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Mar. Dic 10th, 2019

CRONISTAS ÓMICRON: La asamblea

Desde Argentina, Daniel Antokoletz nos comparte su cuento «La asamblea».

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Por Daniel Antokoletz Huerta

Un viento suave mece los árboles. La hierba alimenta a dos tranquilos venados. Las rocas, perfectamente alineadas en una herradura que mira al atardecer, hablan de antigüedad, de milenios. Un añoso bosque rodea a la construcción. Muchos arqueólogos han estudiado las viejas runas que decoran los altos dólmenes. La única conclusión que obtuvieron es que es anterior a Stonehenge.

Un hombre solitario se acerca al centro de las piedras. Camina erguido aunque se apoya en un extraño cayado. El báculo es de piedra negra, sólida y liviana. Está exquisitamente labrado con imágenes de dragones y duendes, hadas y trolls, elfos y gnomos. En la punta superior, un enorme brillante con forma de gota con una esmeralda en su interior, saca hermosos reflejos del rojizo atardecer.

El hombre se detiene, tranquilo, en el centro exacto de la herradura. Con atención busca, con el pié, algo en el pasto.

Luego de unos momentos sonríe. De espaldas al sol, su bronceada cara mira al cielo y comienza a salmodiar en un desconocido idioma arcano. Abre sus brazos y los levanta con lentitud siguiendo el volumen de su canto. Toma el cayado con ambas manos. El brillante comienza a resplandecer con una suave luz azulada. Con la punta a pocos centímetros del suelo, el hombre suelta el bastón y abre los brazos. El báculo se mantiene vertical, flotando sin tocar el pasto.

El resplandor azulado que sale del brillante comienza a recibir respuesta de las piedras de la herradura. Algunas responden con el mismo color azulado, otras con una luz verdosa y las otras con un color rojizo que iluminan el enorme claro del bosque, ante la ya creciente oscuridad.

El hombre deja de cantar y se despereza. Con lentitud, su cuerpo comienza a crecer y de su espalda se despliegan dos enormes alas membranosas. Ese tranquilo hombre se convierte en un enorme dragón negro. Ahora, como dragón vuelve a estirarse. La claridad provocada por las piedras y por el báculo, se refleja en sus brillantes escamas. Estira el cuello y de su boca, poderosamente dentada sale un profundo rugido que retumba en todo el bosque. Mira hacia arriba y una infernal bocanada de fuego se pierde en las alturas iluminando la noche con reflejos carmesí.

En pocos segundos, enormes sombras se alzan del interior del bosque y planeando suavemente se posan dentro de la gran herradura. Con suaves movimientos de cabezas multicolores, saludan al dantesco dragón negro.

Cientos de siluetas se acercan a la herradura conde varios dragones ya ocupan una de las puntas de la misma.

A medida que entran en el claro que deja la construcción, van tomando forma de duendes, hadas, elfos, trolls y gnomos. 

El dragón negro se acomoda con tranquilidad en el centro de la herradura y observa como cada grupo se ubica en cada sector del claro. A la izquierda, los dragones y los gnomos; en los sectores centrales, los elfos y las hadas; y en el ala derecha, los duendes y los trolls. Cada grupo representante de un planeta de la Unión. En pocos minutos, están todos sentados en el pasto y en silencio.

El dragón negro, de Rigel III, observa a su alrededor. Hay menos presentes de los que esperaba.

—Antes de comenzar —dice el leviatán—, propongo una plegaria silenciosa por nuestros amigos que han perdido la vida en éste período, que veo que son muchos.

Todos los asistentes bajaron la cabeza durante unos instantes. Podía verse que algunos estaban realmente dolidos, algunas hadas lloraron y uno o dos dragones también. Cuando todos levantaron las cabezas, el leviatán dice:

—Hemos convocado esta asamblea por pedido de alguno de ustedes y teniendo en cuenta la cantidad de amigos «perdidos».

Un elfo del planeta Kepler 2323 se adelanta y espera pacientemente a que le otorguen la palabra. Es alto y de pelo castaño claro. Sus ojos color almendra se ven duros. Esa dureza contrasta con sus delicados rasgos. Sus puntiagudas orejas están tiesas y hacia arriba. Es un indicador que el elfo está tensionado. El dragón lo observa y con un leve cabeceo le permite hablar.

—Hermanos, creo que ha llegado el momento de abandonar éste planeta. Ya se ha tornado demasiado peligroso. Los humanos no aprecian ni disfrutan, en lo más mínimo, de la ciencia que nosotros podemos brindarles, la consideran burda magia.  Ni siquiera disfrutan del glorioso mundo en el que les tocó vivir —y sin dejar de hablar, con unos movimientos de la mano, forma una nube detrás del dragón negro.

