joven que, a su lado, «¡Menos mal!»…
–Disculpa. ¿Podrías…?
–¡Pasa de mí, madero: yo no he hecho nada!
–¡No me…! –explotó Guelbenzu–. ¡Policía! ¡Confiscados! ¡Sí! ¡¿Qué?! ¡¿Le arresto por obstrucción a la Justicia?!
El otro, patidifuso, quedó con las manos huecas y la boca cerrada.
–Nada ni nadie que… –observó–. Sin fijaciones ni actividad aparentes… Y juraría que su aspecto metálico… ¡Si no lo veo, no lo creo: un perdigón gigante, toneladas de peso, flotando así, sin más, sobre el agua!
–¡Por la pinta, eso es extraterrestre! –exclamó uno–. ¡El otro día vi una película idéntica: cansinos como nosotros solos, no dejábamos de enviarles mensajes, que también son ganas de buscarnos problemas, hasta que, al final, claro, los recibían! ¿Y qué paso? Pues lo que tenía que pasar: muy buenas palabricas al principio, sí. ¡Pero luego…!
–Enhorabuena, sargento: lo han conseguido. Acaba de nacer la penúltima meca de los friquis.
–Le juro que nosotros no…
–Déjese de juramentos y traiga lo que usen para cruzar el lago.
Ruiz volvió a palparse los bolsillos.

4

El tumulto contempló la partida de la barcaza en silencio.
–¡Eh, mis prismáticos!
Guelbenzu los tiró al agua.
–P, pero,… ¡¿Qué hace?! ¡Os voy a demandar! ¡¿Me oís?! ¡A los dos!
–Estúpido…
–¿Ya no le preocupa nuestra imagen, teniente?
–Si no fuera así, volveríamos a la orilla.
Habían creído que la paulatina proximidad con la esfera iría arrojando alguna luz respecto a su auténtica naturaleza e ilógica suspensión. Pero la única luz recibida, y no poca, fue la reflejada por su argéntea superficie.
–Barquero, deténgase.
–¡Asombroso! –reconoció Ruiz–. Nunca había visto nada ni siquiera… parecido…
–Y es perfecta: sin ópticas, sin uniones, sin salientes… –Guelbenzu comunicó sendas palabras a través de su móvil:
–¡Código rojo!
–¿Puedo saber qué… qué significa eso?
–Que el objeto flotante no identificado, por referirlo de alguna manera, ya no es asunto nuestro. Enseguida se harán cargo de él.
Ahora fue Ruiz quien recibió una llamada.
–Teniente, hay noticias: ha aparecido el coche del alcalde.
–¿Y él?
–Solo me hablan del coche…
–¿Dónde?
–En el merendero. Justo hacia allí, en el otro extremo.
–Pues, siendo así… Usted, ponga rumbo hacia ese merendero.
El otro asintió.
–Y, por si las moscas, evite nuestra esfera de Damocles.

5

Retrocedida casi hasta el barro, el cordón umbilical de una grúa rompía las aguas y tiraba del único vehículo del pueblo con todas las funciones posibles.
–¿Seguro que es el suyo?
–Segurísimo.
–¿Y dentro?
–Vacío.
–Tampoco aquí… En ese caso, la ausencia del señor alcalde empieza a ser más que sospechosa. ¿No cree, sargento?
–Sí. Pero, insisto: no me cabe en la cabeza… Lo conozco desde hace muchos años y es un buen hombre, sé que lo es. No lo veo…
–Pudo equivocarse. Si las circunstancias nos aprietan la tecla, a todos, buenos o malos, se nos pueden cruzar los cables.
–Ya…
–¿Tenía enemigos?
–Cualquiera que haya andado un poco los tiene. Y, siendo político, supongo que alguno más que cualquiera. Los cargos, ya se sabe, vienen con no pocas cargas… ¿También piensa en vendettas?
–Hasta que los hechos hablen, pienso en todo. De momento, y mientras analizan el coche, que traigan los perros, a ver si ellos también se huelen algo.
–¿Y nosotros?
–Sigo queriendo ver el escenario del crimen.

6

–…y este es el dormitorio conyugal. Aquí,… –anunció Ruiz señalando las sábanas.

