mié. May 22nd, 2019

Por Isabel Santos

I

Hace 17.000 años, durante la era de Escorpio, floreció una humanidad que ahora se cree extinta. Aunque se suponía que nadie guardó registro de esos acontecimientos, el señor Prana los tiene. Él mismo se ha ocupado de buscarlos, porque sabe que volverán. Los amos del mundo son así, buscan competidores. 
Los astrólogos, como yo, le hemos dado las instrucciones básicas. La era de Escorpio sólo se puede combatir con la era de Tauro.
Por desgracia esa era ya pasó. Sin embargo, se puede crear la era del toro. Con dinero, casi todo se puede.  
Los amos de Escorpio  ya están muy cerca. Los astrónomos nunca los verán, porque no viajan en naves espaciales, ni en planetas. La humanidad de Escorpio es inmaterial, como toda humanidad que evoluciona. Podrían encontrarse vestigios de sus cuerpos enterrados en las profundidades de la Tierra. Ellos partieron hace mucho. Y volverán ahora, porque así es la ley del cosmos. 

Fragmento del capítulo 1 del libro Yo creo, de Juan Sierra

El credo no era lo importante, pero Prana tenía que tener uno. Cualquiera puede armar una receta básica. El problema era convencerlos, llevar adeptos al desierto y obligarlos a sentir empatía con él. Tenía que buscar una historia intrigante, pero que a la vez despertara la curiosidad de pocos. No debía divulgarlo demasiado, para que esos pocos se sintieran los elegidos. El resto tenía que seguir en lo suyo, trabajando para él. Moviendo la rueda que él había fabricado.


Reunió a un grupo de hombres, los dividió en dos: los escépticos y los crédulos. Fue fácil, para eso estaban las redes sociales. Después de desplegar los cebos, se armaron listas por países. Cada uno se unió a su grupo creyendo que tenían afinidad. Los atractores fueron hábilmente sugeridos. Los crédulos viajaron al desierto, los escépticos se alejaron pensando que estaban fuera de peligro.


En pocos meses, el desierto estaba lleno. Recién ahí Prana preparó los milagros.


Se hicieron burbujas vitales, energías que nadie reclamaba. Todos esos seres ya estaban desligados gracias a la previa y hábil selección.
Después de los primeros milagros concretados, empezaron las reuniones y la ingesta del hongo. Todo el poder de Tauro se fabricó en los laboratorios. La sustancia se había probado, la energía espiritual se había creado. Los astrólogos habían logrado descubrir la esencia taurina. Fabricaron el espíritu del toro, y esas conciencias modificadas de los adeptos taurinos estarían preparadas para hacer frente a la invasión de los telépatas de Escorpio.


Después de un tiempo, Prana pudo alejarse del tedioso trabajo de presidir los cultos. Observaba con entusiasmo las batallas libradas por sus devotos soldados. Todos esos cerebros creaban nuevas capacidades e iban neutralizando las energías del escorpión que lo habían alarmado y que se acercaban a su mundo con intención de conquistarlo.
Los consejeros de Prana se sentían orgullosos. Habían investigado bien. Él ganaba otra guerra. Medio mundo estaba a su servicio material. El resto eran pobres indefensos que habían perdido su libertad, igual que los otros; pero para darle a Prana la continuidad del mando que no estaba dispuesto a perder.

II

Ofiuco odiaba su nombre. Un nombre que nadie sabía, sólo su madre. Y ella tenía prohibido revelarlo. Él fue claro. La última vez que se mudaron, ya tenía edad para imponer condiciones. La mudanza tenía ese precio.
Su madre peregrinaba por Brasil buscando conseguir un trabajo y una casa. Tenía que estar donde pudiera ver el mar. Ese año estaban instalados en Pipa, cerca de Natal, y acordaron que en esa ciudad Ofiuco se llamaría Preto.


Hasta ese momento, era más intrigante para él el comportamiento de su madre, que lo iba llevando de acá para allá por todo Brasil, que internalizar su nuevo nombre. Sin saber demasiado por qué, sintió de repente la necesidad de saber ¿qué significaba Ofiuco? Había desistido de seguir preguntándole a su madre, ya que sólo le respondía, una y otra vez, que se le había aparecido en un sueño, cuando estaba embarazada.