Unas terribles imágenes se podían ver proyectadas en tres dimensiones en la bruma: explosiones, soldados, balas, más explosiones, un niño llorando, gritos, sangre, muerte, aviones bombardeando ciudades, llantos, más disparos, un hombre corre y cae muerto con un disparo en la espalda, más gritos, más llantos, unos soldados practican tiro con civiles como blanco…

Los presentes estaban realmente perturbados, vieron en la televisión muchas barbaridades durante la última guerra del golfo; pero, cada vez que ven algo así se perturban. Miran, con admiración, a los dragones que se infiltraron en esa guerra para tratar de minimizar las muertes. Su ciencia, poderosa, requiere que estén cerca de la acción para tener efecto.

—Entienden ¿cuál es mi punto? -continúa el elfo-. El ser humano no tiene solución. Declaran una guerra por correr un alambrado que ellos llaman fronteras. Aún no entienden que uno no posee la tierra; la tierra lo posee a uno.

Un hada proveniente de la tercera luna de Betelgueuse se adelanta esperando tu turno para hablar. El elfo prosigue:

—Ellos destruyen todo lo que no comprenden. Así es como hemos perdido a varios hermanos. Pronto lograrán los viajes interestelares, están cerca, y aún no pueden convivir en paz. Propongo el bloqueo de su progreso y nos vayamos sin más discusión.

—¿Cuánto tiempo han convivido entre ellos? —pregunta el dragón con voz profunda-.

—No se puede convivir con los seres humanos. Son agresivos e ilógicos. Muy pocos de nosotros se mezclaron con ellos. Sólo dos han vuelto con vida —responde el elfo volviendo a su lugar indicando que había terminado.

—Hermano —retoma el dragón—, comprendemos que para la raza de los elfos, el afrontar la violencia, es muy duro. Los dragones hemos convivido durante todo el último período con los humanos. Hemos hallado seres buenos y malos. Creo que dejarlos sin nuestra ciencia, especialmente en éste momento que comienzan a comprender, sería muy duro y, sin guía, peligroso. No creo que el bloqueo al progreso funcionara. De hecho, lo intentamos en la edad media y fue trágico.


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El hada tose suavemente para recordar que está esperando para hablar. El Dragón lo mira y sonríe. Unos seres tan diminutos y, a la vez, tan poderosos. Con sus alitas, parecen mariposas. Con un movimiento de cabeza, le cede la palabra.

—Nosotros también hemos vivido entre ellos. Al igual que los elfos, no nos gusta la violencia. Nosotros creemos que los humanos tienen salvación —utilizando la misma nube creada por el elfo, comienza a mostrar imágenes y sonidos, mientras suena la sinfonía 40 de Mozart.

Pueden verse imágenes de cuadros, de libros, de esculturas y concluye con una imagen de la capilla sixtina.

—Unos seres que pueden crear cosas tan hermosas, tienen esperanza. Creo que aprovechan los sueños que creamos, en ellos, con nuestra ciencia. Supongo que sería muy fea una existencia sin eso que ellos consideran magia. Ellos no se dan cuenta de nosotros, pero saben aprovechar los dones que se otorgan, a la perfección.

—También usan esos sueños para la destrucción —replica un troll con el ceño fruncido.

El dragón observa a la deforme figura del troll fascinado. Es difícil que un elfo y un troll estén de acuerdo. Puede notarse que siguen la misma línea de pensamiento aunque por razones diferentes. Los elfos porque no soportan la violencia son pacifistas y pasivos; los trolls, en cambio, son más bien belicosos y de acción. No quieren a los humanos porque los consideran una amenaza, o competencia. Cómo, por diferentes motivos, los extremos se tocan. El hada sigue con la letanía de obras de arte realizadas. El dragón negro observa al resto de los asistentes. Le agrada el planeta Tierra. Ha recorrido muchos planetas y conocido a muchas especies. Es la primera vez que encuentra un planeta tan exuberante, tan hermoso, tan glorioso y con esos seres humanos que pueden ser tan adorables como odiosos.

—Yo propongo que les demos otra oportunidad —continúa el hada—. Si nos vamos ¿qué será de los humanos? ¿cómo sería posible que vivan sin progreso, sin sueños y sin ilusiones? Hay que tener en cuenta que ellos en pocos años progresaron lo mismo que muchos de nosotros en eones. —termina diciendo el hada.

—Tenemos la opinión de las hadas y de los elfos. ¿Cuál es la opinión de los trolls?

—No tienen salvación. Se matan en guerras, se matan de hambre entre ellos. No comparten. Opino que los dejemos.

—¿Qué opinan los gnomos?

—Son fascinantes —se adelanta un hombrecito de quince centímetros y una larga barba blanca que se mezcla con su cabello—. Creemos que los seres humanos aún son inmaduros. Aprenden rápido. Tecnológicamente son maravillosos… Van a aprender a convivir como lo hicieron todas nuestras razas. No son como los del planeta Alnish. Esas eran máquinas biológicas. No tenían ni imaginación ni creatividad. Es más, creemos que en algún momento una delegación de humanos, se sentará con nosotros en éste lugar sagrado y colaborarán con nosotros en otros planetas. Nosotros no pensamos como las hadas en el sentido que, si nos vamos, se van a quedar sin magia. Ellos tienen su propia magia. Sólo les falta desarrollarla…

—¡Dios nos libre y guarde! —exclama el troll divertido.

