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dom. Sep 22nd, 2019

Por José Luis Díaz Marcos

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.

Ryszard Kapuscinski

«¡Por fin en casa… a 384 000 kilómetros de la Tierra!», se dice Victoria Brown despresurizando su traje ya dentro de la estación minera Armstrong. Hija de Salma Nielsen, primera mujer en seguir los pasos del pionero masculino sobre la luna, Victoria llega al satélite con la importante y dolorosa misión de sustituir durante los próximos seis meses a su malogrado colega.


Según las autoridades, Peter Fossum, único controlador de la Armstrong, ha muerto víctima de una fatalidad: un asteroide, peñasco volante, lo ha pulverizado mientras conducía su rover lunar.


«Qué irónico… Moríamos a pedradas en las cuevas y milenios después, conquistado ya el espacio, algunos, pobre Peter, siguen muriendo de la misma forma…». Cruzó los dedos, supersticiosa.


Instalado el equipaje en su cápsula, Victoria empieza a auditar la gestión interrumpida: estudios geológicos, programa de extracciones, cuenta de resultados… Pronto queda sorprendida, casi escandalizada. Y no precisamente por la administración Fossum, tan correcta como puede exigirse, sino por la diversidad y, sobre todo, por el valor de los recursos naturales que la sustenta.


«¡Decir que la luna es una mina de oro supone quedarse a años luz, nunca mejor dicho, de su auténtico valor!».


Intenta recapitular, aturdida:
«Además de oro, sí, también hay otros metales como el platino, el níquel o el litio, presentes todos ellos en los asteroides que, de vez en cuando,…
Hay… agua y, en consecuencia, combustible, elementos básicos también para cualquier país dueño de sus propias tolvas lunares y usuario, como nosotros, de las estaciones de servicio suspendidas en la órbita terrestre; depósitos de titanio; minerales de tierras raras; helio-3, precioso carburante para los reactores de fusión nuclear… ¡Y dicen que lo más valioso, vete tú a saber el qué, aún está por descubrir!».


Curiosa, recorre las vistas ofrecidas por las cámaras instaladas en los yacimientos.


«Todo parece en orden: camiones autónomos y robots cumplen sus respectivas instrucciones al dedillo… ¡No, espera!».


En una de las panorámicas, sobre el polvo lunar: las finas huellas de un rover, uno de los dos posibles, «¡¿Fossum?!», se alejan hacia…
«¡¿…dónde?! En esa dirección no hay más que kilómetros de suelo aún inexplorado hasta la frontera con el área rusa».


Accede a la señal del satélite más próximo: desde arriba, las huellas siguen y siguen hasta que, en un momento dado,… terminan.


«Un rover fantasma: continuó hasta ahí y luego, de pronto,… ¡¿Qué?!».
Selecciona la cámara interior del garaje lunar: dos plazas de estacionamiento, un solo vehículo.


«Suponiendo que esas huellas no sean anteriores a ti, compañero Fossum, ¿adónde ibas? ¿Fue en esa excursión cuando…? ¿Y, suponiendo que hubiese sido así, por qué, de buenas a primeras, tu asteroide homicida y tú parecéis haberos esfumado de la faz de la luna?».


Suspira, aturdida.


«No tiene sentido. Ninguno. ¿Entonces…? ¿Error de registro? No. La definición de imagen es perfecta: hay todo lo que aparece y aparece, se supone, todo lo que hay».


«Se supone».


Deja las pantallas y corre al baño. Allí, activa el grifo y mete la cabeza bajo el chorro durante unos segundos. Se seca, incrédula. Estremecida.


«¡Eso es un… un… disparate! Una auténtica… ¡¿Por qué iban a inventar algo así?! ¡¿Para ocultar… qué?!».


Cierra los ojos.


«Algo pasa… No sé el qué, pero algo pasa… ¡Y soy yo, yo, la que está aquí! Tengo que averiguarlo… Quiera o no, el asunto me concierne».


Victoria corre ahora al vestíbulo y se enfunda, «¡Venga, venga…!», uno de los trajes espaciales. Abre compuertas y sube, «¡Peso una tonelada!», en el rover. Comprueba sistemas.


«Bien… Parece que por aquí sí está todo en orden… Allá voy… ¡Deséame suerte, Isaac Asimov!».