–Doy por sentado que usted y sus hombres ya hicieron lo que debían hacer.
–Sí, claro. Ya leyó el informe. Está todo ahí: inspección ocular, fotografías, recogida de muestras, declaraciones…
–No se ofenda, pero nunca está todo. Por eso pregunto.
Ambos enguantados, Guelbenzu abrió un par de cajones, inspeccionó el reverso de otras tantas fotografías… Extendió la doble hoja del armario.
–Los señores tienen, o tenían, buen estilo, sí… Y buena cartera. Quizá demasiado buena. Me pregunto, entre otras cosas, si la nómina de un alcalde de pueblo puede pagar vanidades como estas. ¿A usted qué le parece?
–No sabría decirle. Yo, de estas cosas…
–¿Escudriñaron las cajoneras, miraron todos los bolsillos, todos los forros…?
–P, pues… En cualquier caso, si quiere, ahora puedo… –balbuceó el agente precipitándose, alarmado, sobre las perchas.
–¡Espere, espere!
–¡No! Si no es… ¡Ay!
–¿Qué pasa?
–El dedo… He tropezado con algo y…
De improviso, el fondo del armario se deslizó sobre su guía descubriendo la entrada a…

7

–¡No me…!
La cámara secreta, apenas dos tercios del mismo dormitorio, había sido tapizada al modo de los antiguos tresillos: cuero con equidistantes botones. Dentro, turbadora diversidad de elementos con un denominador común: el sado.
En la pared, una gran fotografía en blanco y negro: la fallecida, dominatrix sádica, azota a su ausente viudo.
–Los excelentísimos señores no tenían niños, pero sí sala de juegos. Y qué juegos… A pesar del purgatorio en el que resistimos, y aunque a muchos les cueste imaginarlo, también existen, y se disfrutan, las habitaciones del pánico invertidas: aquí, el dolor está más dentro que fuera.
–Espantoso…
–¿Por qué? Ni siquiera el espanto es absoluto.
–¡Mire!
En un rincón, al pie de una banqueta, los escombros de un terrario. Fuera, un ratón muerto defendido por una enorme tarántula.
–No se privan de nada…
Advertida la nueva carne, el bicho fue a prenderla.
Guelbenzu subió el tacón y…
–¡Aaaagh!
–No sea escrupuloso, sargento: en Oriente se las comen.
Él reprimió la náusea…
–T, tengo… que…
…y salió corriendo.


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8

Lo encontró en el porche, aún sofocado.
–¿Sigue vivo?
–A veces, lo dudo… Pero creo que sí.
–Bien. Si cambia de idea y decide morirse, mejor espere a que todo esto concluya.
–Gracias por el interés. No sé si desearle lo mismo…
Un coche patrulla se detuvo ante ellos:
–¡Sargento, los perros marcan una pista!
–¡¿Dónde?!
–¡En villa bruja!
–¿Dónde dicen?
Ya ululantes, por los caminos…
–Es una octogenaria, cuando menos, que vive en una cabaña, en el bosque. La llaman así porque dicen que ve cosas. Muchos, aunque no lo admitan, van a que les eche las cartas, les lea la mano… –informó el conductor.
–¿Y es cierto que… ve?
–Con los ojos, no: es ciega. Los menos diplomáticos dicen, sin tapujos, que está un poco…
Instalada delante, Guelbenzu desvío el espejo retrovisor: Ruiz veía algo en su pantalla.
–¿Puede saberse qué demonios sigue con tanto interés?
–Una… una serie yanqui de los noventa, puro delirio. Twin Peaks, se llama. De un tal
–…David Lynch. Él se pregunta quién mató a Laura Palmer y nosotros… Ojalá nuestra bruja no esté, si lo está, ni la mitad de… que el amigo Lynch, porque, si es así, más nos vale ir con mucho, con muchísimo cuidado.

9

La cabaña no desmerecía, en absoluto, el estremecedor tópico acuñado por el cine de serie be: recóndita, desvencijada por fuera, hedionda por dentro… Y, en cuanto a su inquilina,…
–Sabe por qué estamos aquí, ¿verdad?
–Sí, ya me lo han dicho: porque sus chuchos ladran que yo escondo al asesino de la alcaldesa. ¡Idiotas! ¡Aunque la gentuza del pueblo diga lo contrario, que ya nos conocemos, yo soy demasiado decente, y estoy demasiado cuerda, para hacer algo así!
–Nadie ha dicho, de momento, que nadie haya hecho nada. Solo pensamos que nuestro sospechoso…
–¡No aquí! ¡Márchense!
–¿Cómo puede estar tan segura?
–¡Porque lo estoy: a ese lo ha atrapado, como nos atrapará a todos, el sol de plata!
–No entiendo…
–¡¡Maldita sea: el sol de plata, sobre el lago!!
–¿Sabe qué es, de dónde viene?
–¡Claro que lo sé! ¡Es la muerte! ¡La muerte caída del cielo para arrastrarnos con ella!
Ruiz niega, cabizbajo.
De súbito, el repiqueteo de alguna porcelana contra el firme. Un gato, negro como la noche, brinca sobre la mesa: algo pende de su boca.
–¡Belcebú! ¡Mi Belcebú! ¡Por fin apareces!
El sargento queda patidifuso:
–¡Por mi…! ¡Teniente, mire: el… el ratón del gato!
–Eso parece…
–¡Una oreja! ¡¡Es una oreja… humana!!
Aquella desenfunda.
–¡¡No!! –berrea la adivina–. ¡Huye, Belcebú! ¡¡Huye!!
«¡Bang!».
«¡Bang!».
«¡Bang!».
«¡¡Miauuuh!!».

