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jue. Oct 17th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: Siembra

Desde Argentina, Lautaro Vincon nos envía un relato «Siembra».

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Por Lautaro Vincon

SI ENCONTRÁS UNA PAPA BROTADA:

  • CORTÁ EL PEDACITO DE PAPA CON EL BROTE
  • COLOCALO EN CUALQUIER RECIPIENTE CON TIERRA
  • LA PAPA SE HUNDIRÁ SOLA EN LA TIERRA. SALDRÁ UNA PLANTA BELLISIMA CON FLORES LILAS
  • NO PRECISA MUCHOS CUIDADOS. AL CABO DE UNOS MESES LA PLANTA SE SECA. ¡ES TIEMPO DE COSECHAR TUS PAPAS!

EL TUBÉRCULO SE REPRODUCE Y PODÉS LLEGAR A COSECHAR MÁS DE UN KILO DE PAPA DE ESE BROTECITO

Como cada vez antes de una incursión, Mario no le quita la vista de encima al papel enmarcado en la pared del dormitorio. El primer regalo de su padre.

Teme que Aurora no se despida de él. Está enojada por la discusión de la noche anterior. Si bien su postura es entendible, y Mario lo sabe, Aurora debería estar ahí dándole su apoyo. Mario le prometió que esta sería la última vez, que dejaría de poner su vida en riesgo y, juntos, formarían la familia con la que venían soñando desde hacía varios años.

«Si nosotros ya estamos acá y vivimos bien, ¿no pueden ir otros a ayudarlos?» había repetido Aurora.

«¿Qué dirías si fuéramos nosotros los que necesitáramos ayuda?»

La misma discusión una y otra vez.

Mario se revuelve el pelo. Sus ojos se llenan de lágrimas. Un golpe en la puerta lo distrae.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar?

Mario se pone de pie. Abre la puerta.

Aurora lo abraza.

—Pensé que… —balbucea Mario.

—Pensaste mal.

Mario desprende la cadenita que lleva colgada al cuello. La insignia con el brote de tres hojas enchapada en oro blanco. Aurora se queda quieta, mientras él acomoda el adorno en torno a su cuello. Ella lo sostiene en sus dedos, y gira el brote. Con el índice, acaricia la palabra grabada. «Gatsky».

—¿Por qué me das…?

—Porque voy a volver.

Mario toma la cara de Aurora entre sus manos y le estampa un beso en los labios.


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***

Su padre, y antes el padre de su padre, y antes…

La familia de Mario había tenido por lo menos un Sembrador por generación. La herencia se remonta a más de dos siglos en el pasado, cuando las agencias espaciales decidieron que el planeta todavía estaba a tiempo de ser salvado. A diferencia de lo que se esperaba, los primeros integrantes del Concejo no se habían resignado a la idea de partir y dejar que La Tierra acabara por pudrirse hasta transformarse en una roca seca y sin vida. En cambio, ajustaron la tecnología terraformadora que usaban en Marte y Mercurio para aplicarla en la superficie terrestre. Asimismo, instalaron los satélites de jardinería en órbita geoestacionaria, donde distribuyeron cierta parte de la población humana para erradicar el hacinamiento masivo al que apuntaba la civilización y, a la vez, cubrir la demanda de alimentos en alza.

Fueron años dichosos. El Concejo mandó a rediseñar aeroplanos orbitales que utilizaban un sistema de esporas similar al de algunos hongos ascomicetos para esparcir las semillas de la siembra. El lema era NO MÁS HAMBRE. Las Regadoras, nombre con el que se conoció a los aeroplanos, dieron vueltas y vueltas alrededor del planeta, arrojando desde las alturas las semillas que ingresaban en las corrientes de aire hasta posarse en los suelos.

Los hombres Gatsky figuran entre las filas de Sembradores desde este período, al que los libros de Historia se empecinaron en llamar El Verdor.

***

—Otra vez problemas —Sonia le clava la vista a Mario. Él está distraído. Observa cómo se aleja el suelo mientras la nave asciende. —Ey. Te estoy hablando.

Mario vuelve en sí. Se acomoda el casco, le da dos golpecitos a la cámara acoplada. Se toca las coderas y ajusta las correas.

—¿Qué decías?

—Problemas de nuevo.

Mario niega con la cabeza.

—Avisale a tu cara.

—¿Y si nos morimos?

—Le estás dando mucha bola a Aurora.

—Vos porque no tenés a nadie.

—Tengo a mis viejos en el exterior.

—¿Y ellos no se preocupan?

—Supongo que sí. Pero no me llenan la cabeza.

—Lo nuestro no es pacífico, So. Y se supone que vivimos en paz.

—Nunca se llegó a la paz si no es a través de gente que tuvo que ensuciarse las manos. Bienvenido.

—Lo voy a dejar. Hoy es mi última incursión.

