HÉROES ÓMICRON:El autómata que tenía mala digestión

Jose Luis Barrera

Por José Luis Barrera

 

Goethe se quedó boquiabierto. El pato mecánico comía copos de avena aunque ya no era capaz de “digerirlos”. Algún resorte o mecanismo debía estar fallando y el inventor francés Jacques de Vaucanson había muerto más de veinte años antes, de modo que nadie podía repararlo.

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De todas maneras, el plumífero metálico era extraordinario. Se alimentaba de admiración y había viajado desde Francia hasta Alemania para terminar en las manos de cierto coleccionista de cuyo nombre la historia no quiere acordarse.
Goethe quiso comprarlo, pero el pato se resistía a que el genio de Weimar lo convirtiese en un ratón de laboratorio.

Con el olvido de Goethe sobrevino el del mundo. Nadie ha vuelto a escuchar palabra del pato o de sus hermanos mayores, un flautista y un tamborilero que tocaban repertorios de hasta casi quince piezas musicales sin ayuda humana.

Su creador, Monsieur Vaucanson (con el tiempo agregó la partícula “de” a su apellido), nació en Grenoble en 1709 y pintaba para tejedor de guantes.

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Habría sido de aquella forma si, muy joven aún, no se encontrase cara a cara con el gigantesco reloj de una capilla. Unas semanas después, sin mayor conocimiento técnico, logró replicar el aparato en menores dimensiones, cambiando su vida guanteril para siempre.

Conscientes del talento, sus padres lo metieron a estudiar con los jesuitas para que lo potenciasen, sin embargo, pronto, él prefirió abandonarlos por otro tipo de robots.
Un cirujano llamado Le Cat le mostró cada detalle de la anatomía humana, enseñándole que si bien los relojes eran artilugios fascinantes, el cuerpo era la verdadera máquina ideal. Le enseñó sobre respiración, movimiento y digestión. Vaucanson comprendió que había nacido para imitar a Dios.

 

En 1737, como Prometeo, llevó el fuego de la vida a una criatura de metal y la nombró “El Flautista”. El cacharro tenía el tamaño de un pastor real y tocaba hasta doce canciones populares. Fue un éxito en las ferias.

Los campesinos, entre incrédulos y divertidos, bailaban al son del autómata y fueron muchos, hombres de ciencia y hombres sin ciencia, que decían que aquello era un truco.
El caso es que Vaucansen mostraba sin pudor los artilugios ocultos tras de sus artilugios y la verdad era más sorprendente de lo imaginable: había membranas y mecanismos indescifrables que imitaban a la perfección los órganos humanos.

gato mecánico
Tiempo después, este Dédalo de la Ilustración se sacó de la manga dos criaturas más: “El Tamborilero” y “El Pato con Aparato Digestivo”. Este último era la joya de su taller. Capaz de ingerir avena y procesarla para convertirla en indecorosas excreciones “naturales”, enloquecía a nobles, burgueses y pobres.

Eventualmente, Vaucansen se cansó de ser un espectáculo, al fin y al cabo, sus creaciones no tenían mayor utilidad que la de extraer asombro a golpe de carcajadas en medio sucias ferias de pueblo. Hizo, entonces, lo peor que se puede hacer: se convirtió en tecnócrata.

Sus días terminaron al servicio de Luis XVI, quien había perdido la cabeza por el inventor mucho antes de que la Revolución se la quitase con la guillotina. Diseñaba telares mecánicos e intentaba industrializar el agro antes de que ocurriese la Industrialización.

Sus autómatas se oxidaron con olvido aunque, de vez en cuando, se podía escuchar que algún coleccionista escondía alguno dentro de sus sótanos.
Goethe justamente encontró al más interesante de los tres monstruos en un sótano oscuro, pero el tiempo había terminado por aniquilarlo como a cualquier otra criatura (natural o antinatural) y sus intestinos, tan perfectos en las ferias de antaño, ahora pudrían los copos de avena sin que hubiera poder humano o divino capaz de hacerlos expulsar.

 

Fotos: Enciclopedia Larousse / ojocurioso 


 

Jose Luis Barreraecuador-26986_640

José Luis Barrera

Quito, 1983. Es narrador y periodista ecuatoriano. Sus crónicas y relatos han aparecido en medios como Mundo Diners o la edición digital de Revista Eñe de España, además de antologías de cuentos, por ejemplo: Minimal (Efecto Alquimia, 2011) y Nunca se sabe (Eskeletra y Cactus Pink, 2017). Fue miembro de varios talleres literarios, especialmente los impartidos en la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión” y los organizados por el escritor Huilo Ruales Hualca. En 2011, publicó su primer libro, El espejo de Mambruk (Editorial K-Oz), el mismo que compilaba una serie de relatos trabajados en los talleres de la Casa de la Cultura. Actualmente, prepara en un nuevo libro de cuentos, al tiempo que coordina talleres de escritura creativa, ejerce el heroico oficio de periodista freelance y sobrevive con oficios propios de un relato de Kafka. En su blog, La rue Morgue, se pueden encontrar sus artículos e historias, manifestaciones propias del herético intento de fusionar, sin miedos ni medias tintas, la literatura y el periodismo.

 

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