10

–¡¡NO!! ¡¡Ayayay!! ¡Ay, mi…! ¡Mi pobre…! Terminar así su últimavida… ¡Él no había hecho nada, miserables! ¡Esa oreja solo es un dulce de sus amigos los gnomos, que lo quieren, que lo querían mucho…! ¡¡AAAAGH!!
La bruja del bosque se abalanzó contra Guelbenzu dispuesta a sacarle los ojos. Temiendo una defensa más que excesiva, Ruiz la interceptó. Aún así, la zarpa rabiosa logró arañar el hurtado pómulo izquierdo:
–¡Malditos seáis tú y la bazofia de tu estirpe!
Guelbenzu contempló la molestia de su propia sangre en la punta de los dedos.
La vieja cerró las uñas y, durante unos segundos, pareció evadirse. Después…
–«¡Cómo que no! ¡Por supuesto que sí, niña mala! –recitó, burlona–. ¡A papaíto siempre se le dice que sí! Anda, ven… Mira, mira qué contenta está de verte. Cógela. ¡Vamos, cógela! Ya sabes cómo hacerlo…».
Guelbenzu se demudó. Siempre fría, aquella parodia de un ultraje cierto, comprendió Ruiz, dinamitó su coraza casi hasta las lágrimas.
–¿Lo recuerdas? Sí, claro que lo recuerdas. Cada instante de tu perra vida. «Así, así… ¡Mmmm! ¡Qué rico! Sí,… sí…».
–Basta… ¡Basta! –encañonó– ¡¡BASTA!!
–T, teniente…
El llanto bailaba en sus ojos. La humillación, la impotencia, la furia y ni ella sabía cuántas cosas más, empujaban su dedo, todas a una, contra el gatillo.
–¡Vamos, niña mala: envíame con tu papaíto y mi Belcebú! Vamos…
–N, no… no la escuche…
Al cabo, Guelbenzu permitió que la congoja, por fin, otra vez, resbalase por su mejilla y su corazón heridos. Bajó el arma.
Ruiz jadeó, exhausto por la duda.
–¡Cómo que no, eh, niña mala: a papaíto y a la bruja del bosque siempre se les dice que sí!
–¡Cállese, joder! ¡¡Cállese!!

11

Oreja humana en una bolsa, con hielo.
–Aunque no sería la primera vez que ocurre, no creo, ni usted tampoco, que su amputación sea consecuencia de un accidente. Ni por el ataque de ningún animal, desde luego: el corte es limpio –dedujo Guelbenzu, ya rehecha–. Ha sido alguien con intención de hacerlo. ¿Usted? ¿Un tercero? ¿Dónde está la víctima?
En una silla, la bruja atendía, esposada. Entre las manos, el cadáver de Belcebú.
–Aunque la verdad sea terrible, es la verdad, niña mala: fueron ellos, sus amiguitos, los gnomos del bosque. Y, si quieres saber dónde está el muerto desorejado, porque está tan muerto como pronto lo estaréis todos, pregúntaselo, ahí lo tienes, a su oído fantasma: él mismo, en carne podrida y hueso, vendrá a recuperar lo que es suyo.
–¿Ya no lo tiene… el sol de plata?
–¡Ese es vuestro sospechoso, estúpida! ¡No todos los fiambres os pertenecen, asesinos! Ay, Belcebú, mi pobre Belcebú…
–No… todos… –masculló Ruiz.
Se abrió la puerta:
–Sargento, teniente: no se lo van a creer… –anunció el policía conductor–. ¿Está herida? Y ella… ¿Ha… ha ocurrido algo?