—Somos buenos en esto. ¿A qué te vas a dedicar?

—La casa de mi abuelo en el campo. Nos vamos a mudar. Puedo plantar y vender lo que coseche.

—Hasta que la soledad te coma por dentro. Ya te quiero ver en unos años.

—Sos toda una amiga.

—¿Quién te salvó más de una vez?

Mario sonríe.

Chocan los puños.

***

La ciencia ficción no paraba de repetir que la mejor solución sería irnos. La literatura siempre fue el reflejo de la realidad. Les faltaba esperanza. Estaban acostumbrados a la vida nómade y efímera,  habían aceptado alquilar casas en vez de comprarlas y tener un lugar al que llamar hogar. La causa era la falta de regulación sobre la economía de los bienes naturales que el planeta les había regalado y que nadie había sabido cuidar. El error absoluto fue que pocos se habían adueñado de mucho. Habían llegado a matarse en las calles por lo que el otro llevaba en sus bolsillos, y que había sabido comprar con el esfuerzo de su trabajo, encerrados más de medio día dentro de una oficina o en negocios. El Concejo nos devolvió el cielo, el sol, el pasto, la tierra, el sudor, el calor, el zumbido de los insectos por la tarde. Nuestras manos recuperaron sus callos. Los estómagos dejaron de rugir.

CARTA HALLADA EN LA RECONSTRUCCION DE LA CIUDAD DE QUILMES

***

Mario, de once años, se había acostumbrado a pasear solo entre los árboles cuando caía la tarde, a pesar de la historia de los ahorcados que contaban en la escuela. No tenía miedo, no era como los demás chicos de su edad que aún dormían con la luz prendida, Así y todo, la curiosidad lo carcomía.

Sus compañeros no dejaban de hablar en los pasillos o en el baño. La maestra les había informado que, en caso de seguir con esas tonterías, organizaría una reunión y citaría a sus padres. Los chicos, en vez de dejar el tema de lado, empezaron a murmurar en el patio, lejos de cualquier adulto que pudiera oírlos. Si algún profesor se les acercaba, fingían estar intercambiando figuritas.

—¿Se puede ver a las personas que ya están muertas?

La pregunta de Mario había sorprendido a su madre. Habían terminado de merendar y ella estaba empezando a preparar la cena.

—No. ¿De dónde sacaste eso?

—De ningún lado.

—De algún lado lo sacaste.

—El cole —su madre se mantuvo en silencio, instándolo con la mirada a que siguiera—. ¿Vos sabés quiénes son los ahorcados? —dijo Mario.

Ella asintió en silencio. Dejó el repasador sobre la mesada y se sentó en el comedor, junto a su hijo. Él no entendería, hasta muchos años después, qué impulsaba a las personas a oponerse cuando la mayoría pensaba todo lo contrario. Como siempre dependía del beneficio que cada uno obtuviera de la situación que se estaba viviendo en el momento, el cambio podía ser perjudicial para ciertos sectores.

Los ahorcados, nombre con el que se los conoció debido al trágico final al que llegaron, fue un grupo sindicalista que se opuso a las siembras en el pueblo. Una noche, atacaron y quemaron la fábrica de fertilizantes. La gente del pueblo, en su mayoría personas que habían decidido dejar atrás la ciudad para dedicarse a la vida de campo, irrumpieron en las casas de los sindicalistas, los sacaron a la calle dándoles patadas, los arrastraron hasta el bosque y…

—Los colgaron —concluyó su madre.

—Dicen que se los puede ver en los árboles.

—No les creas.

—¿Puedo ir a ver?

—Siempre y cuando estés para la cena.

***

La nave aterriza en un claro del bosque, a un kilómetro del domo. La patrulla de Sembradores desciende uno detrás del otro. En cuanto están todos abajo, la nave expulsa un zumbido, levanta vuelo y se pierde en el cielo. El eco de los rotores que giran tarda en desaparecer.

Los Sembradores avanzan entre los árboles. Mario observa a Sonia de reojo. Ella le guiña un ojo a través del visor. Sus palabras todavía rebotan en la cabeza de él.

¿Cómo es posible que para pacificar haga falta dejarse atrapar por los últimos resabios de la guerra? Es tan irónico como decir que para construir hay que destruir primero.

Un tapir cruza el camino. El grupo se detiene. Tras las señas del capitán, prosiguen. En la punta del domo se refleja el sol. El brillo atraviesa las hojas de los cedros. Gracias al contacto infiltrado, saben que cerca de las cloacas del norte se encuentra la entrada para ingresar a Villa Lynch.

***

Tras El Verdor, ciertos grupos con acceso a tecnología de contrabando desplegaron domos en torno a algunos barrios para evitar que las esporas de la siembra no ingresasen. Así, se adueñaron del lugar, controlando el tráfico de alimentos y personas que salían y entraban. Al oponerse a la siembra, lo único que buscaban era el control total de los bienes dentro del domo, para racionarlos a su favor y enriquecerse aún más.