Sube el panel, frontera artificial entre el oxígeno y el vacío, entre la vida y la muerte, y el vehículo progresa, «Con… cuidado…», hasta la roca.

Enciende la I–radio con la esperanza de distraer la tensión. Suenan los clásicos REM: «…Si te creíste que llevaron un hombre a la luna, si te crees que no esconde nada bajo su manga, entonces, nada está bien…».
«¡¿Bromeas?!». Silencia el ritmo. «¡¿Qué psicólogo de feria dice que los paranoicos no tenemos motivos para serlo?!».


Anclada al asiento, y a pesar de los amortiguadores, sube y baja, sube y baja, «¡Wow!», sobre el desierto lunar.


No tarda en ver, a su izquierda, el trasiego de Mina-1, el primero de los yacimientos.

Se suceden Mina-2 y Mina-3. Y luego…

…fuera de las rutas habituales de carga y descarga, sobre el polvo virgen, la deriva del otro rover.

«¿De Fossum?».

Victoria se detiene. Suspira.

«No he llegado hasta la luna para rendirme ahora. Dicho así, en una peli quedaría genial. En una peli…».

Vuelve a suspirar y se desvía.

Un par de kilómetros más adelante, el pitido del navegador la sorprende: en la pantalla parpadea el punto en el que se esfumaban las huellas del rover fantasma. Fuera, sin embargo, aquéllas continúan.

«¡Se acabó la paranoia, chica: esto es real!».
En el horizonte, el polvo se sucede bajo el negro cósmico y sus infinitas estrellas.

«¡También, ay, soy afortunada: cuánta belleza…! Aquí mismo, al alcance de mis manos…».

Las marcas, advierte, se desvían hacia la derecha, rumbo a…
«¡¡Por todos…!! ¡N, no… no es posible…!».

…un vacío en cuyo borde terminan. Poco antes, a un lado, el bulto caído y níveo de un traje espacial.

«¡¡FOSSUM!! ¡¡PETER FOSSUM!!».

Victoria detiene el vehículo y abre la escotilla que la separa del exterior.

Avanza, horripilada.

En el pecho del uniforme, la identidad supuesta. En la visera, pecera rota, el mohín de la muerte. Encima del astronauta… nada.

«¡¿Y… y el meteorito…?!», piensa, aturdida. «Esto no es, ni por asomo, lo que me habían contado. ¡Ni a mí ni al resto del mundo! Pero,… ¡¿por qué?!».

Sobre la ceniza lunar, al alcance de la mano caída, encuentra la caligrafía trémula de una posible respuesta. De un seguro consejo:
HUYE

«¡¡¿¿HUYE??!!». Mira a su alrededor temiendo encontrar… «¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ?!».

Providencial, Victoria descubre el retroceso autónomo, frente a ella, del rover que ha conducido.

«Quiere matarme. Quieren matarme. También a mí».

Aquél acelera.

La ausencia de gravedad, «¡Bendita ausencia!», le permite sustraerse al atropello: el vehículo planea hasta…

…su par en el fondo de un enorme cráter.

Histérica, comprueba su atavío, la reserva de oxígeno…

«¡¡Gracias!! Gracias…».

Intenta serenarse.

«¡¿Qué demonios esconden?! ¡¿Por qué… por qué nos eliminan…?! ¡A nosotros! ¡A dos de los suyos, a dos de los vuestros, maldita sea!».

Escudriña el horizonte y divisa, no muy lejos, la indiscutible y enorme figura de…

…«¡¡Un… proyectil!!».

Hincado, oblicuo, en el suelo.

Sin detonar.

«En el ojo de la luna. Como en esa película prehistórica…», piensa Victoria, desquiciada.

Se acerca.

Dentro del desbarro, llama su atención, no obstante, el diseño del arma: antiguo, casi primitivo respecto a los presentes.

Y una breve inscripción:

A-119

Victoria la reconoce. La ha visto antes. En los libros de Historia. En los documentales. «¡P, pero… no puede ser la misma! ¡¡No puede ser!!».

Rodea el artefacto y descubre una segunda inscripción, también muy reveladora: USA. 1959.

