CRONISTAS ÓMICRON: Los parasicólogos

Por Matías Carnevale


El periodista estrella Isaac Klezmer, quien todavía no había adoptado el seudónimo con el que alcanzó la popularidad, vestido de traje, camisa y pantalón, camina con dificultad entrando en un terreno baldío lleno de gente. Se escuchan gritos aterradores en la húmeda noche estival.

—Se acaban de sentir unos gritos, a unos escasos cincuenta metros de donde estamos nosotros. Sí, sí, sí, sí. Ejem. Ejem. Carlos.

—Me estás pisando el cable—, se queja su fiel camarógrafo.

El personal policial arriba con toda su prestancia uniformada. Han llegado en un Renault 12 desvencijado a investigar qué es lo que está pasando.

Una vez más, en off, un alarido terrorífico: IOIOIOIOIOOOJUUUUUUUUUUUUU

—Vení, vení un segundo, seguime—, indica el reportero. 

Las ramas de los frondosos árboles se mueven misteriosamente, bañadas por la luz de los reflectores. 

—A ver, a ver, a ver, a ver, vení, Carlos, por favor. 

Una docena de personas en manga de camisa o en remera están esparcidas por la extraña escena. Un grupo de cinco licenciados en parasicología rodean a una muchacha de unos treinta años, que está sentada sobre un montículo. 

—Estoy toda dormida—, lo pronuncia con cierta dificultad, como alguien dopado.

—Vamos, vamos. Vos podés—, le responde un hombre de bigotes que tiene su mano posada sobre la cabeza de la joven—. Sí, vamos, vamos que vos podés. Vamos que ya está.

La muchacha tiene los ojos cerrados, como si estuviera en trance. En un momento, parece que se relamiera los labios. Tiene los brazos extendidos hacia el suelo.

—Así, suave, suave. Por favor, suavecito, así—, continúa el hombre, que parece que con sus palabras la estuviera guiando a una región profunda, terrible. 

—Ay, estoy toda dormida—, insiste la muchacha, que tiene los labios pintados y las uñas también, con el mismo color.

—Quiero que salgas de ahí. Quiero que suause, suavecito… Ahí, así, despacito. Quiero saber qué pasó.

El periodista sostiene el micrófono frente al rostro de la chica, mientras el camarógrafo va realizando distintas tomas, probando con distintos planos. 

—Sí, lloró—, comenta la chica en un gimoteo.

—Lloró. ¿Qué se siente?—, dice el de bigotes mientras le acaricia la cabeza a la chica.

—Es una sensación muy fea. 

—Vamos, quiero saber todo lo que sucedió. Vamos, seguí buscando. Fuerza. ¿Tenésfuerza para seguir? Vamos, vamos que ahí está.

—Hay fuego.

Al lado de la chica hay un tipo de camisa blanca abierta y con algo parecido a un control remoto en la mano. Lleva puesto un reloj Casio en una de sus muñecas. En su cara lleva puesto un gesto de honda preocupación, hasta que explota en un grito primal, gorilesco: —¡SACASACATEEEE!

—Cuidado, cuidado—, advierte Klezmer.

La chica inspira y exhala agitada: —Ay, no puedo. Por un microsegundo mira a cámara.

—Es mucho esto, no se puede. Es muy fuerte esto—, dice el de camisa blanca y control remoto.

—Muy bien. De a poquito iremos develando todo. —Es el juicio optimista del que tenía su mano sobre la cabeza de la muchacha. La joven se incorpora, tambaleando un poco. Débil, la sostiene la cohorte de estudiosos en lo paranormal.

—No, no, no. Es increíble lo que estamos viviendo—, comenta el hombre del micrófono, consternado. Los curiosos ya no suman una docena, pareciera que fueran legión. Hay jóvenes, viejas de pelo corto, hombres de bigote. Muchos hombres de bigote.

—Como si fuese…como si fuese un mundo…extranatural. Acá, acá, Carlos, el señor trabajando con el péndulo—, señala el periodista. 

El camarógrafo lucha para enfocar a un tipo flaco con un cristal pendiendo de una cadenita.

—Bueno, lo que estamos viendo acá es un péndulo radiestésico. La autoridad es del CICEN, Centro de Investigación en Cuerpos Extraños, que apoya la investigación ahora—, observa el de camisa blanca.

— ¿Está en trance?—, pregunta el periodista, con ánimos de interpretar la acción.

El tipo del péndulo está inmóvil, con un dedo apuntando hacia un costado. También tiene camisa blanca y un reloj Casio en su muñeca.

—Está canalizando, fijate que el hombre tiene tendencia a agacharse, lo mismo que cuando me succiona a mí—, interviene el primer hombre de camisa blanca; —fijate vos que el hombre no mueve la mano y sin embargo el péndulo…la capacidad de movimiento que tiene para girar.

—Sí. 

—Tiene un radio bastante amplio.

—Ahí está señalando con el dedo—, comenta el periodista.

—Sí, porque canaliza, por medio del hombre canaliza. Puede dirigir hacia dónde está la energía. 

Otro grupo de personas, tomadas de las manos, de rodillas, rodea a una señora de unos cuarenta años, que está de pie y lleva puesto una blusa celeste y una pollera blanca. Está descalza. Hay un zumbido. La mujer se mece un poco, como si la moviera la brisa. 

—Estamos fuera del círculo, y por pedido no es conveniente…entrar—, observa el periodista. 

La mano de la mujer, a un costado de su cuerpo, se mueve temblorosa. 