El objetivo de los Sembradores es identificar dichos lugares que permanecen ocultos tras capas de camuflaje refractario, derrocar a los terratenientes, derribar los muros del domo y esparcir la siembra en la tierra apartada durante más de un siglo.

***

Mario, de doce años, había montado el estanque en la linde del bosque. Cuidaba de las carpas que su abuelo había conseguido en un refugio y que se apareaban a una velocidad desmedida. Para el verano siguiente estaba pensando en colocar un anexo con el propósito de otorgarles más espacio y que dejaran de nadar uno sobre el otro. Además, dragar el lodo ya se había vuelto todo un fastidio. Para que la vida creciera y se expandiera, se necesitaba espacio y cuidado.

Detrás de él, oyó pasos livianos que aplastaban las hojas secas del otoño. Aunque las había barrido esa mañana, el viento no paraba de arrancarlas de las ramas y arrastrarlas por el suelo. Mario se dio vuelta y la vio. Era la hija de los vecinos nuevos. Los que habían llegado de la ciudad.

—¿Tenés peces?

Mario la miró, sorprendido.

—¿Sos ciega?

—No. ¿Por?

—¿No los ves?

Ella rió.

—¿Pero son tuyos?

—Sí.

—Qué lindos.

Se sentó al borde del estanque. Los nenúfares y los lotos se mecieron por las ondas cuando ella tocó el agua. Una mosca apoyada en un flotante salió espantada.

—Mi papá me llevaba al Jardín Japonés. Ahí tienen muchísimos peces de todos los colores. Ojalá a mí me dejaran tener un lugar así en casa. O aunque sea, peceras.

—Podés venir a visitarlos cuando quieras.

***

Ingresan a las cloacas con los visores infrarrojos encendidos. El capitán desliza la pantalla del mapa con un dedo y señala el camino. El punto de encuentro está en el lugar pactado. Envuelto en una columna de luz que llega desde arriba, los espera Suárez. Se saludan. Suben la escalera hacia la bocacalle encima de ellos.

Las calles están secas. Flota polvo de tierra. La visión se vuelve borrosa. Suárez los apura. Recorren los callejones iluminados por el sol del mediodía que se filtra por las placas semiopacas del domo. Frenan a la salida de un callejón, se esconden detrás de un contenedor de basura. Esperan a que el vehículo de la patrulla termine su ronda de vigilancia. Doscientos metros de pasadizos oscuros los separan del refugio. Los atraviesan a las corridas, siempre pendientes de algún movimiento o una señal anómala.

La puerta es de chapa. Las paredes, de adobe. Los recibe una mujer gorda, que acuna a un bebé en sus brazos. Los Sembradores atestan la sala. Los invitan al sótano, donde un hombre, envuelto en penumbras, sentado en una silla, afila un cuchillo. Las luces se encienden. Ametralladoras, revólveres y granadas descansan sobre tres mesas.

—No vamos a necesitar eso —dice el capitán.

—¿Y entonces cómo van a…? —pregunta Suárez.

—¿Tienen la ropa?

—Sí.

—¿A qué hora es el acto?

***

Mario, de siete años, encontró a su padre en el galpón de las herramientas, arrodillado frente a una pila de recortes de diario. No entendió por qué, al verlo, su padre intentaba esconder los papeles.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—¿Son revistas?

—No.

Su padre, culpable por el mundo que todavía no le había revelado a Mario, por el mundo que los precedía y había dado como fruto el presente en el que vivían, se hizo a un lado. Mario se acercó y leyó la primera tapa del diario: RUANDA EN GUERRA. MILES DE NIÑOS MUEREN POR DESNUTRICIÓN.

—¿Qué es la guerra?

—Cuando las personas se pelean por pensar distinto.

—¿Como cuando vos y mamá discutieron porque no había que ponerle papas al guiso?

Su padre rió.

—Parecido, pero no.

Mario siguió revisando los recortes. Se encontró con la foto de una nena africana sentada en una silla. Sus costillas marcadas debajo de la piel, la panza hinchada. En otra, una mujer desdentada con un pañuelo en la cabeza sonreía a la cámara mientras amamantaba a su hijo. El titular de otro diario, LA MITAD DEL PLANETA MUERE DE HAMBRE. LA OTRA MITAD, DE COLESTEROL, con la foto de un grupo de chicos obesos atiborrándose de hamburguesas.

—Eso es todo lo que dejamos atrás —dijo su padre cuando Mario se dio vuelta y lo miró, la falta de entendimiento en sus ojos.