Incrédula, a Victoria le flaquean las piernas y, temiendo un desmayo, se deja caer ahí mismo, sobre la luna.

«Así que es eso…», comprende. «Es eso… Cómo no…».

Aunque ya finaliza el siglo XXI, la historia se remonta, bien lo sabe ella, a la segunda mitad, «USA. 1959.», del siglo anterior. A la guerra fría.

En 1957, la URSS lanzó el Sputnik 1, primer artefacto humano en orbitar el planeta, hazaña que supuso exceder a los capitalistas americanos en la carrera espacial.

«Nuestro orgullo no encajó bien, nada bien, la crisis del Sputnik y el presidente Eisenhower se propuso redimir el golpe soviético de alguna manera…».

Así, se sucedieron los planes, «¡Contratando, entre otros, al luego famosísimo Carl Sagan!», hasta que en 1958 nació el Proyecto A119.

El objetivo de esta idea ultrasecreta desarrollada por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos era, «¡Increíble, pero cierto!», lanzar una bomba atómica contra la luna.

«¡Madre mía!».

Si el artefacto estallaba en el borde del satélite, el hongo nuclear resultante sería iluminado por el sol y, de esta forma, deslumbraría a todos los soviéticos.

A toda la humanidad.

Inconveniente de la locura: lograr el efecto deseado requería una explosión tan potente, al menos, como la de Hiroshima.

Consecuencias: imprevisibles. Temieron, sin ir más lejos, la radiación y el impacto de los escombros lunares.

Resultado: En 1959, el Proyecto A119 fue suprimido en favor de la carrera espacial.

«¡¡Mentira!! ¡¡Lo hicieron!! ¡El gobierno Eisenhower finalmente lo hizo! Aunque…».

Como era evidente, «¡Uf!», no había funcionado.

Cabía esa posibilidad.

«Siempre cabe esa posibilidad. Así nos volvió a ocurrir pocos años después en el sur de España: por accidente, y no como ahora en la luna, los yanquis colisionamos contra nosotros mismos soltando entonces cuatro bombas termonucleares. ¡¡Cuatro termonucleares!! ¡¡Y ninguna estalló!!

»¿Y si tú estallas, A119, cosa bastante posible debido al deterioro e inestabilidad de tus materiales y a la lotería cierta de los auténticos meteoritos? ¿Qué ocurrirá respecto a las misiones terrestres, incluida la nuestra, aquí instaladas? Lo previsible. Lo lógico. ¿Y merece la pena correr ese riesgo? Para ellos, sí. ¿Asumir la pérdida de cientos, “solo” cientos, de vidas humanas frente al cash de billones de dólares en recursos? Of course! ¡¿Cuál es el problema?!».

Victoria cierra los ojos, engañada, rabiosa, estremecida…

«¡Ánimo, valiente: una vez más, aunque sea la última, es tiempo de resistir!», decide al poco, ya en pie. «Y eso que desandar camino hasta la base es…: la reserva de oxígeno no me dará para tanto. Y, aunque me diese, tampoco me serviría de mucho: a ellos les basta con bloquearme el acceso desde la Tierra. “Gracias por los servicios prestados y amén”. Aún así…».
Echa un último vistazo a lo que un día se llamó Fossum.

«¡Hasta ahora! No te preocupes: repetiré tu advertencia sobre el polvo antes de reunirme contigo. Quizá el próximo, o la próxima, sí pueda lograrlo. ¡Preséntame a Asimov!».

Y emprende el regreso a ninguna parte absorta en las estrellas:

«¡También, ay, soy afortunada: cuánta belleza…! Aquí mismo, al alcance de mis manos…».

Y aunque ello suponga acelerar el consumo de oxígeno, Victoria también empieza a tararear:

«…Si te creíste que llevaron un hombre a la luna, si te crees que no esconde nada bajo su manga, entonces, nada está bien…».

Foto: Imagen de Parker_West en Pixabay

José Luis Díaz Marcos

Albacete, España, 1972. Ha publicado relatos en diversas antologías y webs nacionales y extranjeras. También es autor de sendas novelas: Paraísos de magia y fuego y Botij-Oh!

Más información en su blog personal:

www.la-estanteria-2.webnode.es

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1 pensamiento sobre “CRONISTAS ÓMICRON: A119

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