Él le preguntaba si se le habían aparecido las letras volando, en una hoja, o si era un sueño en otro sueño. Ella sólo le confirmaba que alguien se lo repetía, pero no se acordaba quién.


Decepcionado, pero satisfecho, se dio cuenta de que no era nombre de rey o de presidente. Era el nombre de una constelación astronómica. Lo encontró mencionado en sitios de internet como un nuevo signo del zodíaco, el número 13. Algunos astrólogos lo querían imponer para no dejar a Escorpio como el único signo que se llevaba todas las características venenosas y repugnantes. Parecía que Ofiuco venía a sumar veneno; en este caso, de serpiente.


Preto era solitario. Él y su madre sobrevivían en una cabaña construida sobre la playa. Pero sólo en la temporada baja. Después tenían que alquilar en el pueblo y dejar la vista al mar para los turistas. Su madre daba clases de surf para mujeres, y él estaba terminando el colegio, sin demasiadas ideas sobre su futuro. Nunca había visto mucho, salvo las ciudades costeras de Brasil. Desde Río de Janeiro, se habían mudado a Cabo frío, Bahía, Recife y Natal. Ahora intentaban sobrevivir en Pipa, mientras siguiera siendo la nueva perla exótica del norte de Brasil.


Tenía un pasatiempo que le permitía charlar con su amigo Milton y ganarse un dinero: buscaban peces en las lagunas que dejaba la marea baja. Casi todos los días iba a la playa y volvía con la mochila llena de peces.
Uno de esos días, Preto quiso nadar un poco, mientras Milton descansaba, y cuando salió a reposar sobre la arena, sintió que algo le rozaba la pierna. Una serpiente. Y la serpiente le dijo, sin hablar —como le había repetido el nombre Ofiuco a su madre en sueños—, que había una cueva en los acantilados, y que tenía que buscarla para revivirlo.


Preto se incorporó y movió la cabeza golpeándose las orejas como si tratara de sacarse ese pensamiento. ¿Para revivir qué?, se dijo. Además, no podía encontrar una lógica para esa serpiente telepática. Miró el mar: la playa, repleta de turistas observando delfines.


Se asustó pensando que era víctima de una venganza universal por haberse cambiado el nombre. Todo parecía tener sentido. Se imaginó reviviendo su identidad como Ofiuco, dentro de una cueva.
Subió la improvisada escalera del acantilado, pero no encontró nada suelto. Ninguna abertura, ninguna señal de algún agujero. Parecía un tonto mirando la nada.


Esa noche pensó mucho. Recordaba el símbolo astrológico de Ofiuco: un hombre sosteniendo una serpiente. Había algo en ese nombre: algo respecto a la medicina, algo que tenía que ver con curar o incluso revivir a los muertos. Recordó el escalofrío y el roce de la serpiente en la playa. Quizás había sido el sol, el cansancio, el aburrimiento de los días que lo hacían cavilar situaciones que ni siquiera podía comentar con Milton, quien no conocía su verdadero nombre.


Decidió salir de noche a caminar por la playa, sin que lo viera su madre. El sueño estaba perdido. Si se desvelaba, ya no dormía.


Recorrió las piedras de la playa, y se dispuso a caminar. Bajo esa luna insignificante, él tenía un poco de miedo, pero más curiosidad. Espió el mar y no descubrió nada. Se dio vuelta, y tenía enfrente la pared del acantilado rojo como era y con esos árboles colgando como crines de caballo. Esperó ahí pensando, reclamando que algo sucediera. Necesitaba comprender. La serpiente lo rozó otra vez, y al verla le preguntó:


—¿Me ayudas a encontrar el muerto? —Preto, ya cómplice y parte de un plan, cambió la comunicación, de alucinación a la de aparición.


—Sígueme —dijo la serpiente, en sintonía.


Preto se dejó llevar por el destino. Sintió de repente que algo significativo para su vida tenía que pasarle alguna vez. Si era un sueño, no quería despertar. Quizás estaba durmiendo en su casa. Sin embargo, como quien escribe el libreto de la historia que quiere soñar, pensó que vería su nombre escrito en las paredes del acantilado. No fue así, la serpiente lo guió hasta una cueva que, por supuesto, existía.