12

Libres de custodiada y cartílago, la terna policial se trasladó a menos de un kilómetro de allí. Otros esperaban.
–Han sido los perros, ya de vuelta: según me dicen, arrastraron a sus cuidadores hasta este lugar.
–Atraídos por… el derribo de una cesta con setas y… sangre –apreció Ruiz.
–No solo por eso. Miren ahí arriba, entre las hojas.
Un desconocido pendía, ahorcado. Y, según vieron, también con la ausencia amputada de su oreja derecha.
–Aquí está el… Y no parece, según las fotografías, nuestro alcalde… –supuso Guelbenzu.
–No lo es. Ni tampoco es del pueblo –confirmó Ruiz.
–Se nos amontona la maldad…. La primera pregunta es obvia: ¿Pudo la detenida, anciana y ciega, matar a un hombre y cortarle una oreja, o viceversa, y colgarlo después en un árbol? Respecto a las dos primeras acciones, sí pudo, me temo –se tocó el pómulo, escamada–. Respecto a la tercera… Y, en cuanto al móvil, ¿a quién pudo molestar, y por qué, un… dominguero buscasetas?
–¿A un gnomo? –preguntó el auxiliar, irónico.

Sargento y teniente se miraron: no habían tenido tiempo de compartir los pormenores referidos por la dueña de Belcebú.
–¿Por qué… por qué dice eso?
–Rodeen el árbol y lo entenderán.
Y, sí, lo entendieron. Pero no terminaron de asumirlo.
En la base del tronco, una diminuta puerta con dintel de medio punto. Abierta, descubría el interior de una casa de muñecas. En el suelo, un cuchillito ensangrentado.
–¡¿Es una… broma?!
–No. O no todo, al menos. La sangre es auténtica. Y también
humana: los perros, que no entienden de bromas ni mentiras, la marcaron como tal.
–No doy crédito a… a todo esto… Nunca, en mis años de servicio,… Teníamos… Teníamos una mujer tiroteada mientras dormía; un sospechoso, su marido y alcalde, desaparecido; un increíble… ¡¿sol?!; una bruja ciega, que ve; una oreja humana cedida, según esta,… ¡por los gnomos a su gato!; y, ahora, descubrimos un segundo cadáver, el desorejado, y una… en cuyo interior también aparece la segunda arma. Mejor dicho: la armita.
–Todo esto no es una broma, teniente… –convino el sargento, restregándose la cara–. ¡Todo esto es un… desvarío! Y, cuando termine, haré que alguien lo escriba y se lo envíe a Lynch. ¡Va a alucinar! ¡El mismísimo David Lynch va a alucinar!
–¡¿Qué será lo próximo: Campanilla, Caperucita roja…?
–Mientras no sea el jinete sin cabeza… –apuntó el segundo–. Por cierto, miro la altura a la que está el cuerpo y, broma o no, según aquella serie de dibujos animados, David, el gnomo, uno de su clase sí habría podido subirlo hasta ahí. Ya lo decía la banda sonora: «¡Soy siete veces más fuerte que tú…!».
Lo miraron, aturdidos.
–Sargento,… ¿recuerda lo que dijo la bruja respecto al alcalde?
Hizo memoria:
–Dijo que lo había atrapado…
Guelbenzu asintió, valorativa.
–Y añadió algo más.
–Sí: que ese sol de plata es la muerte, la muerte caída del cielo para arrastrarnos con ella.

13

Aún viajando entre los árboles, lo advirtieron: la enorme esfera había desaparecido. Sin embargo… Ese primer juicio, según vieron poco después, no había sido del todo justo: más que eclipsarse, el refulgente sol de plata parecía haber cambiado de ubicación. Y de estado: su solidez mercurial semejaba haberse diluido corrompiendo así las aguas.
Guelbenzu quedó boquiabierta.
–P, parece un espejo… Es como… como uno de esos accidentes marítimos en los que un buque derrama todo su combustible… –articuló Ruiz.
–¿Qué… qué era, en realidad, esa figura? ¿De qué estaba hecha? ¿Esto ha sido, como dice, un percance o…? ¿Tiene arreglo? ¿Cuáles son –«Aunque la verdad sea terrible, es la verdad, niña mala»– sus consecuencias?
Como ellos, y hasta donde la orografía les dejaba ver, muchos otros también parecían inquirir a su sempiterno lago, ahora titánico azogue: «Espejito, espejito, ¿qué significa esta odiosa pesadilla?»:
–Reunámonos con mis colegas del código rojo –ordenó Guelbenzu sacando el móvil.
«Los men in black existen», se dijo Ruiz en el merendero, punto en el que había emergido el coche del regidor y en el que, quizá por eso, quizá por simple proximidad con la esfera, los agentes venidos de Madrid habían asentado sus reales. «Sí. Como todas las extrañezas vistas en los últimos tiempos, los men in black también existen». A su alrededor, más allá de un perímetro, el expectante y alarmado tumulto.
La conjetura diluyente había sido acertada: como se veía ahora en su ininterrupida filmación, en un momento preciso, y por causa o voluntad incógnita, el sol de plata se había licuado, «¡Fluash!», tiñendo así, fenómeno casi automático,…
¿Era posible que alguna sustancia conocida, litros, pudiese corromper, fulminante, toda la masa, kilómetros y kilómetros cuadrados, hectómetros y hectómetros cúbicos, de toda una laguna? Los expertos lo dirían. Otra cuestión sería determinar si aquel supuesto mercurio era tal y si, por consiguiente, también integraba el tranquilizador ámbito, inocuo o no, de lo acreditado.
Un repentino clamor los sorprendió.
–¡Allí! ¡Y allí! ¡Y allí también!

