Por Daniel Antokoletz Huerta


Hace seis horas que el imbécil de mi socio bajó al planeta, y todavía no se ha reportado. ¡Seis horas! Hasta un idiota puede aterrizar, ver que sucede con las comunicaciones y avisarme, en menos de una hora.

Durante todo el día que estuvimos al alcance de las comunicaciones con Control de Misión en Tierra, hemos tratado de establecer contacto. La única respuesta que nos ha llegado es la estática… y algo que parece una baliza automática. Eso nos preocupó. Si no hubiéramos recibido nada, quizás le habríamos echado la culpa a nuestro sistema de recepción…

Me transporto al planeta, directamente a Control de Misión. El hedor es insoportable. Un olor a muerte y corrupción me revuelve las tripas y dejo mi almuerzo, medio digerido, en el piso. 

Salgo corriendo del complejo, y me paralizo frente a una visión dantesca. Desparramados por el estacionamiento, una docena de cadáveres medio devorados y descompuestos, esparcen su peste. Varias personas caminan, como zombis, sin rumbo entre ellos. Uno de ellos se detiene, me observa con la mirada perdida, alienada. No puedo dejar de mirarlo, esa cara demacrada, con profundas ojeras y manchas de sangre seca alrededor de la boca, tiene un aire familiar, me recuerdan a alguien, quizás una de las empleadas de Control de Misión. Me dirijo hacia ella, cuando otro de los errantes, le agarra el brazo y lo muerde arrancándole un pedazo. Una pelea surrealista: las dos personas, sin demostrar dolor, ni odio, se arrancan los pedazos a dentelladas, uno a otro, sin prisa y sin pausa.

Del otro lado del estacionamiento, distingo el traje espacial de mi socio. Corriendo entre los cadáveres y los zombis, lo llamo a los gritos.

—¡Ricardo! ¡Ricardo, maldito sea! ¡Vámonos de acá!

Pero mi socio no responde, se mueve de un lado al otro frente al quiosco de diarios. Un pequeño zombi intenta sin éxito morderle el traje espacial. Lo alejo de una patada mientras lo agarro del brazo a Ricardo. Con lentitud exasperante, gira su cabeza y me observa con la misma mirada perdida de los zombis. Unas profundas ojeras que jamás había tenido, coronan sus ojos. Con lentitud abre la boca e intenta morderme. Me alejo, y no puedo dejar de ver los enormes titulares en los diarios. Sin comprender lo que dicen, me acerco y los miro. Comienzo a moverme de un lado al otro. Y mientras los miro, mi mente se va vaciando, los recuerdos, las sensaciones, los conocimientos me abandonan, dejándome una única necesidad: buscar… buscar comida.

Foto: Pixabay

Buenos Aires, 1964. Escribe desde hace más de 30 años y ha ganado premios tanto a nivel local como nacional. Sus narraciones fantásticas y de terror se han publicado en gran cantidad de antologías, diarios, revistas y blogs, entre los que debe señalarse el que fue seleccionado para “Cuentos de la Abadía de Carfax. Historias contemporáneas de horror y fantasía”, “Grageas 2”, “Grageas 3”, “Espacio Austral”, “Extremos”, Revista Axxón, Alfa Eridiani, entre otras. En el ámbito internacional ha sido traducido al inglés, al japonés y al húngaro; y publicó en numerosos países de habla hispana. La prestigiosa revista húngara Galaktica  publicó una antología de escritores argentinos en la que Daniel comparte índice con Gorosdicher, Gardini y Borges entre otros grandes escritores. Se dedica a la investigación robótica y a la bioingeniería.

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