Cruzaron por las entrañas de la roca como por arte de magia. Como si hubiese estado abierta para el mundo, siempre. Y ahí: un cuerpo congelado. Parecía un hombre, no un “nombre”.


—No te equivoques, Preto —aclaró la serpiente—. Eso no es un hombre. Pertenece a otra especie.


—¿Hay muchas especies de hombre?


—No, de hombre queda una sola. De Tassilis, varias.


—¿De qué? —preguntó Preto.


—Nadie sabe la historia verdadera. Los amos del pasado no eran hombres, eran neandertales. Necesitaron 200.000 años para evolucionar. Ustedes, los hombres, llevan 40.000, lo que no es suficiente.


»Ellos están volviendo de su largo camino. Toda criatura que mutó hasta el grado tres pasa a vivir en otra dimensión. Pero después de 15.000 años, regresa. Debe aportar su energía para incentivar un salto. Algún ser vivo estará preparado. Este cuerpo congelado es de un neandertal grado tres. Su poder mezclado con tu esencia, podría estimular el cambio. Quizás ustedes logren llegar al grado dos.


—¿Dijiste con mi esencia? —Se asustó Ofiuco.


—Sí, no te asustes. Vas a vivir para contarlo.


—Pero, ¿por qué la mía?


—Eso no lo sé. Ellos decidieron. Cuando están llegando, ya se dan cuenta. Yo tenía instrucciones de decirle a tu madre que te pusiera ese nombre. Después me vine a Pipa a esperarte. Ahora tienes que tomarme con las dos manos y acercarme al cuerpo congelado. Los tres tenemos que estar unidos, y yo seré el nexo. Debo herir tu brazo y transportar tu sangre al suyo. Así él revirá.


—Tengo miedo —susurró Ofiuco.


—No te preocupes, él ya sabía que esto pasaría. Nos está esperando desde hace15.000 años. No va a lastimarte. Eligió quedarse, quería ser testigo. Nadie volverá, él tampoco. Sólo la energía pasa de dimensión en dimensión.


—¡Bienvenido! —le dijo la serpiente al resucitado.


—Hola, soy Ofiuco —Se presentó él, por las dudas.


—Gracias por regalarme tu plasma —dijo el neander, con voz calmada—. Estoy reconfortado.


—¿Mi qué? —Ofiuco miró a la serpiente, como diciendo ¡este hombre está vivo!


—Tomó sólo un poco de tu energía vital —dijo la serpiente para tranquilizarlo, aunque no lo logró—. Eso que circula por todo el universo y penetra en cada ser. Ustedes le dicen alma, espíritu. Vos sabés de qué te hablo.

III

—Hicimos un buen trabajo —dijo Prana—. Los felicito.


—¿Qué hacemos con estos? —dijo el director del laboratorio, señalando a los adeptos, alucinar.


—Dejémoslos un mes más, por las dudas —dijo Prana. Y se confesó, mirando la máquina que captaba las ondas psi—: Nunca les creí, pero ahora que veo como bajó el peligro, estoy convencido.


—Vaya pensando algo —dijo el director del laboratorio—. Esta gente está demasiado loca para volver del desierto.


—Algo se me va a ocurrir —dijo Prana.

Mientras tanto, el resucitado captó enseguida todo lo que pasaba en el mundo afuera de la cueva. Parecía que las noticias corrían rápido por otras vías. Sin salir de ahí, pensó en la forma más rápida para lograr un avance. Él era el único en el mundo que sabía cómo. El único testigo de la historia de los antiguos amos. Cuando ellos partieron, los hombres de hoy, eran animales.


El resucitado estaba más convencido de que lo despertaría una rana o un delfín. Sin embargo, aquellos salvajes dominaban el mundo. Había que enseñarles muchas cosas.


—Ofiuco, te paso mis poderes —dijo el resucitado—. Con ellos van todos mis planes. Quizás otro testigo haría otras cosas. Pero acá en la Tierra estoy yo, y se hará lo que se me ocurra a mí. Si sale mal, otra especie tomará la posta y veré como lo resuelvo cuando despierte otra vez. Tengo 15. 000 años para imaginarlo. —Soltó el brazo de Ofiuco y se petrificó otra vez.


—Vamos Ofiuco —apuró la serpiente—, no hay más nada que hacer. Esta cueva se cierra.