—Rían —sigue el gnomo—. Hay que tener en cuenta que la civilización humana tiene apenas diez mil años y ya avanzaron mucho. La civilización de los dragones, tiene varios millones de años, y la del resto de nosotros al menos dos millones de años. Creo que debemos darle tiempo y seguir guiándolos. En nuestro planeta se valora esa creatividad.

—En un millón de años, nos mataron a todos y destruyeron varios sistemas estelares —protesta el elfo.

—¿Cuál es la opinión de los duendes?

—Creemos que está en la naturaleza de ellos destruir. Talan y destruyen sus bosques y selvas por sólo dos siembras ya que la tierra se desertiza. Cada árbol que cortan no lo reemplazan. Todo esto a nosotros nos duele mucho. No piensan en le futuro, creo que debemos marcharnos.

—¿Y el representante de los dragones?

Se adelanta un dragón hembra totalmente plateado. No es tan grande como el negro. Se nota, por sus miradas que tienen una profunda amistad. 

—Los seres humanos tienen mucho potencial. Es verdad que no comprenden muchas cosas y que les falta madurar bastante. Pero hay buena pasta. Pensamos mucho como los gnomos, aunque su tecnología no nos deslumbra. Creemos que van a crecer y van a evolucionar en lo que les falta: el respeto. Una vez que lo aprendan, se respetarán entre ellos y a su entorno. Hemos convivido con ellos desde hace siglos. Cuando encontramos éste planeta y vimos a los seres humanos, sentimos que potencialmente pueden dominar al universo. Es verdad, son peligrosos, hay mucha violencia y agresividad pero son una especie joven. Los dragones proponemos continuar con nuestra labor en éste planeta hasta que los humanos formen parte de nuestra hermandad.

—Y la comanden —dice el troll.

El dragón negro lo observa y dice:

—¿Por qué no? Los seres humanos tienen liderazgo. Si cumplen con los requisitos para estar entre nosotros. Y creo que algunos seres humanos ya están preparados. Podría un humano ocupar mi lugar y comandar a la hermandad. Con la imaginación que tienen y esa creatividad, sólo Dios sabe a dónde llegaremos. Pienso que sangre fresca nos hará bien.

—Imposible —rugió el elfo—. No puede formar parte de nuestra hermandad, alguien que hace algo así.

Con un movimiento de mano comenzó, en la nube, una nueva proyección. 

Una madre, llorando, deja a su bebé abandonado en la puerta de una iglesia. Los presentes demuestran mucho dolor ante lo que ven. Cuando la imagen se apagaba, el dragón pidió:

—Por favor, deja que la secuencia siga.

El bebé estaba llorando en el portal de la iglesia. Una mujer joven, se acerca y con mucho cuidado, lo levanta y lo lleva a un hospital. Los rasgos duros de la mujer estaban suavizados por la tierna mirada al bebé. Por sus ropas, se notaba que la bondadosa era muy pobre.

Un médico revisa al bebé y le dice a la señora:

—Señora. Su hijo está bien, un poco desnutridito, pero está bien.

—En realidad —responde la mujer—, no es mi hijo. Estaba abandonado en la puerta de los curas. Pero no se preocupe, no tengo mucho, pero comida no le faltará.

El dragón, con una sonrisa, permite que la nube se disipe.

—Hermanos, mientras en la humanidad haya compasión, hay esperanza para ellos. Realicemos la votación.

Los cabecillas de cada grupo consultaron brevemente con los consejeros delegados que los habían acompañado y votaron. Los trolls respondieron primero, votaron por irse. Las hadas replicaron inmediatamente, decidieron quedarse. Los duendes, sabedores que la naturaleza sufrirá mucho, y que ellos podrían hacer algo, decidieron votar por quedarse, aunque los humanos les provocan pavor. Los elfos votaron por irse. Los gnomos, divertidos, votaron por quedarse; deslumbrados por los avances tecnológicos del hombre. Y los dragones, desde el principio, decidieron que los humanos podrían, con un poco de tiempo y paciencia, ser la séptima raza que lleve a la hermandad a la perfección.

Foto: Imagen de ken lecoq en Pixabay

Daniel Antokoletz

Buenos Aires, 1964. Escribe desde hace más de 30 años y ha ganado premios tanto a nivel local como nacional. Sus narraciones fantásticas y de terror se han publicado en gran cantidad de antologías, diarios, revistas y blogs, entre los que debe señalarse el que fue seleccionado para “Cuentos de la Abadía de Carfax. Historias contemporáneas de horror y fantasía”, “Grageas 2”, “Grageas 3”, “Espacio Austral”, “Extremos”, Revista Axxón, Alfa Eridiani, entre otras. En el ámbito internacional ha sido traducido al inglés, al japonés y al húngaro; y publicó en numerosos países de habla hispana. La prestigiosa revista húngara Galaktica  publicó una antología de escritores argentinos en la que Daniel comparte índice con Gorosdicher, Gardini y Borges entre otros grandes escritores. Se dedica a la investigación robótica y a la bioingeniería.


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