—¡UIIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!—, grita, dejando al descubierto una hilera de dientes amarillentos. —AAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY ¡Malditos! ¡Me asesinaron, malditos!—, vuelve a gritar la mujer, que tiene los ojos pintados del mismo color del vestido, y las uñas también barnizadas. —Papá…mamá…—susurra la mujer, que cae de rodillas, golpea el suelo con su cabeza y exclama: IARABAJUBARACHÚ. 

—No entendemos bien lo que dice. Podría ser algo en guaraní, o en pentecostal. No podemos acercarnos.

—NO QUIERO, NO QUIERO. NO—, exclama con vehemencia la médium; —no, no no, no me sigan, nooo. 

—Esto es terrible, parece, parece un mundo irreal.

—ARRANCALAPAPAPACHULA. JA JA JAA COLAIA SANA. SÁQUENME DEL POZO, SÁQUENME DEL POZO. ¡ME ESTÁN AHOGANDO!—, continúa la mujer con su histérica transmisión de ultratumba. Los hombres que la rodeaban han estrechado el círculo ante sus gritos desesperados. 

—¡CALEIA, GUACHULSAIA! ¡ELEIA MAKARA! ¡ELEIA! ¡AHHHHHHHHHH!— Esta vez el grito es el de un marrano frente al matarife. —JARRAIAHIJADEPUTCHA.

Uno de los hombres escupe a la mujer, o sopla sobre ella. 

—NO, NO, NOOO. PISALATABA. Noooo. 

El hombre sigue escupiendo, o soplando.

—AHHHHHHHHHHHH. IAYORNAYOSOY. CARRAIAYASAKALAIA. 

Otra escupida.

—Hijadepuchia, dejarrrmee coñerrr. Joiaaamaríaa. Mamá…mamá…Me sigue, me sigue…LA PUEGTA, LA PUEGTA. ¡Mamáaaaa! AGHHH. Kienreiamayorraia. 

Uno de los expertos pone sus manos sobre la cabeza de la mujer, que sigue en su trance ventrílocuo: —Maldita…vendrás conmigo y te llevaré para siempre…hija de puta, vení…— Esta vez la voz es gutural, macabra. 

La mujer se contonea hasta posar, por un breve instante, su cabeza sobre una sábana en el suelo. Alguien pide agua.

Terror, puro terror. 

—Mamá, mamáaa. Sáquenme, me quiere matar. Yo no quiero eso. No. YERRISMAYOKAA, vení a buscarme hija de puta. CORRAYASUKA HIJA DE PUTA. 

El frenético diálogo, retransmitido desde el más allá, se vuelve aún más complejo. 

—Aiiaaaaaaaaa…papá…mamá…papá…mamá…

Esta vez la mujer se desploma. El hombre que la había escupido vuelve a hacerlo, y le hace beber agua de un vaso de plástico color verde manzana. La mujer, como una fuente, escupe el agua. 

—MROAAA, RAYATUCHA.

—Esto es algo realmente increíble. Hasta el personal policial que nos está custodiando no sale de su asombro. Cuando fuerzas sobrenaturales sobrepasan todo tipo de imaginación.

Unas personas ayudan a la médium a levantarse. Se la ve exhausta. 

***

—¿Qué hemos vivido hoy, doctor, aquí?

—Bueno, los sensitivos hemos tratado de captar toda esa energía. Nosotros, la parasicología científica, los llama energías. Vamos a ver cómo se expresa en ellos, los que van más de la mano con esa energía. 

Un grupo de cinco o seis eruditos se agacha sobre una porción del terreno. 

—Quisiera que comprobaras el magnetismo que dejó. 

—Tratanos de explicar—, pide el periodista, previendo la perplejidad de la audiencia ante tanto desarrollo científico al servicio del ocultismo.

—Bueno, esto es un particulaatómica, con el que tratamos de registrar los campos magnéticos muy grandes—, dice uno del grupo, mostrando un aparato de plástico con una antena. Toca un botón y una aguja bailotea. —¿Ve cómo oxila la aguja? Ha habido un campo magnético muy fuerte. 

—Se ha movido esa fuerza espiritual que había—, añade otro de los estudiosos.

La patrulla especial, “algo más de treinta efectivos”, de la policía bonaerense hace su desaparición estelar en el mismo R12 que vinieron. 

—Fue gracias a la actuación de los agentes de la ley y el orden que pudimos realizar esta nota exclusiva. Una nota que hicimos en la casa del terror, del misterio, en la calle 22 entre 70 y 71 de la ciudad de La Plata. 

Funde a negro.

Mañana habrá otra aventura sensacionalista, tal vez sobre el SIDA, el secuestro de niños, las sectas, la desocupación, el cólera, el vino adulterado, River campeón del mundo, OVNIS en el cielo y en las sierras, la corrupción en el PAMI, los saqueos…

Nota: Este cuento forma parte del libro “Los parapsicólogos” de Matías Carnevale (Buenos Aires, 2018)

Foto: Pixabay

Matías Carnevale

Escritor, traductor y crítico argentino. Licenciado en lengua inglesa, con orientación en cine y literatura, por la Universidad de San Martín. Ha expuesto en jornadas en Uruguay, Chile y España, y publicado en medios como Buenos Aires Herald, La voz del interior y Los Andes. Tradujo y editó Autogedón, de Heathcote Williams, y es corrector del Journal of Science Fiction, del Museo de ciencia ficción en Washington DC. Se halla trabajando en la edición de dos libros: Historias asombrosas, una colección de relatos propios que pretenden homenajear a tramas clásicas de la ciencia ficción literaria y cinematográfica, y En la tierra como en el cielo, un estudio crítico sobre el cine de ciencia ficción norteamericana de las décadas de los setenta y ochenta.

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