—¡Espérame! —gritó él, y huyó.


Ya en la playa, se acostó en la arena y se dio cuenta que su mente pensaba distinto. Tenía un ser dentro, que lo contenía, lo guiaba, le organizaba la cabeza. Era como si hubiera tomado demasiado aire, pero no se ahogaba. Sintió que había crecido unos metros o unos años.

IV

Juan Sierra juntaba el material astrológico con el que habían estado trabajando durante esos días, y José Diaz lo iba guardando en el armario.


—Me parece que nos equivocamos —dijo Juan.


—¿Por qué? —José apoyó el libro en el estante y se volvió a mirarlo—. Todo está funcionando.


—Hice las cuentas otra vez y creo que la energía que venía no era de Escorpio, era de Ofiuco. La fuente de energía se originó hace 15.000 años y no 17.000.


—Son pavadas esas que se dicen sobre el nuevo signo, yo soy ortodoxo, sigo a Tolomeo —aseguró José—. Escorpio es un arquetipo; Ofiuco, no.


—No sé. Yo ya estaba escribiendo un libro para la posteridad. —Hizo una pausa larga y dijo—: ¿Vos creés que Prana nos va a dejar con vida? Quiero ser el Beroso del siglo XXIII. El que deje un mensaje confuso pero intrigante. El que conoce los secretos…


—Léemelo porque yo también creo que se nos acaba el trabajo. Disfrutemos un poco.


—Empieza así: “Hace 17.000 años, durante la era de Escorpio, floreció una humanidad ahora extinta. Nadie tiene registro de esos acontecimientos. El señor Prana, los tiene. Se ha ocupado en buscar porque sabe que volverán. Los amos del mundo son así, buscan competidores…”.


—¡Maravilloso!


—Me cuesta seguir. Sólo tengo un primer capítulo.


—¿Y qué quieres hacer ahora? ¿Poner Ofiuco en lugar de Escorpio?


—Sí.


Ofiuco tenía un día ocupado. Hizo una lista de posibles ayudantes y los ubicó a lo largo del planeta. La primera fundación estaba en Santa Fe, Nuevo México.

Señores de EMC2 Fusión:
El tokamak no sirve, usen la siguiente fórmula. Con ella, la fusión será posible y la energía ya no será un problema.

La segunda fundación estaba en África. La solución propuesta tenía que ver con los alimentos.


La tercera estaba en América. La carta revelaba secretos olvidados, que resolvían problemas de salud.


Ofiuco sólo seguía los caminos propuestos por el neander. Las fundaciones a las cuales él envió las cartas, llevarían adelante los proyectos para cambiar las mentes. Después cada persona sería libre para actuar en consecuencia.


Ofiuco era como un imán que atraía a las personas. Algunas más, llegarían después, cuando las fundaciones actuaran.


Muchos fueron llegando a Brasil. Y se ubicaron cerca de Ofiuco, como si fueran el epicentro para un futuro movimiento.


Quizás fuera suficiente para que los hombres consiguieran el grado 2. Quizás, no.

Foto: Pixabay.

Isabel Santos

Nací en 1965, soy argentina y vivo en Buenos Aires. Participo de la tertulia de Ciencia Ficción de Buenos Aires. Concurro al taller de corrección de Claudia Cortalezzi, al taller de literatura creativa de Teresa Mira de Echeverría, Exégesis, Pórtico. 

Mi cuento “Infrarrojo” y mi cuento “Lobo” ya fueron publicados en Ficción Científica, mi cuento “Rosita” fue publicado en la antología de Pórtico: Futuro Imperfecto, mi cuento “Silé” fue publicado en la revista Axxón 283, mi cuento “Creyentes” fue publicado en la revista colombiana Sinestesia Sexta edición: ensoñaciones distópicas 31/05/2018 y en Outsider La Revista #4 El Alma, mi cuento “Helena” fue publicado en la revista mexicana Fantastique. Letras. Narrativa. 1/8/2018. Mi cuento “Stan” fue publicado en la revista digital miNatura 163. 

Tengo un libro publicado: Cuentos, 2013. 

Mi página web: https://www.facebook.com/IsabelSantosCuentos/

1 pensamiento sobre “CRONISTAS ÓMICRON: Prana

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