mié. May 22nd, 2019

Por José Alberto Collao

Es un titular provocador, es cierto, pero no tanto si atendemos a ciertas cifras que ya lo verán, a mi me encantan. Si bien es cierto que, en términos generales, América latina tiene un 40% mas de investigadores que hace una década, estos representan apenas el 4 % del total mundial. Y si esto fuera poco, son las universidades las que siguen concentrándolos, obligados a dividir su tiempo entre la docencia y la investigación, lo que se refleja en un apenas 4.5 % de lo que se publica en revistas especializadas.


Si bien este es solo un antecedente sobre un aspecto dinamizador del desarrollo de las ciencias en América latina, tenemos otros dos aspectos que son mas que relevantes, porque uno es el paupérrimo desarrollo de la investigación científica, y otra cosa es el desarrollo de la tecnología. Y acá, no hace falta ser adivino para darnos cuenta que nos volvemos por obra y gracia de no se que influjo divino, en simples mono productores o exportadores de materias primas con cada vez menos valor agregado. De lo que se desprende, que nuestro desarrollo tecnológico es también, muy limitado. Agreguemos a esto quizá uno de los factores mas significativos en el desarrollo de la ciencia en América latina, la educación.


De acuerdo con los datos actualizados del Instituto de Estadística de la Unesco, un total de 617 millones de niños y adolescentes en todo el mundo carecen de un nivel mínimo en lectura y matemáticas. Según el organismo internacional, más de 387 millones de niños con edad para estar en primaria (56 %) y 230 millones de adolescentes con edad para cursar el primer ciclo de secundaria (61%) no alcanzan ese nivel mínimo.


Uno de los elementos que sorprenden más a la Unesco es que de los 387 millones de los niños con edad de cursar primaria en el mundo y que no saben leer, 262 millones van a la escuela: Según el diagnóstico de la organización, estas estadísticas ponen en evidencia tres tipos de carencias, la primera se refiere a la de los niños que no están escolarizados, con pocas posibilidades de conseguir los conocimientos útiles en lectura y matemáticas; las otras dos tienen que ver con la incapacidad para mantener escolarizados a los niños, así como la calidad de la enseñanza.


Al mismo tiempo, un tema preocupante para la región es el de los maestros, su formación y salarios: los profesores de América Latina ganan menos que otros profesionales. Los docentes de preprimaria y primaria ganan el 76 por ciento de lo que logran otros profesionales o técnicos, mientras que los profesores de secundaria, solo 88 por ciento.


Y ya sabemos que al menos en el caso de Chile, nuestra educación está en un profundo entredicho. Pero que tiene que ver también con una especie de permisividad alienante en que se entiende -por ejemplo- en los marcos de la libertad de expresión, un sinnúmero de aberraciones que vulneran los conceptos del conocimiento, ampliamente difundidas por medios de comunicación masivos, en que “lo que ciertas personas creen” llegan a estar por encima de la evidencia científica, produciendo una especie de descrédito del pensamiento crítico.


En Chile, cada año, cuando llega el momento de discutir el presupuesto del sector público, el panorama es que este presupuesto asignado, en el mejor de los casos, se estanca en el 0,37% del PIB, la cifra histórica de la inversión en investigación en Chile.


Entonces es válido preguntarse, ¿qué clase de literatura de ciencia ficción somos capaces de producir? Porque hay que preguntarse también, ¿qué clase de literatura de ciencia ficción solos capaces de consumir?

Flores para un Cyborg, editorial e.d.a

La literatura de ciencia ficción no es como otras literaturas, al menos la entendemos en el sentido que aquello que se asocia con la ciencia no es mera excusa, sino que es parte integral y gravitante de la obra. Y en tal sentido, las herramientas que nos quedan son mas buen los mitos de la ciencia, que la ciencia en sí. Y que no se entienda mal. No se trata de imitar los papers de universidades agregándole el sabor de la aventura, se trata de experienciar la ciencia en el consciente colectivo.


La UNESCO, que suele ser anormalmente optimista en esto, nos augura mejorías significativas para las próximas dos décadas, pero lo que habría que hacer -creo yo- es asumirlo, en primer lugar.


Una literatura de Ciencia Ficción, o de especulación científica, requiere de un mar donde navegar, y en estos riachuelos resecos solo nos queda la magia tecnológica, o los refritos hollywoodenses traspasados al papel autóctono local. Y de eso tenemos mucho.


Y como toda gran inquietud, se trata de eso, de revolver un poco el gallinero -como decimos en Chile- para poner mayor atención sobre los méritos de las obras más allá de las ventas, siempre espurias, mezquinas, y hasta infladas en muchos casos.


Entonces sumamos a lo que Silvia Kurlat Ares explicaba hace poco más de media década; “La desconfianza de la crítica latinoamericana hacia la ciencia-ficción tiene larga data y complejo origen” parafraseando a Pablo Capanna “más allá de toda la parafernalia futurística y galáctica, trata siempre acerca el presente”. Si, este crítico especializado, la llamaba “parafernalia”. Pues se trata de otra cosa. Un camino todavía mas estrecho a la amplia definición de la ciencia ficción soft (ciencias sociales, si se quiere) para pasar directo a la literatura de fantasía intergaláctica, pero es eso ciencia ficción. O -mejor dicho- ¿Qué importancia reviste el hecho de que estas “ramas del saber humano, constituidas por el conjunto de conocimientos, objetivos y verificables” puedan constituir una literatura específica?


Así entonces, me pregunto que obras hemos dado al mundo, qué inspiración, qué aporte. A que gravitancia aspiramos.


Hace ya seis años Guillermo Roz nombraba tres autores significativos: Los casos de Marcelo Cohen en Argentina (El oído absoluto, Donde yo no estaba), del peruano residente en Madrid, Doménico Chiappe (Entrevista a Mailer Daemon) o del chileno Diego Muñoz Valenzuela (Flores para un cyborg), donde a pesar de reconocer los méritos, quedaba a firme respecto a que estas literaturas son absolutamente marginales. ¿Hasta cuándo?

Fotos: Pixabay / Editorial e.d.a

Jorge Alberto Collao

La Serena, Chile, 1965. Estudia Licenciatura en Educación en Física y Química en la Universidad de La Serena donde participa por tres años consecutivos en Taller de Literatura. Funda revistas, participa en lecturas colectivas, organiza la primera exposición en los 80 del Movimiento Mundial Arte Correo. Gana concursos como el Primer Lugar en Poesía del Festival de Todas las Artes Víctor Jara, el Concurso de Poesía y Cuento en ambas categorías, organizado por la comisión de Derechos Humanos, el concurso de poesía organizado por la SECh. El de la Corporación Santo Tomás y el de La Dirección Marítima por dos veces. El Fondo de la Cultura y El libro a través de la Editorial Mosquito, lo publica en su colección de poesía. Ha publicado “Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas” en 2014 (Novela corta de ciencia ficción especulativa) y “¿Podremos reírnos en el silencio del cosmos?” en 2017, conjunto de relatos de variada índole, ambos por Editorial Puerto de Escape. Además, junto a un colectivo de ilustradores, dio origen en 2018 a la colección AKUN de plaquett con historias ilustradas de Acción, Fantasía, y Terror.

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