***

Sonia se percata de la mano quemada de la mujer que acuna al bebé. Le pregunta a qué se debe. La mujer dice que la encontraron robando naranjas para alimentarse. Sonia traga la rabia. Mario le apoya una mano en el hombro.

—Dale, metele.

Sonia asiente y termina de vestirse.

Harapos sobre harapos, pantalones y camisetas gastadas, los Sembradores desaparecieron. Colocan las capuchas sobre sus cabezas, los bultos de sus armas escondidos debajo de las capas. El capitán les pregunta si están listos. Todos los integrantes del grupo levantan el pulgar de la mano derecha.

Suárez se queda en la casa, con la mujer. El hombre del cuchillo, que resulta ser el armero de esa célula de la Resistencia, acompaña a los Sembradores.

A través de las calles, se oyen los bombos y los platillos. El acto se celebra en las escaleras de la Municipalidad. La gente agolpada sacude pancartas en protesta. Se codean para ganar un lugar desde el cual ver a Don David Marconi, terrateniente de Villa Lynch. La milicia apunta las armas antidisturbios al público, a la espera de cualquier movimiento hostil. Vuela una piedra, que es detenida por el escudo de un agente, e inmediatamente el agresor es apartado del tumulto por dos uniformados.

Los Sembradores se dispersan. Mario se repliega por el ala derecha; Sonia, por la izquierda. Se pierden de vista. Mario acaricia el gatillo.

Don David Marconi habla sobre la importancia del cuidado de los recursos, la escasez y el equilibrio que intenta mantener para que todos puedan convivir en armonía; la humanidad no está hecha para sostener una sociedad libertaria como la de afuera del domo, sino que necesitan a alguien que los comande; ¿cuándo han visto que una manada, en pleno estado salvaje, hace lo que quiere? ¿Acaso no están para algo los machos alfa?

El pulsador vibra en la muñeca de Mario. Es la hora. A su izquierda, divisa al capitán entre la gente. Todo sucede en cámara lenta: las armas alzadas; las balas que atraviesan el aire; los guardias que caen; Don David Marconi que gira y se agacha, preparado para salir corriendo; el capitán sube las escaleras y lo apresa.

A Mario se le pone la piel de gallina al oír el vitoreo del público. Alguien, entre el gentío, grita: ¡Libertad!

***

El abuelo le había dicho lo mismo: allí donde esté el ser humano, existe una tendencia al caos.

—Somos los únicos que destruimos sin sentido. En cambio, las abejas polinizan y a la vez transportan semillas; las hormigas incrementan la materia orgánica del suelo…

—¿Es mejor que dejemos de existir, entonces?

—¿Quién te dijo eso?

—En la tele —dijo Mario.

—No tenemos que dejar de existir. Tenemos que seguir por el camino del cambio. La cuestión no es desaparecer… Es contribuir.

***

El domo es desactivado. Los gritos de las personas, las nubes de polvo levantadas por la corrida. Desde el techo de la Municipalidad, el capitán libera las esporas. Los granos minúsculos surcan el aire. Se instalan entre las grietas del suelo, labran su camino y encuentran su lugar de reposo en la superficie del planeta. El capitán emite el aviso y, en respuesta, un jet sobrevuela la ciudad para cubrirla con agua mineralizada. Los brotes aparecen y recubren las calles con una alfombra verde de césped.

***

Mario coloca los granos de café en la máquina y hace fuerza para molerlos. Calienta la leche. Sirve dos tazas. Se asoma a la puerta de la casa y observa a Aurora. Ella se agacha y quita las malas hierbas de la plantación. Hileras interminables que se extienden hasta donde no alcanza la vista. Hay que sacarlas antes del invierno. En primavera será difícil lidiar con la helada y los hierbajos que comen lo poco que pueda llegar a aprovecharse. En los días por venir, deben colocar las mallas para el granizo.

El mundo, su mundo, es distinto ahora que Mario no tiene que aguantar el peso de un casco en su cabeza o el de un arma en sus manos. Es distinto ahora que lo único que se roba su atención es Aurora… y las patadas del bebé durante las noches.

Camina hacia ella sin hacer ruido. Carga con las dos tazas, y deja una estela de vapor a su paso.

—¿Está caliente como a mí me gusta?

Aurora huele el café antes de verlo. Sigue con su trabajo.

—Vení, descansá un poco y probalo.

Se da vuelta, le saca la taza de la mano a su marido, lo besa. Después, bebe el café con leche. La cadenita en su cuello, con la insignia del brote, refleja el último brillo de la tarde.

—¿Cómo va el estanque?

—Va queriendo. ¿Acá todo bien?

—Sí. Pero uno que yo sé anda medio quisquilloso.

Aurora se acaricia la panza. Mario apoya su mano sobre la de ella.

Foto: Imagen de DarkWorkX en Pixabay

Lautaro Vincon

Buenos Aires (1991). Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”.

Facebook: /vinconlautaro


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