14

Sobre el estaño líquido, y de manera aleatoria, una, dos, tres, nueve, quince, veintiocho,… Infinitas pompas, clones de la ya licuada, emergían con espesa lentitud hasta desprenderse, «¡Plop!», y ascender en el aire deteniéndose, más o menos, difícil precisarlo, a la misma altura que lo hizo aquella.

Poco a poco, y ante la estremecida humanidad, el depósito líquido hervía encapsulado en cientos, más bien miles, de plateados soles. Guelbenzu pensó en la escultura frente al Museo Guggenheim, en Bilbao, pero «¡Multiplicada por…!».
«¡Plop!».
«¡Plop!».
Comenzaba ya a cubrirse el cielo con una segunda capa de esferas
cuando, de improviso, la primera ascendió, vertiginosa, «¡Shiuuuh!, ¡Shiuuuh!…», hasta desparecer en la atmosfera.
–El… el nivel está… bajando… –apreció Ruiz, patidifuso.
Evaporados los primeros soles de la tercera capa, la segunda…
«¡Shiuuuh!, ¡Shiuuuh!…».
Ya solo húmedo, en el cauce asomaban los escollos y la basura, montañas de basura, por doquier: plásticos, muebles, electrodomésticos…
Una de las últimas pompas frenó a baja altura. Poco después, absorbida de repente su sombra, «¡Shiuuuh!», el agua descubrió un horrible contenido: aplastado contra la supuesta pecera, gritaba muerto, tiro en la frente, un hombre semidesnudo.
–¡El… el alcalde! ¡¡Es el alcalde!! –gritó Ruiz.
«Después de todo, estaba en el lago. No en su coche, pero sí en el lago…»,
concluyó Guelbenzu, aún medio pasmada por la esotérica evaporación. «Y también de un tiro entre ceja y ceja… ¿Cabe suponer entonces un mismo asesino, un mismo… sádico? ¿Otro sufridor de cueros y tarántulas?».
Seguía interrogándose, cuando, esfumada la influencia del elemento mercurial, horma sustentadora, la piscina y el cadáver llovieron, «¡Thumb!», a plomo.
«Nos roban el agua, esencia de vida, y nos dejan… La bruja tenía razón. También en esto: sean quienes sean, y… caigan de donde caigan, su rapiña nos condena. No. Mejor dicho: nos remata. Nos termina de convertir en lo que ya éramos: nuestro propio y último desecho».
–Señora… señora policía…
Se volvió. Un niño la miraba.
–¿Puedo ayudarte en algo?
–A mí, no. Es solo que… se le ha caído una cosa a… a un señor de ahí…
Y, acto seguido, con avergonzada timidez, extrajo un revólver. Un auténtico revólver, calibre treinta y ocho.
Guelbenzu, «¡¿De d, dónde…?!», se hizo con el artilugio. ¿Este era compatible con, «¡Bang! ¡Bang!», los disparos homicidas? Sin duda.
–Muchas… muchas gracias. Yo lo guardo. Y, cuéntame,… ¿a qué… a qué señor dices que se le ha caído?
Se volvió:
–Pues a ese de… ¡Uy, ya no está!

Foto: Imagen de strikers en Pixabay

José Luis Díaz Marcos

Albacete, España, 1972. Ha publicado relatos en diversas antologías y webs nacionales y extranjeras. También es autor de sendas novelas: Paraísos de magia y fuego y Botij-Oh!

Más información en su blog personal:

www.la-estanteria-2.webnode.es


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